<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213</id><updated>2011-04-21T10:54:31.126-07:00</updated><title type='text'>Miguel Milán EL ÚLTIMO DERECHO DE PERNADA</title><subtitle type='html'>Registro Propiedad Intelectual AL-114 2007</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>29</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-4304827337298213129</id><published>2008-03-29T05:32:00.000-07:00</published><updated>2008-12-09T07:01:07.542-08:00</updated><title type='text'>LIBRO PUBLICADO</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_ZPFOGtUd4QY/R-43oRGpcMI/AAAAAAAAFFo/d0rEqhcppzQ/s1600-h/MIGUEL+MIL%C3%81N+Portada+EL+%C3%9ALTIMO.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://3.bp.blogspot.com/_ZPFOGtUd4QY/R-43oRGpcMI/AAAAAAAAFFo/d0rEqhcppzQ/s400/MIGUEL+MIL%C3%81N+Portada+EL+%C3%9ALTIMO.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5183141386075599042" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1ª EDICIÓN: FEBRERO 2008 www.libertarias.com&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Precio de venta: 20 €&lt;br /&gt;CONTACTO CON EL AUTOR: &lt;br /&gt;699 47 23 01 &lt;br /&gt;trovoturon@yahoo.es&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-4304827337298213129?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/4304827337298213129/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=4304827337298213129' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4304827337298213129'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4304827337298213129'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2008/03/libro-publicado.html' title='LIBRO PUBLICADO'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_ZPFOGtUd4QY/R-43oRGpcMI/AAAAAAAAFFo/d0rEqhcppzQ/s72-c/MIGUEL+MIL%C3%81N+Portada+EL+%C3%9ALTIMO.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-7070179041902912249</id><published>2007-10-23T23:39:00.000-07:00</published><updated>2007-10-23T23:40:23.530-07:00</updated><title type='text'>PRÓLOGO Francisco Jesús Martín Milán</title><content type='html'>En primer lugar, debo decir que es para mí un honor prologar esta novela y por ello expreso mi más sincero agradecimiento a su autor, mi tío, Miguel Milán Salazar, por confiar en mi persona para tan digno y bonito trabajo. Y digo esto porque siempre que se publica una novela es un estupendo acontecimiento, ya que la cultura crece y con ella lo hacen sus amantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin más dilación voy a proceder a adentraros en la impronta de don Miguel, y le llamo así por su interés, su dedicación y su esfuerzo encomiable por llevar a cabo con especial ímpetu su mayor sueño, el ver publicado todo su trabajo y así inmortalizar si cabe el emporio de su intelecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde muy pequeño pude comprender y observar las inquietudes culturales que residían, no de alquiler sino de oficio, en la persona de Miguel Milán Salazar. Los vínculos gentilicios que nos unen me facilitaron el conocimiento de sus pasiones, de sus particularidades y de sus aptitudes para con las manifestaciones culturales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cierta ocasión tuve constancia de sus incursiones en abrigos naturales, de sus intentos de reconstruir restos cerámicos perdidos, de la creación de mapas de espeleología en el ambiente localista, del espíritu constructivo que le poseía…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero esta idiosincrasia creadora fue fagocitando datos y el interés por la cultura fue creciendo en forma de colecciones filatélicas y literarias, constantes lecturas novelescas, elaboraciones poéticas, que hacían denotar el espíritu romántico y apasionado de Miguel. A todo esto deberé añadir sus pinitos en el dibujo, de hecho la familia conserva algunos retratos de mujer que bien pueden pasar por obras de arte intimista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus curiosidades le llevaban en multitud de ocasiones a pasar las horas muertas en el rincón de la cocina escuchando a su madre, la cual le relataba las andanzas y desventuras de los tiempos de antes, como bien decía mi abuela. Miguel archivaba y procesaba cada comentario, cada ínfimo detalle por pequeño que fuese, cada personaje y por momentos, imaginaba en el espacio/tiempo los avatares reales que mi querida "mamica" le hacía percibir contándole el fruto de su experiencia y los dichos e historietas del lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es por todo esto por lo que Miguel Milán fue forjando una identidad cada vez más proclive a los eventos culturales. Participó e incluso ganó algún concurso de poesía local (Cristo de Dalías, año 2003). Y visto su gusto por la lírica, su techo aún se prevé muy alto, pues durante los últimos años ha ocupado casi todo su ocio en evocar un pasado aún cercano en el tiempo, apoyado en dos factores que le han influenciado directamente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;. El primero, sus ganas de apasionarse y de apasionar, su riqueza lingüística y su honda sapiencia cognoscitiva del ambiente localista de posguerra, momento clave en el que ha encuadrado su vigorosa novela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;.El segundo, el ir progresando desde su interés jovial hasta rodearse de las ciencias de las letras por completo, su interrelación con ámbitos que propugnan la sabiduría y que llevan el cultivo de la cultura por bandera (el Casino de Dalías); su idea de crear un asociación cultural en su pueblo (Turón) y sobre todo amistades potenciales a nivel de eruditos y especialistas en la cultura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El último derecho de pernada es un reclamo al ímpetu posbélico, al resurgir de una nueva identidad forjada en la sociedad de la autarquía y al anquilosamiento reminiscente de los últimos reductos medievalescos en un mundo rural, apartado de los avances industriales y tecnológicos, y de la modernidad en definitiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La novela de Miguel trata de sacar a la luz y de desempolvar los momentos más difíciles de una sociedad que a veces la historiografía no ha sabido desenterrar de la forma más acertada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cultura de los pueblos, réquiem del derecho consuetudinario romano, pervivencia sunnita de antiguas civilizaciones islámicas, pero que a la postre ha quedado abnegada por las aguas del proceso de urbanización, el éxodo rural y la dualidad interior/periferia, es lo que aquí se intenta redescubrir, fomentar y tratar de cumplir una función didáctica para todos aquellos librepensadores que evocan el pasado de los viajeros románticos que recorrieron nuestra tierra allá por el siglo XIX.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, pensando en la parafernalia existente en una sociedad eminentemente rural, la España del primer franquismo, la época de las cartillas de racionamiento, la de una España aún inmersa en su transición demográfica, con el fantasma de la autarquía enriqueciendo cada vez más al rico y empobreciendo cada vez más al pobre, y donde la clase oligarca aún perdura con mucha fuerza en el mundo rural y cuyas raíces ahondan en el Antiguo Régimen para perdurar en forma de aristocracias de sangre y oligarquías caciquiles aún más poderosas tras los distintos procesos desamortizadores que desde Godoy a Pascual Madoz, pasando por las leyes del Trienio y Don Juan Álvarez de Mendizábal, acrecentarían en demasía esas diferencias sociales, políticas y económicas entre dominantes y dominados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel Milán nos ofrece una velada apasionante en cuanto al tema del honor, de la honra y la deshonra, de la virtud y la promoción social en un mundo local carente por completo de clase media; la época de los señoritos, descendientes del fervoroso&lt;br /&gt;caciquismo desarrollado en la Restauración mediante el “Sistema Canovista”, los avatares del maquis con la Guardia Civil tras un siglo de existencia desde que la fundase el Duque de Ahumada, así como los problemas en cuanto a la proliferación de enfermedades tan comunes de un período caracterizado por las constantes hambrunas y la malnutrición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El presente libro nos aporta un minucioso fotografiado de los personajes, de las gentes de una época, de vencedores, de vencidos, de privilegiados, de sobreexplotados, de figuras locales y oficios perdidos en una España aún cercana en el tiempo y mucho más, si cabe, en el recuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es por todo ello, por lo que os invito directamente a que os dejéis llevar por esta lectura intensa, rápida y que seguro que os envolverá en un constante sinvivir y que por momentos os trasladará a un tiempo fascinante, a la vez algo marginado, en la historia de España.&lt;br /&gt;                        &lt;br /&gt;                      FRANCISCO JESÚS MARTÍN MILÁN&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-7070179041902912249?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/7070179041902912249/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=7070179041902912249' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/7070179041902912249'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/7070179041902912249'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/10/prlogo-francisco-jess-martn-miln.html' title='PRÓLOGO Francisco Jesús Martín Milán'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-4457805028035418438</id><published>2007-09-25T00:21:00.003-07:00</published><updated>2007-09-25T03:35:01.067-07:00</updated><title type='text'>Cita Inicial</title><content type='html'>&lt;strong&gt;ESCRIBIR UNA NOVELA, ES SENTIRTE EL CREADOR DE UN MUNDO DE FANTASIA, MANEJADO POR LA DOCTA PLUMA DE TU INTELECTO.&lt;/strong&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-4457805028035418438?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/4457805028035418438/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=4457805028035418438' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4457805028035418438'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4457805028035418438'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/cita-inicial.html' title='Cita Inicial'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-4421258967019976542</id><published>2007-09-25T00:21:00.001-07:00</published><updated>2007-09-25T03:36:16.994-07:00</updated><title type='text'>Capítulo I TOMA DE CONTACTO.</title><content type='html'>Estaba anocheciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre los ya pardos frutales del huerto, cantaban los tardíos pajarillos, pareciendo querer acompañar la voz cantante de un viento inquieto y juguetón que, diríase, quisiera evitar a toda costa que alguien escuchara la conversación enamorada de Miguel y Ana María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel, un chaval a la sazón de unos dieciocho años. Tez blanca y ondulado cabello negro, algo maltrecho por el uso continuado de una vieja gorra, y de cuerpo larguirucho y delgado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había dejado, como cada tarde, su trabajo de aprendiz en la fragua de su tío Frasquito, hermano de su difunta madre; hombre entrado en años, algo protestón, pero un buenazo en el fondo. Y sin apenas atenuar su piel de la negrura propia del oficio, escaló con decisión la tupida muralla de madreselvas que crecían frondosas sobre las tapias del huerto de Ana María, para verla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y allí estaba ella, esperándole como siempre. Una muchacha ligeramente más joven, de alta estatura para su edad, cabellos largos y rizados de un negro profundo, que contrastaban drásticamente con unos grandes y bellos ojos azules, encerrados en las curvas de una perfilada y blanca tez. Poniendo el broche de oro, resaltaban en su rostro, unos carnosos y rojísimos labios. Pero sobre todo tenía, como virtudes que le rebosaban, una profunda sensibilidad y un grandísimo corazón. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El encuentro era mutuamente ansiado, aunque a la hora de la verdad, la timidez del primer amor hacía que se entrecortasen, tanto las miradas como las palabras y un sudor frío recorriera la espalda de ambos en esos momentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel  rompió el hielo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola Ani -siempre le gustaba llamarla así- tenía tantas ganas de verte… ¿Sabes? Hoy me he ganado un tirón de orejas por descuidarme en el trabajo, mi tío dice que estoy en la edad del pavo y que si sigo así no voy a aprender el oficio nunca. Pero yo callo, pues ¿qué voy a hacer? Aunque ya sabes tú quién es la culpable de todo eso ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella cambió ligeramente de color al oír estas palabras y reponiéndose un poco, le dijo algo acalorada:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Anda ya, seguro que es por otra que tienes por ahí, ¿eh pillín?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sabes que no. Además, mira, entre darle al fuelle y darle al fuelle he tenido tiempo de escribirte estos humildes versos, que nunca llegarán a ser tan hermosos como tú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Miguel eres un adulador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él la interrumpió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Calla, escucha y no rompas la magia de este momento!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María le hizo caso. Quería escucharlos, no eran los primeros que le componía, sabía que lo hacía bien y tenía gran fe en que algún día sería un poeta famoso, pero también le preocupaban las pocas oportunidades que pudiera tener a lo largo de su vida, al ser tan pobre y no haberse formado convenientemente, y sufría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El joven enamorado carraspeó ligeramente y leyó suave:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un jazmín limpio, fragante,&lt;br /&gt;cuelga sobre mi ventana.&lt;br /&gt;Inerte miro, anhelante,&lt;br /&gt;un ruiseñor canta al fondo...&lt;br /&gt;¡triste y romántica tarde!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los trinos del pajarillo&lt;br /&gt;me elevan al sol, al aire,&lt;br /&gt;pero pesan los recuerdos&lt;br /&gt;y ni siquiera una nube&lt;br /&gt;puede con mis soledades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Soledades que me hieren&lt;br /&gt; mientras se escapa otra tarde&lt;br /&gt; sin que me miren tus ojos,&lt;br /&gt; sin que tus labios me abrasen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella callaba, escuchando atenta por cada poro de su piel ruborizada,  esas lindas palabras y esos bellos versos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él no levantaba la vista y seguía...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grito tu nombre hacía el cielo&lt;br /&gt;y juegan con él las aves,&lt;br /&gt;las nubes, algún lucero,&lt;br /&gt;los verdes pinos y el aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bosteza la luz, el viento&lt;br /&gt;mece las flores del valle,&lt;br /&gt;se encienden grillos y luna,&lt;br /&gt;duerme el sol en el estanque.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se disponía a terminar el último, cuando el ladrido de unos perros, abajo, en la calle, le hicieron callar momentáneamente, para después, sentir el chasquido, al pasar, de una caballería, muy probablemente hacía la fuente cercana. Después, volvió de nuevo el silencio, roto esta vez por el crujir de unas viejas maderas que semejaban una puerta. Era la que daba al huerto y, junto a su quicio, alguien llamaba a su amada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se trataba de María, su madre. Una mujer aún joven, de unos cincuenta años de edad, menuda, con apariencia dulce, ojos azabache muy vivarachos, pelo raído hacía atrás recogido en un moño simple, que le dejaba su cara totalmente al descubierto apreciándosele en ella traicioneras arrugas que delataban el paso de los años vividos no precisamente llenos de satisfacción y abundancia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  -¡Ana María, venga, que vamos a cenar, tu padre espera!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel, con el papel entre las manos se excusó nervioso:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Siento no poder terminar la poesía, quedaba lo más bonito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No te preocupes, habrá otro momento, venga, vete de prisa, no quiero que mi madre nos vea, no tengo edad, corre...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el muchacho, bajando rápidamente las tupidas tapias del huerto se perdió en la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La joven mientras se aprestó a subir las escaleras que daban a la entrada de la casa. Al llegar a la altura de su madre, que permanecía esperándola, le preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Estabas otra vez hablando con el herrerillo, hija?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  A ella le pareció que las estrellas del vivaracho cielo de verano que les cubrían le caían todas encima de golpe; no obstante, reponiéndose un poco, levantó la vista, rogando temblorosa a su progenitora:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Madre, por favor, no le diga nada a padre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer asintió, entrando en la casa después que su hija, ahogando la pobre luz que salía del quinqué por la puerta y sumiendo en una tenue oscuridad el oloroso y ya callado huerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, una vez en el pasillo, preguntó a su madre si faltaba algo que llevar al comedor, contestando ésta negativamente, mientras entraba en la cocina.  En el comedor el puesto de preferencia en la mesa lo ocupaba un hombre fornido y alto, de hirsuto cabello algo blanqueante que denotaba ya los cincuenta y cinco años cumplidos que pesaban sobre él. Apretaban el tenedor y el cuchillo unas voluminosas manos de albañil, profesión que desarrollaba hacía más de cuarenta años y que le inculcó su difunto padre desde que de zagal le servía, o menos que eso, le estorbaba de peón. Era José, el padre de Ana María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella, como siempre fue hacía él y besándole, le preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ya ha venido usted, padre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aludido, mirándola  fijamente a los ojos y aún a sabiendas de que la contestación que le daría no sería la verdadera, le preguntó a su vez:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué hacías en el huerto a estas horas, hija?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La joven, un poco atropelladamente, trató de contestar con palabras vagas, que se vieron cortadas por la llegada providencial de la madre, que venía con el pan y el cuchillo, sentándose ambas al unísono y comenzando, como si de un ritual se tratase, la humeante y pobre cena que se ofrecía a sus ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta transcurrió sin más incidencias que destacar. Levantándose una vez acabada, la muchacha, ardilosa como siempre retiró todos los cacharros de la mesa; después, dando las buenas noches, se marchó a su cuarto, disponiéndose a acostar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo permanecía ya en el comedor José, terminando de un trago el vaso de vino rojo que quedaba sobre la vacía mesa, para, acto seguido, sacar su pitillera y los libritos de papel, liando después su consabido cigarro, arte que ejecutaba a la perfección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo abandonó momentos después, canturreando entre dientes una vieja canción llegando a la puerta del huerto, donde le esperaba su mujer. Ambos bajaron la suave escalera y se adentraron entre frutales y jazmines llenos de noche. En voz baja iban contrastando pareceres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La hija estaba en el huerto con el herrerillo, ¿no es cierto? -le inquirió él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, no te equivocas, aunque te agradecería que no le hicieses ver que lo sabes, pues sufriría mucho si supiese que estás al corriente, la muchacha es buena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A decir verdad, desde su nacimiento, siendo el único hijo del matrimonio, no les había dado motivos de insatisfacción y la veían crecer orgullosos de que su hija, precisamente, fuera un dechado de virtud y obediencia, así como de una honradez y modales admirables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En el fondo -prosiguió la esposa- son amores de muchachos, sin más importancia, y si el curso de la vida les arrastrase juntos para mí no sería desagradable, pues Miguel es un muchacho callado y hacendoso y se hace querer, aunque, dejémoslo todo encomendado a las sabias manos de Dios y Él dirá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin más, marchó el matrimonio a descansar, quedando las palabras pronunciadas por María en el aire, envueltas entre los mil aromas del precioso huerto, como una premonición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras, abajo en la calle, empezaban los perros su nocturno concierto de ladridos, y la luna, más en silencio, salía despacio dominando el amplio y sereno cielo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-4421258967019976542?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/4421258967019976542/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=4421258967019976542' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4421258967019976542'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4421258967019976542'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-i-toma-de-contacto.html' title='Capítulo I TOMA DE CONTACTO.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-6125648726069907824</id><published>2007-09-25T00:20:00.002-07:00</published><updated>2007-09-25T03:37:13.981-07:00</updated><title type='text'>Capítulo II EL PUEBLO. EL ENCUENTRO.</title><content type='html'>Comenzaba  a desperezarse el sol por la cima de una montaña cercana, vivificando con sus rayos el pequeño y bonito pueblo alpujarreño. Los vivos resplandores resaltaban ya en la veleta que servía de orgullo a la gran y vistosa iglesia mudéjar, junto a la cual, como ovejas en torno a su pastor, se agrupaban las casas más destacadas y señoriales, configurando dicho agrupamiento, la plaza mayor, y en un segundo orden se apiñaban, ora a la derecha, ora a la izquierda, según mirase el observador, las que conformaban los barrios más desprovistos, como guardando celosas que no escapara de su entorno la pobreza que les caracterizaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un amanecer de mil novecientos cuarenta y cinco. Otro amanecer que iba dejando atrás en el tiempo, aunque no en el recuerdo, la dura guerra civil sufrida pocos años atrás, una guerra fratricida e inútil como todas, y que dejó tanto luto, dolor y miseria en el país, y un régimen dictatorial e injusto que acrecentaba la opresión y el sometimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero pese a todo, la vida tenía que seguir, y las gentes del pueblo despertaban ardilosas con sus mil ruidos. Caballerías dirigiéndose hacía las secas y duras tierras. Labriegos con azadas al hombro y su pitillo en los labios. Lavanderas con el barreño de los trapos a la cadera encaminándose a la Fuente de Los Cipreses, ladridos de perros, canto de gallos en su corrales...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras, Ana María se había levantado ya, hecho su cuarto y después de despejar con fresca agua el poco sueño que quedaba en su cara, cogió su lechera, disponiéndose, como cada mañana, a ir a la casa de Juan el pastor, a proveerse de la buena leche de cabra recién ordeñada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por el camino, mientras el suave aire de la mañana pintaba de rojo sus mejillas, saludaba con simpatía a las madrugadoras pueblerinas que se cruzaba a su paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenos días Dulce, ¿qué tal su marido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya va algo mejor, niña, muchas gracias -contestó la aludida vecina del pastor, que salía con un queso en las manos, de la casa de éste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Josefa, su mujer, saludo a Ana María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días muchacha, siempre tan madrugadora!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya lo ve, el aire de la mañana es muy sano respirarlo; además, ¿qué iban a pensar de mí los mozuelos, si vieran que soy una perezosa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La pastora esbozó una leve sonrisa y mirándola le preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te veo con dos lecheras; vas a necesitar más leche ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es, efectivamente, pues tiene pensado mi madre que hagamos arroz con leche y así de algún modo celebrar el que hoy haga años que se casaron mis padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Caramba! -exclamó curiosa- Y… ¿cuántos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues, treinta nada menos -respondió la muchacha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -acabó- ojala que sean todos los del mundo. Así se lo deseo a ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muchas gracias, mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habiendo terminado de ordeñar el marido y llenarle el cabimento, salió Ana María de nuevo a la calle dirigiéndose hacía su casa. Iba recordando por el camino los versos inacabados que le había recitado Miguel la noche de antes y esperaba ansiosa un nuevo encuentro, en el cual, su amado, terminase de leerlos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tan ensimismada iba, que no vio acercarse a una jaca bien enjaezada y vistosa. En poco tiempo, ésta se le echó encima, obligando al jinete a toda prisa a dar un tirón enérgico de las bridas y lanzar un grito fuerte de cuidado que terminó por alertar a la joven, aunque en su movimiento brusco, acabó soltando la carga de las manos, desparramándose la leche por la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se aprestó a bajar el jinete de su cabalgadura. Mientras lo hacía se le notaba cierta clase y distinción. Se trataba de Don Álvaro de Monteoliva, cacique mayor del pueblo, así como su alcalde. Militar de cierta graduación del ejército nacional, ya retirado, y el mayor terrateniente del lugar, lo que le convertía en hombre adulado y respetado a la fuerza por todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo ese halo de porte y distinción que decíamos, se evaporó al dirigirse a la asustada chiquilla, que no podía articular palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  -Pero, ¿es que no miras por dónde vas, insensata? ¿Te imaginas lo que podía haber sucedido si no freno a mi jaca a tiempo? ¿Acaso estás ciega, criatura?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A todo esto, venía corriendo desde la punta de la calle Tomás, su mozo de cuadras, que había observado el lance desde la puerta, preguntando jadeante:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Le ha ocurrido a usted algo señor?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada Tomás, esta alocada muchacha que no mira por dónde va y he estado a punto de caerme por su culpa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María continuaba sin levantar los ojos del suelo, la vergüenza le impedía llorar al estar él presente, pero no tardaría en hacerlo. Tomó aire, levantando por fin la vista hacia el alcalde, pidiéndole educadamente perdón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él ni la escuchó. Balbuceaba barbaridades aprestándose ya a marchar, aunque sí tuvo un momento para fijarse en sus bellos ojos, y una mirada lujuriosa le hizo arrugar el entrecejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella huyó rápidamente de allí, intuyendo mucha malicia en aquel hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tomás –preguntó mientras ponía el pie en el estribo- ¿Quién era esa joven? El caso es que creo conocerla, pero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es la hija de Pepe el albañil -contestó rápidamente el mozo- el de la casa vieja del final de la cuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No preguntó nada más, quizás sabía lo que quería, y espoleando a su bello ejemplar de equino, se alejó al trote, rondandole esa visión fugaz de la muchacha y un maligno pensamiento albergó por momentos su sucia y mezquina cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, volvió de nuevo a casa del pastor, continuando algo aturdida por el encuentro tan desagradable, precisamente con él, con el alcalde, iba mascullando entre dientes, con el amo y señor de todo, el ser más odioso y antipático del pueblo, de quien muy pocos hablaban bien, como no fueran limpiachaquetas o gentes afines a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se extrañó Josefa al verla de nuevo. Ella le contó entre sollozos el suceso. La mujer la tranquilizó, regalándole la leche esta vez para que no le riñesen, y la despidió, aconsejándole que tuviese cuidado en lo sucesivo con ese hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A lo lejos, observó ya a su madre, que, con su sempiterno moño raído, barría la puerta de la casa con su escoba de bolina.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En ese instante, sobre el umbral, apareció la alta figura del padre, bolso en una mano, gorra en la otra, para poco después, y habiendo dicho adiós entre dientes a las dos, perderse al doblar una esquina cercana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué le queda a padre de trabajo en la casa de don Emilio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Poco, hija, y por desgracia! -sentenció ella- Pues temo que después de esos arreglos, tenga que estar en casa parado a falta de algo mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, verá cómo le sale después algo más. Voy al rincón a cocer la leche y desayunamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Miguel! -gritó el tío Frasquito desde el fondo de la fragua- ¡Cógete las herramientas precisas, que ayer noche me mandó decir don Álvaro, con Tomás, que tienes que ir al Almendral para arreglarle una reja de arado que tiene en mal estado y le corre prisa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El herrerillo frunció el entrecejo, decididamente no le gustaba ese tal don Álvaro. A decir verdad, le precedía una mala fama ganada a pulso, y con mucho, no estaban contentos los habitantes del pueblo, aunque sólo lo comentasen bajo la chimenea, por temor a represalias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yéndose al corral, sacó a Lucero, un enjuto y famélico borriquillo, medio de transporte de la empresa de su tío, ataviándolo correctamente y, una vez echados los pertrechos necesarios, montó de un brioso salto sobre sus pinchudos huesos. Aplicándole los talones lo enfiló hacia las afueras del pueblo para tomar el serpenteante y polvoriento camino que le llevaría al cortijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días, Miguel, temprano vienes! -terció el medianero de  don Álvaro, sombrero en mano y pañuelo en la otra, limpiándose el abundante sudor que le caía por las sienes de labrar la dura tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ya ves, Andrés! Al parecer le corre prisa a tu señorico el arreglo de ése arado. ¿Dónde lo tienes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Allí en el almacén, al entrar a la derecha; lo verás apoyado en el paredón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, en cuanto coma algo me lío con él. Oye, ¿me podré llevar luego un par de racimos de uvas para la casa? He visto los parrales al entrar, y están que se vienen abajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo siento niño, pero hoy tengo aquí a don Álvaro y ya sabes cómo se las gasta. Además, ha venido esta mañana muy malhumorado, ¡no sé qué diablos le habrá pasado!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel palideció al oír que estaba allí "la fiera". Decididamente el trabajo, estando él allí, no sería lo mismo y hasta había perdido las ganas de desayunar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acercándose al cortijo divisó la alta y marcial figura del alcalde, que fumaba su pipa en el porche mientras sacaba brillo a una preciosa escopeta de caza, a la cual era aficionado en grado sumo. El herrerillo, al llegar, quitándose la gorra en señal de educación más que de sometimiento, dijo algo nervioso:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días tenga usted don Álvaro! Vengo por lo del arado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aludido, sin contestar palabra y siguiendo su limpieza, le señaló la puerta del almacén. Disponíase a entrar cuando, a su espalda, sonó su fuerte y grave voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A ver qué haces! Lo quiero bien hecho, mozo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel asintió y, entrando, comenzó su trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol corría rápido por el ancho cielo, tomando ya la cuesta de bajada cuando el joven aprendiz dio por finalizada su faena. Contento por su buen hacer, a su juicio, comenzó a cargar de nuevo los pertrechos en su insignificante cabalgadura, llegando en esos instantes Andrés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola Miguel! ¿Ya te marchabas, no? ¿Qué tal has dejado eso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Creo que bien. ¿Y don Álvaro? -preguntó a su vez el chaval.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aún no ha regresado de la cacería, aunque creo que no tardará en hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, yo de todas formas ya me iba. La verdad, y te lo digo a ti en confianza, que no termina de gustarme tu señorico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué me vas a decir a mí! Pero corren malos tiempos y yo no puedo perder este trabajo aunque es muy esclavo, pero sin él, me vería mendigando. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El joven afirmó con la cabeza y montando en su burro, lo despidió con un gesto de brazo, alejándose de allí. Por el camino bordeó los verdes y frondosos parrales, que le ofrecían su jugoso y apiñado fruto, tentándolo excesivamente, pues el hambre apretaba fuerte y era un enemigo difícil de combatir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atrás quedaba el Almendral, un precioso cortijo de paredes escrupulosamente encaladas, con un porche adornado por cuatro recias pilastras, que soportaban la amplia terraza superior. Magníficos ventanales defendidos por duro hierro forjado y una envidiable techumbre de pálidas tejas árabes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en la parte de atrás, junto a los corralones, una desvencijada y destartala casucha contrastaba drásticamente con todo el lujo de la anterior. Era la vivienda de Andrés, el medianero, un hombre enjuto, de mediana edad, muy vitalista y simpático, buen labriego y mejor persona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se había casado, según él, porque así lo había querido, pero en los corrillos, a “sotto vocce” se hablaba de un amor que prefirió la vida de un convento y que le marcó para siempre. Y él ahogaba todas esas penas soliendo frecuentar las innumerables fiestas cortijeras, con sus bailes de robao y mudanzas, y cómo no, sus estupendas veladas de trovo, poesía improvisada, un deleite para el que la escucha y del que era muy aficionado, gozando de cierta fama de buen trovero en la comarca, aunque en su modestia nunca lo reconociera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que sí tenía colgado encima del cabecero de su catre, escrito en un papel que ya amarilleaba por el tiempo y que un remedo de marco trataba de encerrarlo, era una quintilla que compuso con todo su corazón a una madre que no conociera, pues murió cuando él tendría sólo dos años, y que leía muy a menudo con lágrimas en los ojos. Decía así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me gusta mirar al cielo&lt;br /&gt;cada noche al acostarme&lt;br /&gt;para calmar mi desvelo&lt;br /&gt;y recordar a mi madre&lt;br /&gt;que brilla como un lucero.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-6125648726069907824?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/6125648726069907824/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=6125648726069907824' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/6125648726069907824'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/6125648726069907824'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-ii-el-pueblo-el-encuentro.html' title='Capítulo II EL PUEBLO. EL ENCUENTRO.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-4771945866836514666</id><published>2007-09-25T00:20:00.001-07:00</published><updated>2007-09-25T03:37:54.791-07:00</updated><title type='text'>Capítulo III EL EMPLEO.</title><content type='html'>El motor malsonante de un camión Ford de seis cilindros y el petardeo de su escape, rompían la hora de la siesta en la cálida tarde de agosto. Era éste el único vehículo del pueblo, su dueño era un comerciante en higos, almendras y demás productos autóctonos de la tierra, que entraba lentamente, haciendo tocar su ronca bocina por la calle principal, en dirección a la plaza, mientras una multitud de niños, unos medio vestidos y otros descalzos, le seguían enganchados del portalón, divirtiéndose por el espectáculo tan poco habitual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vehículo en cuestión, que servía para todo, venía esta vez con sacos de harina, arroz, azúcar, sal, leche en polvo; alimentos todos de primera necesidad, para proceder, en las dos tiendas del pueblo, a descargarlos y que éstas lo repartieran entre los portadores de las cartillas de racionamiento, tal estaba la cosa en cuanto a la comida se refería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mil novecientos cuarenta y cinco pasaba muy duro. Una hambruna terrible, que duraría algunos años más, asolaba La Alpujarra y por ende, a España entera. El panorama internacional, por otra parte, no presentaba mejores síntomas y el fantasma de la entrada en una nueva guerra acechaba  de manera alarmante al país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo los señoricos del pueblo, comprando o cambiando en el mercado ilegal del  "estraperlo ", sufrían esta mala racha alimenticia de una manera más atenuada. Era lo de siempre, el sino de los pobres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María y su madre habían estado allí, en la tienda donde les daban fiado, se habían dado prisa, pues venían ambas de la Fuente de los cipreses de lavar dos cargas de ropa, y, una vez aprovisionadas, marchaban para casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Dios, qué ruina tenemos encima, madre! -exclamó por el camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Paciencia, hija! No hay mal ni bien... ya lo dice el refrán -contestó la madre, tratando de dar unos ánimos que ella por supuesto tampoco tenía, pues en el fondo sabía que la cosa no andaba demasiado bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, pero qué difícil es de sobrellevar todo esto. Se hace largo y duro y es que todo últimamente nos viene torcido -comentó con pena la joven, entrando en la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habían pasado los días. Más de quince llevaba ya el bueno de José sin trabajo, después de haber ultimado las reparaciones de un tejado en la casa de don Emilio, y a partir de ese momento, los empleos habían desaparecido de su horizonte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto le preocupaba sobremanera a María, pues a la falta de ese vital aporte económico, lo poco que ella ganaba zurciendo o planchando bien se podía contar como nada, había que sumar los malos ratos que pasaban madre e hija al verle llegar borracho a casa casi de continuo, ya que había cogido la mala costumbre de ahogar esa falta de trabajo bebiendo. Que si una copa en el bar con los amigos, que si la partida a las cartas. Siempre acababa igual y esto ya se estaba haciendo insoportable por momentos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas reflexiones tenía, cuando llamaron a su casa. Serían las ocho algo pasadas de la tarde. Ana María corrió a abrir. Al otro lado de la puerta se encontró con una venerable mujer de provecta edad, pelo blanco y gordo y rechoncho cuerpo que sujetaban unas piernas cortas y algo zambas. Era el ama de llaves de don Álvaro. Entró de muy joven a cargo de sus padres hacía ya más de cincuenta años, y desde entonces, habiendo renunciado incluso al matrimonio, se mantuvo fiel a esa familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenas tardes chiquilla!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Muy buenas las tenga usted, Isabel!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María la invitó a entrar amablemente, lo que hizo la anciana apoyada en el brazo de la joven, cerrándose, al paso de las dos, la desvencijada puerta con un chirrido de bisagras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un aroma intenso a tabaco de pipa flotaba en el aire del espacioso salón de la casona de don Álvaro. Se dirigió este hacía un mueble bar de madera tallada y espejos biselados para sacar una botella de vino reserva de las mejores cosechas de sus viñedos. Y con el arte de un "sommelier", llenó hasta la mitad con el rojo líquido dos copas de finísimo cristal mientras conversaba con una mujer de ojos afilados, tez blanquecina y riguroso luto, salpicado por un medallón que lucía por fuera, donde al abrir una tapa aparecían sendos retratos de sus difuntos padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era doña Loreto de Monteoliva, mujer de unos sesenta y cinco años y hermana mayor y única de don Álvaro. Se hallaba postrada en una silla de ruedas por una mala caída ocurrida muchos años atrás, en su juventud, la cual la dejó inválida, aunque, afortunadamente pudo conservar alguna movilidad en sus miembros superiores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuera por este suceso o fuera por su condición, el caso es que era una persona renegada y protestona, envidiosa, mala consejera, y con unas ideas y una lengua envenenadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su hermano, no sin pensárselo mucho, le había relatado a ella el suceso de días atrás con la hermosa y bella Ana María, y de cómo él, ya corrida en años su madurez, se había quedado prendado de la joven en cuestión. El tema era muy delicado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Loreto, después de escucharle, había captado el pensamiento innoble de su hermano y le daba vueltas al asunto para tratar de que se saliera con la suya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Loreto, hermana, la verdad es que no puedo quitármela de la cabeza, tan joven, tan lozana... es una locura…! ¡Dios mío, pero...! -exclamó mientras iba de un lado para otro del salón chupando fuerte su pipa y mesándose los cabellos.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A ver, Álvaro, estate quieto ya, por favor, que pareces un crío! Calma, las cosas para que salgan bien, deben de ir lentas y bien calculadas. Por lo pronto, lo que debes es de tratar de tener a esa mujer lo más cerca posible, ganarte su confianza día a día, con la excusa que sea y sobre todo hacerle ver tu poderío y grandeza, tu dinero, en una palabra, ¡que sepa quién manda! Tú no quieres casarte con ella, ¡válgame Dios!, con la hija de un albañil y encima medio rojo. ¡Todo un Monteoliva! Pero sí quieres poseerla ¿me equivoco?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Álvaro la miró con lujuria antes de contestar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, Loreto, no te equivocas, ¡qué bruja eres! Me lees el pensamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se sinceró mientras movía la cabeza de arriba a abajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Daría lo que fuera por ello!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A ver! -prosiguió doña Loreto- Tienes pendientes las obras del Ayuntamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No pretenderás que se las de a un comunista! ¿Te has vuelto loca? -cortó de una manera drástica la conversación a su hermana- Sabes que son para Luís el de Juana....&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A la porra Luís! ¿Tú quieres o no quieres seguir con mi plan?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, pero no sé a dónde quieres ir a parar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tú contrata -siguió terciando doña Loreto- a José el albañil y te asegurarás dos meses de día por día verla venir para traerle el desayuno a su padre. Después, las ocasiones caerán solas. Es más, ya he dado yo esa orden. Tú déjalo todo en mis manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esas últimas palabras resonaron dulcemente en los oídos de don Álvaro. Le agradó la idea. Volvió a llenar esta vez hasta el borde las copas del oloroso vino y acercándolas las dos al unísono, brindaron ambos mientras en sus caras se denotaba una sonrisa de felicidad malsana. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Mientras tanto, Isabel ya había penetrado hasta la pobre cocina de la casa de María, ayudada por su hija. La dueña se encontraba al lado de un viejo rincón de leña, donde a la vez que cocía la sopa para la noche, se entretenía también zurciendo varias prendas que le habían confiado por su oficio. Al verla entrar, se levantó rápidamente ofreciéndole su silla, pues no estaban precisamente muy sobradas de ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenas tardes, Isabel! ¿A qué debemos tanto bueno por esta humilde morada? -comentó un tanto extrañada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Verá -respondió la mujer dando las gracias por el cumplido- me manda don Álvaro para decirle a tu marido que se pase esta noche sin falta por la casa, pues me ha dicho que es urgente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y... ¿no sabe usted para que pueda ser? -preguntó nerviosa María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija, no lo sé con seguridad, pero aunque estoy ya un poco "teniente" he querido oír algo de unas obras en el Ayuntamiento...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella ya no estaba prestando más atención a las palabras que seguía pronunciando su interlocurora, había escuchado lo que quería escuchar, pura música celestial para sus oídos, y pensó: ¡Por fin Dios mío! Tanto que había rezado porque José volviese a trabajar y al fin estaba llegando ese día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo nerviosa se dirigió a su hija:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Anda Ana María, tráele una copita de anís a la buena de Isabel!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No debería, María, a mi edad... de joven en los bailes sí que me gustaba tomármela, pero ya una...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ande, ande! -interrumpió la muchacha, que venía de la alacena con la botella en una mano y en la otra una copa- Una sola no hace daño, tómesela usted.&lt;br /&gt;                                                                                               &lt;br /&gt;Después de terminado el pequeño convite, el ama de llaves se levantó para irse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Que no se te olvide decírselo a José!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mire, Isabel -le pidió María- me gustaría que me hiciese usted un favor y ya que le coge de camino…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dime.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La verdad es que ahora mismo está en la taberna del tío Matías y se pone hecho una fiera cuando una va por allí, pues le da mucha rabia que, en tono de chanza, le digan sus amigotes cosas acerca de quien lleva los pantalones en casa, y que si esto o lo otro, y como puede volver tarde...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya entiendo. -Interrumpió la comprensiva mujer- Quieres que yo me pase por allí y le dé la razón, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Le estaría muy agradecida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De acuerdo, así lo haré. Y ahora me voy, pues todavía tengo pendiente la cena y se van a impacientar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por aquí -la condujo Ana María acompañándola hasta la puerta, seguida de su madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Adiós, y muchas gracias!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A Dios tengáis las dos y hasta pronto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cerrar la puerta, se abrazaron llenas de alegría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ama de llaves, con su lento y cansino paso, llegó por fin a la puerta de la taberna citada. A la entrada, jugaban unas niñas a la rayuela, en la tierra. Cerca, por la calle, venía un niño con una ganga, juego que consiste en un aro de aluminio o latón, que se le quita a los cubos viejos de chapa, y que el chaval rodándolo, guiaba con un alambre grueso, que terminaba por la parte de la rueda en forma de "u".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muchacho… -inquirió la mujer- ¿Quieres entrar a la taberna y ver si está dentro José el albañil?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, señora, ahora mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al momento salió acompañado efectivamente por él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola, Isabel, ¿me ha llamado usted?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es. Verás, me manda don Álvaro para decirte que vayas esta misma noche a su casa, creo que es acerca de un posible trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Muchas gracias, iré enseguida!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hasta ahora, pues!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El albañil entró con una sonrisa de oreja a oreja en la taberna y yéndose a la mesa donde jugaba, terminó su vaso de un trago dirigiéndose a sus compañeros de juego:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ahí os quedáis, tengo prisa! ¡Que termine otro por mí la partida, muchachos! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y volando, más que corriendo, llegó a su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡María! ¿Te has enterado de la noticia? -gritó entrando por la puerta casi sin abrirla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, marido. Ha estado aquí Isabel y al pillarle de paso le he dicho que se pasara por allí y te lo dijera ella misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y a qué esperas? Prepara la palangana que me lave. Sácame las zapatillas de cáñamo y la camisa que me hiciste para el bautizo del niño de Antonio... ¡rápido!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo esto se lo pedía a su mujer con mucho acelero, pues el nerviosismo se lo comía. Quería estar allí, ya, enfrente de don Álvaro.                 &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María trataba de tranquilizarle. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya tienes la ropa encima de la cama, vístete tranquilo, que llegarás con tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez lavado y vestido, salió de la casa bajando la empinada cuesta que conducía desde su humilde barrio a la plaza del Generalísimo, pues allí, en el lugar de más preferencia, se encontraba la casa del alcalde. Un enorme y suntuoso caserón de cierta antigüedad, con aspecto exterior cuidado a lo sumo. Los forjados de las rejas eran de un labrado exquisito y un enorme escudo nobiliario presidía el centro de la enorme fachada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La entrada principal estaba en un lateral de la casa, a la que se accedía por unas lujosas escalinatas con peldaños de mármol blanco y suave pendiente. El rellano lo cubría un precioso tejado de dos aguas en teja árabe y, abajo, lo embellecían dos arcos de medio punto, uno dando frente a las escaleras y el otro a la calle que salía de la plaza en dirección al Casino, que no se hallaba lejos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta de entrada era enorme, dividida en dos hojas de recia madera de pino, rematadas por dos picaportes dorados en forma de sendas cabezas de león, que le daban un decidido aire de mansión. José, tembloroso, dio un suave golpe con uno de ellos, retirándose un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pasó mucho hasta que el ama de llaves le abrió, aunque  esos segundos le parecieron eternos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Caramba, José!  -exclamó la anciana- ¡Quién te vio en el bar y quién te ha visto aquí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya lo ve, Isabel, quería llegar antes de que estuviese cenando don Álvaro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, pasa detrás de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le siguió, con la gorra en la mano, por un amplio recibidor y a través de un largo pasillo llegaron después al despacho de don Álvaro. Tenía éste un amplio ventanal que cubría la superficie de pared que dejaba el hueco de unas altas estanterías repletas de lujosos volúmenes. Sobre ellas, varios trofeos disecados cobrados en sus innumerables cacerías allá en el Almendral, compaginando todo ello con algunos cuadros, estratégicamente situados, de motivos cinegéticos. El despacho lo cerraba una larga mesa en color oscuro, agolpada de papeles, y a su espalda, presidiendo toda la habitación, un cuadro de grandes dimensiones de su Excelencia el Caudillo vestido de militar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Detrás de esa mesa resaltaba la figura regia e impenetrable del dueño de la casa, don Álvaro de Monteoliva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Se puede pasar? -preguntó el ama de llaves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pasad, pasad! -contestó sin levantar la vista de unas cartas que veía con interés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí está José, el albañil -siguió diciendo Isabel- que le di la razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted dirá, don Álvaro -dijo con voz algo tenue el aludido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Estás parado ahora, no es eso? -preguntó levantando la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es, llevo una temporada sin trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, me he acordado de ti porque tengo al menos dos meses de obra en el Ayuntamiento. Consiste en hacer unas reparaciones generales, dado el ruinoso estado en que se encuentra dicho edificio y la verdad es que se dice de “usted” que es uno de los mejores albañiles del pueblo -comentó con un tono un tanto irónico, que no supo percibir el bueno de José.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Favor que usted me hace. –contestó algo más confiado- La verdad es que me apaño un poco, y los años en el oficio...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien -cortó don Álvaro- el sueldo no es muy alto, lo estamos pagando a cinco duros la jornada de sol a sol, pues corren malos tiempos y no se puede hacerlo a más.                                        &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estoy de acuerdo con el ello, necesito trabajar sin falta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si es así, te espero el lunes en la puerta del Ayuntamiento a las siete de la mañana. ¡Ah los peones ya los tengo buscados! Con dos y uno con bestias para traer el agua creo que bastarán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo que usted mande don Álvaro, cuente que allí estaré -contestó el albañil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Isabel! -gritó don Álvaro- Acompaña a José.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ama de llaves lo sacó del despacho, conduciéndolo hasta la puerta, y despidiéndolo después cariñosamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche caía y el albañil, sin pararse ni siquiera en la taberna, marchó para su casa acompañado de un monótono ladrar de perros a medida que caminaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de la cena en casa de don Álvaro, y una vez que se hubo retirado el servicio, doña Loreto y su hermano subieron a la amplia terraza llena de bellas flores y un oloroso galán de noche que tenía perfumado el ambiente. Él, recostado en su asiento, sostenía una copa de brandy en una mano y su inseparable pipa en la otra. Ella, se disponía, como casi todos los días de los meses de verano, a poner un disco sobre una llamativa gramola con un altavoz dorado en forma de gran campanilla, que, a chorro, esparcía al viento las melódicas notas de una vieja canción, evocándole recuerdos de su pasada juventud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era digno de observar a los muchos pobres del pueblo cómo esperaban ese momento para agruparse en los aledaños de la casa de los señoricos, y escuchar la maravillosa música que salía de "la maquina cantaora", como decían ellos, y pasar allí la velada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué? -preguntó doña Loreto- Vino José, accedió al trabajo y todo a la perfección, como planeé ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es, todo como tú lo calculaste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro que sí! -afirmó- ¿Acaso podía ese pobre desgraciado decir que no a tan suculento ofrecimiento y más en sus condiciones? Sin estar yo presente -siguió diciendo ufana- seguro que sólo le habrá faltado besarte las botas, Álvaro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, sin exagerar -contestó pensativo- Se le veía muy necesitado y sus ojos brillaban por la ocasión que tenía enfrente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vale! -cortó su hermana- El primer paso ya está dado, ahora hay un detalle que puede hacer que la mosca venga a la tela de la araña -dijo mientras cambiaba el disco de la gramola y una sonrisa malévola le iluminaba la cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué estás tramando, criatura maléfica?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hermano, hermano, no discurres lo que debieras! Piensa quien da en éste pueblo los permisos para los bailes ¿eh?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé a dónde quieres ir a parar  -exclamó un tanto confuso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues muy fácil -terció doña Loreto- Hay que enterarse en el grupo que está Ana María y quién es la que viene a pedírtelo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues por ese barrio –contestó apartándose la pipa de la boca y frunciendo el entrecejo, como entendiendo ya la conversación- suelen venir Angelitas o Clara la de Ramón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues espabílate y apáñatelas como sea para que el permiso tenga que venir a pedirlo ella, y mejor ocasión...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El humo de la pipa de don Álvaro subía al tachonado cielo de verano y sus ojos brillaban más que las estrellas que le cubrían. Mientras, abajo, los pobres, la sufrida gente, ajena a todas estas maquinaciones, disfrutaban inocentemente de las notas musicales que, envueltas en un oloroso galán, alegraban y perfumaban el ambiente cálido de esa noche de agosto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-4771945866836514666?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/4771945866836514666/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=4771945866836514666' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4771945866836514666'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4771945866836514666'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-iii-el-empleo.html' title='Capítulo III EL EMPLEO.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-6939289343991926917</id><published>2007-09-25T00:19:00.002-07:00</published><updated>2007-09-25T03:39:19.817-07:00</updated><title type='text'>Capítulo IV LA VENIDA DE LOS SEGADORES. LAS RUEDAS.</title><content type='html'>El ruido de la pólvora al estallar en el ancho cielo denotaba a las claras que algo estaba sucediendo en el pueblo esa tranquila mañana del último domingo de agosto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué pasa? -se preguntaron las gentes asomándose a las ventanas por ver si se divisaba algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos niños corriendo y a voz en grito iban dando la noticia:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Los segadores, que vienen los segadores!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Los segadores por fin! -exclamaron muchas mujeres corriendo al encuentro, que estaban haciendo su entrada en el pueblo en ese mismo instante, tirando los últimos cohetes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Cuánta emoción y lágrimas que no se podían contener! ¡Cuántos abrazos de mujeres y niños a sus maridos y padres que volvían después de meses de estar fuera!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No era de extrañar la alegría del momento. Estos pobres hombres, llevaban mucho tiempo lejos de sus hogares, de su pueblo. Iban como cada año, andando a los montes, a pasarse la jornada de sol a sol, segando mucho y comiendo poco, durmiendo sobre el duro suelo del tajo, a la intemperie, entre los haces apilados de mies, tratando de traer unas míseras pesetas y así poder pagar las deudas  contraídas por sus familias en las tiendas, que les habían estado dando fiado a la espera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel, saliendo de la casa de su tío Frasquito, marchó también a recibirlos, pues tenía sus motivos. Su hermano mayor se encontraba entre ellos, había estado de manijero en la partida. Lo divisó a lo lejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Antonio, Antonio...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia él se acercó un hombre de unos cuarenta años de edad, alto, y curtido por el sol de justicia al que había estado expuesto. Al llegar a su lado, lo abrazó fuerte, subiéndole por el aire.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-¡Hola Miguel, no sabes lo que te he echado de menos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y yo a ti, hermano, ¡estaba tan solo! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sabes? Te he traído una sorpresa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A mí? -preguntó lleno de nervios y curiosidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, mira.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y bajando una mochila que traía sobre la espalda, se la puso en las manos. Por la parte de arriba se divisaba una cabecita toda blanca, a excepción de una mancha a modo de lunar que tenía en la misma frente. Era un precioso cachorrito que le habían guardado de la perra del dueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel lo terminó de sacar de la mochila y, manteniéndolo en el aire, no dejaba de mirarlo, riéndose mucho y no creyéndose que fuera a ser el poseedor de tan tierno y lindo animal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -preguntó Antonio- ¿Te gusta o no? Si es así, habrá que buscarle un nombre...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro, claro! -balbuceó el muchacho- ¿Cómo le podríamos llamar...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Miguel ¿te parece que, como tiene ese lunar negro en la frente y va a estar en la fragua del tío, le pongamos "Tiznón"?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tiznón, caray…! -exclamó- Oye, pues resulta gracioso ese nombre y además le pega. ¡Gracias Antonio, pero ya sabes que mi mejor regalo, es saber que te tengo aquí de nuevo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ya lo sé, venga vamos a casa!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran las cuatro de la tarde. La familia acababa de almorzar. José se fue al corralón a poner en orden todas sus herramientas, pues al día siguiente tenía que estar ya con todo preparado para el comienzo de las obras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madre e hija terminaban de fregar la sartén de las migas que habían preparado con harina de maíz y que se las habían podido comer con un “guardia civil” para cada uno como engañifa. María le comentó entre tanto:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Oye, tienes que llegarte a la casa de don Felipe, el médico, y llevarle unas sabanas que me encomendó para la consulta, que se las tengo ya preparadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, madre.  Déjeme que termine de barrer la cocina y me arregle un poco y en seguida voy, ¿vale?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese instante la puerta de la casa se abrió como si una bocanada de viento hubiese soplado fuerte sobre ella y sin dar tiempo a que madre e hija salieran siquiera de la cocina, ya había penetrado hasta ella una chica de unos diecinueve años, bajita y rechoncha, ardilosa, simpática y extrovertida. Un diablo, como solían decirle las dos a Julia, que era la muchacha en cuestión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola bicho! -le soltó Ana María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo que bicho? ¡Pero bueno, vaya clase de prima que tengo. ¡Y la fama que me da! -contestó la graciosa joven con su cachondeo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Es cariñoso mujer, ya lo sabes!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro hija! Escucha, esta noche en la placeta de la cruz de los caídos vamos a ir todas a hacer una rueda con los mozuelos. ¡Cuento contigo, no me puedes fallar!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Espero que mi padre no me ponga ninguna pega -contestó meneando la cabeza- Por si acaso vamos las dos y se lo decimos, que está ahí en el corralón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga, que siempre tengo que sacarte las castañas del fuego, primilla!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Padre -le llamó Ana María, entrando con Julia- Esta noche queremos ir con las mozuelas para hacer unas ruedas y divertirnos un rato. ¿Me dejará ir, verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro, hija! Pero no vengas tarde -contestó José que metía en una espuerta de pleita, una palustra y una piqueta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las dos muchachas salieron de allí, dirigiéndose otra vez a la casa.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Oye -preguntó Ana María- ¿Por qué, ya que estás aquí, no me acompañas a casa de don Felipe, que tengo que llevarle una canasta de costura?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo siento -se excusó su prima- pero mi madre me ha puesto unas tareas a mí también y quiero terminarlas, pues me ha dicho que si no, no hay salida. He venido escapada sólo a decirte esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vale! ¡Venga bicho, nos vemos luego! ¡Y pásate a por mí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así lo haré, me pasaré con Angelitas, Clara y toda la peña sin falta y ahora te dejo, que me voy corriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la misma agilidad que había venido se fue, dejándola preparando el encargo del médico. Una vez metidas todas las sabanas en una gran cesta, se la echó a la cadera y salió en dirección a la clínica, que se encontraba en la otra punta del pueblo, muy cerca de una de las dos tiendas de ultramarinos que había. Por el camino pensaba en el herrerillo, lo vería sin falta por la noche en las ruedas. Se acordaba de él. No tenía que pasar necesariamente por su puerta, pero, dando un pequeño rodeo, echó por allí, por si pudiera verlo aunque fuera de lejos, al menos con eso se conformaría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fue así por su parte, aunque él sí que la vio mientras daba de comer a Tiznón en el huertecillo. No se lo pensó dos veces, aunque la vergüenza y la timidez se lo comían por dentro. Cogió al perrito, se lo guardó debajo de su raída chaqueta y corrió detrás suyo sin que ella se percatase. La siguió y esperó a que saliera de la casa de don Felipe, y en el callejón de la almazara le salió al paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la ruborizada muchacha casi se le cae la cesta ya vacía, por la impresión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola Ani! -balbuceó el muchacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola Miguel! ¿Qué haces aquí? -preguntó acalorada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada -contestó impaciente el joven- Te he visto pasar junto a mi huerto y te seguí, pues aparte de que necesitaba verte, tengo un regalo para darte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Un regalo para mí? -preguntó extrañada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, ¡mira! -contestó sacando al perrito de debajo de su chaqueta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María miró con curiosidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Un perrito? ¿De dónde lo has sacado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me lo ha traído mi hermano Antonio de la siega y quiero regalártelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No, Miguel! -respondió enérgica- Lo habrá traído para ti, no puedo de ninguna manera quedarme con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ani, por favor, quédatelo! ¡Me harías con eso el hombre más feliz de la tierra, te lo juro!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha observaba sin parar al perrito; le gustaba, ella nunca había tenido ninguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él remató el asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hablaré con mi hermano, se lo explicaré; es muy bueno y lo entenderá. Venga, mételo en la cesta y llévatelo. Oye, por cierto -preguntó cambiando hábilmente de tema y dando por zanjado a su favor el otro- ¿Irás esta noche a las ruedas, verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, por supuesto, pero ahora me voy, llevamos mucho rato aquí y puede vernos alguien -le observó, mientras ya iba caminando calle arriba en dirección a su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y gracias por el perro, ahora no sabré qué decirle a mi madre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dile que te lo has encontrado. Por cierto, se llama Tiznón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha recorrió en un dos por tres el camino que le separaba de su casa con el perrito metido en la cesta. Al llegar procuró calmar su respiración y parecer lo más normal posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Madre, ya estoy de vuelta del encargo –comentó acelerada, queriéndose marchar a su cuarto sin que la viese. Pero ésta, como la vista es tan ligera, notó el bulto y le preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué llevas ahí escondido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un perrito madre -contestó viéndose ya descubierta- Lo he encontrado por el camino, abandonado, y me ha dado lástima -dijo mintiendo y con miedo de que se le notase- ¿Podré quedármelo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero, ¿y si es de alguien? -preguntó pensativa la mujer- A ver, ¿dónde lo has encontrado, dime?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mire, no voy a seguir más con la farsa, me lo ha regalado Miguel, que le he visto cuando salía de la casa del médico; al parecer se lo ha traído su hermano de la siega. Yo quiero quedarme con él, por favor...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero... ¿y a tu padre qué le vamos a decir? ¡Hay que ver hija en que líos me metes con tus cosas! Bueno, escóndelo en tu habitación y ya veremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Muchas gracias, es usted un sol! Por cierto, me ha informado que ya tiene nombre, le ha puesto Tiznón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre se sonrió ligeramente por la ocurrencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, le habilitó un lugar entre unas mantas viejas en su cuarto y le llevó un pequeño cuenco de leche, que el perrito lamió con ganas mientras le movía a su benefactora el rabito en señal de agradecimiento. A pesar de todo esto, la tarde se le hizo eterna, pues no veía que llegase la hora de marchar a la rueda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su primilla Julia llegó puntual y a la hora convenida, acompañada de una parvada de muchachas, entre las que se encontraban Angelitas, joven pelirroja, de mediana estatura, muy blanca de piel y que vestía un fresco vestido de gasa estampado que le hiciera su abuela, con la que vivía, pues era huérfana de padres a consecuencia de la maldita guerra civil; y Clara, algo mayor que ellas y que ya se le estaba pasando el arroz, según decía la madre de Ana María, porque contaba con algunos años más que las amigas, pero en verdad que no desfavorecía el grupo, pues no era mal parecida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras se marchaban las mozuelas calle abajo haciendo piña, observó con atención María a todas ellas desde la puerta entreabierta, despidiéndolas. No era pasión de madre, su hija destacaba del grupo, no sólo por su altura, sino por su estilo y elegancia. Iba vestida sencilla, pues los lujos no estaban precisamente a su alcance, pero llamativa. Su rojo vestido, de suave y fresca tela, tenía una caída elegante que realzaba la figura estilizada de la muchacha. Su ondulado pelo negro recogido por una felpa roja a juego, sujetando una delicada flor, y un pelín de pintalabios, terminaban de completar tan femenina estampa. Con sus risas y locuras, propias de la juventud, doblaron  la esquina y María, con un sentimiento de orgullo, se adentró en la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas las chicas, subieron presurosas unas empinadas escaleras de piedra en forma de  "ese", que conducían a la plazeta de la cruz de los caídos, que ya empezaba a estar concurrida. La noche acababa de caer y las primeras estrellas del cielo se agrupaban como espectadores que se van acomodando en su asiento para disfrutar del espectáculo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El llamado mirador era bastante espacioso, lo cerraban, por el lado de fuera, unos altos muros de ladrillo macizo que remataban en la parte superior formando dos niveles a modo de grandes escalinatas, sobre las que se agrupaban, sentadas, las viejas del pueblo, con sus moños y sus lutos seculares, guardando celosas a las chicas que les habían encomendado del decir de las gentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A todo lo largo del mirador varios árboles menudos trataban de no estorbar al gentío que había allí convocado y al fondo se recortaba, entre dos grandes cipreses, una enorme cruz de mármol gris, que recordaba a los caídos por la patria en la reciente guerra civil. Y ya, el lateral de adentro, lo cortaba una gran y preciosa ermita que guardaba a una joya querida por todos los habitantes del pueblo, como era su milagroso patrón San Blas, santo que desde hacía ya más de trescientos años se veneraba con fervor en el lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María saludó al corro que allí se encontró y echando luego un ligero vistazo por doquier comprobó con satisfacción que Miguel había llegado. Sus miradas se encontraron en ese instante escapando al control de los dos el magnetismo que desprendían, ¡tan fuerte es el primer amor!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El joven iba a dirigirse hacía ella cuando lo paró Gabriel, el amigo con el que estaba al final del mirador, para que se liaran un pitillo. Ninguno de ellos fumaba, pero esa noche se imponía el hacerlo, pues con eso creían dar una sensación de hombres duros hechos y derechos. Entre caladas y toses continuadas, Miguel acabó tirando el pitillo a medio fumar y se dirigió por fin al corro donde se encontraba Ana María. Su primilla la avisó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ahí le traes chica, vaya miradita, y viene a por ti!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Calla tonta, y no me dejes sola, que me muero de la vergüenza!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga! -rió Julia- ¡Ya sabes que la vergüenza era verde...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No me gustan las bromas -interrumpió Ana María- que estoy nerviosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola! -saludó el herrerillo a todas quitándose la gorra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola Miguel – respondieron ellas al unísono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué, con ganas de divertirse, no? -comentó él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tú dirás! -saltó la comedianta de Julia, que siempre se adelantaba- Lo mismo que tú, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro, claro! -balbuceó el muchacho que, dando unos pasos más, se acercó a Ana María y cogiéndola del brazo la sacó fuera del grupo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye -le dijo sin parar de mirarle a los ojos- ¡Estás guapísima esta noche y esa flor que llevas en el pelo te sienta muy bien!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gracias Miguel, ¡será que me miras con buenos ojos! Tú también estás muy atractivo con ese chaleco, además creo que ya eres un hombre y todo -bromeó la joven- pues me ha parecido hasta verte fumar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Que va! -interrumpió- El cabezón de Gabriel, que le ha cogido la pitillera y los libritos al padre y se ha empeñado...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, pero no te acostumbres -le aconsejó medio en broma la joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ani -prosiguió el herrerillo- quería preguntarte que por supuesto estarás a mi lado, cogido de la mano en la rueda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro! -contestó ella- Pero nos pondremos con el mayor disimulo, como si cayésemos juntos; ya sabes que todo el mirador está lleno de viejas a la caza de alguna noticia para el periódico del lunes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se rió Miguel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En eso sí que tienes razón Ani, esas viejas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ése preciso instante Clara, la muchacha más mayor del grupo dio unas cuantas palmadas dirigiéndose a todos los jóvenes que pululaban por el mirador de allá para acá entre voces y risas de jolgorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A ver! -gritó enérgicamente- ¡Acercaos todos, venga, que vamos a hacer una rueda lo más grande que podamos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Chicos y chicas corrieron presurosos hacía donde ella estaba, que a modo de organizadora, trataba de poner orden allí, pues los jóvenes corrían a cogerse de la mano de su amada, buscándola entre todo el grupo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La rueda se formó por fin. Era, efectivamente, bastante grande; podía contar con al menos cuarenta miembros y al abrirse del todo conformó una gran circunferencia, quedando en el centro Carmencita, una muchacha de unos quince años, huérfana de madre, escogida precisamente, para escenificar y dar más realismo a esa primera rueda que versaría sobre ese mismo tema, y que ya empezaba a cantar el coro en estos términos:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dime, niña, ¿por qué lloras?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carmencita siguió con el tono:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es que vivo sin consuelo, &lt;br /&gt;tuve madre y la perdí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El coro prosiguió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nosotras te ayudaremos&lt;br /&gt;y otra madre encontrarás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo esto, mientras los componentes de la rueda se movían todos a la vez dándole la vuelta en círculo, a un ritmo lento y acompasado y así la del centro podía verles la cara a todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguió  ella:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidme, niñas queridas,&lt;br /&gt;¿esa madre en dónde está?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continuó el coro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;      Está dentro de una capilla&lt;br /&gt;colocada en un altar&lt;br /&gt;y su nombre es María&lt;br /&gt;sin pecado original.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al terminar esta estrofa todos se agruparon en torno a la muchacha y rompiendo la rueda terminaron cantando con el tono del himno nacional:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Virgen María es nuestra defensora,&lt;br /&gt;es nuestra protectora, no hay nada que temer&lt;br /&gt;¡gloria, gloria, guerra contra Lucifer!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabando con fuertes palmadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Verdaderamente era un espectáculo social digno de observar.  Nadie se lo quería perder, no había nada más que echar un vistazo al mirador. Luego, las ruedas tenían el inmenso privilegio de juntar en ellas a todas las clases sociales del pueblo, cuestión muy mirada en  todos los ámbitos de la sociedad, por ejemplo en los bailes; allí sí que había distinción y cada uno tenía su selección de gentes, a la que no podía acudir la restante y por supuesto, mientras que los bailes tenían que terminar a las doce, indefectiblemente, las ruedas no tenían horario alguno. Éstas eran otra cosa, allí convivían los caciques con los más pobres y necesitados; el secretario con el mulero; el médico con la mujer de dudosa reputación… En fin, este divertimento mundano, servía en gran medida como válvula de escape en una sociedad jerarquizada y decimonónica que dejaba ver, aunque no se entendiera todavía, o no se quisiera entender, que las personas por encima de todo son personas, independientemente del dinero o la clase social, y que la relación entre ellas, debe ser libre y espontánea para una verdadera y mejor convivencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo el ruido cesó momentáneamente y la voz de Clara se dejó sentir:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vamos, vamos que comenzamos otra!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, efectivamente, al momento ya tenían conformada otra grande  y en el centro se había puesto esta vez Ana María. Harían la canción de la viudita, que empezó cantando así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi marido me escribió una carta&lt;br /&gt;que con ella me hizo llorar,&lt;br /&gt;que cuidara de todos mis hijos&lt;br /&gt;que sin padre se iban a quedar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Yo soy la viudita &lt;br /&gt; del conde Laurel&lt;br /&gt; que quiere casarse&lt;br /&gt; y no encuentra con quién.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguió el coro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si quieres casarte&lt;br /&gt;y no encuentras con quién&lt;br /&gt;escoge a tu gusto&lt;br /&gt;que aquí tienes quién.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prosiguió Ana María:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escoger no puedo&lt;br /&gt;porque soy mujer,&lt;br /&gt;el hombre que quiera&lt;br /&gt;que venga a mis pies.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces Miguel, separándose del grupo, avanzó hacía el centro, donde estaba ella, y arrodillándose le cantó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A tus pies postrado&lt;br /&gt;como amante fiel,&lt;br /&gt;si quieres casarte&lt;br /&gt;aquí tienes quién.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acto seguido se levantó y entrelazando su brazo a la altura del codo con el de su pareja empezaron a bailar, cambiando a cada compás de brazo, lo mismo que los demás componentes y cantando todos:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me arrodillo a los pies de mi amante,&lt;br /&gt;me levanto con fe y constante,&lt;br /&gt;¡que dame una mano que dame la otra!&lt;br /&gt;¡que dame un besito que sea de tu boca!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A dar la media vuelta,&lt;br /&gt;a dar la vuelta entera,&lt;br /&gt;pero sí pero no &lt;br /&gt;que me da vergüenza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo esto sin parar de girar y de cambiar de brazo. La rueda pillaba ya todo el mirador de punta a punta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Daré un pasito atrás&lt;br /&gt;para hacer la reverencia,&lt;br /&gt;¡pero sí pero no,&lt;br /&gt;mamita mía te quiero yo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminaron jadeantes y sudorosos. El tiempo se les pasaba volando, todos querían más. Hicieron otra, metiendo esta vez a algunas viejas que, reacias, no querían intervenir. Julia ya se había encargado de involucrar a todas las que pudo y la rueda parecía un tanto surrealista. Ya cantaban de nuevo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El torero tiene un hijo,&lt;br /&gt;lo quieren meter a fraile,&lt;br /&gt;lo quieren meter a fraile.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hijo dice que no,&lt;br /&gt;torero como su padre,&lt;br /&gt;torero como su padre.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Dame la capa papá&lt;br /&gt;que me voy a torear,&lt;br /&gt;que me voy a torear.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La capa no te la doy&lt;br /&gt;que el toro te va a matar,&lt;br /&gt;que el toro te va a matar.&lt;br /&gt;                                   &lt;br /&gt;A mí no me mata el toro&lt;br /&gt;ni tampoco los toreros,&lt;br /&gt;ni tampoco los toreros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mí me mata una niña&lt;br /&gt;que tenga los ojos negros,&lt;br /&gt;que tenga los ojos negros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche con su curso sin pausa se adentró en la madrugada y las viejas empezaron a refunfuñar tirando de las jóvenes, que no tuvieron más remedio que marchar con ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así lo hizo el grupo de Ana María, junto con el herrerillo, Gabriel y otros amigos. Las guardianas iban dejando a cada joven a su cargo en sus respectivas casas. Quedaban ya sólo el herrerillo y su pareja, Julia con su abuela y Gabriel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegaron a la calle donde vivía Ana María. A lo lejos se divisaba su casa, con el balconcito en medio del piso superior donde dormían sus padres. Miguel se adelantó, cogió una piedrecilla y la arrojó a la madera, dando un pequeño golpecito, que sirvió para que una pobre luz asomara por los resquicios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Pero hombre, qué haces? -le dijo ella- ¿Cómo sabes que es así como le aviso  a mi madre de mi llegada?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él se rió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me lo ha dicho un pajarito que me cuenta muchas cosas tuyas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y aprovechando un tramo en la calle que estaba en semioscuridad robó un beso furtivo a los labios de su amada, quedándose la joven sin saber qué hacer ni qué responder por la impresión, pero con el regusto dulce de un primer beso fugaz y enamorado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Dulces sueños Ani, hasta mañana! -le deseó perdiéndose en la madrugada con un silbido socarrón en sus labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenas noches Miguel!- suspiró Ana María sin que él ya la oyese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y su deseo voló alto, confundiéndose con las mágicas estrellas que brillaban a esa hora más radiantes que nunca.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-6939289343991926917?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/6939289343991926917/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=6939289343991926917' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/6939289343991926917'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/6939289343991926917'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-iv-la-venida-de-los-segadores.html' title='Capítulo IV LA VENIDA DE LOS SEGADORES. LAS RUEDAS.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-8807822981444254825</id><published>2007-09-25T00:19:00.001-07:00</published><updated>2007-09-25T03:40:39.227-07:00</updated><title type='text'>Capítulo V EL PRIMER ROCE. CARTA DE ARGENTINA.</title><content type='html'>La mañana de aquel lunes había amanecido un tanto neblinosa. La campana del reloj de la cercana torre acababa de dar la media y ya estaban el maestro albañil y los tres peones buscados por el alcalde sentados en el mismo tranco del Ayuntamiento, acabando un pitillo, mientras charlaban acerca de los pormenores de la obra que se disponían a empezar. El interlocutor más inmediato de José era Pedro, hombre de unos cuarenta años, de más bien alta estatura, aunque aparentaba medir menos debido a que tenía la espalda algo encorvada. Buen peón, trabajador donde los haya, y que estaba siempre de ayudante en las obras con Luís el de Juana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-José -preguntó- ¿por dónde diablos le vamos a meter mano al edificio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aludido como meditando, le contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Humm, espera que lo vea por dentro para poder decírtelo con mayor rigor, en general lo veo mal pues es algo viejo y posiblemente no le hayan hecho obra en su vida, pero mirándolo por el lado bueno, aquí vamos a tener trabajo para rato, hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Efectivamente! -prosiguió Pedro girando la conversación- Por cierto, anoche no fuiste a la taberna del tío Matías y no sabes la partida que te perdiste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya sabes -le salió al paso José- que cuando estoy trabajando o hay un trabajo por medio no suelo asomar por allí, que luego pasa lo que pasa y la mejor manera de que no pase, es evitándolo ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro... claro...  -murmuró el peón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Jo.. José piensa bi.. bien -balbuceó Federico, el tercer interlocutor, muchacho de unos diecisiete años, delgaducho, de tez morena y algo tartaja. Estaba allí al haber sido llamado para traer el agua de la obra con sus bestias y demás faenas que se terciasen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya!  Entonces es que los demás somos los viciosos… ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No...no he que..erido decir e..eso, lo que..e pasa es que e..en los ba..ares se apre..ende po..poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Caramba! -ironizó Pedro- ¡Ya nos salió el moralista! Muchacho, el hombre también tiene que tener un descanso al día y si ese descanso es delante de un buen vaso de vino mientras se juega una partida al julepe o al monte, mejor que mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye Pedro -interrumpió José- No quiero que me falles un día, así como tampoco que discutas conmigo, pues te conozco tus prontos y los temas políticos los dejas aparte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bueno! -saltó a la palestra el cuarto interlocutor, Simón, el mayor de todos, hombre afín a don Álvaro, su correveidile; quería tenerlo en la obra, no para trabajar, que por su edad ya podía bien poco, sino más bien para espiar y contarle los chismes que se dijeran en el tajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo primero -siguió hablando bastante alterado- es que estas obras las debía haber realizado Luís el de Juana, que eran para él; no sé por qué extraña razón te las han dado a ti. No lo entiendo. Además quiero dejar claro, y  eso ya lo sabes, que no me gustas un pelo, ni tú ni tu raza de rojos malditos y si por mí fuera, ya verías dónde te ibas a ver...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José, que no esperaba esas palabras tan fuertes, tardó en reaccionar. El enojo le encendía la cara de ira y un sentimiento de rabia recorrió todo su cuerpo. Le dieron ideas de abalanzarse sobre él, pero se contuvo; el primer día no quería dar un espectáculo, el trabajo le hacía mucha falta, más aún, era vital para él y su familia, así que se tragó su orgullo mirándole fijamente a los ojos,  diciéndole:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No te contesto, y menos en la forma que tú quieres. Sólo te digo que es una pena en las manos que está España, manos de dictadores y de gente reaccionaria y poco sociable como tú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Simón hizo ademán de ir a por él, pero en ese momento empezaron a sonar las campanadas que anunciaban que eran las ocho y por el fondo de la calle se apreciaron los movimientos de un grupo de gente que se dirigían al Ayuntamiento. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se contuvo, pero le amenazó diciéndole que eso no quedaría así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al minuto, don Álvaro, majestuoso y regio, se encontraba ya en la puerta del edificio consistorial acompañado de toda su comitiva, como eran don Víctor Lupiañez, el secretario, así como el resto de la corporación. Y cerrando filas, Luciano, el alguacil, también apodado el  gorrión, pues el hombre saltaba de una calle a otra sin parar cuando de echar un bando se trataba. Contaba ya con más de setenta años su obeso cuerpo y cuando se bebía un vaso de vino su cara se ponía roja como una gamba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los cuatro trabajadores se quitaron rápidamente la gorra al verles llegar. Simón se adelantó moviéndole el rabo a su amo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días don Álvaro y demás autoridades! Aquí estamos, al pie del cañón esperándoles a ustedes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días! -saludaron también José y los obreros restantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cacique no contestó. Haciendo gala del laconismo que le caracterizaba se dirigió al maestro albañil:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Le gustan los peones que le he buscado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba a contestar José, cuando de nuevo habló don Álvaro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los veo gente seria y trabajadora: ellos cumplirán, espero que tú también cumplas tu cometido y ahora veamos el edificio por dentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dando medía vuelta a la llave, el alguacil abrió la gran y pesada puerta, entrando el alcalde en primer lugar y luego el resto de los presentes. Lo primero que inspeccionaron fue la sala de entrada. Era de medianas dimensiones y presentaba algunas grietas delatoras en su cielo raso, no teniendo las paredes mal alguno, salvo un poco de humedad. Distaba mucho de ser una de las peores habitaciones del edificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la izquierda se abría la puerta de la sala del juzgado de paz. Entraron, o mejor dicho, trataron de entrar, pues no pudieron debido al desprendimiento de algunos palos del segundo techo que semanas antes se había producido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Madre mía! -exclamó José- ¡Esto está peor de lo que yo pensaba!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De la sala del juzgado pasaron al despacho del alcalde y de allí al salón de actos. Todo presentaba un estado ruinoso, grietas por doquier en las paredes, falsos techos a medio caer. Pidiendo a gritos estaba ya la casa consistorial una reparación y para eso estaban José y sus peones dispuestos a liarse  con la faena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salieron todos a la calle. Don Álvaro y el maestro albañil subieron por una estrecha escalera superpuesta al alto tejado del edificio. Gran parte de las tejas que cubrían la techumbre habían sido juguetes del viento, lo que había propiciado la caída de continuadas goteras, que, a la postre, serían las culpables del desprendimiento de los cielos rasos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez examinado todo el edificio en su conjunto, preguntó el alcalde:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; - ¿Y bien José?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aludido, un poco pensativo, contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está en un estado ruinoso. Habrá que desmontar el tejado, pues las maderas están podridas, así como volver a hacer todos los cielos rasos y revoque de paredes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bueno, pues manos a la obra!- contestó con bríos- El camión de Ángel te proveerá de todos los materiales necesarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al terminar estas palabras dio media vuelta y seguido por la comitiva se marcharon todos del lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Momentos después de que José se fuera para el trabajo la madre de Ana María la llamó, o mejor dicho, le dio los buenos días en su cuarto pues ya se había levantado y estaba en esos momentos haciendo su cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días madre! Termino de hacer mi cuarto y me llego a por la leche en un salto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De acuerdo hija. Esta mañana me he levantado con algo de hambre, será del buen humor de ver que tu padre ha vuelto a trabajar de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Puede ser. La verdad es que se respira otro aire en la casa, me llevo a Tiznón, que me acompañe por el camino. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vale hija.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardaron en volver. María, mientras, había preparado el desayuno de José, consistente en un trozo de pan y un poco de tocino, lo que podía la pobre. Desayunaron rápido y marchó Ana María hacía el Ayuntamiento. Doña Loreto sabía que la muchacha pasaría en unos instantes por su puerta, era el camino más corto desde su casa hasta allí, y ya tenía ideado un plan para empezar a atacar el objetivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había mandado al ama de llaves a que le hiciese unos recados, adrede, para quedarse solos en la casa ella y su hermano. La muchacha, al llegar a la altura de la terraza de ellos, sintió unos gritos que salían de adentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Socorro, ayuda, me he caído de la silla de ruedas, por favor…!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No vaciló, la puerta estaba entreabierta, así que entró y entre titubeos por la magnitud de la casa y el no conocerla, llegó por fin hasta la señorica. Aparecía ésta sentada en su silla como de costumbre, cosa que la extrañó, y detrás de ella estaba la figura impenetrable de don Álvaro. Ambos la miraban fijamente, como escudriñando cada parte de su ser. Se sintió aturdida, sin reacción. Doña Loreto le habló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Gracias chiquilla por venir a socorrerme! Momentos antes llegó mi hermano y me recogió del suelo, donde me hallaba, subiéndome de nuevo a mi silla, pero gracias de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No hay de qué señora, mi deber era entrar a socorrerla -contestó Ana María que seguía confusa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye, eres muy guapa, ¿de quién eres hija? -preguntó doña Loreto como si verdaderamente no la conociera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De José el albañil, el que ha empezado las obras en el Ayuntamiento -contestó ingenua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Caramba! -exclamó la señorica- ¡No sabía yo que tuviese José una hija tan hermosa, y… ¿te corteja alguien? -preguntó interesada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Que va señora! ¡Aún soy muy joven para eso!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno joven sí, pero no me negarás que ya eres toda una mujer y que sabrías ciertamente hacer feliz a un hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha se ruborizó, quería irse, la conversación estaba tomando un giro que no le gustaba, algo presentía, así que hizo una flexión de piernas y pidió cortésmente permiso para ello argumentando que su padre la esperaba para poder desayunar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tienes razón! Don Álvaro te acompañará hasta la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por el pasillo que daba al salón el malvado personaje aprovechó para cogerle con una mano el brazo y con la otra, haciendo ganchos con sus dedos, acariciar su frondosa mata de pelo negro, que se enredaba entre ellos aumentando su lujuria, y aunque ella hizo esfuerzos por soltarse, todo fue inútil, pues él la apretó aún más, susurrándole al oído:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Desde que te vi la otra mañana no he dejado de pensar en ti. Sé que nos separan los años pero nos pueden unir muchas cosas más, pues soy rico y poderoso, el amo del pueblo, que puede, si tú quieres, caer rendido a tus pies.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María se armó de valor y respondió con coraje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Suélteme inmediatamente, me hace daño! Pero… ¿qué se ha creído usted, que su dinero lo puede comprar todo, hasta la vida y la honra de las personas? ¡Miserable, desde la primera vez que le vi supe la clase de persona que era, me da asco!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cacique no estaba acostumbrado a que le hablaran así, no obstante y sin perder la compostura, siguió diciéndole:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De todas maneras piénsatelo. Habría muchas mujeres que quisieran estar en tu lugar. Ah y no digas nada de esto a nadie, no te conviene, recuerda que tu padre trabaja para mí; no querrías verlo otra vez parado y sin que lo llamase nadie a trabajar ¿verdad? Recuerda, nunca hemos hablado, sé buena chica... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María salió con sollozos entrecortados a la máxima velocidad que pudo de allí sin parar de pensar en el canalla del alcalde y en la proposición tan atroz que le había insinuado.&lt;br /&gt;                                                                                           &lt;br /&gt;¡Dios mío! ¿Cómo le podía pasar eso a ella? ¡Qué horrible! ¡Quería morirse, se acordaba del herrerillo! Encima, ¿a quién podría confiarle su terrible secreto? Él acabaría con todos, con el trabajo de su padre lo primero, y Dios sabe lo que haría luego una mente enferma como la suya. Se secó con el pañuelo, no quería que su padre notase nada. Luego iría a consolarse tal vez con su primilla Julia. No sabía qué hacer, estaba hundida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardó en llegar, una vez que pasó por el Ayuntamiento, a casa de  ella. Tocó en la puerta en repetidas ocasiones, pero allí al parecer no había nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé, habrá salido -se dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba a marcharse cuando de pronto oyó unos gritos que salían de la casa de la parra del fondo de la calle. Se acercó a ver qué pasaba. Allí estaban Julia y su madre, y algunos vecinos más, increpando a la Guardia Civil, que custodiaba a unos agentes de un reformatorio. Saludó a su prima preguntándole rápidamente qué estaba ocurriendo allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ya ves primilla! -contestó Julia, apartándola a un rincón donde no las oyesen- Otro abuso de poder de la justicia y las fuerzas del orden. Angelito, el niño de Rosa, que lo ha denunciado don Ernesto, el boticario, porque al parecer ha entrado en su huerto y se ha comido dos higos, aunque el crío, que no sabe, lo que cogió fueron dos cabrahígos que eso no se puede comer ni nada. ¿Tú te crees? ¡Menudo cargo para denunciar y menos a un crío de siete años! ¡Pero qué mal bicho y mala persona es ese don Ernesto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tal Rosa, era una muchacha muy joven, de unos veinticinco años, con un niño pequeño que criar y sola en este mundo. Los  intereses en la vida de su marido fueron luchar porque su mujer y su hijo pudiesen vivir en una España libre de caciques e inquisidores, la España que soñaban los trabajadores. Se lo llevaron los fascistas, le pusieron una camisa blanca y con ella lo fusilaron, quedando completamente roja por la sangre. Y después le llevaron el cuerpo diciéndole: “Ahí tienes a tu rojo”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue un golpe muy duro. Cuando miraba a su hijo, sin padre... se deshacía en llantos y quería morirse ella también. Ahora, la mala suerte y el sufrimiento volvían de nuevo a visitarla y su rostro joven y bello se marchitaba por momentos. Todo por ser del otro bando, del perdedor. Si su hijo hubiera sido de una familia de derechas, ni lo habrían denunciado; querían acabar con los perdedores, la opresión se hacía más insoportable por momentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los agentes del reformatorio, en un acto de "heroicidad", se llevaron por fin al infante entre pataleos y llantos que ya comenzaban a enronquecer su garganta. Su madre se desmayó, no pudiendo soportar tanto dolor. Ana María y su prima la metieron en la casa, recostándola en su maltrecho catre. Una vez reanimada con abundante y fresca agua, le hicieron una tila para tratar de combatir de algún modo los nervios tan atroces que estaba padeciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero resultaba casi imposible, se agitaba y convulsionaba como si estuviera poseída y gritaba enronquecida:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mi hijo! ¡No, por favor devolvédmelo! ¡Sólo tiene siete años, que mal ha hecho! ¡Dios, ¿es que los pobres no merecemos ninguna felicidad ni ninguna justicia? ¡No te acuerdas de ellos, Tú también lo fuiste! -acabó disfareando ya Rosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga! -le decían las vecinas tratando de calmarla- ¡Verás como al niño no le va a pasar nada y pronto lo tendrás de nuevo aquí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A mi hijo se lo llevan a un reformatorio! ¡El pobre, que es un santo y necesita tanto a su madre…! ¡Son siete años...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María había llegado también a la casa, delatada por los gritos, y su hija la puso en antecedentes. Llena de coraje maldijo al boticario por ser tan ruin y cobarde. Y así era ese tal don Ernesto, solterón ya a los cincuenta, seguramente por no querer darle de comer a una mujer. Y un usurero que tenía a casi todo el pueblo empeñado con sus malas artes de banquero.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;De tanto llorar y gritar, al fin la pobre madre cayó extenuada, quedándose dormida, momento que aprovecharon todas, para ir saliendo de la casucha y dejarla descansar, comentando la madre de Julia que le traería por la noche un poquito de caldo para que se reanimase algo la pobre mujer.&lt;br /&gt;                                                                                                 &lt;br /&gt;Madre e hija volvían a casa. La calle donde vivían bullía a esa hora de la mañana; vecinas con su escoba de bolina barriendo la puerta; otras dándole a los bajillos de sus casas con blanca cal; algunos viejos haciendo pleita con su esparto...  De pronto se oyó una musiquilla pegadiza y repetitiva que subía por la escala natural de las notas musicales, para luego bajar con más rapidez, acompañada por la estridente y soez voz de un hombrecillo que venía en bicicleta y que a intervalos de la música, gritaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡El afilaooor, que viene el afilaooor! ¡Señora todo lo que tenga que afilar, cuchillos, hachas, tijeras de podar… sáquelo inmediatamente que por poco dinero se los dejaré como nuevos! ¡El afilaooor…!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Madre, ¿tiene algo que afilar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí hija, puedes llevarte las tijeras de coser, el cuchillo grande y el hacha de la leña de tu padre -le contestó mientras le iba buscando todo eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Toma, que vaya afilándolos que ahora iré a pagarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salió Ana María a la calle y al bajar el tranco casi tropieza con el herrerillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola Miguel! -saludó extrañada, pero más contenta que nunca de verle por lo que le había pasado- ¿Dónde vas por aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues iba, iba, a hacer un recado de mi tío -contestó inseguro- y ha sido coincidencia que salieras. Pero ya veo que no vienes con buenas intenciones, pues me recibes con hacha y cuchillo -dijo en broma a la vista de las herramientas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No seas tonto! Las llevo al afilador que está allí al fondo de la calle ¿no lo ves?                                                         &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, pero, déjalo y vente conmigo, que yo te lo haré de balde en la fragua de mi tío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Nada, nada! ¡Hazme caso, si será sólo un momento!&lt;br /&gt;                                                                                            &lt;br /&gt;Salió su madre poco después a la calle en dirección al afilador, cuatro o cinco mujeres lo rodeaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola Carmen!- saludó María- ¿Liada con las herramientas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí estoy mujer. La verdad es que ya no me cortaban  nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye, ¿has visto a mi hija por aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues no, la verdad es que he llegado ahora mismo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué raro! -pensó echando un vistazo alrededor y andando hacia su casa- ¿A dónde habrá ido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al poco rato llegó Ana María con las herramientas a punto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero mujer!  ¿Dónde te habías metido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya ve, me encontré con Miguel a la salida, que iba a dar un recado, y se empeñó en que su tío me lo haría de balde en la fragua y me he ido para allá con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay hija, me parece que le gustas de verdad a ese chico!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Madre, por Dios!-exclamó sonrojada la joven- Somos amigos, nada más. No creo que le guste una chica como yo, tan tímida, no sé…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hija, tú le gustas a cualquiera pues tienes todo lo bueno que Dios sabe y quiere darle a la persona que se lo merece! Además ya te he dicho que no me desagrada ese chico y que por mí padre no se va a enterar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Gracias madre -contestó la hija besándola en la frente- es usted un sol!&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En la puerta sonaron dos fuertes golpes, que vinieron a romper el momento mágico que vivían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya voy yo madre -y rauda se dirigió a la puerta para abrir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Se encontró a un hombre alto y delgado; de su hombro colgaba una saca con el símbolo de correos y una gran gorra abultada cubría su despoblada cabeza. Era Emilio, el cartero del pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días, Emilio! -exclamó Ana María en el quicio de la puerta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Muy buenos los tengas tú también, muchacha! Toma, ha llegado una carta para tu padre y de muy lejos, allá de ultramar -contestó el funcionario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Para mi padre? -preguntó nerviosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso parece. Venga, te dejo ya, que tengo que terminar el reparto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María entró corriendo a la cocina, donde estaba María preparando de almuerzo, unas patatas a lo pobre, y se encontraba picando la cebolla y el pimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Madre, madre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué quieres, hija? ¿A qué vienen esas voces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Era el cartero, madre, y ha traído una carta para padre del tío Domingo, el de Buenos Aires, al cual recuerdo vagamente ya por los años pasados sin  verlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien -contestó contenta ella también- esperaremos al mediodía que venga tu padre a almorzar, para que él la abra y se la leas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La hija, aunque impaciente, no dijo nada, poniéndose a su lado para ayudarla con el almuerzo, pero se preguntaba para sus adentros “¿Qué  dirá la carta? ¿Irá a venir el tío Domingo por Navidad?”&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;José se encontraba en esos instantes en el tejado del edificio en obras atando las partes altas del andamiaje en el lateral que daba a la plaza. Pedro repasaba de nuevo las ataduras de la parte baja, pues toda precaución era poca para trabajar a tan considerable altura y cualquier fallo podría dar lugar a una caída de mortales consecuencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El maestro, mirando hacía abajo, y habiendo terminado ya la operación, le gritó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Eh, cómo va eso!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí ya está listo. Ahora te subo los dos tableros que me pediste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, alárgalos, los pongo y me bajo para el almuerzo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De acuerdo, como tú digas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada más llegar José a casa le salió al encuentro su hija con la carta en la mano, gritándole:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Padre, padre! ¡Ha escrito el tío Domingo, la acaba de traer Emilio!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué dices, hija? -contestó el padre aturdido por la noticia y abrazándose a María- Mi hermano.. ¡desde cuando no nos vemos… ¡Qué alegría…! ¿Y qué dice? -preguntó a su vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No lo sé, aún no la hemos abierto, le estábamos esperando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues venga, ¿a qué esperas? Ya estoy aquí -dijo metiéndole prisa a su hija- Ábrela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María procedió. Por desgracia, tanto su padre como su madre, no sabían ni leer ni escribir, a lo sumo garrapatear su nombre. La carta decía así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queridísimo hermano, María y Ana María, vuestra hija.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Espero que a la llegada de ésta os encontréis todos bien, por nuestra parte, acá, marchamos todos estupendamente G. A. D. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te cuento que a Andrea y a mí, nuestro hijo Diego y su mujer Claudia, nos han vuelto a hacer abuelos por segunda vez, con un precioso pibe que pesó cuatro kilos y medio al nacer, ¡bárbaro!, y que le van a poner el nombre de José, en homenaje a ti, hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María dejó por un momento de leer para contemplar la cara de sus padres. Les corrían a ambos lágrimas de emoción y de felicidad por las mejillas, mientras escuchaban atentos el relato. Proseguía éste:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A nosotros nos van muy bien las cosas acá, las cosechas reventaron mis graneros este verano pasado, luego me siento orgulloso y feliz de que la suerte me haya favorecido al venirme acá a la Argentina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien sabéis de mi sufrimiento, al despedirme de vosotros y abandonar la tierra que me vio nacer. Es duro, se quedan muchos seres queridos y muchos recuerdos imborrables pero, gracias a Dios, encontré en esta otra tierra una mujer espléndida con la que formé una familia, que ha servido para sembrar mi vida de incontables satisfacciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y unas tierras, donde he labrado mi porvenir y las he hecho fértiles y productivas, así que a día de hoy, a mis sesenta y cinco años, puedo decir que se han cumplido todos mis sueños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queremos anunciaros también que Andrea y yo estamos deseosos de poderos hacer una visita allá al pueblo en cuantito pase el bautizo de José, que será a primeros de diciembre. Por tanto y si todo va bien, esperadnos para las navidades, que son unas fechas entrañables y de pasar en familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José no cabía en sí de gozo. ¡Su hermano, su querido y único hermano! ¡Después de tantísimos años por fin lo volvería a ver! ¡Qué alegría! ¡Le parecía un sueño! Su hija terminó de leer:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos recuerdos de Diego y Claudia y de nuestros nietecitos Daniela y José, que os quieren mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y nosotros, ¿qué os vamos a decir? Que os cuidéis y que siempre, en la lejanía, habrá un pensamiento para vosotros. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                        Un abrazo,&lt;br /&gt;                         DOMINGO Y ANDREA&lt;br /&gt;                                                                                     &lt;br /&gt;El albañil, con lágrimas de emoción, abrazó a su mujer y a su hija. En el centro del comedor formaron una piña tierna de recuerdos y sentimientos que duró varios minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, por otra parte, seguía teniendo en mente el mal encuentro con don Álvaro. ¡Cómo se le iba a ir de la cabeza! Había pensado decírselo a sus padres en ese mismo instante, pero un fuerte poder la frenaba. Por un lado los veía contentos por el nuevo trabajo, a eso se le unía hoy la alegría de la carta. ¡Era imposible! Se callaría de momento, tal vez su "amado” se rindiera y pasara todo como una pesadilla, como un mal sueño. ¡Ojala no se equivocara y así fuera! En fin...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga hija a almorzar -la requirió la madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sacó José de la alacena una botella de buen vino añejo, que se guardaba para ciertas ocasiones, tomándose una copita con su mujer y brindando por la gran noticia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-8807822981444254825?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/8807822981444254825/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=8807822981444254825' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/8807822981444254825'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/8807822981444254825'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-v-el-primer-roce-carta-de.html' title='Capítulo V EL PRIMER ROCE. CARTA DE ARGENTINA.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-7110489065808993465</id><published>2007-09-25T00:18:00.002-07:00</published><updated>2007-09-25T03:42:09.226-07:00</updated><title type='text'>Capítulo VI SEGUNDO ROCE. LOS BAILES.</title><content type='html'>La fuente de los cipreses estaba esa mañana de mediados de septiembre muy concurrida de lavanderas y labriegos que pasaban a dar agua a sus caballerías. Era muy popular, distaba unos trescientos metros del pueblo, en dirección oeste. Existía desde tiempo inmemorial, aunque hacía pocas fechas que acababa de ser reconstruida en ladrillo rojo macizo y canalizada el agua, que salía abundante por dos caños en forma de cabeza de gárgola. El líquido elemento seguía corriendo desde el pilar de la fuente a otro un poco más lejano y de éste ya desembocaba a una balsa de medianas dimensiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y allí estaban María y su hija, su primilla y Cándida, su madre, Josefa la pastora y una mujer mayor, de pelo corto y blanco, cara surcada de arrugas, que parecían confluir todas en las comisuras de los labios, y enjuto cuerpo que movía con cierta vivacidad aún. Era Matilde la Ceniza, lavandera del cacique, don Francisco de Castro, abogado ya retirado y que gozó de cierta fama y prestigio en los tiempos en los que ejerciera, aunque sólo dedicó su oficio a tapar los trapos sucios y las cuentas opacas de los ricos terratenientes de La Alpujarra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El apodo de la lavandera le venía dado, precisamente, por su oficio, pues una vez lavada y enjuagada la ropa se le echaba ceniza encima, que actuaba como lejía desinfectante en los tiempos que no se podía contar con tan necesario elemento químico. Ya bullía Matilde allí, juntando unos palos de almendro, para echar la lumbre y que ésta se fuera haciendo y convirtiéndose después en ceniza mientras empezaba a lavar la carga de ropa que traía en una gran canasta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya -comentó María- parece que vienes hoy cargada, Matildica!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es -contestó la aludida- el hijo de don Francisco, que vino anoche de Granada, al parecer, a descansar unos días del bufete, según dice él. Pero yo me calo -siguió diciendo Matilde- que su padre lo ha mandado llamar, pues le está dando muchos disgustos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y eso? -preguntó curiosa Josefa, que enjuagaba unas sabanas y las retorcía sobre la dura piedra de la balsa mientras salían chijates de agua y jabón por todas partes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada, que don Javier, su hijo, aunque ha seguido la misma carrera que el padre, no ha continuado con su labor protectora sobre los pudientes. Tiene muy claro que su deber es ayudar a los pobres y necesitados, aunque eso, según el viejo, sólo le está trayendo dolores de cabeza; visitar los bajos fondos y traer poco dinero a casa, amén de los peligros que ello conlleva. Don Francisco dice que los pobres se las apañen solos o que no se metan en líos con la justicia, y si es así, ir a por ellos hasta terminar de dejarlos con lo puesto. El hijo no comulga con sus ideas, por eso viene muy poco al pueblo y cuando lo hace es para discutir con él. ¡Menudo cuadro!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya, Matilde -comentó Ana María- creo que es maravillosa la labor de ese chico, aunque el padre esté en contra! Seguro que lo necesitamos más que ellos y si él está ahí dándoles su apoyo jurídico intuyo que será muy querido en Granada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estoy segura de que así es -contestó Matilde atizando los palos de la lumbre que se habían desparramado un poco- Por cierto -preguntó dándole un giro a la conversación- ¿Cómo andará la pobre de Rosa, que lleva ya más de quince días sin su niño? La mujer debe estar pasándolo muy mal. ¿La habéis visto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ayer estuve en su casa -contestó Julia- y la encontré en un estado deplorable. Apenas si come, tiene las ojeras marcadas de no dormir y sus ojos a cada paso se empapan en lágrimas recordando a Angelito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pobre! ¡Qué injusticia han hecho con el niño y con ella! ¡No sé cómo se habrá atrevido el sinvergüenza del boticario!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y me contó a mí Rosa -siguió hablando Julia- que estuvo allí en la botica a pedirle compasión, llorándole incluso, y que éste permaneció impasivo, contestándole que no se hubiera metido en el huerto, que así aprendería para otra vez y que le diera a su hijo más educación. Rosa no se pudo contener más y llegó hasta a insultarlo, diciéndole de todo. Él la amenazó con llamar a la Guardia Civil si no se iba del local, así que todo el pataleo no le sirvió para nada, sólo haberse rebajado a un hombre malvado y sin sentimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María movía la cabeza de un lado para otro, como diciendo que no podía ser, que a perro flaco todo se le vuelven pulgas y que a la pobre de Rosa qué más le podía pasar. Pero estaba equivocada, porque el destino, tan caprichoso a veces, haría callar sus pensamientos en breves instantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente, todas cesaron la conversación al ver aparecer por el camino de la fuente a la citada mujer, que venía con una canastilla pequeña con dos o tres trapos superpuestos como queriendo tapar algo en el fondo. Su actitud no era normal, venía con la cara como de sofoco, de un rojo subido, sus cabellos algo revueltos, los ojos desencajados y el vestido un tanto rasgado por el hombro. Su paso era corto y dubitativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las lavanderas se quedaron mirándola extrañadas, notaban que algo malo le habría sucedido. María se adelantó, preguntándole:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Rosa, mujer, qué te ocurre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La aludida no contestó, se limitó a soltar la canastilla, desparramándose los pocos trapos y dejando ver en el fondo una sospechosa y larga soga de esparto. No pudo más y arrancando a llorar amargamente se echó en los brazos de María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La visión que les produjo a todas la cuerda les había erizado los cabellos. María volvió a hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero… ¿qué ibas a hacer, insensata? ¿Acaso crees que puedes dejar a Angelito solo en el mundo? ¿Te has vuelto loca?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No, no estoy loca, pero quiero morirme! ¡Por favor Dios, acuérdate de mí y llévame con mi marido allá en donde esté! ¡No quiero vivir más! -gritó fuera de sí la atribulada viuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas hicieron un corro junto a ella, ante la gravedad de la situación, tratando de consolarla. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mujer -la aconsejó Matilde, la más mayor- precisamente le acababa de preguntar a esta gente por ti y que cómo te encontrabas. Me habían dicho que mal pero yo te veo imposible. Así no puedes seguir, piensa en tu hijo. ¿Qué le querías quitar, lo único que le queda en el mundo? Necesitará de nuevo sentir ese calor de madre cuando vuelva y no dudes que lo hará pronto. Así que  deja ya de llorar de ese modo muchacha, que me estás partiendo el corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga, mujer! -le rogó visiblemente afectada Ana María- Hazle caso a Matilde, que nos tienes a todas en vilo y no queremos verte así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Toma, Rosa -le dijo María, que venía con el pipote de barro lleno de agua- bebe un poco y échate por la cara que te refresques, que te va a dar algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así lo hizo, arrastrando el agua cientos de lágrimas que rodaron por sus sofocadas mejillas, mientras empezaba a querer contar algo entre hipos de nerviosismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es ya sólo por lo que le está pasando a mi hijo, vecinas -aclaró- Es que acaba de pasarme otra cosa peor, otra cosa que no tiene nombre...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Calma, calma! -trató de serenarla María- Ven, siéntate aquí, en el pollo, ¿qué nos quieres contar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues veréis -prosiguió Rosa- estaba hace cuestión de media hora en mi casa, haciendo las faenas de siempre, cuando tocaron a la puerta. Abrí enseguida, por si era alguien con alguna noticia de mi hijo... –respiró unos segundos que a las lavanderas les pareció una eternidad- Mi sorpresa al abrir la puerta fue encontrarme con don Nicolás, el cura, que me saludó amablemente dándome los buenos días y preguntándome si podía pasar. “Claro, claro” le contesté yo, acomodándolo en una silla en el comedor. “Usted dirá que le trae por esta humilde casa” le pregunté. Él, con su voz profunda y parsimoniosa, me informó que el día anterior había estado en el reformatorio donde estaba mi hijo y que estuvo un rato con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Imaginaos por un momento el vuelco que me dio el corazón al oírle pronunciar esas palabras. Quise preguntarle cuarenta cosas a la vez, que cómo estaba, qué hacía, qué comía, si estaba llorando, si se acordaba de mí... A parte de esas preguntas me dio respuesta y me animó para que no me preocupara, que había muchos niños de su edad con los que jugaba a diario y que es normal que me echara de menos, pero era todo un hombrecito y comprendía que debía estar allí un tiempo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo escuché esas palabras con el alma y el corazón partidos, pensaba en lo que estaría sufriendo mi hijo, a pesar de todo. “Pero por otro lado -me siguió diciendo el cura- no olvides, Rosa, que también están sujetos a la dura disciplina del centro. Horas de levantarse, comidas, aseos, y el saltarse esas normas también le podría acarrear que se quedase más tiempo allí por mala conducta”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿Y qué puedo yo hacer por él? Una pobre viuda indefensa y sin recursos.” No tenía que haberle hecho esa pregunta -siguió narrando Rosa mientras la tensión se cortaba entre las lavanderas- pues sólo sirvió para ponerle en bandeja al cura la obscena proposición que traía premeditada. “Verás -me dijo poniéndose en pie don Nicolás- te voy a ser sincero. No te veo mucho por la iglesia pero en las pocas veces que lo has hecho me he fijado en ti, has llegando a despertar en mí el deseo carnal del hombre que guarda todo sacerdote y que no creo que pueda con él.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Juro que me quedé atónita al oír las palabras de ese mal nacido! Su rictus firme y serio, por otro lado, me estaba llegando a intimidar. No sabía si echarlo a patadas o salir yo corriendo o que me tragase la tierra allí mismo. Ante mi pasividad él me apuntilló: “Tengo poder para sacar a tu hijo de allí en veinticuatro horas, sólo tienes que acostarte conmigo, hacerme feliz una noche, y volverás a abrazarlo muy pronto. No lo pensarás mucho si lo quieres tanto.” “¡Canalla, miserable!” -le contesté yo intentando darle puñetazos en el pecho que paraba con sus gordas manos “¿Cómo te atreves a hacerme esa proposición tan ruin, ese chantaje, y jugar con los sentimientos de un niño? ¡Canalla, no eres digno de ese hábito que llevas puesto! ¡Blasfemo, mal cura! ¡Sal ahora mismo de mi pobre pero honrada casa! ¡Te denunciaré...!” “Vale -me contestó impasible- me voy pero si lo consideras mejor ya sabes dónde encontrarme. Ah y no intentes denunciarme pobre diabla ¡quién te iba a creer! Tu palabra al lado de la de un cura no vale nada, no te esfuerces.” Y cerrando la puerta me dejó de rodillas en el suelo empapada de lágrimas maldiciendo a la iglesia, a los curas y todo lo que olía a ellos… Así que me levanté del suelo, cogí una cuerda, disimulada entre los trapos, y la verdad, por duro que os parezca, venía decidida a quitarme la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ninguna de las presentes que acababa de escucharla quería dar crédito a sus palabras, eran demasiado crueles, no podían ser. Todas se preguntaban “¿Pero qué clase de cura tenemos aquí en el pueblo? Podía, de no haber sido por nosotras, haber provocado la muerte de una buena mujer. ¡Más bien es un hereje que vive para fornicar comiendo bien de la iglesia y encima chantajeando y aprovechándose del dolor y los sentimientos de la pobre gente!”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bueno Rosa! -sentenció Matilde- Tranquila, tú te has mantenido en tu sitio, donde tiene que estar una mujer cabal y decente, aunque te duela. ¿No ibas a querer ver a tu hijo pronto a tu lado? Pero tu valía e integridad las has antepuesto a tu deseo y eso te honra. ¡Pronto volverás a abrazar a Angelito, no lo dudes!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Simón! -le gritó José- ¡Creo haberte pedido la piqueta veinte veces ya! ¿Qué pasa, no ves que estoy parado mientras tanto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tranquilo -contestó sin inmutarse desde el fondo del andamiaje- ¿Tienes prisa? Si es así, baja tú a buscarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Óyeme -contestó serio el maestro- quedemos en que no habría más discusiones entre nosotros en el trabajo ¿verdad? Te recuerdo que tú eres mi peón, te guste o no. ¡Así que marchando y alárgame la piqueta!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esas palabras autoritarias, pero razonables, no le sentaron nada bien a Simón, que las acató aunque arremetiendo contra él y contestándole:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vale, ya te la echo! ¡Pero procura tener poco trato conmigo, aunque seas el maestro en esta obra y yo tu peón, como tú dices, porque no hemos hecho una guerra y la hemos ganado para estar a las ordenes de los rojos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José ignoró este duro comentario y subiéndose desde el andamio al tejado se fue al otro lateral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento unos chasquidos de herradura venían sonando en dirección al edificio en obras. Era don Álvaro, que llegaba del Almendral y se acercaba hasta allí para ver cómo se estaba desarrollando el trabajo. Al momento de divisarlo, se le acercó Simón sujetando con ardiles los estribos de la jaca y ayudando al cacique a bajarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días tenga usted don Álvaro! -saludó mientras hacía la reverencia gorra en mano a su señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué, Simón, mi buen amigo! ¿Cómo vais? -preguntó el alcalde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bueno, podíamos ir mejor! -se quejó haciéndose el interesante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ocurre algo? -preguntó arrugando el entrecejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada, este José, que siempre está de peleas conmigo y encima mandándome sin ton ni son. Si estoy abajo quiere que esté arriba, si estoy arriba, abajo... ¡Yo no sé el por qué, y con todos mis respetos, lo ha cogido usted para que realice estas obras, con lo buen albañil que es Luís el de Juana y además es de los nuestros!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, cálmate y sobrellévalo lo mejor que puedas -le contestó el alcalde esquivando entrar en el tema- Y sigue manteniéndome puntualmente informado de todo, ¿estamos? Por cierto ¿dónde está ahora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En la parte de atrás del tejado, no nos oye.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, mejor -contestó el cacique girando la cabeza y notando que pasaban cerca de su lado, Clara la de Ramón y Angelitas, las muchachas que solían ir siempre, alternativamente, a su casa a pedirles el permiso para hacer baile. Apartándose discretamente del esbirro, les salió al encuentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las muchachas, al intuir que el alcalde se dirigía hacía ellas, se pararon rápidamente, saludándole con un buenos días a coro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días muchachas! -contestó sospechosamente efusivo don Álvaro- ¿Qué? ¿Tendréis esta noche baile, me supongo? Pues sois el grupo que más se prodiga a la semana y hasta me he enterado que os han puesto el continillo por ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las muchachas se rieron lo más formalmente posible contestando:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es, en eso estábamos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iban a seguir hablando cuando el alcalde las paró:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Escuchadme un momento, necesito que me hagáis un favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted dirá, don Álvaro -contestaron al unísono las dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Veréis, es que la otra mañana, vuestra amiga Ana María, que creo que está en vuestro grupo de bailes, estuvo a punto de sufrir un percance por mi culpa, pues me descuidé y me quedé muy cerca de haberla atropellado con mi jaca. Debo de reconoceros que fue una gran torpeza por mi parte cómo la traté después de ocurrir esto, pues perdí los nervios y le hice que se sintiera muy mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eso ahora quisiera reparar de algún modo el mal rato que pasó por mi culpa, así es que os ruego que le digáis que sea ella la que venga a pedirme el permiso esta noche a mi casa, para así poder reparar con mis excusas el daño que le haya podido ocasionar. ¡Y os advierto que el baile no se celebrará si no es ella la que me lo pide! No por nada -dijo mintiendo descabelladamente- sino porque es mi deseo, y en él he puesto todo mi empeño, el querer disculparme con ella. Igual si tiene que venir aposta a mi casa, no lo hace, pero con esta excusa lo tendrá más fácil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, así se lo haremos saber, don Álvaro, creemos que a ella no le importará, al contrario, ¡se sentirá halagada por tan maravilloso gesto de caballerosidad por su parte!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De acuerdo, muchachas así espero que lo entienda -sonrió el alcalde- y buenos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenos días don Álvaro, a mandar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Haciendo el camino con él, desde El Almendral al pueblo, había venido esa mañana Andrés, el medianero, que se dirigió a la fragua del tío Frasquito para que le herraran los dos mulos de labranza que tenía en el cortijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El herrerillo lo recibió en la puerta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días Andrés! ¿Cómo estás, hombre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien Miguel -contestó- ¡Ya ves, he hecho un hueco esta mañana, en la recogida de almendra para venir con los mulillos, que los tenía descalzos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El muchacho lo estaba comprobando justo en esos instantes, levantándole la pata delantera al precioso ejemplar de mulo castellano que tenía delante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Efectivamente, compañero, tienen las herraduras en las últimas -contestó amarrándole al animal las patas traseras para evitar que soltara alguna coz imprevista y, cogiéndole ya una de las patas delanteras, procedió a quitarle la herradura vieja y rasparle los cascos para hacerle buen asiento a la nueva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y qué? ¿Cómo vas por El Almendral? ¡Que no te he visto desde que te arreglé aquella reja de arado!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tirando, muchacho, ahora un poco menos solo con la cuadrilla que me buscó mi señorico para la recogida de la almendra; por lo menos tengo con quién hablar. Por cierto -siguió hablando el medianero mientras el herrerillo ponía ya la herradura nueva y la remachaba con fuertes clavos al casco de la pata del mulo- Sebastián, el de la cortijada de San Miguel, la que está al lado de la Rambla Seca...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, la conozco, estuve allí en una ocasión a hacer un trabajo -cortó Miguel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno pues Sebastián, como te decía, el del cortijo grande de la era, estuvo la otra tarde en busca mía, pues al parecer, el día veintinueve de septiembre, día de San Miguel, el patrón de la cortijada, va a celebrar una fiesta cortijera con bailes de robao y mudanzas, y ya a la noche quiere organizar una gran velada de trovo y es por eso que cuenta conmigo para que asista. Me comentó también que se lo diría a tu hermano Antonio, para que se pegue unas coplas mientras bailan, que tiene fama de buen coplero.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se apaña bien para esas cosas, aparte de que le gustan mucho, igual que a ti Andrés. Seguro que con la participación de los dos, y sobre todo con la tuya, contribuiréis a que ese día sea un día grande, no lo dudes -le contestó Miguel parando un momento y mirándole a los ojos- Además, cuando Sebastián te ha ido a buscar es porque querrá tener en su fiesta a los mejores troveros de la zona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Quita, quita! ¿A dónde vas, hombre? Yo me defiendo nada más, no sé que voy a hacer con gente del nivel en este mundillo y que están invitados también a la fiesta, de Tomás el de Dulce, Paco El Tarabita o Pepe El Mulero. ¡Fíjate qué personajes! Me van a dejar a la altura de una alpargata, sino salgo corriendo antes -se rió bromeando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Menos lobos! No te menosprecies tanto que sé que te das buen apaño en esos quehaceres y saldrás airoso en las controversias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La única manera de saberlo es acudiendo esa noche con tu hermano. Además es tu día ¿no? ¡Qué mejor sitio para celebrarlo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pues sabes que no es mala idea compañero! Hablaré con él, igual te pillo la palabra. Bueno, pásame el otro mulo, que éste ya está listo para salir corriendo -contestó ardiloso el herrerillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegaban ya de la fuente María y su hija, casi rozando la una de la tarde, cuando a su par llegaron también a la puerta de la casa, Clara la de Ramón y Angelitas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola, Ana María, ¿podemos hablar contigo un momento? -le pidieron tirándole con discreción del brazo, mientras la madre se disponía a entrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha se extrañó un poco, pero esperó a ver qué era.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye -le preguntaron las amigas- ¿Estamos en hacer baile esta noche, verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro -contestó ella- sin falta ya le estáis pidiendo el permiso al alcalde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien -habló Clara la de Ramón- precisamente de eso queríamos hablarte. Verás, nos hemos topado hace un rato con él en la puerta del Ayuntamiento y ha estado hablando con nosotras acerca de ti y de un suceso que os pasó hace unos días en la puerta de Josefa la pastora.    &lt;br /&gt;Y nos ha dicho -continuó relatándole su amiga- que se siente muy avergonzado por no haberte pedido disculpas sabiendo que no fue tuya la culpa y quiere que esta noche seas tú la que vaya a su casa a pedirle el permiso, para así poder darte las excusas oportunas en persona y nos ha recalcado que no dejes de ir pues tiene mucho interés en ello; aparte, que si tú no vas no nos dejará hacerlo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella sabía muy bien el tipo de excusas que querría darle el  malvado cacique, y más en su casa, en su tela de araña. La paciencia y la resignación se le estaban agotando… ¡Dios y qué sola se sentía!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Levantando la cabeza las miró contestándoles con un nudo en la garganta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Siento defraudaros, pero no lo voy a hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y eso… ¿por qué? -preguntaron apresuradas las dos amigas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es que es mucho lo que me pedís. Vosotras no lo entendéis, ese hombre no me cae bien, no es buena gente, y lo de meterme en su casa... No sé, habrá otra solución...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero, ¿qué solución Ana María? -preguntaron atónitas no entendiendo la contestación- Nos ha dejado bien claro que si tú no eres la que vas, adiós baile.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Por favor, tratad de comprenderme, tengo mis motivos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tus motivos -contestó Angelitas- es que nos vas a dejar sin diversión esta noche, seguro, y a saber por cuantos días más de seguir en esa postura; mira, piénsatelo, luego vendremos todos sobre las ocho. Por favor, no nos falles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha estaba en una encrucijada terrible, la acababan de poner entre la espada y la pared. Por un lado, el hecho de no poder contarles la verdad de lo que estaba pasando entre don Álvaro y ella la martirizaba sicológicamente. Pedirle otra vez que se metiera en la boca del lobo era demasiado, convenía no volver a tentar la suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otro, estaban sus amigas y sobre todo, Miguel, ¡cuánto se acordaba de él! Los ratos en los bailes eran maravillosos e inolvidables ¡cómo perdérselos! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi no comió al mediodía notándose cabizbaja y preocupada. Su madre lo captó enseguida, así es que le preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija, tienes mala cara, ¿te ocurre algo? No has comido apenas y te encuentro seria y pensativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No... nada madre... -contestó con voz apagada Ana María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No será por algo que te hayan dicho tus amigas antes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Al contrario, ellas han venido a decirme que tendremos baile esta noche, y que si iba a ir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Seguro hija? -le volvió a preguntar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Seguro, es que me ha afectado el caso de Rosa esta mañana en la fuente, ¡pobrecilla!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, si es por eso... –contestó María poco convencida y no queriendo ahondar más en la verdad, terminando de quitar la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija -prosiguió diciéndole- friega esos cacharros, que yo me voy a coger la costura un rato, pues el trabajo de don Felipe lo tengo algo atrasado y debe de estar haciéndole falta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez terminada la faena encomendada se encerró en su cuarto y echándose el la cama se derrumbó. Sus ojos eran dos fuentes. ¡Nada, que no tendría más remedio que tragar, estaban sus amigas y estaba él, su Miguel, su amado! Acariciaba la cabeza a Tiznón, como pidiéndole respuestas, pero el perrito sólo se limitaba a ladrar suave y menear su colita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegó la hora convenida y ya estaban Clara la de Ramón, y Angelitas, con todo el resto del grupo en la puerta, incluida, por supuesto su primilla, que fue la que entró a llamarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vamos, pero... ¿todavía estás sin arreglar? ¡Que estamos todas  esperándote fuera!&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Voy a ir así mismo Julia, no tengo ganas de ponerme otra ropa ni de arreglarme, no me encuentro muy bien esta tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga, venga! Ya verás cuando veas al herrerillo como se te quita todo -le dijo pícaramente, tirándole literalmente del brazo y sacándola de la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un breve arreglo de cabellos con la misma mano fue toda la compostura que se hizo para ir al baile, no daba la situación para más. Ya en la calle la esperaban impacientes las amigas, incluidas las dos viejas que les servían de carabina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola, Ana María! -saludaron todas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella apenas abrió la boca, sólo se limitó a decirles:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vamos que se hace tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin llegaron a la puerta de don Álvaro. Julia la cogió del brazo  y tiró de ella, ante su pasividad, para que tocara en el picaporte diciéndole:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Venga primilla, ¿qué te pasa? ¡Que no te van a comer y encima se va a disculpar don Álvaro contigo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es eso Julia, tú no sabes nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Nada de qué? -preguntó intrigada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es igual, ya te contaré alguna vez. Ahora entraré, ¡qué remedio!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, adelantándose, dio unos suaves golpes en la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardó en abrir Isabel, saludando con cariño a la muchacha, puesto que le tenía gran aprecio aunque le tratase poco, viendo en ella a una chica callada, servicial, noble y sencilla. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenas tardes Isabel, venía a pedir el permiso a don Álvaro para el baile de esta tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sígueme hasta el salón, creo que te está esperando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Da usted su permiso, don Álvaro? Vengo con Ana María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pasad, pasad! -contestó levantándose de su sillón a la vez que cerraba una ancha carpeta llena de folios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, yo me retiro -contestó Isabel- Volveré cuando hayan terminado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha hubiese querido que el ama de llaves no se marchara de allí, habría sido su salvaguarda, pero el cacique lo tendría todo bien calculado y los estorbos quitados de en medio. De nuevo estaban, en muy poco espacio de tiempo, cara a cara don Álvaro y ella, ¡y en la casa de aquel! Mientras doña Loreto, desde una habitación contigua, y resguardada de la vista por un recio cortinaje, les espiaba en silencio, esperando que su hermano siguiera al pie de la letra el plan trazado.&lt;br /&gt;      &lt;br /&gt;El cacique la miraba de arriba a abajo deseándola cada vez más. Hasta de cualquier manera la encontraba atractiva y sensual. Su deseo iba creciendo por momentos, no sabía qué le habría dado esa mujer, sin darle nada, ni siquiera calor o alguna leve esperanza, sino todo lo contrario, repulsa y odio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella marcaba las distancias, no alzaba la mirada, para no encontrarla con la suya, se mantenía a la expectativa en una calma chicha antes de la tormenta. Y el primer trueno estalló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muchacha he hecho esta maniobra -le habló con voz suave don Álvaro- para volver a tenerte aquí en mi casa, ya ves que puedo hacerlo cuando quiera pues eres como una hormiguita en mi mano, que sólo con cerrarla... -calló, no pretendía ser muy violento pero su gesto expresivo le transmitió por primera vez el verdadero poder que tenía su pretendiente y eso la asustó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quiero que sepas -prosiguió el alcalde y sin rodeos- lo obsesionado que estoy contigo. Necesito tenerte cerca y pronto, ¿por qué te empeñas en seguir rechazándome? Pídeme lo que quieras… lo que sea...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María callaba, jurando para sus adentros no volver más a esa casa pasara lo que pasara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te callas, no dices nada -continuó hablándole el alcalde con la voz algo más exasperada- Sabes que lo estoy intentando por las buenas, que te estoy dando tiempo y trato de ser lo más comprensivo posible contigo, pero recuerda que la paciencia tiene un límite, y si persistes en tu cabezonería me veré obligado a tomar otras medidas más drásticas. Recapacita, abre los ojos, te lo ofrezco todo, poder, dinero, riquezas... Cualquier otra mujer en tu caso no lo dudaría ni por un instante, no sería tan insensata a la vista de todo esto, no tengo hijos ni herederos y sería todo para ti. ¿Qué te pasa? ¿Es que no tienes aspiraciones? Piensa en tu familia, en la falta de dinero y comida que estáis pasando. ¿No quieres que eso cambie y poder hacer felices a tus padres? Abre los ojos, en tus manos está darnos a todos un futuro mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ha terminado usted ya, don Álvaro? -preguntó la joven fría e impasible- Si es así, me gustaría pedirle el permiso para el baile de esta noche, que es a lo que he venido. Además, me están esperando mis amigas fuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero... ¡y todo lo que te he dicho! ¿No ha supuesto nada para ti? -preguntó mientras se acercaba a ella cogiéndola por los brazos e intentando besarla furtiva y violentamente, a la par que ella movía la cabeza rápidamente de un lado a otro, tratando de esquivar el traicionero y nada deseado beso, para apartarse lo más lejos de él, haciendo fuerzas con las manos sobre su pecho. Cuando lo hubo conseguido y mirándole esta vez fijamente a los ojos le habló claro y duro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Antes prefiero estar muerta que echarme a sus brazos, téngalo siempre en cuenta! ¡Quédese con su riqueza y sus posesiones! El número uno de mi escala de valores para entregar mi vida a un hombre es el amor y ése sí que no lo conseguirá nunca de mí. Pues con su poder, sí, podrá llegar si se lo propone a mandar en mi vida, pero en mis sentimientos y en mi corazón olvídese, ¡para eso no vale su asqueroso dinero! Buenas tardes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esas palabras calaron hondo en el recio e impermeable corazón de don Álvaro, eran como un adiós rotundo a todas sus ilusiones de tener por las buenas a su amada. Esa vía diplomática que había estando utilizando hasta a hora acababa de saltar por los aires y caer hecha añicos a sus pies. Así que no insistió más, sólo se limitó a decirle que el permiso para el baile estaba concedido y que podía retirarse, llamando con viva voz a Isabel para que la acompañase a la puerta.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En el instante en que se hubo retirado Ana María salió doña Loreto, empujando su silla de ruedas, del escondite desde el cual había presenciado sin ser vista el lance, hablándole a su hermano así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo tenemos complicado, muy complicado, lo de intentarlo por el soborno, la ostentación y el poder; no nos ha conducido a sitio alguno sino es al odio más visceral de la muchacha y a alejarnos de nuestros propósitos. Ana María es una mujer asquerosamente noble e íntegra, que no se le compra ni se le adula con nada, ni como vemos, llamada por el orgullo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero... ¿cómo puede haber gente así? -interrumpió el alcalde vociferando y andando a pasos agigantados de un lado a otro del salón, tirando su apreciada pipa por los lujosos suelos de moqueta- ¿Cómo puede...? Mi grandeza, mi posición y mis sentimientos hacía ella... ¿Qué han conseguido? Nada, que me odie aún más que la primera vez que me vio, que me tenga por un monstruo y que don Álvaro de Monteoliva se haya rebajado a la hija de un albañil republicano, dejándolo despechado y humillado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Escúchame, son momentos duros para pedir tranquilidad, yo te aseguro que acabas de perder una batalla, pero no la guerra, que esa te garantizo que la ganarás. Se ha agotado un venero, habrá que buscar otro por donde entrarle por derecho, confía en mí. De momento, permaneceremos algún tiempo sin mover ficha, creyendo ella así, que te has dado por vencido, que la das por perdida, que se confíe, y así tendremos más tiempo, para planear mejor nuestro próximo ataque, que será nuestra venganza...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Álvaro quedó pensativo y algo ilusionado con las palabras pronunciadas por su hermana, aunque, también, bajo de moral y esperanzas por la clase de mujer que tenía enfrente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julia la estaba esperando apoyada en la misma puerta, algo preocupada  por la tardanza. Al verla por fin salir le preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Primilla, ¿por qué has tardado tanto? Creía que te ibas a quedar a vivir ahí dentro para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María no contestó, se limitó a echar andar hacía la casa de Dulce, lugar del baile, pensando qué cerca había estado ese comentario de la verdad sin saber lo que allí dentro había ocurrido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminó de llegar la comitiva a la puerta de reunión. Estaba muy concurrida, pues todos los muchachos se encontraban haciendo corro con su pitillo en los labios y sus risas y jolgorio, mientras la tarde se cerraba ya en noche. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entraron sin más tardanza cuando Dulce acabó de abrirles. Dentro, en un gran salón, se encontraban los músicos templando sus instrumentos de cuerda, consistentes en una bandurria, que hacía trinar con cierto desparpajo Juan el Molinero y una guitarra que  rasgaba con maestría José María el de Pilar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las viejas arrastraron sus sillas de enea hasta pegarlas a la pared del salón y allí se sentaron, poniendo sus recios y negros mantones sobre el respaldo, aprestándose a contemplar el espectáculo. Mientras los chicos y las chicas se iban entrevistando con quienes serían sus parejas en el baile.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel, antes de dirigirse hacia la suya, había estado observándola y la verdad es que le notaba mucha pena en los ojos, no era la misma, ¡daría lo que fuese por saber qué le pasaba! Así que sin más, se fue hacía ella para tratar de enterarse por sus mismas palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola, Ani! No sabes lo que me alegraría de verte si no fuera por esa cara de tristeza que tienes esta noche...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No te preocupes Miguel, no es nada -le contestó tratando de recomponer su ánimo mientras su mente vagaba todavía por la casa del alcalde- sólo es un mal día, créeme…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ojala pudiera, Ani, pero tú no me engañas! Aunque si no quieres contármelo tus razones tendrás, sólo te pido que si puedes, aparques lo que tengas por esta noche y lo intentemos pasar bien. Al fin y al cabo estamos juntos ¿no? y eso es lo que importa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María se convenció ¡qué porras! esa noche era esa noche. Estaba Miguel, él que no tenía que comprarle con nada su amor, pues ya se lo había regalado ella tiempo atrás, y la música, esa alegre música empezó en esos instantes a sonar…&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;No, no le había engañado su oído, los músicos comenzaban a tocar el bonito pasodoble de los nardos, del maestro Padilla, pieza muy popular y que hizo llenarse rápidamente la pista, siendo el herrerillo y Ana María los primeros en saltar a ella. Bailó la pareja a buen ritmo, dando giros de verdaderos profesionales, se dejaba ver que no era el primer baile que acometían juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las viejas cuchicheaban entre sí sobre la buena pareja que hacían, mientras reían felices, escuchando el bonito pasodoble que les evocaba aquellos inolvidables para ellas años mozos, donde todo era felicidad y diversión y las penas brillaban por su ausencia. “¡Jesús, qué tiempos aquellos, quién pudiera volver a ellos, y lo pasado, pasado!”, acabaron exclamando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de bailar tres o cuatro piezas, la joven pareja buscó la  penumbra de un rincón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Miguel -le dijo ella- todavía no has terminado de leerme la poesía que empezaste aquella tarde, es más, desde entonces, ya no has vuelto a ir por el huerto y ahora, aunque no te lo creas, es cuando más te necesito, no quiero estar sola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es verdad Ani, tienes razón, el trabajo en la fragua y el ayudarle a mi hermano Antonio en sus faenas me ha robado todo el tiempo pero créeme, no dejo por un momento de pensar en ti. Mañana sin falta nos veremos, te lo prometo ¿vale?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vale, confío en tu palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por cierto, ayer estuvo Andrés el del Almendral -le contó el herrerillo dándole más conversación- en la fragua a errar los mulos y me invitó a una fiesta cortijera y a una velada de trovo en la cortijada de San Miguel, en la Rambla Seca, el día veintinueve de este mes, o sea el día de mi patrón y el de la cortijada. Mi hermano está en ir y marcarse allí algunas coplas, que ya sabes lo que le gustan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Estupendo Miguel! -le contestó ella con un halo de tristeza que no pasó desapercibido al herrerillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ocurre algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No, nada! Simplemente te deseo que lo pases muy bien ese día, ¡y ten cuidado con las cortijeras -bromeó dándole un toque de más alegría a la conversación- que no estarán acostumbradas a ver a un muchacho tan guapo como tú por allí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga Ani, no te rías de mí! ¡Aunque si no quieres quedarte sin novio para siempre, vente conmigo a la fiesta -siguió corriendo él la broma - y así me tienes controlado!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ojala pudiera, Miguel, ojala pudiera...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las viejas llevaban ya media la botella de anís cuando de nuevo sonó la música. Esta vez era un bonito vals de vueltas que a la joven le encantaba bailar por su ligereza de movimientos que abarcaban toda la pista de un extremo a otro. Cogió a Miguel de la mano, levantándolo de la silla, y se aprestaron a bailarlo, olvidando por momentos, al compás de la bonita melodía, las penas que la ahogaban, el atolladero, el callejón sin salida que ahí fuera no la dejaba respirar ni vivir en paz.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-7110489065808993465?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/7110489065808993465/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=7110489065808993465' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/7110489065808993465'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/7110489065808993465'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-vi-segundo-roce-los-bailes.html' title='Capítulo VI SEGUNDO ROCE. LOS BAILES.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-8031960254262286603</id><published>2007-09-25T00:18:00.001-07:00</published><updated>2007-09-25T03:43:27.871-07:00</updated><title type='text'>Capítulo VII LA MADRINA DOÑA ANA. FIESTA CORTIJERA.</title><content type='html'>-Hoy será un día muy caluroso -pensó Ana María que, sobre las ocho de la mañana, volvía de la consulta de don Felipe de entregar su costura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquellos últimos días de septiembre estaban haciendo gala al tan famoso dicho del veranillo de San Miguel, pues la temperatura y sensación de calor no tenían nada que envidiarle a los meses más fuertes del estío. Se limpió con su pañuelo rosa levemente la frente, el paso era largo y le hacía sudar un poco. Tendría la mañana ajetreada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fijó, mientras pasaba por la esquina de la almazara en dos niños, de unos ocho o diez años, que padecían una enfermedad contagiosa, fácil de observar a simple vista, muy generalizada en el país, por otra parte,  producida por un parásito que se introduce por debajo de la piel manifestando multitud de vesículas que generan un picor muy molesto y que no era otra cosa que la sarna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero ellos, entre arrascones, canturreaban este estribillo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Un, dos, tres, sarpullío inglés,&lt;br /&gt;que desde lejos parece sarna&lt;br /&gt;y desde cerca es!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es grandiosa la idiosincrasia del pueblo andaluz, que de sus enfermedades y penas sacan un motivo jocoso. No tardó en llegar a casa. Tiznón salió a recibirla a la puerta. “¡Cuánto ha crecido el cachorro en tan poco tiempo!” -pensó mientras lo cogía en brazos introduciéndolo dentro. “¡Y qué pelo más suave y sedoso tiene, parece de algodón!”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Madre, ya estoy aquí! -gritó la muchacha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, llegas a tiempo para desayunar -contestó María apartando el cacico ennegrecido de cocer la leche sobre las estreves del rincón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Madre, he pensado en ir esta mañana a hacerle una visita a doña Ana, mi madrina. Hace algún tiempo que no sé de ella y quiero ver cómo anda -le comentó mientras desayunaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Has tenido buen acuerdo hija, lo agradecerá. Pásate de camino y le dejas el desayuno a tu padre cuando te vayas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por cierto, ¿me deja que coma allí con ella? Sabe que le encanta siempre que me quede un rato y hablemos de nuestras cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, si te apetece, hazlo y distráete un poco. Te sentará bien, pues te noto triste y pensativa estos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así era. La muchacha, después de darle muchas vueltas a su situación, decidió que a la única persona que podría contarle hoy por hoy sus penas, sus angustias y su miedo, era a ella. Se arregló un poco, un vestido fresco de color crema bajó por su cabeza, alborotando sus preciosos y rizados cabellos negros, dándole un aire exótico y excitante, hasta encajarse en su sitio, a unos dedos de los tobillos, ciñéndolo con un coqueto cinturón a juego, que llevaba una flor roja en la hebilla. Lavó su cara, arregló su pelo y se dispuso a marchar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vivía la dama en una enorme y hermosa casa solariega justo al lado del lavadero de la Fuente Alta. Contaba el edificio también, a su espalda, con una amplia y frondosa huerta, jalonada de frutales varios, así como un variado muestrario de flores de todo tipo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era viuda de un funcionario de justicia, don Narciso Robledo, a la postre, juez de paz durante muchos años en el pueblo, casi todos los de su retiro, y persona muy querida y respetada por todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No dudaron en ser los compadres, a requerimiento de José, ya que lo querían como a un hijo, y todos los arreglos de la casa corrían a cuenta profesional suya. Y así se llamó su hija, Ana, por la madrina y María por la madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha respiró ligeramente, el calor a esa hora de la mañana se dejaba notar, y la empinada cuesta desde el pueblo hasta la casa se hizo larga, pero por fin ya estaba allí. Golpeó dos veces con el pomo cromado de la vistosa puerta de dos hojas, un tanto convexas, y esperó que abrieran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardó en hacerlo una mujer joven, de unos treinta años, rubia, ojos claros y piel blanca y tersa. Era Emilia, la criada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días, Ana María! ¡Cuánto tiempo! -saludó efusiva. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, Emilia, unos días por una cosa y otros por otra, la verdad es que se pasa el tiempo volando -contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Entra, sígueme, doña Ana está en la huerta leyendo; se alegrará de verte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajaron unas suaves escaleras hasta llegar a un corredor amplio que desembocaba en la puerta de salida a la huerta. Todo eso lo conocía bien, de corretear de niña y pasar muchas horas de muchos días allí en la casa de su madrina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Emilia le abrió esa puerta y allí estaba doña Ana. Podía divisarse amparada bajo un manto de sombra, propiciada por un gran naranjo, sentada en una mecedora y ojeando una revista de actualidad, que le mandaban cada mes por correo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una dama octogenaria ya, maestra nacional jubilada, pero su porte y distinción, aún sentada, denotaban que era merecedora de ese titulo. Su pelo, blanco tirando a amarillento, lo recogían varias orquillas fijando el cuidado peinado. Su cara la marcaban dos salientes pómulos que casi escondían su boca. Pocas arrugas para su provecta edad, si acaso sólo algunas que produce la expresión de la dulzura, y cuerpo alto y espigado, que movían unas piernas bien torneadas, aunque algo torpes y cansadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Emilia le habló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Señora, ¿a que no sabe quién ha venido a verla?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María adelantándose, saludó cortés y reverentemente a la dama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ahijada! -contestó alegre y sorprendida dejando la revista sobre una mesa de mimbre que estaba a su lado, cogiendo su bastón de empuñadura de nácar, haciendo ademán de levantarse- ¡Cuánto tiempo! ¡No sabes lo que me alegro de volver a verte!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No, no se levante usted! -le rogó la muchacha- Por favor...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gracias hija, a mi edad lo que menos me funcionan son las piernas, si no fuera por eso bajaría aún al pueblo y me daría largos paseos, ¡con lo que me ha gustado andar...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya se sabe, señora, que los años no pasan en balde, aunque yo la veo más joven y guapa que nunca,  y además, se lo digo de verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Calla aduladora, ya pasarás por mi puerta! ¡Joven y guapa tú, muchacha, que estás como una rosa con sus pétalos llenos de rocío, fresca y lozana!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero... quien tuvo retuvo -contestó graciosa la muchacha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -giró la conversación doña Ana que miraba a su ahijada fijamente a los ojos tratando de adivinar qué la traía por allí- ¿Cómo te va la vida? Presiento que algo te ocurre, las viejas sabemos leer bien las miradas e interpretarlas, y la tuya no es precisamente de alegría y regocijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María tardó unos segundos en contestar. Mientras cogía aire acercó una silla de mimbre, cerca de la mecedora de su madrina, y se sentó parsimoniosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Cuéntame, mi niña, el mal  que te aflige tanto! Tú sabes que no quiero ver nunca en esa carita ni un atisbo de pena, pues eres muy joven aún, tiempo tendrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella se dejó caer en su regazo con los ojos arrasados en lágrimas durante unos segundos, preocupando seriamente a la anciana, que, mesándole el cabello con sus huesudas manos, trataba de consolarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Llora hija, que llorar ayuda a desahogarse! Las lágrimas suelen arrastrar las penas y ahogarlas en el río del olvido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha, con esas suaves palabras, se fue calmando poco a poco. El blanco de sus ojos estaba enrojecido y sus mejillas destellaban por tanta lágrima derramada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ya estás mejor! ¿Verdad? Venga, dime qué te pasa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues verá, madrina, quiero empezar pidiéndole perdón por venir a molestarla contándole mis problemas pero, créame, después de darle mil vueltas he encontrado en usted a la única persona que puedo hacerla partícipe de mi secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Chiquilla -interrumpió doña Ana- a mí no me molestas! Te quiero como a la hija que nunca tuve, tanto como tu madre, y a veces hay cosas que ni ella sabe pudiéndolas saber una buena amiga, pues eso pretendo ser yo para ti, como una madre y una buena amiga a la vez, pero con la perspectiva de la experiencia que dan los años; así es que confía en mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Muchas gracias madrina! -contestó la muchacha limpiándose la cara con su pañuelo rosa y guardándoselo otra vez en el pequeño bolsillo de su vestido, prosiguiendo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estoy aturdida, presionada, confundida, me pasa algo muy gordo y no sé que consecuencias podrá acarrear. Se trata de don Álvaro, el alcalde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Don Álvaro! -exclamó la dama apoyándose fuerte en su bastón de puño de nácar- ¿Qué te ocurre con ese mal nacido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Usted lo ha dicho, ese mal nacido, pues no tiene otro nombre, lleva ya algún tiempo haciéndome la vida imposible. Y al principio se andaba por las ramas, pero ahora viene a por mí. ¡Figúrese, me lo ha dicho bien claro, que le gusto, que está obsesionado conmigo, que lo pone todo a mis pies si...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Canalla, mal hombre! -gritó enfurecida- Ahora comprendo tus ojos de tristeza, tus llantos y tu desazón. ¡Que mal debes de estar pasándolo! ¡Pobre muchacha!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y más aún porque no puedo decírselo a nadie, incluso me ha amenazado con dejar a mi padre sin trabajo, cerrarle todas las puertas y hasta hundirnos si lo cuento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me lo creo, de ese cabrón no se puede esperar nada bueno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Ana era una mujer templada. Su mesura y su educación no le permitían decir tacos, pero esta vez estaban justificados. Su exasperación, al oír las palabras de su ahijada, había llegado al límite, no se pudo contener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así -continuó contando cariacontecida Ana María- cada vez me está acortando más el círculo. Se inventa mil excusas para hacerme ir a su casa. La última vez allí, me agarró fuerte, e intentó besarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha no podía más, quería contarlo todo. Se acababa de abrir un canal de comunicación, una gran válvula de escape por donde escapaba esa presión que de haber seguido un minuto más, le hubiese partido el pecho en mil pedazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se hizo un silencio espeso entre la dos. Por los pequeños y cansados ojos de la dama afloraron unas furtivas lágrimas de comprensión y de pena. Hasta los pajarillos que poblaban las ramas de los numerosos frutales, cesaron su canto, y un ligero viento que hasta entonces se dejaba sentir, dejó de mecer  las trémulas hojas de un jazmín cercano, haciendo la escena fotográfica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las dos mujeres se abrazaron calladas. Ese silencio expresaba más que las palabras, era más sabio. Así permanecieron segundos... minutos... rotos por la llegada de Emilia, la criada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Perdón señora, ¿les traigo algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, Emilia, ¿te apetece un zumo de naranja, ahijada?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muchas gracias; de acuerdo, me lo tomaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras se iba la criada, comentó la muchacha a la dama:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Madrina, quisiera quedarme para almorzar, si usted lo ve bien, así se lo hice saber a mi madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro hija, por supuesto. Me encantará que lo hagas, estoy muy sola, además, nos vendrá genial a las dos. Todavía recuerdo tu comida favorita, patatas a lo pobre, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María esbozó una leve sonrisa de aprobación, contestando:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, veo que tiene usted buena memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardó en llegar la criada con la jarra de zumo recién exprimido y los vasos, dejándolo todo sobre la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gracias Emilia, puedes retirarte. Por cierto, mi ahijada se queda a almorzar con nosotros; su plato preferido son las patatas a lo pobre, disponte a prepararlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como ordene la señora, enseguida -contestó la criada haciendo la reverencia y marchándose ardilosa para la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María le sirvió cortés el vaso a la dama, llenándoselo prudentemente. Ambas bebieron un ligero trago, les vendría bien a sus maltrechas gargantas, algo congestionadas por el llanto. De otro trago, la muchacha se terminó el suyo. Dejándolo en la mesa se dirigió de nuevo a la dama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ya ve, así están las cosas! Yo, una muchacha decente y en mi sitio. ¡Qué habré hecho para merecer esto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nacer guapa, Ana María, y eso en una mujer es la más dura de las profesiones, no lo olvides. Trata de sobrellevarlo y aprende a convivir con ello para poder sobrevivir en este áspero y machista mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero... ¡es que estoy perdida, no sé qué hacer! ¡Ese desplante, y el desprecio que le hice en su casa...! ¡Me lo va a hacer pagar, seguro!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No te oculto, sin preocuparte más de la cuenta, que ese hombre es el más rico y poderoso del pueblo, quizás de la comarca. En sus manos tiene armas para destruir a cualquiera, y mucho más guiado por los consejos de su pérfida hermana. Lo peor que podía haberte pasado es que ese bastardo se fijara en ti, pero uno no elige esas cosas, aún así no quiero que te vengas abajo. Tú eres fuerte e íntegra, tendrás que luchar a brazo partido en desigual lucha, pero también hay cosas que él no se puede saltar a la torera por muy alcalde y rico que sea. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De momento estate tranquila, pero vigilante, has hecho bien en no contárselo a nadie aunque sufras mucho por ello, por ahora es lo mejor, lo más prudente y seguro. No dudes en tenerme informada de todo lo que te suceda y si la cosa se desborda ya sabremos que hacer. ¡Cuenta conmigo, yo te apoyaré hasta el final! Confía en mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las dulces palabras y los sabios consejos de la dama, acabaron  levantando sus maltrechos ánimos. Se sintió liberada, feliz, confortada; veía las cosas de otro color. Sentía ganas de acariciar la vida de nuevo y hasta la mañana le pareció más radiante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El almuerzo fue largo y entretenido. La hora de marcharse llegó para la muchacha, no sin antes haberle cogido un ramo de tiernas azucenas a su madrina para que lo depositara en el hermoso jarrón de su sala de estar. Con un abrazo de madre a hija se despidió de ella, prometiéndole volver pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la cuesta de bajada hacía el pueblo, cerca de donde pasaba, se encontraba esa tarde el alcalde con un miembro de la corporación inspeccionando un solar que acababa de adquirir el Ayuntamiento. Aunque don Álvaro estaba inmerso en sus cosas, al volver un momento la vista hacía un lado, le pareció haber visto pasar como un relámpago a la muchacha. No sabía si había sido real la visión tan fugaz o que verdaderamente su subconsciente le había traicionado y  la veía ya en todos lados, tal era su obsesión por ella.     &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Ana María lo vio, vaya si lo vio, y por eso voló la cuesta abajo tratando de pasar lo más rápido e inadvertida por el lugar. Al llegar a su calle, jadeante aún por la carrera, oyó una voz a sus espaldas que le resultó muy familiar, era la de Julia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Prima, hija, ya esta bien, llevo todo el día esperándote. Tu madre me dijo que estabas en la Fuente Alta, en casa de doña Ana.&lt;br /&gt;                                                                                                 &lt;br /&gt;-Así es, he estado almorzando con ella, hacía tiempo que no pasaba el día allí. ¡La pobre... se encuentra tan sola...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vale, vale, yo también estoy sola y además tengo que hablar contigo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vente a mi casa y me cuentas. Jugaremos después un rato con Tiznón. ¡Ya verás qué grande está y qué pelo más bonito se le ha puesto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Venga, de acuerdo primilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entraron las dos en la vivienda. Su madre no estaba, habría salido para hacer algún recado. Las muchachas pasaron directamente al cuarto. El perrito se deshacía en cabriolas al verlas entrar, ladrando juguetón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tiznón, bonito!  -exclamó Julia mientras trataba de acariciarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Te has fijado en lo que ha crecido? -le preguntó a su  primilla entusiasmada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, está precioso -contestó- ¡y además lo tienes tan limpio!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento, en la calle, sonaron los cascos de una caballería acercándose y una voz machacona y soez que iba pregonando:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tomates! ¡Buenos tomates de la vega! ¡Baratos señora, vamos que se va el tío y no viene otro! ¡Tomaaates!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julia, tan guasona como siempre, tiró del brazo de su prima, llevándola hasta la ventana que tapaba una vieja persiana. Algo tramaba. Su mente no podía estar quieta unos segundos. Cuando el vendedor se acercó aún más con su mulo cargado de rojos tomates que portaban dos capachos y quedó a la altura de la reja donde estaban las muchachas, volvió a pregonar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Señora, buenos tomates, baratos y buenos, tomaaates!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento, con voz fuerte gritó Julia parapetada detrás de la ventana:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y por qué los cargaste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vendedor se quedó unos segundos callado, sorprendido. Giraba su cabeza para todos lados, tratando de averiguar de dónde provenía la voz. Como no vio a nadie ni escuchó nada más, siguió con su cantinela...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tomates, buenos tomaaaates...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo la misma voz socarrona de antes se dejó oír:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y por qué los cargaste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vendedor, con la cara roja de ira, no se contuvo más y echándose mano a la bragueta, mientras miraba hacía todas las ventanas, gritó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Los cargué porque me salió de aquí, de aquí! -y con aspavientos se cogía los testículos hasta hacerse daño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las muchachas no pudiendo reír más, se tiraron al suelo pataleando. Hasta la barriga les dolía ya de tanta risa. Y Tiznón, queriendo unirse a la fiesta, saltaba y daba cabriolas sin parar de ladrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Primilla -le dijo Ana María casi sin poder respirar y con lágrimas en los ojos- ¡eres el demonio en persona pero me divierto mucho contigo y con tus bromas! ¡Tienes unas ocurrencias! ¡Pobre hombre, cómo se echaba mano ahí...! ¡Qué bicho eres! Como aquella vez que venía un recobero comprando gallinas y tú le preguntaste si compraba también las tuertas ¿te acuerdas? y él contestó ingenuo que eso era igual, que las compraba todas, tuertas y derechas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, me acuerdo  -contestó entre grandes risas todavía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podían más, y por fin pararon. Cuando se hubieron serenado un poco, Julia le comentó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye, venía a decirte que desde mañana voy a trabajar en la partidora de almendra que pone todos los años Ángel. Se cobra poco, a razón de seis reales por arroba de almendra malagueña partida, y el trabajo es muy repetitivo y cansado pero se pasa muy bien, pues al ir muchas mujeres del pueblo, allá que acuden los mozuelos detrás, por las tardes, a liarse su cigarro y hablar con ellas. Y hasta algunos las ayudan a partir aunque esto no le gusta mucho a Ángel, que dice que las entretienen. ¿Por qué no te apuntas tú también? Conmigo vas a estar divertida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No, si eso no hace falta que me lo jures, bicho! Hablaré con mis padres a ver qué les parece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vale, ya me tengo que ir, pues mira la hora que es con las bromas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Uy, sí! -comentó Ana María al abrir la puerta de la calle- Ya casi es de noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A lo lejos divisó a sus padres acercándose a casa. Andaban juntos calle arriba, tranquilos, contentos. José venía contándole a la mujer que las obras del Ayuntamiento se alargarían más de lo previsto y eso les llevaría hasta el mes de enero como mínimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Figúrate, María, tres meses más! ¡Es estupendo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Marido, me alegro mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les notaba unidos, felices. Tiznón salió a recibirles meneando ágil su rabito y manteniéndose a ratos erguido sobre sus patas traseras, como queriendo, de un fuerte salto, llegar a los brazos de sus amos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cena fue frugal, austera, como correspondía a una familia pobre, pero llena de unión y cálidas miradas de amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El huerto olía esa noche a membrillos maduros, con su aroma profundo y envolvente. El cielo estaba precioso. Una ligera brisa, presente toda la tarde, jugueteaba y se enredaba en los bonitos cabellos de la muchacha, que, momentos antes, con la mirada cómplice de su madre, había bajado a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La luna, esa mágica y misteriosa luna de verano, iluminaba su rostro, como queriendo resaltar su también mágica belleza. El marco era incomparable para un encuentro de amor que no tardó en producirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los chasquidos de pisadas en el suelo le hicieron mirar instintivamente hacía el sitio en el que apareció la figura espigada de Miguel en esos instantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dos se miraron a corta distancia. Sus ojos se hablaron. Sus corazones latían con fuerza, con tanta, que ambos podían oír los latidos del otro. Por fin se unieron y se besaron dulcemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ani...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Chss, calla -le susurró ella- ¿Has visto qué bonita está la luna esta noche? Es como si nos observara, tan quieta y callada, hasta parece bendecir nuestro amor, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así lo parece Ani, me encanta que seas tan romántica, y además estás muy poética esta noche, ¡a ver si me vas a quitar el puesto! -contestó el herrerillo sonriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No Miguel, yo nunca sabré escribir cosas tan bonitas como tú;  simplemente, a veces dejo que hablen el corazón y mis sentimientos más profundos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y te parece poco! ¡Ya se contentaría la pluma con poder tener las palabras que le sobraran al corazón y a los sentimientos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo estaré poética esta noche, pero tú estás muy profundo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él la miró. “Para profundo –pensó- la profundidad de sus bellos ojos azules, el amor que siento hacía ella...”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿En qué piensas? Te has quedado muy callado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En ti Ani, estaba mirando tus ojos y pensando qué sería mi mundo sin ti, si podría seguir viviendo y si tendría sentido mi vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Miguel, nadie nos va a separar, ¡no consentiré que ningún mal na...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Calló bruscamente. Había estado a punto de cometer una tontería, de escapársele alguna palabra que pusiese a Miguel en aviso sobre lo que estaba pasando. El subconsciente estuvo cerca de traicionarla, era demasiada la presión, alguna fuga era irremediable. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él al parecer no lo había notado. Ella respiró aliviada, al percatarse, cambiando rápido de conversación:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A ver cuando me terminas de leer los versos que hiciste para mí! Estoy deseosa de escucharlos hasta el final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro, claro! Pero más que leértelos te los voy a recitar, pues los llevo aquí, en mi cabeza, ya que expresan lo que más me gustaría que fuese verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel cogió la mano de su amada y mirándole fijamente a los ojos, le recitó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el jazmín de mi ventana,&lt;br /&gt;viendo mi cara de amante,&lt;br /&gt;me murmura: No estés triste,&lt;br /&gt;ella te quiere, ¿lo sabes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos gotas de rocío asomaron a las pupilas de la joven rodando rápido por sus encarnadas mejillas hasta perderse en sus rojos labios. No podía hablar. Él, después de unos momentos de silencio, le comentó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me da la impresión de que te ha gustado y ojala sea verdad el último verso, con eso me harías el hombre más feliz de la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Es verdad, Miguel! ¡Es verdad, te quiero! -contestó ella abrazándolo fuerte- ¡Por favor, cuida de mí, tengo miedo de que pase algo que nos separe...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No seas tonta, mujer -contestó el herrerillo algo extrañado- nada ni nadie nos va a separar nunca, ¿por qué dices eso? Por lo pronto mañana sí me separo de ti -continuó hablando, ya distendiendo el momento, que se empezaba a poner algo tenso- pues nos vamos como te dije, a la fiesta cortijera de San Miguel, espero pasármelo bien, aunque sin ti...&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;-No te preocupes hombre y procura ser muy feliz en tu día y divertirte mucho en la fiesta, pues sabiendo eso yo lo seré también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La luna estaba ya en el cenit cuando se despidieron. Las estrellas se escondían ante su luz arrebatadora, los grillos, más abajo, comenzaron su monótono concierto y en el ambiente seguía flotando el profundo y envolvente olor a membrillos maduros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Que te queda Miguel? -le preguntó su hermano Antonio asomándose a la habitación- ¡Venga, que son las once y tenemos dos horas de camino hasta la cortijada! Ya sabes que nos esperan al mediodía para compartir una gran sartén de migas con todos los asistentes a la fiesta cortijera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya estoy hermano -le contestó el herrerillo mientras se ponía el chaleco y se enfrascaba la gorra- cuando quieras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salieron ambos a la calle. Dos mulos tordos los esperaban pacientes en la puerta amarrados a sendos goznes de la fachada. Les soltaron los cabestros y de un brioso salto subieron a sus lomos para, momentos después, tomar la senda de los espinos, que les conduciría a la salida del pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día se presentaba muy caluroso. El sol caía con justicia sobre ellos y las pisadas toscas de las bestias levantaban una polvareda seca y asfixiante sobre la dura tierra. El camino se empinaba, serpenteando entre almendros, higueras y olivos. Las retamas de cuando en cuando molestaban al paso de los caminantes y el olor a tomillo y romero se dejaba notar en un aire que surcaban verderones y jilgueros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los arrieros que se cruzaban en su camino saludaban a su paso y a veces se paraban en alguna sombra a liar un pitillo con Antonio preguntándoles hacía dónde se dirigían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo pasada la una y media de la tarde dieron vista a la cortijada. Era grande, con un agrupamiento mínimo de diez o doce casas, todas de dos plantas si exceptuamos los corralones, bien encaladas y con tejados de launa y chimeneas de teja de la zona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino pasaba justamente por el medio. Se dirigieron a la casa de Sebastián, la de la era grande, lugar donde ya se notaba a lo lejos el gentío y el bullicio de los cortijeros. El anfitrión les vio llegar y acercándose una vez bajados de las caballerías, les saludó con agrado, indicándoles la puerta de los corrales donde encerrar a las bestias.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Aquello estaba muy concurrido, quizá más de lo que esperaban. Sobre la era habían puesto un gran toldo, que utilizaban para la recogida de las aceitunas, a modo de sombraje. Los hombres ocupaban la parte derecha de la era, junto a una mesa matancera, que sostenía una cubilla de unas cinco arrobas de buen vino de la tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alguno rasgaba una guitarra y otro se arrancaba por fandangos, el ambiente era genial. No tardaron en estar probando ese maravilloso caldo que le ofrecía generoso el bueno de Sebastián. Aquello era mistela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al poco rato, la mujer del anfitrión llamó a la concurrencia, dando fuertes golpes con una rasera al culo de una vieja sartén y gritando a la vez, con su pañuelo de pico anudado en la cabeza, mientras se limpiaba el sudor que le corría generoso por la frente, con su delantal:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vamos, que el rancho está listo y se enfría!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos los asistentes, con la cuchara en la mano, y como si de un ritual se tratase, se sentaron en el suelo alrededor de la gran paila de humeantes migas de harina de maíz. Era grandísima, a Antonio le recordaba a la que ponían en los montes allá en la siega y en la cual podría comer un regimiento.                                                                                                   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las migas se acompañaron de tropezones, trozos de engañifa, longaniza, morcilla, pimientos fritos y, como no, el tan fresco y deseado gazpacho, con su tomate, su pepino, su vinagre y su sal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El buen vino cortijero corría sin miseria ayudando a pasar bien la comida por las gargantas de los comensales. Y entre ruidos de cucharas, risas y chascarrillos se pasó ameno y agradable el copioso almuerzo. De postre se sirvió cuajada de almendra y roscos de anís.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras que las hacendosas mujeres lo retiraban y limpiaban todo, los hombres se liaban su pitillo entre charlas sobre las cosechas y el tiempo, pasando la sobremesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las jóvenes se adentraron, mientras tanto, en un olivar colindante a la era donde un gran olivo centenario les daba sombra y frescor. Sobre una de sus grandes ramas se hallaba construido un hermoso mercedor, que las mozas utilizaban para su diversión por turnos al estar muy solicitado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre él subida se hallaba Candela, la joven que le gustaba a Antonio. Muchacha bien parecida, de cimbreante y garboso cuerpo y risueños ojos. No se atrevía a tirarle los tejos, quizá debido a lo que le parecía a él una diferencia de edad insalvable, aunque en realidad los diez o doce años que pudiera llevarle, no se antojaban demasiados, por lo menos, ella lo miraba también con cierto interés. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha se elevó al aire, en un fuerte vaivén que le propiciaron los empujones de sus amigas, haciendo que los pliegues de su ancha falda volaran rumbosos hasta dejar ver sus blancas enaguas, mientras cantaban:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta es la más chica,&lt;br /&gt;esta es la más grande,&lt;br /&gt;esta es la que llega&lt;br /&gt;a la puerta del tío grande.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más allá, en la misma finca, las viejas, recostadas sobre el duro y rugoso tronco de un frondoso olivo, hacían gala de sus experiencias, recordando vivencias y anécdotas pasadas y sufridas a lo largo de sus largas y azarosas vidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tarde ya había refrescado. Los músicos estaban sentados en círculo mientras afinaban sus respectivos instrumentos. A la guitarra estaba Antonio el de Tomasa; a la bandurria, Sebastián, el anfitrión; al violín, Jesús el Molinero y a los platillos, Gabrielillo, el niño. Todos trataban de poner su instrumento de cuerda al mismo tono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los copleros rondaban de pie, cerca de los músicos, observando el quehacer de estos. Las mujeres ya se habían colocado, mientras tanto, en hilera, sentadas todas en sillas de enea, ataviadas con sus vestidos típicos, y con sus ágiles manos calentaban los palillos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El jaleo era indescriptible y un tanto anárquico en esos momentos pero, de repente, en un mágico instante, todos esos sonidos dispersos que pululaban cada uno por su lado en el ambiente entraron en armonía, se sincronizaron y se sometieron a un orden. Y el aire se llenó de notas y sonidos bellos y armoniosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sebastián dio el toque de entrada. Era importantísimo que todo, tanto música como voz, empezaran a una, pues de lo contrario, cualquier retraso por parte de los músicos o del coplero, podría hacer que se tuviese que empezar de nuevo. Todo empezó al unísono. Los tocaores se arrancaron con las notas de las mudanzas, baile que se ejecutaba por parejas o grupos de muchachas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antonio estaba ya bailando con Candela. Daba saltos prodigiosos alrededor de ésta, con una flexibilidad y una destreza consumadas. Ella le seguía el baile tocando unas castañuelas adornadas con cintas multicolores de seda, que a sus movimientos enérgicos, se rizaban, dibujando en el aire caprichos de colores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su vestido era elegante. Una blusa blanca de algodón, de mangas largas con encajes en puño y cuellos. Sus hombros los tapaba un precioso mantón alpujarreño, bordado con muchas flores. Su falda era lisa, bordada primorosamente en pura seda. Puchos hasta la rodilla, de tela blanca con pasacintas de colores y alpargatas de esparto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él también iba elegante, con su pantalón negro, fajado a la cintura por un gran fajín rojo. Su camisa blanca impoluta y sin cuello, chalequillo oscuro de pana abotonado, pañuelo al cuello. Completaban la indumentaria medias gruesas de hilo blanco y toscas alpargatas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La era estaba llena de parejas. Todas marcaban el compás con precisión. Los bailarines se provocaban, huían y se perseguían mutuamente, y, cuando giraba fuerte la bailaora, su falda cogía un gran vuelo, hinchada de aire, que dejaba ver sus blancas y bordadas enaguas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz rasgada y el grito remarcado del segundo coplero, que no era otro que Antonio, se dejó notar en la era. Se arrancó con unas coplillas muy populares:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo me iré a tierra extranjera,&lt;br /&gt;sólo por verte vendré,&lt;br /&gt;cruzaré la mar serena&lt;br /&gt;y por ti preguntaré,&lt;br /&gt;bella flor de la canela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vivo tan enamorado&lt;br /&gt;de tu hermosura y belleza&lt;br /&gt;que no me lleva cuidado&lt;br /&gt;de entrar contigo a la iglesia&lt;br /&gt;y arrodillarme a tu lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antonio, mientras cantaba, miraba a Candela, como diciéndole que todo eso era verdad, que lo sentía muy adentro. Ella también lo miraba, quizá se entendían sólo con la mirada y pensaran los dos lo mismo…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el coplero prosiguió:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tú que eres la alegría&lt;br /&gt;he venido por mirarte,&lt;br /&gt;prenda del alma querida,&lt;br /&gt;que al llegar a ser tu amante&lt;br /&gt;¡qué dicha sería la mía!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la lunita de enero&lt;br /&gt;te he comparado mil veces&lt;br /&gt;por ser la luna más clara&lt;br /&gt;que tienen los doce meses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eres rubia encantadora&lt;br /&gt;del color del carmesí,&lt;br /&gt;aquí tienes quien te adora,&lt;br /&gt;quien se derrite por ti&lt;br /&gt;y en gotas de sangre llora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de esta última copla se hizo por parte de todos un pequeño descanso, había que refrescar las secas gargantas. Miguel estaba delirando de lo bien que se lo estaba pasando en una fiesta cortijera, a la que no había asistido en ninguna ocasión. Veía contento a su hermano cómo rondaba ya sin tapujos a la rubia y bella Candela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vino corría por doquier. Las mujeres pasaban mientras tanto, unos platos de tapas de todo tipo, longaniza, jamón, queso. Había que reponer fuerzas para seguir dando batalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasaron así todos un pequeño rato, entre risas y bullicio, y de nuevo Sebastián volvió a dar la entrada. Un nuevo coplero arrancó el fandango del robao.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la guitarra siente&lt;br /&gt;el golpe del tocador&lt;br /&gt;es madera y no lo siente.&lt;br /&gt;¿que será de mi corazón&lt;br /&gt;que está sentenciado a muerte?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los montes más copiosos&lt;br /&gt;que tiene mi Andalucía&lt;br /&gt;mataron a un hombre mozo&lt;br /&gt;tan sólo porque decía&lt;br /&gt;¡vivan los cuerpos garbosos!&lt;br /&gt;                                          &lt;br /&gt;La noche tocaba ya a la puerta de esa tarde tan inolvidable y maravillosa. Miguel se acordaba de su Ani, ¡qué bien lo hubiesen pasado juntos, allí, en esa fiesta los dos! Pues de este modo, y aunque se estaba divirtiendo, no era igual sin ella, y más, viendo tantas parejas de enamorados que se cortejaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La música cesó y con ella el baile y el cante, marchando todos hacía el porche de la casa del anfitrión, donde en un pequeño y cóncavo nicho se albergaba una talla policroma, en madera de encina de casi un metro de altura, del patrón de la cortijada a la cual daba su nombre, como era San Miguel. Y allí, a sus pies, depositaron las mujeres un gran ramo de flores frescas del campo, con su gran aroma y colorido, honrando así, de una manera reverente y devota al querido patrón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andrés, el medianero de don Álvaro, se arrancó con una quintilla dedicada al santo entre el fervor y el silencio:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A San Miguel el patrón&lt;br /&gt;de esta bella cortijada&lt;br /&gt;pedimos con devoción&lt;br /&gt;en esta noche estrellada&lt;br /&gt;que nos dé su bendición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos aplaudieron con fe, deseando se cumplieran los buenos deseos del trovero, mientras la noche terminó de cerrarse.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-8031960254262286603?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/8031960254262286603/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=8031960254262286603' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/8031960254262286603'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/8031960254262286603'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-vii-la-madrina-doa-ana-fiesta.html' title='Capítulo VII LA MADRINA DOÑA ANA. FIESTA CORTIJERA.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-9080592922050575722</id><published>2007-09-25T00:17:00.000-07:00</published><updated>2007-09-25T03:44:24.424-07:00</updated><title type='text'>Capítulo VIII VELADA DE  TROVO. UNA MALA CAÍDA.</title><content type='html'>Serían ya las diez pasadas, de una noche clara y serena, en la hermosa cortijada. Todas las mujeres se habían retirado como era preceptivo. Sólo quedaban los hombres y en el ambiente flotaban unas ganas inmensas de diversión, antesala de lo que se necesita para una extraordinaria y fascinante velada de trovo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El porche de la casa de Sebastián sería el marco incomparable, con sus frondosas parras que lo tapizaban todo de verdor. Una suave brisa refrescaba por momentos, aunque sin molestar, a todos los asistentes y esa misma brisa esparcía ya, por el aire y los secos y oscuros barrancos, las primeras notas que salían del violín del anfitrión, subiendo en la escala musical para luego bajar, calentando sin duda motores, ante el rato que se avecinaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A un lado del semicírculo que conformaban los troveros, se podía ver una mesa de madera que sostenía, encima, un porrón que rebosaba vino por su pitorro, alguna botella también a medio llenar del mismo líquido y, más a la derecha, un botellón de anís y algunos vasos pequeños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas veladas de trovo podían durar horas o a veces varios días. Casi siempre estos acontecimientos estaban vinculados con las formas de trabajo colectivo, que las llamaban de tornapeón. Se agrupaban en cuadrillas y se ayudaban unos a otros en la recogida de almendras, de aceitunas… y luego con otros se repetía la ayuda. Al terminar, por fin, el trabajo se organizaban unas fiestas para celebrarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Huelga decir que este sistema ayudaba entre vecinos a mantener alta una cohesión y una solidaridad que en buena medida hacía que estas fiestas fueran totalmente como si de una gran familia se tratase.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sebastián dio el aviso para un rápido ensayo general. Los instrumentos estaban a punto. La templanza de sus cuerdas era perfecta, el fino oído de los músicos no les engañaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con mirada risueña estaba Andrés el medianero en el cuarteto de troveros, entremezclando miradas con Antonio y el herrerillo. Pegado a él estaba Pepe el Mulero, bonachón y amable, como el vino viejo envejecido en roble, que abriría plaza en los saludos.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;A su izquierda se encontraba Paco el Tarabita, trovero de recursos, utilizándolos casi siempre, eso sí, para vanagloriarse de su arte. Y cerrando por su lado estaba Tomás el de la Dulce, un trovero complicado y duro en la batalla, que recurría casi siempre al trovo burlesco que buscara la risa rápida del público a costa de las posibles carencias o lagunas de su contrincante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo, en consecuencia, estaba preparado ya. La emoción hacía palpitar los corazones a un ritmo vertiginoso. Se pasaron el porrón de uno en uno, vaciando rápidamente su contenido. Sebastián bajó la mano, que alzara momentos antes como señal de aviso a los músicos, y a partir de ese instante un chorro de notas de cuerda y suaves platillos llenaron el ambiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó Pepe el Mulero, el más veterano, dirigiéndose a los  presentes, carraspeando antes ligeramente, con una quintilla de saludo que decía así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les saluda con esmero&lt;br /&gt;en esta sin par velada&lt;br /&gt;este corrido trovero&lt;br /&gt;que fama tiene ganada,&lt;br /&gt;señores, Pepe el Mulero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La música sonaba a su compás. El violín arremetía con fuerza en los intervalos de los troveros. Saltó a la palestra el segundo, que no era otro que Paco el Tarabita, con esta quintilla también de saludo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amigos tengo salero,&lt;br /&gt;el Tarabita me llaman&lt;br /&gt;y por mi trovo sincero&lt;br /&gt;las multitudes me aclaman&lt;br /&gt;y beben de mi venero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos los presentes jalearon la presentación de este último trovero gritándole uno que no le hacía falta suegra, que se bastaba sólo para venderse bien. Esta vez le tocó el turno a Andrés, quizás el más aficionado de los cuatro, pero un trovero fino y con aires más románticos. Esta fue su presentación en cuarteta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un saludo a los presentes&lt;br /&gt;y mujeres que se han ido,&lt;br /&gt;mujeres guapas, decentes,&lt;br /&gt;un brindis por ellas pido.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Todos sin excepción aplaudieron su detalle y alzaron sus vasos, chocándolos en el aire y brindando por ellas. El cuarto trovero que faltaba era Tomás, el más joven de los cuatro, con cierta fama de don Juan, muy jocoso, que gustaba de meter zarza con los contrincantes, aunque a veces no se sabía si iba de broma o de veras. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los troveros en este sentido, se regían por el código de que todo lo que pasase o se dijese trovando se olvidara una vez terminado el espectáculo, aunque la pillería motivase momentos tensos al hacer comentarios que no se dirían fuera de ese contexto. Algunos, por otra parte, opinaban que preferían trovar con grandes amigos, pues así les conocían más a fondo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y haciendo gala de su personalidad, aquí estaba Tomás, que en vez de hacer su presentación, como todos, aprovechó para arremeter directamente contra Andrés con esta quintilla jocosa:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué femenina cuarteta,&lt;br /&gt;qué trovero tan cumplido,&lt;br /&gt;pero mira qué puñeta&lt;br /&gt;que la tarde se te ha ido&lt;br /&gt;sin agarrar una teta!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta última estrofa provocó la risa y la chanza popular. Todos aplaudieron la ocurrencia del chistoso de Tomás. Andrés movía la cabeza como diciendo “¡te has pasado compañero”. Los músicos cesaron, hubo un aplauso general para ellos y para los cuatro troveros, que a partir de ahora se partirían en grupos de dos e iniciarían sendas controversias con los temas que se eligieran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vino seguía regando las secas gargantas de músicos, troveros y demás gente y las tapas de longaniza y jamón eran un buen sustento para la larga noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empezaron la controversia Andrés el Medianero y Tomás el de la Dulce. El tema a seguir, ya que lo había un poco sacado Andrés fue el de las mujeres. Éste las defendería y Tomás, ya corrido en amoríos, las atacaría haciendo ver que sólo nos traen la ruina y la perdición y que son traicioneras e infieles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andrés, cuando la música ya sonaba, se arrancó, atacando a Tomás y defendiendo el honor de ellas, tirado, a su juicio, por los suelos, esta vez con una quintilla, como era lo más normal: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ANDRÉS  A las mujeres respeta&lt;br /&gt;Tomás te digo de frente&lt;br /&gt;y no compres papeleta&lt;br /&gt;pues ya comenta la gente&lt;br /&gt;que se rifa una galleta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;TOMÁS  Andrés te digo sincero,&lt;br /&gt;de las hembras no te fíes,&lt;br /&gt;como no ganes dinero&lt;br /&gt;o con la suegra porfíes&lt;br /&gt;duermes en el gallinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ANDRÉS  Te ganas tu mala fama&lt;br /&gt;por ser vividor presunto,&lt;br /&gt;lo que buscas de una dama&lt;br /&gt;te lo digo todo junto,&lt;br /&gt;es el placer de tu cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomás, recordando la famosa cuarteta que lo inició todo, se arrancó así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;TOMÁS  No tienes mujer ni suegra&lt;br /&gt;ni perrillo que te ladre,&lt;br /&gt;con ellas tienes la negra&lt;br /&gt;a ninguna has hecho madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ANDRÉS  Poner en duda mi hombría&lt;br /&gt;es cosa que no tolero&lt;br /&gt;y escudarse en trovería&lt;br /&gt;para faltar el respeto&lt;br /&gt;es de mucha cobardía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cosa se estaba poniendo al rojo vivo, Tomás no quiso achicarse y respondió encorajinado:&lt;br /&gt;    &lt;br /&gt;Por cobarde no me tengo,&lt;br /&gt;no sabes con quién las gastas&lt;br /&gt;y cuando tú vas yo vengo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero Andrés le cortó tajantemente y terminó la copla que estaba diciendo Tomás:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ni a las hormigas aplastas,&lt;br /&gt;más huevos que tú yo tengo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;E, inmediatamente, improvisó esta décima espinela:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sabré con quién las gasto,&lt;br /&gt;tú no sabes con quién trovas,&lt;br /&gt;tengo el arte por arrobas&lt;br /&gt;para hacer tu trovo pasto.&lt;br /&gt;Pues con mi mente me basto&lt;br /&gt;para achicarte, canalla,&lt;br /&gt;y darte dura batalla&lt;br /&gt;sin cuartel en campo vasto&lt;br /&gt;y hacer tu sino nefasto&lt;br /&gt;porque mi trovo es metralla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente aplaudió a rabiar al terminar Andrés. Decididamente había salido revalorizado como trovero después de este lance con el afamado Tomás, que resultó perdedor de la controversia a juicio de todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguidamente, y después de un corto descanso de los músicos, se pasó a la siguiente entre los dos troveros restantes. Y la noche siguió hasta que llegó la mañana con su manto rosado dando por fin término a lo que había sido una auténtica fiesta cortijera y una velada de trovo única e irrepetible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Septiembre se fue como a hurtadillas. Octubre, su hermano menor, llegó con un clima más gélido y lluvioso. El verano había dicho adiós y el otoño, romántico y sentimental, les recordaba a los árboles de hoja caduca el tributo anual que les tenían que pagar irremisiblemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa mañana del día diez, había amanecido presagiando tormenta. Nubes negras amenazaban con descargar con fuerza y vigor el líquido elemento que portaban dentro. Unas rachas molestosas de aire hacían que el ambiente pareciese más propio del invierno y esas condiciones no eran las mejores para salir a la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; De las chimeneas de las grandes casas que cercaban la plaza del Generalísimo salían densas volutas de humo, señal inequívoca de que en sus rincones estarían crepitando secos troncos de almendro o de olivo para alivio de los señoricos contra el frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo deambulaban como almas sin sitio en el paraíso terrenal, por las gélidas calles, los más pobres, los desheredados, que tenían que buscarle las habichuelas a sus churumbeles, que el hambre no perdona. Pobres que, aún a sabiendas de cómo estaba el tiempo, no les quedaba más remedio que adentrarse por veredas hasta el solitario campo a ejercer sus faenas cotidianas. ¡Jesús, cuánto sacrificio!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José ya estaba también en el tajo. Serían las ocho escasas. Hoy no vendría Simón, el odioso, alegando por medio de su compañero, encontrarse con fiebre en la cama, aunque la verdad es que don Álvaro le tenía en otros menesteres ocultos y turbios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hoy.. no.. no.. veen..drá Si..Simón -terció Federico- Joosé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué le ocurre, está enfermo?- preguntó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, diicee que es..estáa con fifieebre, me lo aa diicho lala muujer al paasaar po por la pu puertaa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -comentó el maestro sin maldad- hoy por lo menos no me fastidiará y podré trabajar tranquilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esas palabras las recepcionó el aguador, callándose sin decir nada, pero una mueca de desaprobación se dejó notar en su cara y, lo que no cabe duda, es que esas mismas palabras se las repetiría a quien procediera, que no sería otro que el ausente. No era buena gente ese Federico a pesar de sus aires de simplón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María llevaba rato levantada a esa hora. Sus mejillas curtidas por el aire de la mañana, al venir de casa del pastor, parecían rosas encarnadas en su mejor abril. Sus ojos azules eran un mar en calma y su frondoso pelo negro, la montaña que dominaba ese ancho mar. Así era esta chiquilla, como la mar, profunda y bella. El herrerillo la contempló a lo lejos pasar, mientras se dirigía a su trabajo en la fragua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardó en llegar Ana María a casa y no tardó tampoco la lluvia, hasta entonces amenazante, en estar regando con sus fuertes gotas la seca tierra. Caía a haces, como se suele decir en el pueblo. Venía bien, pues el verano había sido largo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los gorriones trataban de esconderse donde podían. Ana María los miraba algo triste desde su vieja ventana, pero a la vez alegre pues sabía que ante todo eran libres y ese es el más preciado de los dones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su perrito la miraba curioso y ella le hablaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye Tiznón, ¡qué suerte tienes de tener una casa donde resguardarte en días como estos y a alguien que te quiera como te quiero yo! ¿Sabes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y parecía entenderla, pues su rabito no paraba de moverse y daba unos ladridos alegres y ruidosos. Su madre venía en esos momentos de la cocina algo preocupada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No ves qué tiempo hace, hija? Tu padre me imagino que habrá buscado resguardo ante esta avalancha de agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya lo creo, de seguro estará trabajando en el interior, pues siempre hay algo que hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y hablando de qué hacer -comentó la madre- esperemos que escampie pronto y puedas llevarle la ropa a don Felipe, que está planchada y doblada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, en cuanto haga claro me escaparé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi toda la mañana estuvo lloviendo con cierta intensidad y ya sobre la una de la tarde el agua se contuvo, aunque los nublos seguían amenazantes en el ancho cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María aprovechó el aclarón para llevar a cabo con diligencia el mandado encomendado, así que cogiendo la canastilla, salió a la calle, tomando la dirección de la clínica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos metros antes de llegar percibió un confuso murmullo de gritos y voces, extrañándose a lo sumo ver en la puerta tanto barullo de gente moviéndose  nerviosa. Aligeró el paso hasta llegar al grupo y preguntó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué pasa vecinas, ha ocurrido algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay, ¿no sabes lo que ha pasado hija? -comentó apesadumbrada Carmela la de Jacinto, que vivía tabique de por medio con la clínica y si querías saber las últimas noticias del pueblo debías preguntarle a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es Isabel, la moza de don Álvaro, al parecer le ha  pillado en el huerto el golpe de agua y se ve que, al querer aligerar el paso para meterse pronto en la casa, ha pegado un fuerte resbalón, provocándole una seria y mala caída. ¡La pobre... a sus años!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María se sobrecogió. Un sudor frío le corrió por la espalda y los nervios empezaron a trabajarla. Apartando a la gente como pudo se metió en la sala de espera. Dentro de la consulta se oía la voz fuerte y austera de don Álvaro, así como la voz cansina y pausada de don Felipe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esos momentos llegó Luciano el Gorrión, rojo como una gamba, de la carrera que traía, y casi sin llamar penetró en la consulta. Al cabo de unos segundos salió otra vez precipitadamente en busca de Ángel, el del camión Ford, seguramente habría que trasladar a la pobre sirvienta hasta un sitio donde hubiese más medios de curación. Se veía que la caída había sido de importancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María entreabrió la puerta de la consulta. Allí estaba de pie, dando vueltas de un lado para otro, acontecido don Álvaro. Lo vio tan acongojado y cabizbajo, que por primera vez supo que él también podía ser un ser frágil y humano, y, lo que son las almas nobles, sintió pena por primera y única vez en toda su vida de él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre la camilla  donde estaba echada Isabel se inclinaba don Felipe, hombre de prócer cabeza y cabellos escasos blanquecinos ya por la edad, que trataba de mantenerla estable, no quejándose en demasía la pobre, pues era una mujer sufrida y buena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Entonces, Felipe? -preguntó don Álvaro apartándolo un poco de la enferma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me temo, querido amigo, que la caída ha sido más mala de lo que pensé en un principio y la edad viene a agravar el problema. Por lo pronto el juicio clínico que hago es que tiene partida la cadera y contusiones múltiples en ambos brazos, amén de alguna costilla rota que pudiese haberle perforado algún pulmón, pues respira con cierta dificultad. De todas maneras a exploraciones posteriores me remito para saber con certeza si existen algunas lesiones de otro tipo y si es así, saber el alcance de ellas. Por ello urge evacuarla al hospital provincial si queremos salvaguardar su vida. Lo que sí tengo claro -continuó informando el médico- es que, si lograra salvarse, no va a poder volver a andar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Álvaro no dijo nada, sumiéndose en una resignación y tristeza poco usuales en él. El mundano sonido del claxon del camión alertó a los contertulios. Dos mozos, con toda urgencia abrieron las dos hojas de la puerta de la consulta, entrando con la camilla, acostando en ella a la buena de Isabel y transportándola hasta el camión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, que no se había movido de la sala de espera, la vio salir toda amoratada y lagrimosa. Al llegar la accidentada a su altura, ésta la miró con ojos de abuela y le dijo, haciéndole un gesto para que se acercase, con voz muy baja:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No entres en esa casa...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La joven se quedó bastante extrañada por las palabras poco  comprensibles que le acababa de susurrar Isabel, hasta pensó que el duro golpe le habría trastornado la cabeza, mientras observaba cómo a duras penas la subían a la berlina del vetusto camión tratando de acomodar la camilla en el estrecho sillón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero poco podía imaginar ella lo acertadas que eran esas palabras y lo premonitorias que resultarían, aunque por desgracia no las iba a entender a tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vehículo arrancó, perdiéndose rápidamente a lo lejos. En ese preciso instante comenzó a llover de nuevo, parecía que el cielo llorase por la pérdida del ama de llaves y porque no volvería ya nunca más al pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La partida del vehículo y la lluvia persistente, dispersaron a la gente que, curiosa, se había congregado en torno a la clínica. María había llegado también hacía unos instantes, avisada por una vecina del suceso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Acaban de llevársela, madre -le gritó Ana María abrazándose a ella al verla llegar- y creo que va muy mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pobre Isabel! Vamos a entrar a la clínica, y le preguntamos al medico cómo la ve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Se puede don Felipe? -preguntó la mujer tocando ligeramente a la puerta entreabierta de la consulta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pasa  María -contestó el facultativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me va a perdonar pero me gustaría saber como va la enferma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mal, muy mal, para qué nos vamos a engañar. Ha sido una mala caída, sinceramente creo que no volverá a caminar más, como mal menor, pues aún dudo que salga de esta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Jesús, no diga usted eso! -exclamaron a coro María y su hija que había entrado también- ¡Dios no lo quiera así, es una buena mujer!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso ya sólo está en manos de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Le puedo hacer una pregunta don Felipe? -preguntó Ana María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro, hija, dime…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Se ha dado también algún golpe en la cabeza?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, la verdad es que no, sólo ha sido de pechos hacía abajo, y además la cabeza la tenía bien lúcida, pues me contaba mientras la atendía todos los pormenores de la caída, pero... ¿por qué lo preguntas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, por nada, me ha parecido... Bueno, déjelo, si no es nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Momentos después salían madre e hija de la consulta visiblemente apesadumbradas. Las lágrimas ya no las podían ocultar después de la conversación con el médico y el cielo, queriéndose unir también a ellas, lloraba más por momentos, uniéndose a su dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así, entre los charcos que llenaban la calle, caminaron despacio en dirección a su casa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-9080592922050575722?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/9080592922050575722/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=9080592922050575722' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/9080592922050575722'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/9080592922050575722'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-viii-velada-de-trovo-una-mala.html' title='Capítulo VIII VELADA DE  TROVO. UNA MALA CAÍDA.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-5458941923057354288</id><published>2007-09-25T00:16:00.002-07:00</published><updated>2007-09-25T03:45:38.294-07:00</updated><title type='text'>Capítulo IX EL ADIÓS DE ISABEL. LAS CASTAÑAS ASADAS.</title><content type='html'>Amanecía el día treinta y uno de octubre, víspera del día de todos los santos. Más de una semana llevaba recluido en el cortijo del Almendral don Álvaro a causa de la muerte ocurrida hacía pocas fechas de la buena de Isabel. A él, que no era un hombre de mucha humanidad ni de melancolismos precisamente, su muerte, al parecer, sí le había afectado, le había sacado algo que guardaba muy dentro de su ser. Esto le tocaba la fibra. Era más que normal, otra persona en su lugar, estaría igual de afectado, habida cuenta del roce tan tremendo que habían dejado los largos años de convivencia y servidumbre bajo el mismo techo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta fue la comadrona en el parto de su madre cuando él nació. Y ella fue la primera persona que lo sostuvo en sus brazos y lo lavó y adecentó para ponerlo en el regazo de doña Carlota, la difunta madre del alcalde. Por todo eso y más, así se le veía, dar largos paseos por la heredad, cabizbajo y meditabundo, recordando, quizás, los mejores momentos vividos junto a esa gran mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es que poco le duró la agonía. Cuando llegó al hospital, y después de las preceptivas pruebas y análisis, se dedujo un diagnóstico grave y complicado. El pulmón derecho estaba perforado por la cuarta costilla. La cadera rota. Y las demás contusiones tampoco eran muy leves que digamos, todo ello, además, agravado por su provecta edad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue operada de urgencia, a vida o muerte; perdió mucha sangre durante la operación, pero logró salir de ella, recuperándose bien de la anestesia. Al final, un coágulo traicionero en una arteria del cerebro le hizo entrar en coma al día siguiente. Coma que la mantendría con un hilo de vida durante tres días, aunque el desenlace era previsto y esperado. Así se lo hizo saber a don Álvaro el equipo médico que la atendía, mientras esperaba paciente, mirando a la moribunda cómo yacía en su camilla esperando el fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El entierro fue multitudinario. Acudieron muchas personalidades de los pueblos cercanos y hasta de la capital. Amigos todos de la familia de los Monteoliva, pues ella por desgracia, no dejaba deudos. El pueblo llano también quiso rendirle su último homenaje, acudiendo masivamente al sepelio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy el alcalde, después de muchos días, sí bajaría al pueblo. Así se lo hizo saber a Andrés para que dispusiese su caballería al efecto. Esa noche la pasaría con su hermana en casa, al ser fecha tan señalada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abajo, en la población, o más concretamente, en la puerta de Rosa, se celebraba por todo lo alto la venida por fin, de su hijo. Lo trajo a primera hora de la mañana un furgón del reformatorio. Angelito venía más demacrado y delgado, asustadizo y huraño. Su madre no tardó en salir a su encuentro con gritos de alegría que rayaban en la locura:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mi hijo, por fin! ¡Que ya me moría sin él! ¡Angelito mío, a mis brazos hijo! ¡Habrás pasado tanto, me habrás echado tanto de menos...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era desgarrador, pero era un momento feliz, muy feliz. Ver ese cuadro de madre e hijo fundidos en un abrazo fraterno cortaba la respiración. Todas las vecinas que habían ido llegando alertadas por los gritos, al enterarse de la feliz noticia, les abrazaban y les daban parabienes. Entre ellas estaban María, su hija y su primilla Julia, que fueron las primeras en abrazar a la afortunada madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Rosa -comentó María alborozada- ¡No sabes la alegría que siento, como madre que soy, de estar viéndote abrazada a tu hijo después de tanto dolor y  sufrimiento que has padecido!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y nosotras también estamos muy contentas de que todo haya  terminado bien! -exclamaron Ana María y Julia al unísono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Gracias, muchas gracias, a vosotras y a todas las vecinas, que sé que os alegráis de corazón por ello! ¡Disculpadme, no tengo palabras! -contestó la mujer con la voz entrecortada por los sollozos.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Todo esto les hablaba a sus vecinas la buena de Rosa sin soltar a su hijo, que continuaba triste y perdido. No quería volver a perderle de nuevo y el abrazo se hacía eterno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María llamó aparte a su hija y a su sobrina y les dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vámonos, madre e hijo querrán estar solos! Tendrán muchas cosas que contarse. En estos momentos él la necesita a ella y ella a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así, sin que se notase mucho, se fueron, haciendo mutis por el foro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerca del mediodía bajaba la jaca del cacique, con paso marcial, la vereda de la fuente de los cipreses en dirección al pueblo. Las lavanderas dejaron por momentos los restregones de sus ropas sobre la dura piedra, secándose las rojas, frías y cortadas manos para saludar y hacer la reverencia una vez que pasaba el alcalde a su par, con aires señoriales y porte distinguido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las botas militares que usaba siempre que montaba a caballo se le unía hoy por el frío un gran capote verde que le regalara un familiar suyo, teniente coronel en la capitanía de Granada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El trayecto desde la fuente al Ayuntamiento era corto. A la entrada de la plaza mirando a la izquierda, se divisaba el edificio consistorial, sitio a donde se dirigía en esos momentos el personaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la puerta le esperaba Tomás, que lo había divisado nada más pisarla, ayudándole a desmontar y haciéndose cargo de la caballería. Albañil y peones, dejando el trabajo, habían salido a rendir honores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días don Álvaro! -exclamó Simón- ¡Cuánto tiempo! -como echándole bastante de menos y querer contarle cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días tenga usted! -exclamaron todos los demás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alcalde, como siempre no contestó. Se quedó, eso sí, unos segundos observando el rostro de José, notándole la mejilla derecha algo ensangrentada y el ojo del mismo lado, morado. Le llamó también la atención la cara de Simón, que presentaba rasguños varios y que delataban que allí había ocurrido algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Álvaro se calló y no dijo nada a José, pero sí llamó, sin distraer mucho la atención de los demás y después de que hubieran vuelto al tajo, a su perrillo faldero para que le informase puntualmente de lo sucedido. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye Simón, vamos a ver, cuéntame lo ocurrido aquí, ¡que menudo aspecto tienes! -interrogó el alcalde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Verá señor, usted quiere que esté en la obra y yo estoy, pero le advierto que José y yo no terminaremos bien; no lo trago y encima el día que no vengo, se alegra y me critica a mis espaldas y eso sí que no se lo perdono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero... -preguntó don Álvaro- ¿Qué dijo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Le comentó a Federico -prosiguió el malvado de Simón- un día que no vine, ya sabe usted el motivo, que así no lo molestaría nadie y que trabajaría más tranquilo, ese mal nacido...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, cálmate. Si de verdad está en contra tuya no te faltarán momentos para vengarte de él, ya llegará la hora. Por lo pronto, te aconsejo que hagas de tripas corazón y trates de sobrellevarlo, como si nada hubiera ocurrido, ¿me estás entendiendo Simón?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No muy bien -exclamó- no sé a dónde quiere usted ir a parar, pero esa idea de la venganza me gusta, vaya que si me gusta. A esta gentuza hay que aniquilarla, son basura, escoria de la sociedad...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La verdad es que la pelea había sido cruenta. Esa mañana Simón alentó los ánimos yéndose directamente hacía José, que no sabía muy bien de qué iba la cosa, al no acordarse de aquel ingenuo comentario que le hiciera en su día a Federico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Venía esa mañana de muy mal humor y de las palabras de reproche hacia José no tardó en pasar a la violencia y el albañil, claro está, no tuvo más remedio que defenderse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie los separaba. Federico no movía un sólo dedo para evitar que se siguieran sacudiendo los dos de lo lindo, hasta que llegó Pedro, que venía con un carrillo de piedras y tuvo tiempo de hacerlo antes de que se matasen. Luego, la llegada providencial del alcalde, impidió que volvieran a engancharse, aunque los ánimos seguían aún muy caldeados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al final las aguas llegaron de nuevo a su cauce, pero lo que no llegaría nunca era el entendimiento entre estas dos personas. El entendimiento entre la clase obrera y los burgueses y quienes les apoyan. El país no daba para más.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Al mediodía, cuando llegó José a su casa, su mujer y su hija se asustaron bastante al ver el aspecto que traía. El albañil presentaba una herida abierta en la ceja derecha por la que aún salía un hilillo de sangre que resbalaba por las inmediaciones del ojo, que tenía bastante hinchado, tanto, que ya se había cerrado por esa causa. En el labio inferior se apreciaba también una pequeña grieta delatora de algún fuerte golpe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Jesús, cómo viene mi hombre!- exclamó María al verle entrar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Padre, padre! -le gritó llorando Ana María por la impresión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es nada familia -contestó él tratando de quitar hierro a un asunto que a todas luces no se podía esconder- Una caída tonta que he tenido en la obra, me resbalé... pero no es nada, de verdad, se curará pronto...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Nada de eso! -exclamó su mujer- Ahora mismo vamos a ver a don Felipe, él te curará y nos quedaremos todos más tranquilos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero, mujer, sabes que no tenemos el dinero del medico! -exclamó apesadumbrado- Tampoco puedo perder ni un minuto en el trabajo y menos por esta tontería, pues ya sabes cómo es don Álvaro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A la porra don Álvaro y quien te haya hecho esto! Porque no creas que a mí me vas a engañar, de sobra sé de tus grescas con el mal nacido de Simón y algún día la vais a liar en fuerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Cálmate mujer! Ha sido sólo un resbalón tonto y nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Padre, no se ha caído -gritó Ana María- deje ya de engañarnos a madre y a mí, por favor! ¡Ojala no trabajase ese hombre en la obra! ¡Dios, qué ser más odioso! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José, por no oírlas más tuvo que vérselas con don Felipe. La cura fue rápida, consistió en unos puntos de sutura y un vendaje en la ceja, advirtiéndole que tuviera la herida siempre tapada para evitar el polvo y los contagios al tenerla reciente y por consiguiente poco cerrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El susto de las dos mujeres fue morrocotudo. El almuerzo pasó en un comer sin comer viéndole a José la cara de santocristo, nadie tenía ganas. Y en esa situación se tuvo que marchar el albañil a su trabajo dejándolas llorosas y preocupadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre las cuatro llegó Julia a casa de su prima, entrando alegre y ardilosa como siempre. Su semblante cambió drásticamente al ver el de las dos mujeres que tenía en frente, preguntando qué les ocurría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi padre, Julia, que se ha peleado en la obra con el mala gente de Simón y le hemos tenido que llevar al médico y todo, pues le han echado la ceja abajo, necesitando puntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué me dices! -exclamó Julia- No sabía nada primilla, pero... ¿está bien no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, hubiese necesitado quedarse aquí y no pillar esas polvaredas en la obra, aunque ya sabes lo desgraciados que somos los pobres, sobrina; para nosotros no hay descanso ni excusa a la hora del trabajo, sólo el día que muramos dejaremos de trabajar -contestó resignada María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, así es -murmuró agachando la cabeza- Bueno primilla -siguió Julia ya dirigiéndose a Ana María- ¿Estás lista? Si es así vámonos sin perder tiempo que ya estarán todas en el almacén de partidura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, tienes razón, se me había pasado con todo el ajetreo. Enseguida cojo el delantal y nos vamos, espera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El almacén donde se partía la almendra, estaba muy concurrido. El trabajo era continuo y repetitivo y el sonido acompasado del golpe seco sobre la dura cáscara se repetía y repetía como un eco cercano, que devolvía el sonido recibido. Sólo rompían esa rutina las conversaciones, risas y algarabías de las partidoras, haciendo más ameno y entretenido el trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenas tardes! -exclamaron Ana María y su prima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenas tardes! -contestaron todos los presentes a coro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acto seguido se sentaron las dos en sendas sillas, cerca la una de la otra y a un lado del almacén, haciendo como un pequeño corro respecto a las que ya estaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julia metió baza, con su forma de ser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, Jacinta -le preguntaba a una moza dura, poco agraciada- ¿de qué hablabais, si puede saberse?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues de todo un poco, hija -contestó con su voz algo aflautada- el rato da para muchos temas de conversación. Ahora, justo antes de llegar vosotras hablábamos de la feliz noticia del regreso de Angelito, aunque no sé yo si dormirá muy a gusto el bárbaro del boticario al enterarse. Lo que debía de hacer es poner un guardia en su huerto para que los niños no vayan a llevarse su tesoro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es Jacinta -intervino Ana María- lo que ha hecho ese hombre con el pobre niño no ha tenido nombre. Pero Dios está arriba y estoy segura de que no dejará de mandarle su castigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y bien que lo merece! -contestó airosa Consuelo, mujer algo mayor, viuda de guerra, muy pobre y que se agarraba a un clavo ardiendo para poder sobrevivir por lo menos en la partidora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tarde siguió acompañando el ritmo lento y repetitivo de las operarias. La noche se acercaba. En el rincón que había al fondo del almacén, Bastián, el mozo de Ángel, hombre rudo físicamente, pero de modales cordiales, echó otro par de troncos, que lograron avivar un fuego que se extinguía por momentos en el ancho y acogedor rincón, dando calor a la habitación.&lt;br /&gt;                                                        &lt;br /&gt;En esos momentos entraron Ángel y Pilar, su mujer, al almacén. Él llevaba sobre sus brazos un saco lleno de castañas y ella una botella de anís dulce y algunos vasos. Todas pararon de partir un momento al verles entrar. Venía también la madre de Ángel, doña Dolores, mujer de edad avanzada, buena gente, dicharachera, simpática y alegre, pues siempre se la veía riendo no queriendo penas a su alrededor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El patrón, dirigiéndose a sus trabajadoras les habló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Muchachas cuando terminéis la faena que tenéis entre manos, y toda la que quiera, por supuesto, está invitada a una gran sartén de castañas y a una copita de anís, pues ya sabéis que esta es la tradición de esta noche! Así que darle a las manos, que Bastián ya lo va preparando todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas dieron palmas, alborozadas, por la buena ocurrencia. Estos detalles eran pocos usuales en los trabajos. El obrero, en general, contaba muy poco como persona y esos detalles no se tenían en ningún tajo. Ángel era diferente. Provenía de una familia pobre y él solo, con tesón, sacrificio y perseverancia, había sabido hacerse un hueco entre los muchos ricos que dominaban el pueblo. Ricos que no habían sudado su riqueza sino que se la habían encontrado puesta, pero sí que sabían utilizarla, en su gran mayoría, para avasallar y sobreexplotar al indefenso peón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y a diferencia de todos ellos Ángel sí que reinvertía su dinero en dar a los más necesitados un rato de felicidad. Y esa noche prometía ser alegre y divertida. A medida que habían dado de mano en las faenas del campo, los mozuelos se habían dirigido también al susodicho almacén a pelar la pava un rato. Allí estaban ya el herrerillo, Gabriel, Antonio el de Luisa… en fin, hasta Eduardo, el labriego mozo duro que cortejaba a Jacinta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La llegada de Miguel había puesto algo nerviosa a Ana María, aunque ya lo esperaba ella; no podía controlarlo, su corazón latía a más revoluciones de lo normal, sería el amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos los mozuelos ayudaron al tosco de Bastián a descocotar las castañas. Esto consistía en hacerle una pequeña hendidura a cada una para evitar que explotasen al calentarse en la lumbre, aunque siempre había algún gracioso de turno que dejaba colar alguna que otra para después partirse de risa al ver asustarse a las mozuelas con los crujidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sartén que las contenía era bastante grande, con muchos agujeros hechos en su base para que entrase bien el fuego por ellos y se asasen bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche todo el pueblo, o todos los que podían, pues por desgracia había gente también a la que ese "lujo" le estaba vedado, secundaban la tradición en la víspera de todos los santos, de asar castañas y beberse una copita de anís.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya estaba oscuro y la noche era dueña de la situación. Don Álvaro miraba por la ventana de su gran mansión. Observaba lo vacía que estaba la plaza a esa hora. Lo que más le llamaba la atención eran las grandes chimeneas, como todas puestas de acuerdo, vomitaban humo sin parar. “Como mi pipa”, pensó, mientras le daba una fuerte calada y el humo de ella también se elevaba efímero en el espacio del gran salón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eloísa, la camarera, le avisó de que en el comedor ya le estaba esperando doña Loreto para proceder a cenar. De su techo, colgaban, como símbolo de señorío y grandeza, unas finísimas arañas que realzaban el esplendor de la techumbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La decoración en su totalidad era exquisita. Un gran mueble en madera maciza estilo barroco, dominaba la parte de la izquierda. Justo enfrente se abrían dos grandes ventanales, que trataban de esconder sendas cortinas, abiertas por el medio, que volaban a cada lado, rematándose sobre la pared con unos cogidos bordados muy vistosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mesa del comedor era bastante larga, de un color algo oscuro, a juego con el anterior mueble nombrado, y sobre ella, dos preciosos candelabros de seis brazos que soportaban vistosas velas rojas encendidas. Doce sillas de finas y elegantes patas terminaban rodeándola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que no se podía describir eran las viandas que ya se encontraban servidas encima de aquella oblonga mesa. Desde unas olorosas perdices en pepitoria, que cazara don Álvaro allá en el Almendral, hasta un revuelto de setas con huevo. Todo ello regado con buen vino del Cortijo de la Cepa, otra heredad de la familia, que conservaba una buena y afamada bodega. Y, cómo no, esa noche, castañas asadas regadas con una copita de anís y a los postres, boniatos asados cortados en anchas rodajas con un poquito de canela por encima. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de la opípara cena se trasladaron los dos hermanos al salón donde en la chimenea francesa ardían sin pausa unos troncos de almendro, que daban calor y vivificaban la habitación. A don Álvaro le fue servida una copa de brandy. A doña Loreto una infusión de menta poleo, retirándose posteriormente el servicio a una orden de la señorica quedándose los dos cara a cara.&lt;br /&gt;                                                                                         &lt;br /&gt;A esas horas, en la partidora, ya habían dado todos los presentes buena cuenta de la gran sartén de castañas y de la botella de anís y se aprestaban a arrimarse al calor de la candela, pues gustaba doña Dolores de contar hermosos cuentos de ánimas que hacían rejuntarse de miedo a las mozuelas contra ellos, cosa que estos sin duda agradecían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche se prestaba para ello, por tanto la historia debía de ser verdaderamente escalofriante. De calentar el ambiente ya se estaba encargando Julia...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Muchachas, no oís ahí fuera lo feo que aúlla ese perro o lo que sea!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas callaron encogidas, algo se oía, pero resultaba vago e impreciso el ruido que se dejaba escuchar por los resquicios de la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay, calla primilla! -le reprochó Ana María- ¡De verdad que estás consiguiendo que me asuste!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso no será nada -rió maliciosamente doña Dolores- comparado con lo que os espera si queréis escuchar la historia que enseguida os voy a contar, y que, además, le pasó a una mujer de aquí del pueblo que todavía vive, gracias a su prudencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los presentes permanecieron impasibles escuchando los prolegómenos de la historia y es que esta mujer las contaba muy bien y además con todo lujo de detalles, ¡vaya, que era un placer escucharla!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hubo un corto silencio, sólo roto por el crepitar de los troncos y las respiraciones agitadas de las mozuelas. La narradora comenzó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues veréis muchachas, esto sucedió hace ya bastantes años aquí en el pueblo. Era invierno. Un invierno crudo y atroz como los de antes. El viento gélido soplaba por las desiertas calles a esa hora de la noche, transportando a los malos espíritus de un lado para otro, pues ya sabéis el refrán que dice “de las doce a la una corre la mala fortuna”. Unos tímidos copos de nieve empezaban a caer sobre los tejados de las casas y el frío empedrado de las calles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era impensable que a esa hora, y con lo que estaba cayendo, fuera nadie a deambular por las calles del pueblo, vamos, debía de estar loco. Eso pensaba nuestra amiga mientras trataba de apagar el quinqué que ardía junto a la ventana de su cuarto, pues se disponía a acostarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente, y como la vista es tan ligera, notó un bulto que caminaba encorvado y muy despacio por la calle abajo. Aparentaba ser una mujer, por llevar un raído vestido negro y un pañuelo también negro que le tapaba su rostro. Y además muy mayor por su paso lento y cansino, apoyándose en un raro bastón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al pasar la desconocida junto a la ventana de nuestra amiga se detuvo un instante, girándose para mirar hacía ella, como a sabiendas que estaba allí. Asustada, dio un respingo y se retiró del quicio para no ser vista, pero esa rara mujer permanecía allí, impasible y mirando hacía la casa. Nuestra amiga escudriñaba la silueta tratando de poder verle la cara, cosa que por mucho que lo intentaba, le resultaba imposible. Sólo podía ver que una de sus escondidas manos, de la que asomaban varios dedos secos como sarmientos, portaba una vela negra que llevaba apagada. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misteriosa mujer, de repente, alzó ligeramente esa mano, haciendo el gesto de querer que se la encendieran. Ella no respiraba. Su propia silueta, reflectada por la luz mortecina del quinqué sobre la pared de su cuarto, también empezaba ya a asustarla por momentos. Las manos le temblaban ligeramente y un sudor frío le iba corriendo por la espalda. ¡Dios, y esa mujer sin irse, y mirándola fijamente...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los nervios le estaban jugando una mala pasada. Intentó de una vez apagar el quinqué, pero lo que consiguió fue que, al manotazo, éste cayera de la repisa desparramándose por el suelo todo el aceite que contenía con un gran chisperreteo, sumiendo a la habitación en una preocupante penumbra. Cuando terminó de poner orden alzó la vista hacía fuera, observando con alivio que ya la extraña mujer no se encontraba allí, había desaparecido como por ensalmo. “Bueno, mejor”, pensó, “así podré dormir tranquila”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este hecho, ocurrido una sola vez, puede darte que pensar, pero si sucede cada noche, puede llegar a ser grave y preocupante. Y eso le estaba pasando a ella, que cada noche, a la misma hora de ir a acostarse volvía a aparecer la extraña figura recortada de negro de la más extraña mujer. Y volvía a pararse justo al lado de su ventana y a alzar la mano para pedir lo mismo. Y así una noche y otra, sin importarle el frío ni la oscuridad. No hablaba, no hacía ruido ni al andar, parecía volátil...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Dolores paró un momento, fijándose en las caras de pavor y miedo que estaba produciendo su relato, y una mueca de sonrisa maliciosa dejó entrever su desdentada boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“-De mañana no pasa”, prosiguió el relato la anciana, “iré a ver a don Paulino, el sacerdote, sin duda él me aconsejará.” Y así lo hizo. A la mañana siguiente acudió a misa de ocho y después de terminada penetró en la sacristía, confiada en aclarar el misterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Da usted su permiso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, pasa hija. ¿Qué se te ofrece?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenos días padre Perdone si le molesto, pero necesito el parecer de usted ante un hecho grave que me está sucediendo cada noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cura la miró intrigado, escudriñando sus ojos queriendo adivinar la causa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija -comentó éste- igual querrías confesarte por algo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No, padre! -cortó tajantemente la mujer- no se trata de ningún hombre, desde que murió mi Serafín no he tenido más varón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Perdóname, yo creí...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No pasa nada. Verá. Estoy notando que cada noche, al ir a acostarme, pasa una extraña mujer por mi puerta con una vela apagada en la mano, y…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sentémonos hija -le pidió el cura- La cosa puede ir para largo y a mi edad las piernas no dan para mucho.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gracias, prosigo, y al llegar justo a la altura de mi ventana se detiene alzándome la mano con ademán de pedir fuego para encender la vela. Y nada más, ni habla, ni murmura, ni nada, sólo el gesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y... has podido verle la cara alguna vez? -preguntó don Paulino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, ninguna, y eso es lo raro, pues hago muchos intentos por conseguirlo, y  la verdad, a veces, para enterarme de una vez quién es y qué es lo que quiere, siento deseos de salir a la calle y descubrirla pero el miedo me paraliza, ¿quién puede ser, padre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cura frunció el entrecejo mientras la miraba fijamente. Su mano derecha no paraba de rascarse la barbilla y su cabeza se movía ligeramente de izquierda a derecha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija, no te oculto que la cosa es muy grave -le contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Padre, no me asuste, por Dios...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Grave en el sentido de que esa mujer, o lo que sea, evidentemente no es de este mundo, es más, creo que esa aparición es... ¡la propia muerte!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestra amiga se levantó de su silla, como movida por un resorte, y empezó a deambular por la sacristía como una posesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Calma, calma...! -trató de serenarla don Paulino- Por favor, vuelve a sentarte, que terminemos de hablar... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero, señor cura! ¿Usted cree que estoy para sentarme? ¡Por favor, póngase en mi lugar! -contestó hecha un manojo de nervios la mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te decía antes que la cosa es muy grave, es cierto, pero también debes de saber que al acudir a mí has salvado tu vida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sí, padre…?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es hija y te diré lo que debes hacer. Escucha, te vas a llevar una botella pequeña de agua bendita, pues eso es infalible contra nuestra enemiga y más cuando la manda el diablo. La muerte quería que le encendieras la vela y si lo hubieses hecho habría significado tu final, vamos, que te hubiese llevado en ese instante con ella, pues ese era y es, no lo olvides, su propósito. Esta noche seguro que volverá y cuando lo haga y se pare junto a tu ventana pidiéndote lo mismo de siempre, abre ésta sin miedo y rocíale el agua bendita. Verás cómo huye rápidamente y desaparece para siempre de tus noches.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Así lo haré, no lo dude usted! Me costará, pero debo hacerlo por mi bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así me gusta, hija, ahora ve en paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestra amiga era un puro nervio esa tarde, imaginárosla, ella, sola e indefensa, esperando... ¡a la propia muerte! La tarde se le hizo cortísima y la noche llegó como una centella. A la hora de siempre, de nuevo la volátil y macabra figura de la vieja avanzó con su paso cansino por la calle. Y como siempre, al llegar junto a su ventana, se paró y con aire lento, se giró en su dirección y alargó el brazo derecho, portador de la vela, con ademán de que se la encendiese... En ese momento, la clara luna de enero, saliendo de entre unas nubes, dejó ver, por una décima de segundo la terrorífica y cadavérica faz de... ¡una calavera!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella, armada de valor, abrió con bríos la destartalada ventana y en un decir amén roció toda la botella de agua bendita sobre la aparición. Ésta, al sentir el agua caer sobre su cuerpo, lanzó un terrorífico grito...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esos momentos, y como Bastián ya se sabía la historia, el que pegó un grito terrorífico fue él. Todos los presentes se levantaron de sus sillas chillando y pataleando por la terrible impresión, respirando fuerte y llevándose las manos al pecho, como agarrándose el corazón, mientras que el bromista, Ángel, su madre y su mujer, se retorcían literalmente de risa observando el cómico espectáculo que se ofrecía ante ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando ya no pudieron reír más pidieron disculpas, aunque se entendió como una broma y no le sentó mal a nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre tanto, ya se había hecho tardísimo, así que todos se dispusieron a marchar. La buena de doña Dolores, eso sí, pidiéndoles de nuevo perdón, les dijo que si querían otro día conocer el final de la historia ella estaría encantada de contársela a quien quisiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche estaba triste y fría. Jacinta y Consuelo fueron a acompañar a Julia y Ana María hasta sus casas, ¡pues a ver quién era el guapo que salía a la calle solo después de oír el pasmoso relato!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el preciso instante en que ocurría todo esto se encontraban doña Loreto y su hermano en la amplia sala de la chimenea. El servicio se había retirado momentos después de servidas las bebidas. Serían ya las dos pasadas de la madrugada. Don Álvaro encendió su pipa, mientras se llenaba la penúltima copita de anís. Su hermana había desistido de tomar otra, pues las medicinas para la artritis no lo hacían aconsejable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye, Álvaro -preguntó- ¿No has notado que falta algo en esta casa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Te refieres al vacío que nos ha dejado Isabel con su muerte?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Efectivamente -reflexionó pensativa la señorica- y no sólo por ese vacío material, aunque la pobre, más buena que era no podía ser y trabajadora y servicial, sino también al de organización y de liderazgo que ejercía al servicio de esta casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora que lo dices, nada nos marcha igual sin ella. Es cierto, se echa de menos todo eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro, al llevar tantos años con nosotros lo conocía todo al dedillo, nuestros gustos, costumbres, en fin... y con su saber estar, llevaba el compás como los músicos viejos, era el fruto de la experiencia. Eloisa es atenta, pero no tiene don de mando y su hermana Gracia por el mismo camino. Buena cocinera, pero no le pidas más. No sé, necesitamos a una persona que pudiera, en cierto sentido, suplir las carencias que tenemos ante la perdida de Isabel. Una mujer de cierta edad, sin ser mayor, que sepa planchar, coser, cocinar, en fin, una mujer para todo, una auténtica ama de llaves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, pero... -murmuró el alcalde- ¿dónde está esa mujer? ¿Dónde podemos encontrarla? Y que sea de confianza, noble y honrada, habida cuenta de las riquezas que atesora esta casa. No se puede meter a servir a cualquiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hermano -le contestó doña Loreto con una mueca de malicia en su cara- yo conozco a esa mujer, la tenemos cerca, y no sé por qué extraña coincidencia que nos favorece, tenemos ahora la oportunidad de retomar nuestro ataque de frente sobre Ana María...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Álvaro dio un respingo al oír aquel nombre, era el mismo que retumbaba en sus oídos día y noche de una manera continua, haciéndose éstos últimos días más acentuado. Sería una premonición de algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me aturdes. ¿Por dónde vas? No me estarás queriendo decir... -exclamó el cacique poniéndose de pie y vagando a grandes pasos por la amplia sala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Calma hermano, la cosa es delicada. Efectivamente estás pensando en la misma mujer que yo... en María, pues con este pequeño pez en el anzuelo, pronto tendremos al grande, al deseado. Sí, ya sé lo que nos tendremos que oír, que si unos rojos en la casa de los Monteoliva, o que si tal o que si cual, pero qué más da, el que algo quiere, algo le cuesta. Lo mismo dijeron con las obras y al final todo se ha quedado en nada, ¿verdad, Álvaro?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cierto Loreto, bien mirado, esa mujer está muy necesitada, presiento que la proposición nuestra le puede venir muy bien y por supuesto, creo que no dude en aceptarla, tratándose de una casa del rancio abolengo de la nuestra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No dudes ni un segundo que aceptará, hermano, eso te lo garantizo yo, pues la propuesta la estudiaré y calcularé hasta en el más mínimo detalle. Vamos, que la encontrará irresistible, pensando que es una oportunidad única. Tú déjalo en mis manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y al decir estas últimas palabras, una sonrisa malévola asomó por la comisura de sus labios y sus ojos brillaron con una luz inusitada, algo maquiavélica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El fuego se apagaba en la hermosa chimenea francesa. La copa se vaciaba y el reloj agotaba sus horas de vigilia. Se retiraron a dormir. La señorica daba vueltas en su ancha cama meditando hasta el más mínimo fleco del plan que se aprestaba a ejecutar. Esta vez no fallaría nada, así se lo había prometido a su hermano y así debía de ser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Álvaro, en la penumbra de su cuarto, aún sin acostarse, se imaginaba como sería su alcoba con Ana María allí con él y su mente divagaba por mundos de lujuria y placer.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-5458941923057354288?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/5458941923057354288/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=5458941923057354288' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/5458941923057354288'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/5458941923057354288'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-ix-el-adis-de-isabel-las.html' title='Capítulo IX EL ADIÓS DE ISABEL. LAS CASTAÑAS ASADAS.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-4506069881167360911</id><published>2007-09-25T00:16:00.001-07:00</published><updated>2007-09-25T03:46:48.797-07:00</updated><title type='text'>Capítulo X LA PROPOSICIÓN. ENTIERROS DE PRIMERA Y SEGUNDA.</title><content type='html'>De los cuatro días que habían pasado ya del mes de noviembre, dos llevaba José en cama, a vueltas con la herida en la ceja que le produjera la pelea. Se le había infectado, a consecuencia del polvo y de la suciedad en la obra, y no presentaba buena espina. El enfermo aparecía con la parte izquierda de la cara bastante hinchada y de un color morado tirando a negro, por un fuerte derrame, pues a pesar de su dureza y su aguante, no había tenido más remedio que sucumbir ante los consejos de su mujer y la evidencia de la infección. Además, el trastorno y los mareos que le aquejaban hacían que, al estar subido casi todo el día en el andamio, se acrecentara el peligro de una mala caída.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Aparte de la preocupación de ver en ese estado a su marido, se le sumaba a la pobre María la cuestión económica, pues el poco dinero que aún les quedaba se lo estaba llevando el médico en cada visita. Con todo, ella trataba de ocultar, en la medida de lo posible, la tremenda situación a su hija, aunque, como ésta no era tonta, se percataba muy a las claras del infierno por el que estaban pasando sus progenitores. Veía a su padre sufrir mucho, sin poder aportar un real a la casa, y eso le martirizaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con esos pensamientos estaba, haciendo faenas en la cocina cuando oyó tocar a la puerta. Se secó un poco las manos con el mandil, se alisó el pelo y salió a abrir. Al otro lado se encontraba una chica de unos veinte años, pequeña y coqueta, que María conocía muy bien, era Eloisa, la camarera de doña Loreto. Se extrañó mucho verla por allí. Pensó que quizás don Álvaro se habría cansado de la baja de José e iría a decirles que ya tenían a otro. Pues ni por un momento, pudo sospechar que la cosa iba por otro camino mucho más distinto y peligroso y que estaba a punto de caer en una trama de consecuencias imprevisibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días, Eloisa! ¿Qué te trae por aquí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días, María! Verá usted, me manda doña Loreto para pedirle que, en cuanto pueda, se pase por su casa, pues le urge hablarle de un asunto importante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Gracias muchacha! Dile que después del mediodía, en cuanto lo deje todo arreglado, me pasaré por allí sin falta.                                                                                                        &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De acuerdo, así se lo haré saber a mi señorica. Hasta luego entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Adiós, hasta luego -contestó María mirando pensativa a la muchacha mientras bajaba a buen paso la empinada cuesta. Cerró después la desvencijada puerta, sumiéndose en un mar de cavilaciones acerca del extraño llamamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María estaba en la partidora de almendras. Cuando llegara al mediodía se lo haría saber, a ver qué opinaba ella. José dormía en esos momentos gracias a la medicación administrada por don Felipe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo quiso molestar, había pasado mala noche. Lo miraba feliz cómo descansaba. Le ponía muy triste verlo enfermo, él era su amor, el hombre que la había hecho mujer, el padre de su hija. Lo necesitaba mucho ¿qué haría ella si le faltase algún día? ¡No quería ni pensarlo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aprovecharía el momento, mientras tanto, para llegarse al Auxilio Social y traerse algo sustancial para poder hacer un pobre almuerzo. Serían ya sobre las dos de la tarde cuando volvía con el rancho en su negra y quemada olla de porcelana y llegaban casi a la par Angelitas y Clara, que venían de la partidora, comentándole a la mujer:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-María, nos ha dicho su hija que se ha ido a almorzar a casa de Julia, que no la espere usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, en realidad, se comería unas almendras de las que partían para así engañar a su maltrecho estomago, que rugía sin parar. Era una buena hija, prefería que no les faltase la comida a su madre y a su padre enfermo. Ella podía apañarse&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante el almuerzo María le comentó a su marido la visita que había tenido por la mañana. José se extrañó, no intuía a qué podría deberse, lo achacaba a algo relacionado con la obra o su enfermedad. ¡Qué lejos estaba también de adivinar la verdadera causa de ella!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María se puso un vestido discreto y algo pasado de moda, que era lo más decente que tenía en su desierto armario. Lavó su cara con jabón en una zafa que descansaba sobre un viejo zafero sin espejo, peinando después las abundantes canas que teñían de plata sus cabellos, echándoselos para atrás, hasta configurar su secular moño, y se dispuso a partir hacía la casa del alcalde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-José, me voy -le dijo a su marido, que volvía a la cama mermado bastante por las medicinas -la niña no tardará en llegar, pues me dijo que esta tarde la pasaría contigo para cuidarte y darte ánimos. Marido, ¡qué bendición de Dios es nuestra hija! ¿Verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José no contestó, la emoción ahogaba su garganta y dos lágrimas asomaron por sus pupilas resbalando lentas por sus maltrechas mejillas mientras la sentía alejarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tarde, aunque soleada, estaba fresca como correspondía a ese mes del año. María se pertrechó su toca negra de lana, encogiéndose de hombros, mientras caminaba despacio. No tardó en llegar. Le abrió la puerta, bien uniformada, la simpática y agradable Eloisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenas tardes María! Siga, por favor, detrás de mí al salón, que enseguida vendrá doña Loreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esperó unos minutos de pie, junto a un gran sillón orejero, su llegada. Estaba triste por la situación de su marido y si encima ahora le daban malas noticias de la obra, peor que peor, aunque creía que esas cosas debería decirlas don Álvaro y al parecer quien iba a hablar con ella era su hermana. No acertaba a entender que se traían entre manos los dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María notó un olor suave y sofisticado que precedió a la majestuosa entrada de la dueña de la casa, empujada en su silla de ruedas por Eloisa, que la condujo hasta la esquina de la gran chimenea que dominaba el salón. Hasta allí fue a saludarla, haciéndole la reverencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenas tardes tenga usted, doña Loreto, creo que me había mandado llamar esta mañana y aquí estoy, como ve, sin tardanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella no contestó aún. La miraba de arriba abajo, moviendo su cabeza en el mismo sentido, preguntándose si la cosa iría a funcionar. Pero el paso ya estaba dado, no habría vuelta atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues verás, María -comenzó la señorica sin ni siquiera invitarla a que se sentase- como sabes estamos muy apenados por la desgraciada desaparición de nuestra querida Isabel, pero la vida sigue y el vacío que ha dejado en esta casa debemos de volver a rellenarlo. Las necesidades diarias así nos lo reclaman. Aunque tampoco puede hacerlo cualquiera. Necesitamos una persona de buenas referencias, honrada y fiel, trabajadora y con experiencia, que sepa tomar las riendas de una casa tan importante y sepa, también, estar a esa altura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María la miraba atónita y perdida, “¿A dónde quería llegar? ¿No le estaría queriendo decir...?”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así -prosiguió hablando la señorica- que mi hermano y yo, después de darle vueltas y sopesar los pros y los contras, hemos llegado a la conclusión de que tú eres la persona idónea para el puesto vacante de ama de llaves en esta casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La aludida se quedó blanca como el papel. No esperaba oír jamás esas palabras. Aquello podía ser el fin de las penurias de su familia. Tardó en reaccionar. La señorica le concedió ese tiempo pidiéndole, ahora sí, que se sentase. Por fin, aunque con palabras atropelladas, pudo exclamar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero... doña Loreto, aunque usted y su hermano me honran con esa proposición creo, y es mi deber decírselo, que no estoy a la altura de una casa de esta envergadura. Y no es por temerle al trabajo, pues no he hecho otra cosa en mi vida, pero tengan también en cuenta, que soy una humilde y pobre mujer con un marido y una hija que atender...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo sabemos -contestó la señorica haciéndose cargo- ya te comenté antes que habíamos pensado en todo. No te preocupes, las cosas se pueden solucionar. De momento sólo te pediríamos una jornada de mañana a la noche y para dormir te irías a tu casa. Incluso si en las horas de trabajo tuvieses algún problema allí, te podrías ir sin miedo y luego volver. Además, no tengo que decirte lo que esta oferta, caso de que aceptes, supondrá para el bienestar de los tuyos, no olvides eso, pues estando con nosotros no dudes de que las faltas que ahora tenéis, que lo sé bien, desaparecerían de la noche a la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señorica no quería dejar escapar esta oportunidad, que se le fuera de las manos, por eso limaba con habilidad y astucia todos los contratiempos y peros que pudieran surgir convirtiéndolos en soluciones y así terminar de convencerla.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;María, enterada ya de las intenciones de la visita, estaba ahora más perdida que nunca y miles de dudas y preguntas la asaltaban, “pero... ¿a qué viene que se fijen en mí, a mi edad, los dueños de la casa más poderosa del pueblo?” Seguramente habría muchas mujeres más preparadas que ella, no lo entendía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Loreto la vio muy callada y pensativa y aquello no era bueno para ella por lo que pasó rápidamente al contraataque, dándole en su ego personal y en su fibra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Verás María, mujeres como tú no se encuentran en este pueblo, créeme, nos hemos informado bien. Que sepan coser tan bien como tú, lavar, ser ordenada y trabajadora, educada y poco amiga de chismes, que eso para una casa respetable como esta es cosa importante. Además -prosiguió la señorica mirándola fijamente a los ojos- aún no hemos hablado de lo que percibirías de sueldo para ti y para tu necesitada familia, que eso tampoco debes de olvidarlo. ¡Mira al pobre de José cómo lo tienes en casa y mi hermano, de buena fe, no ha querido echarlo, pues es un buen trabajador y ahora que está en una situación mala no quiere hacer leña del árbol caído, prefiere esperar a que se recupere para que pueda volver de nuevo a ese puesto de trabajo que le tiene guardado. Como ves, ahí tienes una prueba de nuestras buenas intenciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Sabían de ella, al parecer, mucho más de lo que ella misma creía. Lo habían calculado y estudiado todo para no recibir un rechazo y lo habían encaminado para que la única opción pasase por tener que decir sí al ofrecimiento. Luego no tuvo, por menos, que aceptar y dar las gracias por todo ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se lo agradecemos enormemente, señorica, ¡no sabe usted cuanto! pues antes con las obras y ahora con esto nos están quitando muchas hambres y mi familia y yo somos agradecidos.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;María hablaba ya más confiada y segura, preguntándose para sus adentros “¿Y por qué no? ¿Por qué no puedo yo ser la elegida para el cargo de ama de llaves de esta gran casa y sacar a mi familia de la miseria y de las privaciones que padecemos? ¿Quién le puede quitar ese deseo a una madre?”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Loreto supo qué se le estaba pasando por la cabeza en esos instantes a María, lo leía en el brillo de sus ojos, y la remató.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y como te decía, si entras a nuestro servicio te daremos cinco reales al día y además en confianza que de todo lo que te falte, patatas, tocino, carne... en fin, cosas de primera necesidad, puedes llevártelas a tu despensa, pues aquí como sabes, nos sobra de todo eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se rió con malicia y orgullosamente al decir esas palabras, como dando cuenta de su poderío y grandiosidad frente a la indefensa y pobre mujer, que nada tuvo que oponer ante el generoso ofrecimiento sino bajar la cabeza en señal de deuda y agradecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Loreto la despidió llamando a Eloisa y comentándole, que hiciese con su familia las oportunas diligencias, pues urgía que se incorporase prontamente al puesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella sabía que ya no habría vuelta atrás, que ese ofrecimiento estaba amarrado, y que no habría podido negarse, no la habrían dejado. Esto llegó a asustarla un poco. Salió de la casa. Necesitaba respirar algo de aire limpio. Se ahogaba allí dentro. Su cabeza daba mil vueltas sobre el eje de la proposición. Decidió, antes de ir a casa, dar un paseo hasta la ermita de San Antón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino que salía del pueblo y conducía hacía ella como paseo era precioso y en esta época del año el manto verde de los montes confería al paisaje unas notas bucólicas y románticas. Jalonaban el camino, unos frondosos olivos, que mostraban orgullosos sus cuajados frutos, como una madre muestra orgullosa a su hijo recién nacido entre sus brazos. Los desnudos almendros y las verdes cañaveras, agrupadas en cientos, moviéndose al empuje del viento, terminaban de rellenar el paisaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y allí estaba María, debajo del arco de medio punto de la antigua edificación, de pequeñas dimensiones, blanca, de cal moruna y rojas tejas, que distaba del pueblo aproximadamente un kilómetro en dirección este. Impasible y paciente, le aguardaba la imagen de dicho santo, que una vez al año honraban con una misa en su honor y durante los meses de marzo a diciembre soltaban un pequeño cerdo por las calles del pueblo para que fuese alimentado por sus habitantes hasta hacerse grande y, después, rifarlo entre todos, aprovechando los beneficios para el mantenimiento de dicha ermita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María acababa de llegar en esos instantes a su casa, entrando directamente al cuarto de su padre, creyendo encontrar allí a los dos, pero sólo estaba él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenas tardes padre! ¿Cómo se encuentra?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estoy bien, hija, sólo me noto un poco de tirantez en la cara pero es normal, así me lo ha dicho don Felipe. Hasta que no se pase la hinchazón estaré así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero será por poco tiempo, padre; usted es fuerte y joven aún y muy luchador, ¡verá como en pocos días está de nuevo en la obra!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé, hija no sé... -exclamó ligeramente abatido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué dice eso? -preguntó extrañada Ana María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Verás, han llamado a tu madre a casa de don Álvaro. Quieren hablar con ella y mucho me temo que es para decirle que ya no cuentan conmigo en el trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha se sobresaltó al oír aquello. Un raro presentimiento corrió por su cabeza. Su madre en casa de don Álvaro... aquello no debía de ser bueno. Por las obras no sería el llamamiento, de ello estaba segura. Entonces...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Pasa algo, hija? -preguntó José preocupado- te has quedado tan callada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es nada. ¿Y cuándo se fue?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Después de almorzar, ya debería de estar de vuelta, pues son... -se incorporó ligeramente en la cama, sacando de la mesita de noche su reloj de bolsillo, con una larga y brillante cadena, que fuera de su padre, para mirar la hora- Sí, ya debería estar aquí, son las seis y media.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -contestó la joven- mientras iré encendiendo el rincón. Vaya levantándose para darse un calentón que la tarde está fría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí estaba el perrito, sobre el apagado rescoldo de la cocina, haciendo honor a su nombre. Levantó sus pequeñas orejas al oír llegar a su ama, moviéndole ligeramente el rabo y levantándose algo lento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola Tiznón, ¿todavía duermes? Estoy triste, ¿sabes? -le habló a su perrito como consolándose con él- No me gusta la visita de mi madre a esa casa, no me gusta; algo se nos viene encima y no es nada bueno, te lo aseguro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El animal la miraba con las orejas de punta y un leve ruido salía de su garganta, sin llegar a ser un ladrido. Parecía entenderla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las llamas se alzaron altas en el rincón mientras ponía sobre el fuego las estreves. Haría una sopa de fideos que les calentase el cuerpo. María no tardó en llegar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿José te has levantado, cómo estás? -preguntó al verlo junto al fuego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, mujer, la cama me mata; no estoy acostumbrado a estar tanto tiempo en ella, pero... cuéntame, ¿para qué te querían? -preguntó impaciente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Madre -preguntó sofocada Ana María queriéndose adelantar a su respuesta- me ha dicho padre que había ido usted a la casa del alcalde, mandada llamar por él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, hija, y me han dejado de piedra. ¡No os podéis imaginar la proposición que me ha hecho la señorica!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José la miraba perdido. Ana María ni la miraba. Imaginaba lo peor, lo que no hubiera querido escuchar nunca, las más duras palabras, y ahora las iba a escuchar de labios de su propia madre, era atroz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pues me ha pedido -continuó María- que sea ni más ni menos, su nueva ama de llaves...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero... mujer y cómo es eso! -preguntó atropelladamente José- ¿Cómo han podido ofrecerte ese puesto a ti? Creía que era por lo de las obras...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues no, marido mío, y van a por mí, pues todos mis peros me los ha arreglado doña Loreto rápido. Además, las condiciones son muy ventajosas, y estoy segura, y eso es lo que más me alegra, que las penurias se van a acabar a partir de ahora en esta casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero… ¿tienes que estar allí interna? -seguía preguntándole el albañil, bastante nervioso.&lt;br /&gt;                                                                                  &lt;br /&gt;-No, dormiré en casa. Y si tengo que venir durante el día a ella, también me lo permiten. Como veis se portan bien conmigo y me facilitan las cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No sé, mujer! La proposición es favorable para esta familia, no lo oculto, pero tampoco te oculto mi extrañeza por semejante petición. No sé, hay algo raro en todo esto. No olvides que para ellos somos una familia de rojos y no estamos bien vistos en esta sociedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, José, y también la éramos antes de llamarte a ti para que te encargaras de las obras del Ayuntamiento y no te hiciste tantas preguntas –contestó enérgica la mujer- Piensa que me juego el bienestar de mi familia. No quiero ver pasar más hambres y penurias en esta casa. ¿Que es un tanto rara esta proposición? De acuerdo, pero no me voy a sentar a adivinarla mientras se nos escapa a todos el tren de la felicidad y el bienestar, espero que lo entiendas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No te pongas así, mujer, quizá tengas razón en que hay que verlo por el lado positivo. Una oportunidad como esta en estos tiempos no conviene rechazarla, perdóname.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estás perdonado, marido. En el fondo, yo también me hice esas preguntas cuando estaba frente a ella, pero... ¡qué porras! Si ha querido que sea yo la elegida, pues para mañana es tarde. Por cierto, ¿y la niña?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María llevaba rato sin estar allí. Nada más escuchar las primeras palabras de su madre, se había marchado de casa sin rumbo fijo acompañada por Tiznón. No quería seguir escuchándola. ¡Pobre, ella sería la marioneta que moverían en su función los Monteoliva, una función que no pararía hasta ver en su mansión a la bella hija. ¡Si por un momento pudiera María adivinar la verdadera razón...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se preguntó si ya había llegado la hora de descubrir la verdad antes de que su madre se metiera en la boca del lobo y, lo que es peor, que le abriera la puerta a ella también y entonces ya no habría solución.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Le vino otra vez a la mente la sapiente y amable figura de doña Ana. Mañana iría a verla de nuevo. Le pediría consejo y le indicaría qué podía ser lo mejor. Estaba segura. Confiaba en ella.              &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La conversación, ya en la cena, giró sobre el tema monográfico de la proposición. Ana María no comentó nada y eso le preocupaba enormemente a  su madre. Hablaría luego con ella. José tenía seguro que lo último que quería ver en su casa eran el hambre y la necesidad. Lo tenía claro, igual que María. No había que darle entonces más vueltas. Mañana daría la contestación positiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José no tardó en irse a la cama, se encontraba aún débil y algo cortado por las medicinas. María le echó otro leño al fuego y le pidió a su hija que la acompañase un ratito junto a él, que debían de hablar. Así lo hizo, obediente como siempre. Una vez juntas las dos, le habló suave:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija, te noto muy seria y cabizbaja, ¿te ocurre algo? Desde que te has enterado de la noticia no hablas nada, ni siquiera estás con nosotros. Piensa que tu padre y yo queremos lo mejor para ti y que no te falte de nada. Yo con la costura gano dos pesetas y es un trabajo que no va a ser eterno pues don Felipe no tardará ya en jubilarse. Ahora se me ofrece la oportunidad de mi vida; sí, ya sé que todo esto es muy extraño, que no se le encuentra explicación. Pero también sé que no debo dejarlo pasar, pues creo que sabes muy bien lo que significa. Quizás no lo entiendas ahora pero cuando tengas tu propia familia, verás como si.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es eso madre -se decidió a hablar Ana María- si yo lo entiendo, de verdad, y creo que en otra casa, esa misma oferta sería más satisfactoria, pero viniendo de los Monteoliva le pido que tenga cuidado, pues ya sabe la mala fama que les precede de dictadores y prepotentes. Piénselo, por favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hija, no sé cómo me dices eso, acabándote de decir...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, ya sé lo que acaba de decirme y tiene razón, pues es una buena madre, por eso le quiero y no deseo que sufra, ni que la engañen. Entiéndame.                            &lt;br /&gt;                                                                                                         &lt;br /&gt;-Tu padre y yo ya hemos tomado la decisión, no podemos dejar pasar esta oportunidad y tú lo sabes. Lo sentimos mucho, hija, pero por muchas razones que haya en contra, esto no tiene ya vuelta atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María se levantó de la silla, con un gesto educado y sin decir ni una palabra más se retiró a su habitación acompañada de Tiznón. María se quedó en el rincón, cabizbaja y pensativa, sufriendo en silencio, pues no quería ver a su hija triste, pero las necesidades y estrecheces eran, en ese momento, un enemigo demasiado poderoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mañana del cinco de diciembre amaneció radiante. El cielo lucía todo su azul posible y no había ni una telaraña en el ancho horizonte que podía divisarse desde la casa de Ana María, que hablaba con su primilla en la puerta. El comentario no era otro que el ofrecimiento hecho por los Monteoliva a su madre, cosa que Julia veía genial y no terminaba de entender el gran disgusto que tenía su prima, pues al puesto de trabajo fijo se le uniría el estar en una casa en la que sobraba de todo y eso era una garantía en aquellos tiempos tan malos que corrían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Prima -le comentó Ana María- hoy no iré a la partidora pues debo estar cuidando a mi padre, que no termina de encontrarse mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya por Dios! -exclamó Julia- ¿Qué se le va a hacer? Lo importante es que se mejore pronto. Por la tarde cuando termine, ya me pasaré a ver cómo sigue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vale, aquí estaré. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julia bajó la empinada cuesta con sus ardiles y su gracejo habituales, perdiéndose por la última esquina. Ana María se dispuso a entrar en la casa cuando, de pronto, las campanas de la cercana torre empezaron a dar las treinta, toque que antecede al doblar de las campanas y que avisa que acaba de fallecer una persona en el pueblo. Las tres campanadas secas al final delataron que había sido un hombre; si hubiesen dado dos correspondería a una mujer. ¡Siempre el hombre por encima de todo, hasta en el aviso de muerte!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su madre se asomó a la puerta y también lo hicieron el resto de vecinas, preguntándose las unas a las otras quién podría haber sido el desdichado. La muerte, siempre tan cercana y tan presente en todas las sociedades, no dejaba de tener en las zonas rurales unas connotaciones trágicas, filosóficas y religiosas, en el sentido de darse cuenta de lo poco que somos y lo mal que nos portamos siendo la vida tan corta. Luego, el hecho se agrava y se siente más en los pequeños pueblos, pues todo el mundo se conoce. El roce es más continuo y estrecho y el impacto es mayor, por lo que un fallecimiento se convierte en una noticia de primer orden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carmela la de Jacinto venía dando el aviso. Nadie lograba adelantársele nunca. Para eso no había otra igual en todo el pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No sabéis, muchachas? No hace ni media hora que don Emilio acaba de fallecer. Sí, don Emilio, el señorico de la calle Real. Al parecer ha sufrido una embolia y no ha salido de ella. Ya veis, vecinas, afortunadamente se mueren los ricos igual que los pobres, ¡ahí sí que somos todos iguales, no valen los dineros!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya por Dios! -murmuró María, al igual que todas las demás vecinas que hacían corro junto a Carmela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No estaba tan mal ese hombre. Años tenía, ¿no, Carmela? -preguntó María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estaría rondando los noventa o por ahí. Lo sé porque era quinto de mi padre que en paz descanse. Ya ves, y el pobre lleva ya más de diez años enterrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi marido -prosiguió contando María- le estuvo arreglando hará poco el tejado de su casa, preparándoselo para el invierno, y el hombre se portó muy bien con él en asunto de los duros, pues no le escatimó ni un real. Al final, por lo contento que había quedado, nos regaló un conejo de su corral para que nos lo comiéramos frito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién le iba a decir a él que no vería el invierno? ¡Dios lo tenga en su santo seno!&lt;br /&gt;                                                                            &lt;br /&gt;Don Emilio Rivas era otro de los terratenientes que tenía el pueblo, aunque no de la envergadura del alcalde. Pero gozaba de un patrimonio bastante solvente, con dos cortijos en las cercanías y dicen que algunas casas en alquiler en la capital que le reportaban buenos duros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había sido procurador en Granada y su mujer maestra nacional, también en la capital. Infortunadamente ella murió largos años atrás, en el diecinueve, el nefasto año de la pandemia de la gripe. No habían tenido hijos, por lo que don Emilio pasó una época grande de su vida bastante solo. Por navidad, y muy de vez en cuando, unos sobrinos, hijos de un cuñado suyo, que vivían en Baeza, se dignaban venir por el pueblo para hacerle una corta, fría y cumplida visita, sólo eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El entierro se preveía, de todas formas, concurrido y nutrido de altas personalidades, tanto del pueblo como de otros cercanos. Lo que se llamaba, por los propios curas, al haber mucho dinero de por medio, un entierro de primera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajaron María y su hija, cerca ya del mediodía, a la casa en donde se ubicaba el Auxilio Social para llevar a casa algo caliente ese día también. No tenían que pasar necesariamente por la calle Real para llegar hasta allí, pero dieron un rodeo aposta para ver el movimiento de entrada y salida en la casa, que ya tenía puesto en su misma puerta el estandarte para avisar a la gente que allí yacía un difunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El caserón era enorme, a la usanza de los caciques de la época. Dos plantas de alzada, con un precioso patio de luces en el interior revestido en su zócalo de vistosa cerámica granadina, adornado por vistosas y coloristas macetas de geranios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Madre e hija se detuvieron un momento entre un corrillo también de curiosas que observaban lo mismo. Estaba entrando en esos instantes, por el fondo de la calle, un aparatoso chevrolet negro, con unos guardabarros salientes en color marfil y unos cromados y vistosos faros redondos. El coche era propiedad de Jaime, el sobrino mayor del difunto, y venía acompañado de Marta y Teodora, sus dos hermanas.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Se detuvieron en la misma puerta, una vez que hubo dado la vuelta en la cercana plaza, ante la atenta mirada de los muchos curiosos que allí se agolpaban. La muerte de un cacique en el pueblo era un verdadero acontecimiento social y constituía para los pobres, aunque en otro sentido, por supuesto, sin desearle a nadie la muerte, como un día de carácter especial, rompiendo por momentos, la monotonía general de la cotidiana vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día, y hasta que no se verificase el entierro, los hombres, por el hecho de no señalarse, se mantenían sin ir a los trabajos, haciendo corrillos en la puerta del infortunado mientras liaban un pitillo y celebraban en público las bondades del finado. Luego debajo de la chimenea ya se diría otra cosa. Las mujeres ese día poca cosa hacían en la casa. Se limitaban a seguir comentando entre vecinas el suceso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María y su madre, después de ver llegar a los familiares, y una vez que estos hubieron entrado en la casa, prosiguieron su camino hacia donde se dirigían. Al pasar por la puerta de don Nicolás, el cura, sintieron algunas voces, aunque más que voces parecían tristes lamentos, que procedían del interior. Y al momento vieron salir, gorra apretada en mano, a un labriego con los ojos rojos y húmedos. Era Gregorio, el del cortijo Viejo, que muy apenado, y a preguntas de madre e hija, les contaba que acababa de morir su pobre padre, cerrándole él mismo para siempre sus ojos a la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las dos le dieron al instante al apenado labriego su más sentido pésame, informándole que estarían, como no, en su entierro; cosa que agradeció ese buen hombre. Gregorio también se llamaba su padre, hombre curtido por la labor y los rigores del campo, que no había podido contar nada de su sedentaria vida. Sólo trabajar día tras día, de sol a sol, para poder criar a sus seis hijos y a los hijos del amo de su cortijo, de paso. Un cortijo pequeño y mísero, con techos de palos y launa, que se quedaba estrecho para tanta familia, incluidos los abuelos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora había llegado su final, o su victoria. ¡Quién sabe si la muerte, tan macabra y fea, no habría venido a redimirlo de un mundo de esclavitud y miseria para llevarlo a un lugar donde por siempre disfrutara de todo lo que nunca había podido tener aquí, descanso y tranquilidad!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los dos entierros tuvieron lugar al día siguiente. Claro está, el de don Emilio más nutrido y numeroso y de más pompa y boato, con representación de la Guardia Civil y demás autoridades del pueblo; la personalidad lo merecía.  Mientras que a Gregorio, infeliz hombrecillo, que lo habían traído en su ataúd desde el cortijo a lomos de una mula, sólo lo acompañó en su ultimo adiós la clase pobre del pueblo, eso sí, una vez que se hubo terminado el primer entierro. No era apropiado mezclar los dos. Si Dios dio ejemplo, desde el primer hasta el último aliento de su vida, de humildad y pobreza, ¡qué poco lo estaban secundando muchos de los que se santiguaban con alarde en los primeros bancos de la iglesia domingo tras domingo!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-4506069881167360911?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/4506069881167360911/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=4506069881167360911' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4506069881167360911'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/4506069881167360911'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-x-la-proposicin-entierros-de.html' title='Capítulo X LA PROPOSICIÓN. ENTIERROS DE PRIMERA Y SEGUNDA.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-3342020003233894067</id><published>2007-09-25T00:15:00.002-07:00</published><updated>2007-09-25T03:48:14.949-07:00</updated><title type='text'>Capítulo XI LA SECCIÓN FEMENINA. LA NUEVA AMA DE LLAVES.</title><content type='html'>Andaba el pueblo esos días un poco revuelto. La llegada desde la capital de ocho mujeres, chicas de entre veinticinco y treinta años, pertenecientes a la llamada Sección femenina, había armado, entre la juventud sobre todo, un gran revuelo. Era una visita que no se había producido nunca y quizás no volviera a repetirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mozuelos y mozuelas del pueblo se agolpaban, como cada tarde noche, a las puertas de una casa, adosada a la ermita de San Blas, que tenía la curia para hospedaje de visitas religiosas y que ahora, gustosa, cedían al Régimen para alojarlas a ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy los congregados esperaban conocer el reparto para escenificar un belén viviente en forma de obra de teatro para la fecha del veinticinco de diciembre en la plaza de la iglesia. Ana María fue la primera vez, llevada a rastras por su primilla, que le animó constantemente para que se apuntase a participar en la obra ya que todas sus amigas así lo habían hecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Silencio, por favor! -gritó María Esperanza, una mujer morena, de ojos grandes y marrones, pelo corto y labios muy rojos. Era la directora de ese  grupo allí presente- ¡A ver, atendedme un momento! -prosiguió haciendo verdaderos esfuerzos por que se le escuchase- Después de estudiaros a cada uno...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julia calló, deseando que a su primilla y a ella les cayese un buen papel. Se sentía actriz por momentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...ya tenemos el reparto completo de la obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y fue leyendo, entre el estruendo y la algarabía de todos, dicha distribución. Luego, fue dándole a sus ayudantas los guiones, para que los repartiesen a cada uno, según su papel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julia recogió el suyo, sería la posadera de Belén. Miguel interpretaría a San José, papel importantísimo dentro de la obra, cosa  que lo llenó de orgullo. Gabriel, su amigo y vecinillo, haría del Arcángel San Gabriel, por su pelo rubio y rizado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El herrerillo buscó a Ana María con sus ojos entre la multitud. Ella ya lo estaba mirando. Se rió un poco por dentro pensando cómo le caerían esas largas barbas y esa amplia túnica. Por fin se le acercó y le preguntó sonriendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ani, menudo papelón! ¿De verdad me parezco a San José?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Será por fuera -le contestó un poco irónica- porque por dentro tienes poco de santo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo, la voz de la directora sobresalió entre el griterío:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y por fin el nombre de la que encarnará en la obra la santa y buena figura de nuestra madre la Virgen María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El silencio era general. Solo quedaban tres chicas que no habían recibido aún papel y entre ellas estaba Ana María. Todas se miraban entre sí preguntándose “¿seré yo?” La voz clara y diáfana de María Esperanza las sacó de dudas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ana María será la afortunada!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No terminaba de creérselo. Ella, de entre tantas. Se lo podía haber merecido otra... pero no, había sido ella precisamente la elegida, cosa que aplaudían todos los presentes, en ese momento. La verdad es que ni buscando entre miles se podría haber encontrado a una muchacha tan candorosa y de cuerpo virginal. Miguel, con su mano cogida, la besó suave en la mejilla, mirándola feliz y devolviéndole la broma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mira por dónde Ani, que acaban de casarnos...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha se puso roja por aquel comentario porque en el fondo, y con el correr de los años, ese era el futuro que quería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -terminó María Esperanza- los papeles ya están dados. Desde mañana día quince empezaremos los ensayos en el salón parroquial a partir de las ocho de la tarde. Procurad no faltar, ah y también repartiremos a las mujeres las ropas falangistas para el acto del día veinte, fecha recordatoria de la muerte de José Antonio Primo de Rivera. Vuestras madres, o vosotras mismas, le dais un repaso si os vienen un poco grandes. Recordad que el alcalde quiere que vayáis toda esa semana vestidas con la falda negra, camisa azul y boina roja. Es una orden suya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni Ana María, ni Julia comulgaban con eso, pero ¡qué remedio les quedaba! ¡O eras de ellos o estabas contra ellos! No existía el término  medio y la libertad de ideas brillaba por su ausencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acostada ya en la cama, la joven repasaba mentalmente los sucesos del día. Ella, que era muy humilde, veía excesivo el papel que le habían otorgado en la obra. Pero en el fondo no dejaba de agradarle la idea de poder tener, paradojas de la vida, a su Miguel como marido aunque sólo fuese en la ficción. Por otra parte ya, menos dulce, le seguía preocupando enormemente la maniobra de los Monteoliva y que su madre accediese, como así lo haría, al puesto que estos le habían ofrecido. ¡Si hubiese alguna manera de convencerla...! De mañana no pasaría, iría de nuevo a ver a su madrina. La pondría al día. Seguro que ella, sabría aportar alguna luz al oscuro y escabroso túnel en el que andaba metida por culpa del alcalde, y quizás inventarse alguna excusa razonable con la que parar la decisión ya tomada de su madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se pasó gran parte de la noche pensando y dando vueltas en la cama, hasta que por fin, rendida, se durmió de madrugada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocas veces la había despertado su padre, por lo que la experiencia fue muy agradable para ella. Él la tocó suave en el hombro, moviéndola un poco y llamándola con voz suave:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Despierta hija, que son casi las nueve! Tu madre te ha puesto un tazón de leche caliente sobre la mesa y se ha ido a la fuente de los cipreses a lavar una carga de trapos con la vecina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy... voy... ¡padre, lo siento no sé ni como me he podido quedar dormida esta mañana!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se levantó rápidamente. En una vieja zafa de porcelana echó un poco de agua de un cántaro, que terminó de vaciar, y refrescó con el helado líquido sus encarnadas mejillas. Peinó su bonita y frondosa mata de negro y rizado pelo y se aprestó a desayunar. Luego, cogió el cántaro vacío, poniéndoselo sobre la cadera, y dirigiéndose a su padre, le comentó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy a ver a madre, por si le hace falta alguna ayuda, y de paso me lo traeré lleno de la fuente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, hija, yo me salgo un rato a sol, que tengo los huesos entumecidos en esta fría y húmeda casa. ¡Dios, cuando me pondrás bueno del todo! Necesito volver a la obra y seguir ganando dinero para mantener a esta familia... ¡si no me hubiese peleado!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tranquilo padre, no se mortifique, somos humanos y estas cosas pasan. Usted no tiene la culpa de nada, si acaso, ese maldecido de Simón. ¡Venga, anímese!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La joven salió por fin calle abajo, mientras José la miraba pensando lo orgulloso que estaba de ella y la buena hija que Dios le había dado. Al terminar de bajarla, a la derecha, se cogía la que conducía a la fuente de los cipreses. Unos cien metros antes de llegar a ella, desaparecían ya las últimas casas del pueblo. La penúltima del camino era propiedad del alcalde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un edificio de unos trescientos metros cuadrados, de una sola planta, con dos grandes ventanales resguardados por sendas rejas terminadas en forma de cuello de palomo, que conferían a la fachada, un aire señorial y vistoso. Ayudaba también a ello una enorme puerta de una sola hoja, con un picaporte en medio, que semejaba una mano con un gran sello en el dedo anular, apretando una bola. Era el edificio de la Falange. Allí se congregaban todos los militantes para sus charlas y actos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada más entrar había una gran sala donde, en el centro de la pared principal, y a media altura, se hallaban los símbolos falangistas del yugo y las flechas tallados en madera. En el lado derecho de ellos se podía observar un cuadro de medianas dimensiones del Caudillo, mientras que al otro, se exponía el de José Antonio Primo de Rivera, su fundador. Al pie de todo esto se alzaban las banderas de España y de la Falange.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También allí estos días había ajetreo pues se preparaban los actos de homenaje a los caídos por la patria y a la figura de José Antonio que tendría lugar el veinte de noviembre, fecha de su muerte en una cárcel de Alicante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Álvaro salió junto con Enrique, un concejal suyo, de manera sorpresiva para Ana María, a la calle, en el mismo instante en que ella pasaba justo por allí, topándose casi contra la joven, que se retiró hasta el balate de un huerto contiguo al ver al personaje. Éste, rápida y hábilmente se excusó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo siento muchacha, con las prisas no te había visto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quería dar buena imagen delante de Enrique, haciendo ver como si no la conociera, como si no viviese ella amargada por sus crueles proposiciones. Una mirada de odio le lanzaron sus bellos ojos, mirada que recibieron los pérfidos ojos de don Álvaro sin inmutarse mientras se alejaba. Casi se le rompe el cántaro, y si no había ocurrido aún, podría pasarle antes de llegar a la fuente, pues los nervios que llevaba eran atroces. No podía soportarlo, era superior a sus fuerzas, contenerse cada vez que veía a ese hombre, a ese monstruo. Lo odiaba con todo su ser y ahora su madre, para colmo, sería su sirvienta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miraron al cielo sus bellos ojos azules, a ese cielo también azul que acompañaba a la mañana, hablándole a su Creador:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ahora, señor, que voy a ser tu madre, aunque sólo sea en la obra de teatro, por favor, ayúdame y no me dejes caer en las garras de ese mal hombre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la fuente se agolpaban varias mujeres que pillaban toda la balsa  dando buenos chapoteos a la ropa. Como siempre, allí estaba  también Matilde la Ceniza, personaje imborrable de su paisaje. Ana María saludó en general dirigiéndose hacía el pilar, donde ya enjuagaba los trapos María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días, madre! ¿Está terminando? -preguntó mientras se descargaba la vasija de barro de la cadera- Lo siento, me he quedado dormida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No he querido despertarte hija, te sentí anoche hasta bien tarde dar vueltas en la cama, me tienes preocupada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es nada, me dolía un poco la cabeza, eso es todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Seguro? Ya sabes que las madres tenemos un sexto sentido para saber cuándo le ocurre algo a nuestros hijos y creo que a ti te está pasando algo serio. Si quisieras contármelo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De verdad, en serio que no me ocurre nada...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bueno, está bien! -cambió de tema María al ver que las demás lavanderas habían dejado su conversación y escuchaban curiosas la de ellas- Ya hablaremos en casa, hija.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María esperó que un arriero diera de beber a sus bestias en el pequeño pilar del caño para llenar su cántaro de cristalina y fresca agua, marchándose las dos juntas para casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez allí María se aprestó a encender el fuego mientras la hija iba preparando los ingredientes para hacer el almuerzo. Hoy comerían migas con un poquito de harina de maíz, conseguida con la cartilla de racionamiento, y unos recortes de tocino como engañifa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cocina era pequeña. Un rincón redondo en el ángulo izquierdo con  una chimenea de cal blanca, como el resto de la estancia, algo ennegrecida por el continuado humo. La adornaban dos calderos de cobre, que pertenecieran a la abuela materna, así como una sartén de rabo largo. En la pared derecha había un mortero de bronce sobre una base de madera, con un cajoncito. Una ristra de cabezas de ajos colgaba de la misma pared y al lado otra de pimientos secos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la pared enfrente del rincón había un platero de madera con no más de media docena de platos entre hondos y llanos y, encima, un cuadro con unos gatos jugando con un ovillo de lana. Completaban el mobiliario una mesa algo torcida de patas, tres sillas de enea y una pequeña alacena de dos  cuerpos, donde guardaban el pan, el anís o algún fiambre para mantenerlos alejados de los golosos gatos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las migas salieron estupendas, porque las cosas que se hacen con amor suelen salir bastante bien. No dejaron nada en la sartén, a excepción de unas pocas que guardaron para Tiznón, que también tenía derecho el animal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando terminó Ana María de fregar los platos comentó a sus padres que iba a casa de Julia a darle un recado. En realidad haría lo que tenía planeado, ir a casa de su madrina. Lo necesitaba. Dentro de unos días su madre tendría que empezar ya a trabajar en casa de los Monteoliva, al haber aceptado, y quería evitar a toda costa que se produjese ese hecho. La dama le aconsejaría para bien, estaba segura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la calle, antes de verse la cuesta serpenteante de subida a la Fuente Alta, se cruzó con don Felipe, al que saludó cortésmente, devolviéndole éste el saludo. La muchacha no le dio demasiada importancia a este hecho, a pesar de bajar el médico con el maletín de urgencias en la mano. Sus pensamientos estaban en otro lado. No tardó en llegar a la casa de su madrina. Tocó con dos suaves golpes en la puerta. Le abrieron muy rápido. Esto le extrañó algo. No era muy normal. Emilia apareció pálida en el umbral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Se le ha olvidado algo a usted, don Felipe? -preguntó sin mirar la criada- ¡Ah, perdón Ana María! -se excusó- creía que era el médico, como acaba de irse...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, me he cruzado con él hace unos momentos... -contestó la joven- pero... ¿ocurre algo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La señora, que se ha encontrado indispuesta durante toda la mañana y ya después del mediodía no he tenido más remedio que llamarlo, en vista de que no encontraba mejoría. Ya sabes, sus problemas de corazón, que de vez en cuando le juegan una mala pasada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero... -preguntó aturdida y preocupada la muchacha- ¿Cómo está? ¿Puedo verla?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No hija, y lo siento, pues está en la cama descansando. Le ha indicado don Felipe mucho reposo. Está muy débil, créeme, no la pillas en buen  momento. Le diré que has estado a verla, se alegrará. Mañana si te pasas, seguro que la podrás ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De acuerdo, ¡qué se le va a hacer! -murmuró visiblemente afectada- Sólo dile que le deseo una rápida mejoría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así se lo haré saber -y diciendo esto Emilia cerró la pesada puerta dejando a la muchacha con las lágrimas a flor de piel, cabizbaja y pensativa.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;No quería ni por un momento pensar que se podía estar desmoronando ese pilar, ese baluarte de consejos que la mantenía a ella en pie. De repente se vio muy sola y eso la asustó mucho. “Por favor, si le faltaba su madrina, ¿a quién podría ella contarle sus penas? ¿Con quién se podría consolar? ¿Por qué la vida le iba cerrando todas las puertas menos la del alcalde?” Todas esas preguntas que la angustiaban se hacía mentalmente mientras bajaba ya la cuesta de la Fuente Alta, cuando, a lo lejos, vio acercarse a su prima. Se mordió un poco el labio inferior, no le hubiese gustado que la viera por allí. Se limpió rápidamente algunas traicioneras lágrimas que habían brotado furtivas de sus mejillas con su pañuelo rosa. Lo que le faltaba, que ella la viese con la cara empapada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Primilla -exclamó Julia una vez estuvo a su altura- qué cara traes hija! He estado en tu casa y me ha dicho tu madre que habías ido a buscarme, pero ya veo que me has utilizado de excusa. ¿Qué pasa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada mujer. Había venido a la casa de mi madrina, al enterarme que andaba en cama un poco pachucha, pero ahora ya sí iba para tu casa. Y tú, ¿a dónde vas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues un poco buscándote. Carmela la de Jacinto me había dicho antes en la puerta de la almazara que te había visto subir como para la Fuente Alta y allá que me iba y de camino, si te veía, irnos a buscar algunos espárragos que nos proporcionen algo de cena para esta noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sabes? -sentenció Ana María- ¡No es mala idea! Además, no me apetece volver ahora a mi casa. Venga, vamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cerro que coronaba dicha fuente, de carretera para arriba, era la zona del pueblo donde más esparragueras podían encontrarse. Algunas viejas pisaban aquí y allá el matorral pinchudo, apartándolo a los lados con sus babuchas raídas, tratando que les dejara ver el preciado y largo vegetal que, después hecho en tortilla les sabría a gloria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi atardecía cuando regresaron a casa. Llevaba cada una un buen manojo, suficiente para cenar todos esa noche. Ana María quiso antes pasar, cerca de la fragua del tío Frasquito, a ver si sentía o divisaba a Miguel, que en esos momentos, pegaba fuerte con el martillo sobre un hierro candente, forjándolo contra el duro yunque y no se percató de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Primilla, ¿quieres que le diga algo?- le preguntó la comedianta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Calla loca! -contestó tirando de ella- ¡Por favor, qué  vergüenza, venga, vámonos...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como quieras hija, ¡hay que ver qué corta eres...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Soy así y no puedo cambiarlo. ¡Venga, vámonos te he dicho!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese domingo, veinte de noviembre, amaneció bastante nublado. Unas negras nubes amenazaban con descargar bastante agua sobre el pueblo. Aunque, al parecer, aquello no era óbice para que don Álvaro y sus lacayos, incluido, por supuesto, el malvado Simón, deambularan de acá para allá organizando y preparando el que debía de ser un buen día de conmemoración y honra a la póstuma figura de José Antonio, y por ende, un homenaje también a la Falange.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El programa de actos se abriría con la misa de diez, donde se congregarían todas las autoridades, así como el resto del populacho,  para rendir homenaje a los caídos por la patria de ellos y rogar a Dios por sus almas y el alma de José Antonio Primo de Rivera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un mosaico rojo y azul, en el ala este del recinto, daba colorido a la blanca cal que lucían sus paredes. Allí estaban casi todas las muchachas del pueblo luciendo la indumentaria clásica de la falange, como así lo ordenara el alcalde, que consistía en una falda negra, blusa azul marino y una gorra roja, que ahora portaban todas en la mano al estar en un lugar de culto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Momentos antes de empezar la misa llegaron las autoridades a la iglesia con el alcalde al frente, seguido del sargento de la Guardia Civil, Juez de Paz y demás personalidades, ocupando los puestos de honor y preferencia que la iglesia les tenía asignados al Régimen. Después de la misa, concelebrada por el cura párroco y otro sacerdote de un pueblo cercano, siguieron los actos políticos en la plaza de la cruz de los caídos, donde al pie de la misma, depositaron una gran corona de flores y encendieron velas en memoria de sus difuntos en una guerra cruel y fraticida que quisieron para España y que nunca debió de producirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego siguieron unos discursos a cargo de las autoridades locales, exaltando de paso la gran figura del Caudillo como salvador de España y luchador infatigable contra las hordas marxistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andaba una cancioncilla por aquellos entonces, que canturreaban los chicos muy a menudo, y que decía así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se enteró mi madre&lt;br /&gt;que yo era de la jons&lt;br /&gt;me dijo: “Dame un abrazo&lt;br /&gt;hijo mío de mi alma&lt;br /&gt;que así te quería yo.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los actos, que ya habían alimentado el alma y el espíritu, terminaron con una chocolatada con buñuelos, que tampoco se debía olvidar alimentar el estómago, pues por ese órgano también se gana a la gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A media tarde se enteró Ana María de una triste noticia. Se habían llevado al final para el hospital provincial a su madrina. Había, en palabras de don Felipe, que mirar bien ese corazón, no lo veía fuerte, y no quería sorpresas. Así lo había decidido el facultativo, según le contó a ella misma, después de que se personara en su casa para corroborar la noticia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha salió triste de allí. Volvía a lamentarse por la fatalidad que le acosaba, y, además, en el momento en que le hacían más falta sus consejos, ahora no podía contar con ellos y lo de su madre, ya sí que no tendría vuelta atrás. ¡Que fuera lo que Dios quisiera! Asumió resignada, pero pensando también que lo más importante ahora era la salud de la dama. Lo realmente importante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María ya estaba levantada, aunque no eran ni las siete de la mañana. Arregló un poco la casa y preparó para ponerse, sacándolo del armario, un mísero vestido que guardaba para los entierros, por ser el más decente de los dos que tenía, pues hoy era el día convenido para entrar al servicio de los Monteoliva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija -preguntó extrañada la madre al verla- ¿qué haces levantada tan temprano? Me has asustado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya lo ve, no he dormido muy bien esta noche....&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;  -Hija, siéntate un momento y dime, ¿qué te aflige? Me entristece mucho verte así. ¡Daría lo que fuera por poder entrar en tu cabeza y poder así leer tus pensamientos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Madre, por favor, no vaya a esa casa, se lo ruego, no me gusta esa gente! Además aquí la necesitamos más que ellos allí. Piense en padre y en mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si hija, en vosotros pienso, y sobre todo en ti, pues nosotros, tu padre y yo, ya tenemos la carrera hecha, pero a ti no queremos que te falte de nada. No tengo que recordarte las penurias que estamos pasando y eso a una madre le duele mucho. Si esta oportunidad significa abrir unas puertas por donde se vayan de largo el hambre y la necesidad de esta casa, no dudes, que me voy a agarrar a ella como a un clavo ardiendo. Espero que lo entiendas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo entiendo y valoro el sacrificio tan inmenso que va a hacer, pero entiéndame a mí, pues yo también quiero lo mejor para usted y para esta familia...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No comprendo... -contestó la madre intrigada- ¿Pero es que te ha pasado algo con ellos que no quieras contarme? ¿Qué me ocultas, hija...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María cambió de color. Por primera vez su madre estaba metiendo el dedo en la llaga. Se estaba acercando a la oculta verdad. ¡Dios, cuánto echaba de menos no tener en esos momentos el consejo sabio de doña Ana! Su lucha interior era fortísima, pero no podía descubrir la terrible verdad, quizás hubiese sido peor el remedio que la enfermedad. No contestó. Se levantó cabizbaja, saliendo de la habitación, mientras María la llamaba muy preocupada y pensativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero, hija, hija mía, ¡dime algo! ¿Qué ocurre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella había salido ya de la casa sin atender las peticiones de su madre, que no paraba de llamarla desde la ventana, y calle abajo, se perdió sin rumbo fijo. María no pudo retener unas lágrimas. Ahora estaba segura de que algo le había pasado con ellos. La hija, al parecer no se lo quería contar, luego, más motivos tenía ahora para entrar en esa casa y tratar de averiguar algo desde dentro sin levantar sospechas. Indagaría con mucho tacto. Llegaría a saber la verdad, estaba decidida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus perdidos pasos, mientras tanto, la guiaron hasta las afueras del pueblo, subiendo a un cercano cerro de dura piedra con algunos almendros insertados en pequeños trozos de tierra rojiza que dejaba entrever la unión de las rocas. Varias zarzas crecían en los mismos filos del tajo que lo cortaba. Algunos pajarillos surcaban raudos el cielo mientras otros piaban sobre los almendros que ya iban perdiendo sus hojas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se asomó unos momentos peligrosamente al corte. Abajo, la dura tierra de la finca, se veía lejana. La altura era considerable. Durante unos instantes sus bellos ojos se perdieron en el vacío. Su mente saltó desde ese tajo y voló hacía el infinito. Su cuerpo vaciló, haciendo peligroso el instante... Pasaron unos segundos fatídicos... reaccionó y por fin se volvió hacía adentro. “¡Que porras! -pensó- la vida es maravillosa a pesar de todo y algún motivo por el que luchar y seguir viviendo llegará, estoy segura”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se sentó sobre una roma piedra, que remataba un montículo. La panorámica desde allí era espectacular. Sobre el valle, aparecía a sus pies el cercano pueblo, que se abría a sus ojos como un gran abanico blanco de casas encaladas. En el centro, la iglesia parroquial, con las palomas llenando sus tejados. Arriba, en el mirador, la ermita de San Blas, con alguna gente pululando por su placeta. En los campos cercanos, los labriegos; unos arando, otros cavando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta ella llegaban también los tintineantes cencerros y las voces de algún pastor cercano, que regañaba a las cabras ayudado por los ladridos de sus perros. Sus sentidos se llenaban de naturaleza. El sol, que acababa de salir, le daba casi de cara; ese sol de otoño que no termina de calentar, pero que sienta muy bien. Estaba a gusto, se recostó un poco, cerrando durante un rato los ojos, pero sin llegar a dormirse. Pensaba en Miguel, en qué estaría haciendo ahora, si se verían esa noche… No quería pensar en nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eloisa abrió la pesada puerta de la casa de los Monteoliva. Del lado de la calle ya estaba María, fiel a su cita con los señores de la casa. La criada le condujo hacía la sala de invitados, donde ya la esperaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días tenga usted, doña Loreto, y usted también don Álvaro! -saludó cortés y prontamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos los tengas tú también, mujer! -contestaron los dos al unísono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nos alegramos que entres a servir en esta casa -comentó el alcalde- Estamos seguros, tanto mi hermana como yo, que sabrás hacer honor a la confianza que acabamos de depositar en ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pueden estar tranquilos. Pondré todo mi saber hacer para que no se note la falta de Isabel...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso lo damos por hecho, mujer -contestó doña Loreto- por algo nos hemos acordado de ti y te hemos mandado llamar. Mi deber es recordarte que esta es una casa de mucha importancia, y con contenidos de mucho valor, y no, no es que no nos fiemos de ti, eso creo que ya lo dejemos claro, pero sí te rogaríamos que tuvieras eso siempre bien en cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Señorica -interrumpió María- usted sabe y don Álvaro también, que yo soy pobre, muy pobre, ¡más que las Ánimas Benditas! pero también muy honrada, eso, ténganlo también ustedes siempre en cuenta, que lo que es conmigo, no les faltará nunca ni la porra de un alfiler en la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El modo de responder, tan firme y seguro de la mujer, les dejó por unos momentos callados, calibrando la valía moral de la persona que tenían enfrente. Doña Loreto continuó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora don Álvaro y Eloisa te guiarán por toda la casa, para que la conozcas y te vayas familiarizando con ella, entregándote también las llaves de la bodega, así como de otras dependencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde la sala de invitados, en donde estaban, en la planta alta, pasaron al amplio comedor, de allí al despacho de don Álvaro y los dormitorios, que daban al huerto, con una vista de flores encantadora. Luego, cuarto de baño, de los pocos que había en el pueblo, con lavabo, bañera y bidet; patio y dormitorios de invitados, ya en el piso bajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquello era inmenso, pensó María, que si hubiera tenido que volver de prisa al lugar desde donde empezara el recorrido, le hubiese tenido que preguntar a Eloisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por fin la cocina, con dos grandes ventanales, que recogían la luz del gran patio contiguo que tenía adosado; dormitorios del servicio, cámaras grandes al fondo, donde se guardaban los productos recogidos en sus cortijos por los medianeros, como eran los higos, las almendras, algarrobas... En unos grandes atrojes almacenaban los cereales, tales como el trigo, la cebada, las habas, etc.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unas escaleras amplias bien encaladas bajaban a los sótanos, donde, en el ala este, se encontraba la bodega, una habitación cuadrada, con unos arcos de ladrillo visto y paredes recias de piedra. La poblaban varios toneles y cubas, que guardaban buenos caldos de varias cosechas y cortijos del alcalde. Del techo colgaban grasientas piezas de jamones y brazuelos. Definitivamente la escasez y el hambre eran, y son hoy, patrimonio de los pobres. Le seguía un cuarto que estaba siempre en semioscuridad. Era el del aceite. Grandes orzas de barro contenían el fruto hecho líquido de los varios olivares del amo de la casa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ya al fondo, dando a la otra calle, se encontraban las caballerizas. Saludaron a Tomás, que cepillaba en esos momentos las crines de la jaca de don Álvaro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días María, me alegro de que entres en esta casa! -contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subieron de nuevo a la sala de invitados, donde esperaba la señorica. Eloisa se retiró, cosa que hizo también el alcalde, alegándole a su hermana, que se marchaba para el Ayuntamiento, quedándose a solas las dos mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y bien, María ¿cómo lo ves todo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Doña Loreto, esta casa es inmensa, acaban de enseñármela toda, no me extraña que necesite tanto servicio, pero, dígame... ¿Está usted totalmente segura de que soy la persona más adecuada para ser su ama de llaves? Ya me ve, aunque no escurro el bulto, los años no pasan en balde, y no soy ya precisamente una chiquilla. Perdóneme si le insisto, pero creo que este puesto le vendría mejor a una persona con menos años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mujer -le contestó doña Loreto- alguna razón llevas, pero piensa también que los años dan la sabiduría y experiencia que necesitamos aquí! Y eso es lo que yo busco en este puesto. Para los trabajos más fuertes ya están Eloisa y su hermana que son bastante jóvenes, pero por ello, algo inconscientes todavía. Tú vendrás a aportar al servicio de esta casa la experiencia y la cordura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí... sí... como usted mande. Tiene razón, perdóneme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No hay nada que perdonar mujer! Además creo -dijo doña Loreto atacando el plan que había de fondo- que tienes una hija muy hacendosa y con los pies en el suelo, tal vez...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé a que se refiere -exclamó ingenua María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues que si ella va viniendo a esta casa, a lo que la autorizo desde ahora, le puedes ir enseñando el oficio, sin prisas. Estoy segura que en poco tiempo, y siempre que le interese, por supuesto, puede ser ella la que te sustituya, y así dejarle de paso, un futuro, aunque sea a medio plazo asegurado. ¿Qué te parece?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Una madre siempre desea lo mejor para su hija, que duda cabe. Este ofrecimiento es siempre un honor para mi humilde familia. Pero de todas formas, se lo comentaré, y que ella decida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estupendo -contestó la señorica- y ahora busca a Eloisa y que te ponga al corriente de por dónde va el trabajo esta mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Loreto sonrió, una vez que hubo abandonado la sala de invitados su gancho. El plan comenzaba bien. Poco a poco, ese reclamo haría que la muchacha acabase allí. Y cuando llegara ese momento, ya todo le iría cuesta abajo. Siendo diabólica se sentía feliz y, además, nadie se había salido con la suya estando ella de por medio. Se acercó a la ventana. El cercano huerto configuraba un paisaje agradable a su vista. Allí estaba Manuel, un mozo que llamaba de vez en cuando para las labores y recogida de frutas. Se encontraba subido en un almecino llenando un bolso grande que llevaba amarrado a la cintura de marrones frutos, que gustaban mucho al alcalde.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Bajaba Ana María por la arisca pendiente del cerro, en dirección a la fuente de los cipreses, camino también ya de su casa. Avanzaba la mañana y tendría que hacer faenas y alistar pronto el almuerzo. En la fuente sólo estaba a esa hora Matilde, que avivaba un pequeño fuego y de paso, calentaba sus frías y arrugadas manos de tanto lavar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A lo lejos se veía un mulero que vendría, con seguridad, a dar de beber a sus bestias. Siguió andando, ahora ya empezaba a distinguirlo mejor. No se lo podía creer, pero... ¡si era Miguel! El muchacho, al distinguirla a ella también, aceleró el paso llegando prontamente a su altura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ani, ¿de dónde vienes? -preguntó con ojos enamorados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me había asomado a la fuente a ver si estaba mi madre -mintió hábilmente- pero he visto que no estaba aquí ya me iba... ¿Y tú? -preguntó a su vez- ¿De quién son esos caballos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Son, o mejor dicho, eran de don Emilio Rivas, sus herederos quieren venderlos y me los han traído esta mañana a la fragua para que los herrase, se los llevan esta misma tarde en un camión que viene a por ellos desde Jaén. Ahora iba a darles agua...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Son preciosos, sobre todo este blanco...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se llama Lucero y está enseñado, además es muy noble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo nunca he montado en uno -comentó la joven- debe ser maravilloso, ¿verdad Miguel?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quieres montarte un poco hasta la fuente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gracias, me gustaría, pero no me atrevo; además voy con un poco de prisa, y está Matilde la Ceniza ahí. ¡Que iba a pensar...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bobadas Ani! Súbete que te ayudo, venga... -la animó el muchacho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, lo siento, en otra ocasión, de verdad. No te enfades.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Vale. ¿Irás esta tarde al ensayo? Necesito verte todos los días, eres mi fuente de inspiración y ya estoy pensando otra poesía para ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo también necesito verte todos los días, lo sabes tú también. Además, eres una razón muy poderosa por la que luchar. Pero, venga ahora déjame, que me tengo que ir...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel se rió contemplando como se alejaba su amor, su corazón, y dando un brioso salto subió a lomos de Lucero, dirigiéndose a la fuente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-3342020003233894067?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/3342020003233894067/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=3342020003233894067' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/3342020003233894067'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/3342020003233894067'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-xi-la-seccin-femenina-la-nueva.html' title='Capítulo XI LA SECCIÓN FEMENINA. LA NUEVA AMA DE LLAVES.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-6535426508438751334</id><published>2007-09-25T00:15:00.001-07:00</published><updated>2007-09-25T03:49:30.386-07:00</updated><title type='text'>Capítulo XII LAS MATANZAS.</title><content type='html'>Don Álvaro escuchó desde la ventana de su despacho mientras atacaba su pipa de marfil con abundante picadura cómo repartía órdenes María a la cocinera y a su hermana. Llevaba ya diez días a su servicio y la verdad es que se había revelado como una fenomenal ama de llaves, habiendo asimilado con premura todos los pormenores de su cargo, ejerciéndolo con bastante soltura. No cabía duda. Ella estaba preparada para eso y mucho más. Mujer, que los avatares del destino le habían puesto muchas veces a prueba, y la vida le había pegado muy duro, y en consecuencia, todo ello le sirvió para adaptarse positivamente a todas las situaciones, por difíciles que fuesen. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encima le estaban poniendo las cosas algo cuesta abajo, esto sin menoscabo de su valía, aunque en una medida que no fuese a levantar sospecha, que no llegase a descubrir las verdaderas intenciones por las que había sido elegida. Se la proveía de sobrantes de comida, recortes de jamón, en fin, de cosas que no comían precisamente en su casa a diario y, con ello, se la iban ganado día a día, aparte de la remuneración económica que percibía, claro está.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo había una cosa, una negra nube en el cielo azul, que tapaba el sol de su felicidad y era la tristeza tan inmensa, la zozobra y la inquietud que notaba en los preciosos ojos azules de su hija. Aquella conversación maternal con ella la mañana de su presentación, la había llenado de dudas y preguntas. Su sexto sentido de madre le decía que algo podía haberle ocurrido con el alcalde. Ella, hasta ahora, no había podido sacar nada en claro y su hija tampoco soltaba prenda. Se preguntaba qué podría ser y por qué no le contaba ella misma nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No creía que le hubiesen dado motivos para callar por medio de amenazas; si fuera así la cosa sería muy grave. “Pero... no creo, además, qué tonterías estoy pensando, divago... ¿Será que no quiere sentirse sola en la casa, que me echa de menos o no quiere verme como una sirvienta por su orgullo de hija? Eso debe ser” se dijo, dándose respuesta a sí misma. “Hablaré de nuevo con ella, lo entenderá. Ahora está viendo que la falta de comida brilla por su ausencia en la casa, y eso vale mucho”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos estos pensamientos tenía en su cabeza, mientras colocaba unos fiambres en la despensa. No podía ni remotamente imaginar lo cerca que había estado de la cuestión, del verdadero y grave problema que acuciaba a su hija. Como tampoco podía imaginar la tremenda lucha interior que estaba ésta soportando, así como de la gran tragedia que se columbraba en un horizonte cercano. ¡Pobre María!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La hija almorzó con su padre, que ya se veía bastante mejorado, tanto, que a primeros de mes, o sea, en unos días, estaría disponible para reincorporarse a las obras. Eso le llenaba de ánimo y alegría, pues en la casa se sentía como un mueble inservible, haciéndosele las horas eternas. Quería sentirse vital, tal y como él era, desarrollando su oficio en el que destacaba sobre todos, y, lo más importante, aportar esas pesetas tan necesarias para hacer frente a las necesidades diarias de su gente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fumó un cigarro una vez almorzado y se salió fuera con su manojo de esparto y la maza, dirigiéndose hacía una gran piedra que se encontraba en la esquina de su calle. Sobre ella majaba siempre el mojado esparto, que había estado en agua casi dos semanas para que pudiera tomar mejor los golpes de la maza y así ponerse menos áspero y moldeable para quien lo utilizase. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José manejaba bien ese arte, tanto hacía clineja como espuertas. Las mismas esparteñas que solía utilizar, calzado hecho enteramente de ese material, a excepción de unas cintas de tela, con las que se agarraban a la pantorrilla, eran siempre obra suya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María se despidió de él, saliendo, una vez que hubo fregado la pequeña cocina y comentándole que se iba a casa de doña Ana para estar un rato con ella y ver cómo se encontraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hasta luego padre. ¿Sabe? Me encanta verle de nuevo con esos ánimos y que haya tenido tan buena recuperación. ¡Cuánto hemos sufrido madre y yo de verle así!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya lo sé hija. Me daba cuenta de ello y lo sufría en silencio y más de veros a vosotras que de lo mío. ¡Menos mal que la cosa ha ido a mejor...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Menos mal, padre!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha ardía en deseos de ver a su madrina. Primero, por saber cómo se encontraba y segundo, por contarle tantas cosas que ella se había perdido a cusa de la enfermedad. Esa misma mañana se había enterado que la noche de antes llegó del hospital. Y necesitaba descargarse. La presión de tantas cosas le apretaba el cráneo por dentro como si quisiera estallarle. Una charla distendida sería el bálsamo, no le cabía duda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardó en llegar. Voló literalmente por la empedrada y empinada cuesta que subía a la Fuente Alta. Y allí estaba ya, justo delante de la casa. Le abrió amablemente Emilia, como siempre, alegrándose de su visita y comentándole que ya había preguntado doña Ana por ella, cosa que la llenó de inmensa alegría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La dama estaba en la salita, un poco retrepada en un cómodo sillón de orejas. Las piernas las tenía ligeramente levantadas y apoyadas en un bonito taburete, mientras escuchaba un programa en su vieja radio philips, una de las pocas que había en el pueblo, junto con la del alcalde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La salita era recogida. Una mesa camilla, con unas enagüillas rojas, dominaba el centro de la habitación. Una mecedora oscura con un cojín de lana en color azul, rellenaba un ángulo de ésta. La pared estaba decorada con unos pequeños cuadros de paisajes, muy románticos, que llegaban a conferirle a la habitación cierto aire de melancolía. La cortina, abierta en dos, en un color pastel, dejaba pasar la diáfana luz que provenía de la ventana que daba a la huerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María llamó con cortesía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Da usted su permiso, madrina?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hija! ¿Eres tú al fin? ¡Sabía que no tardarías en venir! -contestó efusiva y emocionada la dama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La joven penetró en la salita, yéndose directamente hacía la enferma para besarla y abrazarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo se encuentra? Aunque, no me lo diga; seguro que estupenda por la buena cara que tiene. No sabe lo que la he echado de menos. Su salud me ha tenido muy preocupada. He vivido estos días en un puro nervio -le comentó con palabras atropelladas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Muchas gracias hija! Lo sé, no tienes ni que decírmelo, aunque siempre agrada que se acuerden de una, y más de mí que estoy tan sola...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha se arrimó a ella, viendo su mirada tan triste y perdida, fundiendo su cuerpo con el de su madrina en un tierno abrazo en el que no faltaron los apretones y las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hija -exclamó doña Ana entre sollozos- por un momento, en la soledad de mi cama de hospital, creía que no te volvería a ver... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No diga usted eso! -interrumpió la muchacha- ¡No lo diga ni en broma, que no se le vuelva a pasar eso por la cabeza!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Fueron momentos amargos; el dolor apretaba, me faltaba el aire, las fuerzas. La esperanza de poder volver a verte era lo único que me daba ánimos para no arrojar la toalla. Sin tu aliento en la distancia no sé si hoy estaría aquí. Por favor, sigue abrazándome...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No mire atrás, lo pasado, pasado está; lo importante es que todo se haya quedado en nada, afortunadamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A Dios gracias! Pero cuéntame ahora cómo te va.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María se puso más seria y profunda, tardando unos segundos en hablarle. Tragó saliva. Necesitaba soltar toda la maldad y  llenarse, por el contrario, de sus buenos y benefactores consejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mi niña...! -suspiró la dama ante esos segundos de vacilación y silencio de su interlocutora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo último del mundo que yo quisiera -comenzó la muchacha- sería molestarla con mis problemas y agobios. Bien sabe que no me gusta traerle penas, sino alegrías, pero estoy tan necesitada de sus palabras, de sus consejos, que no puedo por menos que desahogarme con usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija, intuyo que las cosas han ido a peor, ¿me equivoco?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, no se equivoca usted por desgracia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya veo que esos malvados no pararán hasta conseguir sus canallescos propósitos, pero aquí estaremos nosotras para impedírselo -exclamó llena de rabia contenida, mientras mesaba los largos cabellos de su ahijada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No se acuestan a dormir, madrina, sólo a dar vueltas en la cama y pensar en desarrollar el plan que les resulte más infalible para tenerme bien cogida en su tela de araña! Su último movimiento ha sido nombrar a mi madre como su ama de llaves, a pesar de mi oposición frontal con ella por este motivo, llegando casi a descubrirme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué barbaridad! -protestó la dama- ¡No sabía nada! Los creía audaces y atrevidos, pero reconozco que han llegado a sobrepasar mis límites.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estuve aquí la tarde que enfermó usted con la pretensión de contárselo todo y que me aconsejara antes de que mi madre accediera. No pudo ser...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo siento hija. ¡No sabes cuánto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No importa, la realidad es que ahora la tienen a su cargo, agradándola con comidas y buenos modos, y así, que vaya cogiendo confianza y se sienta a gusto. ¡Claro, sin sospechar nada, que para eso son muy hábiles ese par de canallas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí ahijada, así es, ya te dije en su día que nos enfrentábamos contra unos enemigos muy poderosos y peligrosos y a fe mía que ya están dando buenas muestras de ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero yo sé, madrina, y usted también, que eso no es más que una puerta que están preparando para que sea yo la que la traspase pronto. Y si ese día llega, entonces no tendré escapatoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -contestó doña Ana tratando de serenarla- no adelantemos acontecimientos y veamos de momento el lado positivo y práctico de la situación. Todo este tiempo que lleva tu madre de ama de llaves y alguno más que pasará, sólo puede repercutir en vuestro bienestar económico y de provisiones para vuestra casa, por ello, hay que centrarse en eso de momento. Ellos, tarde o temprano tendrán que mover ficha y nosotras estaremos esperando a que ese momento llegue bien preparadas, no lo dudes. Si descubres ahora la verdad perderemos todo eso y las represalias serían inmensas: además recuerda que no tienes prueba alguna, y es tu palabra contra la suya, es triste decirlo, pero la tuya no vale nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María movió la cabeza de arriba hacía abajo pensando en qué doctas y llenas de razón habían sido las palabras que acababa de pronunciar la dama y que ese era, sin lugar a dudas, el camino a seguir por lo pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Madrina -le habló convencida- como siempre, sale por su boca la voz de la experiencia y de la sabiduría. ¡No sé que hubiera sido a estas alturas de mí sin sus charlas y consejos que tanto calman y dulcifican mi espíritu!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi niña... Te vuelvo a repetir que mientras yo viva no dejaré que ese desaprensivo se salga con la suya, pues no está hecha la miel para la boca del asno, ya lo dice el refrán. No olvides que tienes en mí a tu segunda madre. Cuenta conmigo para todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su ahijada la miró con los ojos arrasados por las lágrimas, lágrimas de emoción, que embargaron también a la dama y que fundieron, mejilla con mejilla, en un emotivo abrazo de despedida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María se pasó por la partidora, sabía que a esa hora solía terminar su prima la faena. Ella la había dejado estos días, por no descuidar la atención hacía su padre. Desde allí se fueron juntas al ensayo, mientras la noche, con su capa negra, envolvía lentamente al ruidoso pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María no tardó en llegar. De la cena de los Monteoliva ya se ocupaban las dos hermanas y Anselmo, el mozo de comedor. A partir de ese momento, ella quedaba libre de sus obligaciones hasta la mañana siguiente. Era el trato de favor que le dispensaba doña Loreto para ir ganándosela, aparte de lo que traía esta noche a la casa, como era ese medio pollo bien hermoso para que se pusiesen al día en cuanto a atrasos alimenticios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José acababa un pitillo, sentado junto al fuego en su silla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenas noches, marido, ¿y Ana María?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Acaba de llegar del ensayo y está en su cuarto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Esta niña no sé dónde se mete! Le dije que llenara la cantarera y diese un barrido por la casa. En ella me resulta extraño, conociéndola, que deje por una vez de hacer las tareas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me dijo que iba a casa de Julia. La verdad es que se ha tirado toda la tarde fuera, no sé qué se trae entre manos, aunque no te preocupes -trató de disculparla el padre- ya sabes cómo es la gente joven, se le habrá ido el santo al cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A ver, aparta un poco, marido, que le dé un golpe a estos troncos y pueda poner las estréves! Esta noche freiremos un poco de pollo con unos ajillos y el resto lo guardaremos para hacer mañana a la noche una sopa.  Doña Loreto me lo ha regalado de su cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -¡Caramba, quién la ha visto y quien la ve! ¿Qué le has dado, María? -peguntó medio en broma José.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Igual hemos juzgado mal a esa familia. A las personas hay que tratarlas y conocerlas desde dentro para poder opinar. Por lo pronto todo son parabienes a mi labor por parte de los dos y ya ves todas las hambres que nos están quitando estos días. Desde luego, ha sido providencial este trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No sé, a veces me paro y pienso -murmuró José- en todo esto y no dejo de darle vueltas y extrañarme por este hecho. ¿No te parece raro todo lo acontecido, que te llamen, que se estén portando tan bien contigo y conmigo? De repente me parece que han visto que somos un dechado de virtudes, algo no encaja bien...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, la verdad es que yo también, en todo este tiempo, no he dejado de preguntarme lo mismo pero soy práctica y esta coyuntura nos favorece. Entonces, ¿para qué le vamos a dar más vueltas? Algún motivo habrá, ellos lo sabrán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola madre -interrumpió Ana María que llegaba del cuarto- ¿Te ayudo a preparar la cena?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, pásame el cántaro, si es que queda algún agua, que lave estos tomates.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Alguna queda, por lo menos para eso -contestó la hija- lo siento, pero al final no he podido ir a la fuente. Mañana a primera hora lo haré, cuando se marche padre a trabajar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De acuerdo hija, no pasa nada, tus motivos habrás tenido -le habló la madre dulcemente tratando de disculparla, pues sabía que su hija estaba sufriendo y mucho, pero no lograba adivinar la causa y eso la mortificaba día a día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pollo al ajillo resultó un banquete que habían olvidado ya tiempo atrás. María era una cocinera de bandera, sólo le faltaba la materia prima. Terminaron chupándose los dedos. José liaba un pitillo aún sobre la mesa y de un trago terminaba el culo de vino que le quedaba en el vaso, mientras que madre e hija reposaban un poco la sabrosa cena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que se hubo terminado la faena de fregar los platos y volver a atizar la candela, María se sentó junto al rincón para darse un calentón. José optó por acostarse, tenía que ser bueno muy temprano y aún no estaba sobrado de fuerzas, así que tomó camino del dormitorio despidiéndose de ellas con un buenas noches.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María arrimó otra silla y con un ademán pidió a su hija que se sentase a su lado pues tenía que hablarle. Así lo hizo, poniéndose un poco a la defensiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija, sabrás que dentro de tres días tenemos las matanzas en casa de los Monteoliva. Habrás oído decir alguna vez que es la más grande que se hace en el pueblo. Pues bien, siempre por estas fechas necesita doña Loreto una partida de matanceras, la faena es inmensa y las manos se hacen imprescindibles. Así que me ha pedido personalmente que hable contigo para que nos ayudes con ello, asegurándome que no lo perderás, ¿qué respondes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María observó meticulosamente a su hija. Quería verle alguna reacción. Ella lo sabía y por ello no dio ninguna pista, simplemente le contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Madre, sé que hasta ahora le están tratando muy bien en esa casa y con ello padre y yo nos sentimos también contentos. Sería un desaire decir que no al ofrecimiento hecho por la señorica. Me imagino que necesitará gente para tanta envergadura y yo no le voy a dejar sola, cuente conmigo y así se lo hace saber mañana a doña Loreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María se quedó un poco desconcertada y sorprendida, aunque  gratamente por la contestación que acababa de darle su hija, pues ella esperaba oír justo lo contrario ya que sabía de sus recelos hacía esa casa. Pero no quiso darle más vueltas al tema, así estaba bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora, madre, si no quiere nada más, me marcho a mi habitación, que quiero seguir tejiendo esa bufanda de lana que empecé y que se me está haciendo eterna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, claro, buenas noches.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María cerró suavemente la puerta de su cuarto, echándole el pequeño pestillo de madera que colgaba junto a la cerradura, y lanzándose de golpe en la cama rompió a llorar amargamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la vieja ventana de su habitación, adornada por geranios rojos, entraba la noche negra y fría como un mal presagio. Más arriba, las estrellas tintineaban en el alto cielo como temblorosas, mientras la luna dormía recostada sobre el pardo horizonte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus ojos no pudieron más y se cerraron. Su mente, entonces, empezó a recordarle cosas bellas del ensayo de esa tarde junto a su amado. Eran muchos los momentos en esta obra en los que aparecían juntos, que se cogían de la mano, que se abrazaban fraternalmente. La muchacha se metía en el papel, lo hacía suyo. El ensayo era otro mundo para ella, un mundo de ficción que hacía verdadero y lo imaginaba así en la realidad futura. Con ese sueño, con ese deseo, se terminó durmiendo, con Tiznón a sus pies, en el humilde lecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las matanzas eran generalizadas en esa época en el pueblo llegado el mes de diciembre. Casi todos los vecinos criaban en su corral un ejemplar de cerdo, que iba saliendo con no pocos apuros de las escasas sobras alimenticias de la casa y cuatro bellotas y cuatro higos que cogían del cercano campo. Ese día solía convertirse en un verdadero acontecimiento familiar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se llamaba a la familia, bien viviera en el pueblo o fuera de él, pues aparte de que eran necesarias las manos, servía también para reencontrarse después de largo tiempo con los seres queridos y para vivir dos días de mucho comer y divertirse. Pero no cabía duda de que entre todas las matanzas que se llevaban a cabo en el lugar, la que se llevaba la palma era la del alcalde. Éste mataba invariablemente el día diez de diciembre, año tras año. Los cuatro medianeros que tenía en sus cuatro cortijos, el Almendral, el Acebuche, la Cepa y el Cortijo Blanco, le tenían que traer a los Monteoliva ese mismo día a primera hora, cada uno de ellos, un animal de los dos que criaban,  generalmente el más rollizo, a insinuación del amo, que días antes se pasaba por los cuatro cortijos de "visita".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los pobres medianeros se pasaban la noche en andas llevando al cerdo andando a su paso, por esos caminos de Dios. Otros lo metían en un jerpil y lo subían con mucho trabajo a lomos de su mulo, amarrándolo bien para que el porcino no se fuese a caer y le ocurriera algo, y allá que tomaban a deshora también las veredas sembradas de noche, para que el alba les descubriera ya a las puertas del pueblo. Todo ello, sin contar con la climatología, pues estuviese lloviendo, o quizás nevando, el viaje se hacía igual. Eso sí que era esclavitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así, cuando rompió el día, los cuatro medianeros ya estaban guardando, entre chillones gruñidos de los cerdos, su sacrificada contribución, en la puerta del patio de caballerizas, que es donde se realizaba la tarea de darles muerte. Sí, había llegado el día diez de diciembre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muy temprano también, María y su hija, estaban en su puesto en casa del alcalde. Los dos días anteriores que llevaban de preparación habían sido bastante laboriosos, entre fregar tanto chisme, y la noche anterior dedicada a cocer en unas grandes calderas muchos kilos de cebollas y a pelar muchas cabezas de ajos, que servirían al día siguiente para elaborar, con la sangre recién extraída del cerdo, esa rica y negra morcilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo estaba dispuesto. María contaba con Inmaculada y con María Rosario, dos matanceras de cierta edad, y curtidas ya en cien matanzas sabiendo, por consiguiente, muy bien su oficio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los cuatro animales que trajeron los medianeros permanecían amarrados de una pata, a un lado del patio. En medio de éste había una gran mesa matancera en madera maciza. Al fondo, en la espaciosa chimenea, se calentaba agua en un caldero, atizado por varias bolinas secas, para poder luego, una vez muerto el animal, pelarlo bien. Los otros cerdos que se habían criado en la casa y que eran cinco más, permanecían en su zahúrda aún.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andrés, como todos los años, sería el matarife. Afilaba en esos momentos un largo cuchillo sobre una piedra redonda, sujetada en un banquete de madera, que accionaba de manera manual el mozo de cuadras. Las chispas saltaban por todos lados. Éste frenó. Andrés miró la hoja por los dos lados, comprobando su filo. Todo a punto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos ejemplares habéis traído este año! -comentó Tomás a los medianeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -le contestó Pedrico, el del Acebuche, hombre de unos sesenta años, de fuerte y huesuda complexión y que llevaba toda su vida labrando en ese cortijo, primero junto a su padre y luego él mismo- tendremos que meter bien los puños y trincarle bien las pezuñas, no me fío ni un pelo de estos bichos; antes de nada te dan una patada que te joden, Tomás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inmaculada asomó en esos momentos con una gran bandeja de mantecados y dos botellas, una de coñac y la otra de anís. La mañana estaba fría, por lo que calentarse el cuerpo, era una idea de lo más apetecible, y todos acudieron sobre la mesa matancera para echarse un trinque, mientras degustaban los mantecados de canela que había preparado la cocinera. Don Álvaro hizo lo propio juntándose con ellos, mientras se daba aliento entre las manos y se las frotaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin más preámbulo pasaron a la acción. Primero le tocó al cerdo que había traído Andrés, el más rollizo todos. Debía pesar entre unas dieciocho o veinte arrobas, todo un ejemplar. El animal chillaba de manera agónica, presintiendo el cercano peligro y se revolvió de una forma violenta cuando le entró el cuchillo por el gaznate, tanto que se les cayó incluso de la mesa eso que ellos estaban preparados para esa contingencia, pero sus fuerzas eran bárbaras. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquello era un caos. Uno lo cogió de las orejas, otro de los cuartos traseros, Andrés de la cuerda que le había atado alrededor del hocico tapándole la boca para que no soltase un traicionero bocado… Y así todos, no sin un ímprobo esfuerzo, pudieron subirlo nuevamente a la mesa. Esta vez lo ataron aún más fuerte, consiguiendo Andrés por fin, introducir de nuevo la afilada hoja, aflorando rápidamente la roja y humeante sangre, que cayó a un lebrillo que aguantaba Inmaculada sin parar de moverla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el porcino ya no dio más síntomas de vida se llenaron varios cubos de chapa del caldero que tenía el agua que hervía sobre el fuego. Pedrico metió una de las patas traseras del cerdo en el cubo, haciendo Andrés y los restantes lo propio con las otras mientras Tomás empapaba al muerto animal los lomos y la cabeza. El pelaje salió rápido. Una vez terminada esta operación, el matarife lo abrió en canal, colgándolo después boca abajo de un camal hasta el día siguiente que se diseccionaría. Y así con los restantes hasta darles fin uno a uno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La asadura y los chicharrones serían el almuerzo para casi todos al mediodía. La matanza servía también para relacionarse socialmente. Así en casa de los Monteoliva comerían también ese día, como invitados, como no, el señor cura, el sargento de la Guardia Civil, don Felipe, el médico y demás autoridades que se preciaran. En la lujosa mesa se servirían las mejores tajadas del cerdo, la flor de la matanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, aunque estaba habituada a verlas, no terminaba de acostumbrarse a digerir tanta violencia; por ello, estaba enfrascada en la cocina, preparando la asadura y demás comidas. De esa forma también se procuraba mantener alejada de las previsibles miradas lascivas del alcalde, a pesar de que en los días anteriores, así como en el de hoy, se había dejado ver sólo lo justo, pues querría que pareciese para él, como una más; esa era su táctica, la indiferencia. Ella lo sabía, pero no por ello bajaba la guardia. Con ese canalla había que estar atenta en todo momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José, cuando terminó de trabajar esa tarde, se pasó por la matanza, como así le había pedido don Álvaro, pues quería invitarlo a cenar con el resto de los medianeros. La cena consistiría en un puchero con carne y tocino de los recién matados animales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Loreto siempre se cenaba un buen solomillo asado en las brasas, como era su costumbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La velada transcurrió animada. Los cortijeros, con varios vasos de vino al lomo, cantaban y contaban chascarrillos sin parar. Paco Pérez, el medianero del cortijo de la Cepa, era un verdadero cantaor que se arrancaba por fandangos antes de que se encendiera un misto. Julio, el medianero del Cortijo Blanco hizo las delicias acompañando a la guitarra al cantaor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La velada hubo de tocar a su fin, pues la faena del día venidero no le iba a la zaga a la anterior. Había que deshacer los animales, picar la carne para hacer los embutidos, salar los jamones, paletillas y espinazos, en fin una ardua tarea que acabaría por fin en esa jornada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente muy temprano, bajó don Álvaro a las cocinas en donde se trabajaba a destajo. Quería estar un rato con las matanceras y de paso, estar todo lo cerca que pudiese de Ana María. De soslayo, le envió de vez en cuando una miradita que ella notaba, como lo había venido haciendo durante todos esos días, pero sin nada más. Aunque presentía que en algún momento pasaría a la acción. No se equivocó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija -le mandó la madre en ese momento- sube este barreño de longaniza a la cámara y vacíalo sobre la sábana, que ahora cuando esté toda hecha subiremos a colgarla en las cañas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si madre -contestó obediente la muchacha cogiendo el barreño a la cadera. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Cuando se hubo marchado, se excusó el alcalde comentando que iba a dar una vuelta, tomando su misma dirección. Ella se encontraba ya arriba, vaciándolo. Se asustó un poco al notar su presencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tranquila, -le habló suave don Alvaro- sólo quiero estar contigo a solas un momento y hablarte sobre lo nuestro...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Lo nuestro? No sé de qué me habla -contestó enérgica la muchacha- ya le dejé a usted claro lo que hay, así que no siga por ese camino, por favor...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Chiquilla... chiquilla...! ¿Acaso crees que es tan fácil olvidar lo que siento por ti, la terrible sensación de no sentirme querido…!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María le iba a contestar, pero el alcalde la calló:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Escúchame bien, tarde o temprano serás mía. Nadie me va a impedir que lo consiga. Tú misma acabarás viniendo a mis brazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Miserable! Ya veo que no pierde usted oportunidad de atacar la presa, pero déjeme repetirle que antes prefiero estar muerta que, como usted dice, en sus brazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ojos del alcalde destellaban rabia e ira. Su poder, su grandiosidad, su prestigio y dinero, no le estaban dando la felicidad, y eso le exasperaba. La providencial llegada de María Rosario salvó por momentos la situación tan embarazosa en la que la estaba metiendo el innoble personaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ah, está usted también aquí don Álvaro? -preguntó al llegar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es, he venido para ver si las cañas estaban bien amarradas, pero ya me iba -le contestó mintiendo descaradamente.                                              &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Te ocurre algo? -preguntó la mujer al notar a la muchacha bastante pálida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es nada, es que me ha dado un ligero mareo, quizás se deba al cansancio de tanto trabajo -contestó apurada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga, vete abajo y descansa un poco, que ya estamos terminando!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así era. La matanza estaba tocando a su fin. Durante todos esos días se habían hecho cañas enteras de embutidos, se había llenado el saladero de bastantes piezas. Las orzas de barro aparecían repletas de lomo en adobo y costillas. El alcalde estaba contento, pues sus despensas acogían gustosas las abundantes viandas que se ofrecían a sus ojos. “¡Cuantos pobres en ese momento, hubiesen dado un ojo de su cara por poder tenerlas y asegurarse que el hambre no mordiera por fin sus contraídos estómagos...!” Esto pensó Ana María mientras ayudaba a su madre a rellenar las orzas de aceite hasta cubrir las tajadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Que mal repartido está el mundo, unos tanto y otros tan poco...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso es hija. Así ha sido siempre y no dudes de que así será; por cierto no te he dicho todavía que te has portado como una verdadera mujer estos días y estoy por ello muy orgullosa de ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gracias madre, no quería que quedase mal por mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buena hija. Pero ya, en cuanto terminemos esta faena, te pasas por la casa, te lavas un poco, te cambias y te vas derecha al salón parroquial, que no quiero que pierdas ni un ensayo más, ¡pues qué sería esa obra sin el concurso de la Virgen María! -exclamó la madre acariciándole el pelo y arreglándoselo un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La verdad es que la muchacha, con su copioso trabajo duro y continuado, se había ganado a pulso el poco dinero que fuera a recibir. Ella era de las que no se zafan, al contrario, había metido bien el cuello, haciéndose querer con ello, por las otras matanceras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En medía hora quedó todo listo. El día siguiente lo emplearían para el fregado de todos los utensilios y para el engrase de todas las máquinas de picar carne que habían empleado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran las siete y medía de la tarde. Veloz, se dirigió a su casa, calentó agua sobre el rescoldo que quedaba en la chimenea. Se lavó y adecentó. Esa tarde se sentía liberada, como el que se quita una dura carga de encima. Tres días bajo el mismo techo del causante de sus pesadillas había sido demasiado; al final, resultó evidente que tendría que venir algún contraataque. Ella sabía que no cejaría en su empeño y que una calma chicha presagiaba la gran tormenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero esta noche sería distinta. La esperaba Miguel, su Miguel, y quería olvidarse de sus pesadillas, lo necesitaba. Salió de la vivienda. El vestido color de rosa que llevaba se le adaptaba a su juncal y garboso cuerpo como una segunda piel. Su frondoso pelo rizado le caía en cascadas por la espalda, oliendo a húmedo. Verdaderamente era guapa, muy guapa, y aparte, esa noche, le envolvía un aura especial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel no dejó de percibirlo cuando la saludó, saliéndole al paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ani, no sé... quizás sean los días que llevo sin verte pero hoy te encuentro fascinante y arrebatadora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Miguel, tú siempre tan seductor... -le contestó la muchacha con la mirada baja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Nunca había dicho en mi vida una verdad igual! Puedes creerme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -preguntó la muchacha tratando de cambiar el giro de la conversación- ¿Cómo lleváis el ensayo sin mí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues mal, faltando tú, no tengo ganas ni de acudir. De todas formas, ya sabes que tu primilla te está sustituyendo mientras tanto, aunque...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué pasa, Miguel?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada. Iba a decir que, aunque se sabe el papel al dedillo, la figura hermosa de la virgen sólo es la que está reflejada en tu cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Por Dios, no me compares con ella!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mi comparación es sincera. Estoy seguro que la Señora, desde el cielo, lo aprobará, Ani.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A ver! ¿A quién tenemos aquí por fin? -interrumpió María Esperanza, que avanzaba hacía ella bajándose del escenario- ¡Hola niña, te estábamos echando mucho de menos! ¡Qué alegría que por fin puedas volver de nuevo al ensayo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola Ana María -gritaron también todos sus amigos y amigas,  compañeros de reparto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola a todos! Lo siento pero he tenido, como bien sabéis, que estar estos días en la matanza del alcalde y ya os podéis imaginar el trabajo que ello conlleva, así que me ha sido imposible poder escaparme un rato, pero -giró su cabeza buscando a la directora- prometo que me pondré rápidamente al día para no defraudaros, pues ilusión y ganas no me faltan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso está bien -contestó ella- sabía que podía contar contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ensayo duró unas dos horas. Las chicas de la Sección Femenina atendían, corregían, apuntaban, aconsejaban, en fin… como cualquier directora de teatro exigente y disciplinada. Al término, Miguel y su vecino y amigo Gabrielillo acompañaron a Julia y Ana María hasta su casa. La primilla no paraba de gastar bromas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No os preocupéis, muchachas, pues nada he de temer si me acompaña un Ángel… qué digo, un arcángel...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gabriel se reía, quitándose y poniéndose la gorra nervioso, pues en el fondo, Julia le gustaba bastante, aunque nunca se atrevería a decírselo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno Ani, mañana nos volveremos a ver en el ensayo, ¿verdad? -preguntó el herrerillo ya cerca de la puerta de su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así será, ya nos bajaremos mi prima y yo. Buenas noches.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vale. Oye, ¿y Tiznón, cómo anda?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está grande y hermoso y es muy cariñoso y juguetón. Me encanta. Me acompaña mucho, ¡menos mal que me lo regalaste!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y no lo querías! -exclamó orgulloso Miguel- ¿Ves como debes hacerme caso?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Bueno, ya te dejo, que no sé si mi padre estará solo o habrá venido ya mi madre. Es tarde. Hasta mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Espera Ani, acércate, que se me olvidaba algo... -y sin terminar de hablar ni dar tiempo a que le contestase la agarró del talle y atrayéndola hacía sí, juntó sus labios con los de su amada en un furtivo beso que expresaba todo el amor que contenían sus jóvenes y enamorados corazones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tenue luz del quinqué, que escapaba como hilos de oro a la calle por las rendijas de la destartalada ventana, vino a romper ese momento mágico. Y el chirrido de la puerta al abrirse, dejó entrever la bien conocida silueta de su madre, que la estaba llamando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija, vamos, que es tarde. La cena se enfría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya iba -contestó nerviosa- estoy con la prima Julia. Miguel, márchate ya, por favor, que me la voy a cargar por tu culpa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Venga ya me voy, pero no olvides lo que te quiero -le recordó nuevamente mirándola fijamente a los ojos y apretándole las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo también Miguel, yo también –dijo ella un poco triste- ¡Y no sabes cuánto!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-6535426508438751334?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/6535426508438751334/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=6535426508438751334' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/6535426508438751334'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/6535426508438751334'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-xii-las-matanzas.html' title='Capítulo XII LAS MATANZAS.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-5012096732113496485</id><published>2007-09-25T00:14:00.002-07:00</published><updated>2007-09-25T03:54:31.136-07:00</updated><title type='text'>Capítulo XIII CARTE DE ARGENTINA. LAS PARRANDAS DE NAVIDAD.</title><content type='html'>La tarde caía sobre el pueblo. Ana María regresaba de llevar la ropa cosida y planchada de casa de don Felipe. Intuía que iba tarde, pero no recordaba que se hubiese entretenido en ningún lado. Quería andar más aprisa pues se sentía también como observada, pero sus pies parecían estar pegados al suelo, ralentizando mucho la marcha. La situación era angustiosa. De repente se encontró en la puerta del alcalde sin saber ni como había llegado hasta allí. Parecía querer el destino empujarla en esa dirección y no en otra. Quiso dar la vuelta y huir antes de ser descubierta. Demasiado tarde, ya la había visto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con unos modales propios de él, la estaba arrastrando hacía el interior de su casa con una fuerza descomunal. Una risa burlona se dejaba oír al fondo del pasillo. Le recordaba a la voz de doña Loreto. Ella quería gritar, pero de su garganta no salían más que leves ruiditos. Se encontraba inmersa como en otra dimensión. Don Álvaro por fin la dejó de arrastrar, tirándola de malos modos sobre su cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba perdida. En esos momentos, veía en cámara lenta, y con un aura de neblina, cómo su agresor la desvestía a marchas forzadas para terminar abalanzándose como un animal sobre ella. Sentía muy cerca su agitada respiración. Su ropa caía desgarrada al suelo, hecha jirones. Quiso defenderse, morder, arañar... pero una presión inmensa la sujetaba contra una cama que no paraba de moverse....&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hija... hija...! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente una voz que le resultó muy familiar le estaba retumbando como un eco lejano en sus oídos. Ya apenas oía el jadeo sobre ella, sólo esa voz.... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hija... hija...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cama se movía ligeramente cuando, toda sudorosa y demacrada, abrió esa mañana los ojos. Lo primero que vio fue a su madre, que la miraba viva y fijamente, bastante asustada y nerviosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Madre…! ¡Dios mío, que pesadilla tan terrible...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero... hija, por favor, no sabes el mal rato que acabas de hacerme pasar contemplándote! Parecías estar sufriendo mucho...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pudo continuar hablando. Su voz se quebró y un llanto inmenso brotó de sus cansados ojos al ver cómo la hija se deshacía en lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Madre, no me pregunte, prefiero olvidar ese mal sueño y no volver a tenerlo nunca más!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como quieras, pero por favor te pido que no vuelvas a darme esos sustos, que acabarás conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando se hubieron repuesto del mal rato, su madre le contó que había venido a llamarla para darle una sorpresa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué sorpresa? ¡Cuénteme, que me tiene intrigada!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien, míralo tú misma. Abre la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María dio un salto desde la cama y la abrió con viveza notando en ese instante cómo una ráfaga de aire helado curtía sus mejillas. Se asomó y pudo contemplar el maravilloso espectáculo que se ofrecía ante sus ojos. Efectivamente, en esos momentos, y con las primeras claras del día, estaban cayendo blancos y fríos copos de nieve sobre el pueblo, copos que se hacían cada vez más espesos. La muchacha se echó por encima una vieja bata pues comenzaba un poco a tiritar. Cogió a Tiznón en brazos para que también la viese, asomándole por la ventana mientras le decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mira perrito la nieve, ¡y cuánta está cayendo, que bonita! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El perrito miraba los copos y seguía su trayectoria descendente con su cabecita y sus orejas de punta, mientras daba suaves ladridos. En el tiempo que tardaron en desayunar la nieve terminó de alfombrar de blanco toda la calle, que aparecía inmaculada, así como las rejas de su casa, las macetas, la parra de la entrada… en fin, todo presentaba un aspecto monocolor pero bello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María se dirigió a su hija.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me voy ya, antes de que no pueda ni llegar a la casa de los señoricos. No salgas mucho de aquí, hija, ya se harán las cosas cuando se pueda. Me preocupa tu padre, espero que con el día que se ha presentado hoy no se vaya a subir a los andamios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No creo, madre, además él sabe cuidarse, vaya tranquila. Luego le llevaré el desayuno y veré cómo está.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María la vio marchar, abrigada con la toquilla de lana, calle abajo muy despacito no fuera a dar un resbalón, mientras siguió observando cómo, aunque más tímidamente, seguía cayendo el callado y frío elemento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella mañana, nada más llegar José a la obra ya se encontró a Simón de mala leche contra él. Le reprochó que en más de dos meses que llevaban con las obras no había sido capaz ni de terminar un ala del tejado, con lo bien que les vendría estar bajo cubierta en un día como ese.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El maestro calló, pero por dentro la sangre empezó a hervirle tanto que si se le hubiesen escapado algunas gotas del cuerpo hubieran derretido la nieve de sus alrededores; hizo como si no escuchara nada, era lo mejor, pues a palabras necias...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Je… el que calla otorga! ¿Te has fijado, Federico? Agacha la cabeza como dándome la razón. ¡Valiente sinvergüenza! Y es que es un flojo, por eso su mujer ha tenido que entrar a trabajar, para que puedan comer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este último comentario hirió gravemente al albañil. Su vista se nubló. Se podían meter con él hasta la saciedad, decirle todas las perrerías del mundo que callaría por su trabajo y su gente, pero nombrarlos a ellos, eso sí que no. Apretó con rabia su puño derecho y conforme estaba de frente, le lanzó un derechazo justo a la nariz, que le hizo tambalearse y caer redondo al mullido suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía el conocimiento perdido. La cara se le empezaba a poner roja por momentos, Federico gritaba asustado tratando de incorporarlo. Pero el puñetazo había sido demoledor, pues a las callosas y voluminosas manos de José había que unir la rabia contenida y la indignación, que habían actuado como fuerza adicional y multiplicadora. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro no había tenido tiempo ni de reaccionar, al haber sido todo tan rápido, y no articulaba palabra alguna. Federico le pasaba la nieve por la cara restregándosela, tratando de reanimarlo, sin parar de gritarle a José:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Le has maataado... le haas maatado...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el maestro permaneció impasivo, sin inmutarse lo más mínimo, como el que no siente remordimiento al creer que ha administrado un castigo justo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tiene el conocimiento perdido -les comentó al fin José- y os quiero advertir de que no lo despertéis pues puede pillar otro que termine con él, se merece eso y más por canalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡El caanalla lo lo serás tuú! -balbuceó Federico- esoo no no se haacee!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tú no te metas en esto, a ti nadie te ha dado vela en este entierro! -gritó exasperado agarrándolo de la camisa- ¡Así es que vamos, que hay que seguir la faena!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro y el maestro se dirigieron al andamio, subiéndose no sin cierto peligro, hasta llegar a lo más alto. La nieve cesaba por momentos, sólo unos copos perdidos caían ya sobre el blanco pueblo. Pedro le habló al maestro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-José, sabes que te aprecio bastante, te lo digo ahora que estamos aquí arriba y no nos oye nadie, que no quiero represalias por este comentario. Simón ha ido en todo momento a por ti, no te traga, y sabes que te está haciendo la vida imposible en el trabajo y comprendo también que tengas que defenderte, pero lo que ha ocurrido hoy ha sido la gota que ha colmado el vaso. Te advierto muy en serio que a partir de ahora tengas cuatro ojos. Yo trataré de ayudarte en lo que pueda, pero tú no te descuides, pues ese hombre es muy traicionero y malvado y ahora le has dado una poderosa razón para maquinar contra ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo sé, buen amigo -contestó el albañil apoyando la ruda mano sobre su hombro- lo sé, lo tengo calado hace mucho tiempo. Bien dices que en todo momento ha tratado de aburrirme y complicarme la vida, teniendo por ello la pelea que tuvimos. Todo por la dichosa política, como si fuera imposible que ideas distintas pudiesen vivir juntas en una misma sociedad, respetándonos y mirándonos por igual, en aras de una mejor convivencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí José bonitas palabras pero manda la derecha, manda y avasalla y hoy por hoy, querer eso es una verdadera utopía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Llegará un día, estoy seguro -sentenció con la mirada puesta en el horizonte- que España tenga, porque serán capaces de crearla generaciones futuras, una sociedad justa y democrática, donde quepan y se respeten todos, tengan la condición social o política que tengan y se acabe por fin esta tiranía de dictadura y caciquismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Calla por Dios, José! -exclamó airado Pedro- ¡Si don Álvaro o la Guardia Civil te oyeran decir eso, te darían una soberana paliza, aparte de dormir unos cuantos días en la cárcel!&lt;br /&gt;                                                                                   &lt;br /&gt;-Sí Pedro, callo porque no tengo más remedio; pero ese día, quieran ellos o no, no dudes que llegará. Yo no lo veré porque soy viejo, pero llegará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras tanto Simón, ayudado por su amigo, había logrado incorporarse. Su cara era un verdadero poema. Las narices las tenía rojas como un pimiento morrón y el ojo derecho lo circulaba una gran aureola morada. Él le estaba comentando de llevarlo al consultorio para que don Felipe le mirase el golpe, Simón contestó con rabia que no, que no había pasado nada. Al final lo convenció y los dos se fueron sin más tardanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero en la maltrecha cabeza de Simón y desde ese momento, se empezaron a formar unos negros nubarrones, que a medida que fuesen cubriendo su cielo, se transformarían en una estrepitosa y fuerte tormenta de consecuencias graves e insospechadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre la hora del mediodía, tenía Ana María terminado su puchero de garbanzos apartado junto al fuego. Esperaba a su padre remendando unos de sus viejos calzones, que se abrían ya por todos lados. No tardó en llegar; venía serio y cabizbajo. Su hija se lo notó de momento y se lo comentó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Padre, ¿ha ocurrido algo en el trabajo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José la miró con gesto resignado mientras acababa su pitillo y se sentaba en la mesa acercándose la botella de vino y el vaso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hija, para qué te lo voy a ocultar, si siempre estamos lo mismo! El mal nacido de Simón, ¡que otra vez ha vuelto a las andadas y hasta se ha atrevido a mentar a tu madre y eso no he llegado a consentírselo...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Jesús, qué cruz! ¡Ese hombre es un demonio! -contestó airada la hija- Pero... ¿y usted qué le ha hecho?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Le he dado un fuerte puñetazo que no esperaba y se ha caído sin conocimiento redondo al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Padre, no me gusta esta situación. Deje las obras, que las siga otro; apártese que ese hombre nos puede buscar la ruina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero hija necesitamos el trabajo, ya sabes de sobra cómo andan las cosas. Además, si dijera de irme, el alcalde lo tomaría como un feo y las represalias serían, en todo caso, peor que aguantar a Simón. Espero que te hagas cargo.                       &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí padre, sí lo comprendo y veo que lleva razón, pero ya no me fío nada de él. Está cerca de usted todo el día… no sé, le podría pillar desprevenido y darle con una pala o con la piqueta y hasta matarle…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No creo que se atreva a tanto! -contestó José mientras apuraba el vaso, aunque este último comentario le dejó bastante pensativo. Tal vez podría darse esa situación. ¡No quería ni pensar que le pasase algo y dejar a su familia a la buena de Dios!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No comió mucho. Estuvo todo el rato dándole vueltas a esa hipotética situación. Incluso se bebió un vaso de vino más de la cuenta y, liando su pitillo, se marchó otra vez al tajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María, mientras tanto, y a esa hora, también había acabado de comer en casa de los Monteoliva, junto a Eloisa y su hermana. En ese momento sonó la pequeña campana de bronce que colgaba de la pared de la cocina. Sería la señorica demandando algún servicio. Fue, hacendosa, al momento. Doña Loreto se encontraba en la salita ojeando la revista mensual del Blanco y Negro, a la que llevaba tiempo suscrita y la cual gustaba de leer en la sobremesa. Al verla llegar, la dejó pausadamente sobre una mesa de camilla y se dirigió a ella:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡María atízame un poco la lumbre, que el día está frío y mi viejo cuerpo ya no lo aguanta tanto como antaño!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La verdad es que el día hoy está extremadamente frío, señorica –contestó, como excusando sus años, mientras agachada junto a la chimenea arropaba unos troncos de almendro que las vivas llamas empezaban a quemar sin piedad- Y ya, si no manda nada más...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero mujer, siéntate un momento a mi lado! -pidió la señorica al ama de llaves al ver que hacía ya ademán de irse- Siéntate y charlemos un poco. ¡No creas, a veces me siento muy sola! Don Álvaro se pasa todo el día en sus obligaciones… y yo, ya ves, si no fuera por las revistas o la radio, se me harían los días eternos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María se sentó discretamente cerca de ella, pero como a disgusto, pues comprendía que no podía estar allí a su lado, como si de dos amigas de la infancia se tratase. Había que guardar las distancias. Ella era la moza y doña Loreto la señora. Eso no debía olvidarse nunca. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Y luego -prosiguió- Dios no ha tenido a bien darme marido e hijos, que siempre consuelan, ¿verdad, María?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señorica seguía con su ambicioso plan, pero muy sutilmente. Tenía una flama envidiable y una intuición y malicia propios de gente de su calaña, pero por fuera trataba, y lo conseguía, de aparentar ser bondadosa y tierna, para poder llevar a cabo mejor sus propósitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso es -contestó un poco vanagloriándose- Ana María, por ejemplo, sólo nos ha dado a mi marido a mí buenos y felices ratos, no es porque sea mi hija, pero reúne todas las virtudes que una madre pueda desear: Nobleza, obediencia, buenos sentimientos....&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y belleza! -exclamó la señorica sin podérselo contener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y belleza sí. Dios nos ha querido premiar, por alguna razón, mandándonosla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues sólo os pido que, como buenos padres, le propiciéis un buen futuro, que corren malos tiempos... Y si necesitáis alguna ayuda por nuestra parte, no dudéis que en esta casa siempre será bien recibida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muchas gracias, señorica. Le agradecemos, en nombre de mi marido y en el mío propio, esas palabras. Ella también se pondrá muy contenta en cuanto le cuente esta conversación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así lo espero, María -le contestó mientras en sus ojos brillaba, con más fuerza que nunca, esa pérfida luz de malicia que la moza no supo notar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Serían las cinco de la tarde cuando sonaron unos fuertes golpes en la puerta de Ana María. Estaba terminando de remendar los calzones en la cocina, junto al fuego. Le sobresaltaron bastante. Se preguntó quién podría ser. Dejó la canastilla en el suelo, se arregló un poco el pelo y salió a abrir. Era Emilio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola muchacha, ¡carta de Argentina para tus padres! –exclamó el cartero, que hoy hacía el reparto un poco más tarde de lo habitual, pues iba a pie a consecuencia de la nevada- Hasta luego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hasta luego -le contestó la joven observando cómo se alejaba calle abajo, mientras apretaba la carta contra su pecho con la ilusión de ver a sus tíos muy pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esperó, como siempre, a que regresara su gente para abrirla. Nada más llegar su padre, que volvía antes que su madre, le dio la noticia. El bueno de José se emocionó. Eso podía ser sólo el preludio de una visita anunciada. Esperaron a que llegase María. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y cuando estaban ya todos, sentados junto al fuego, la joven arrimó el quinqué para poder leer mejor la ansiada carta, que decía así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Querida familia:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Espero que a la llegada de ésta os encontréis bien de salud. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la anterior carta os prometimos Andrea y yo que estaríamos por esas fechas navideñas junto a vosotros, después de largos años sin poder hacerlo. Pues bien, el hombre pone y Dios dispone, y sentimos bastante que eso, de momento, tampoco vaya a poder ser así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José dio un respingo al oír aquellas palabras, levantándose nervioso de la silla. Su mujer trató de calmarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Marido, siéntate que termine la niña de leer y nos enteremos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María siguió leyendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ante todo os pedimos disculpas por ello, pues comprendemos vuestra desilusión, pero os explico:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace quince días, estando en la plantación, empecé a encontrarme mal, con un fuerte dolor en el pecho, sensación que no había experimentado nunca. No le di mayor importancia hasta que, pasadas unas horas, me recogieron mis trabajadores, tirado en el suelo y sin conocimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me recuperé, me encontraba en el hospital de La Plata rodeado de la familia y todos con cara de preocupación. El doctor me informó después que había sufrido una insuficiencia cardiaca y que lo había contado de milagro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo eso pasó, familia. Afortunadamente, abandoné ayer el hospital y me hallo de nuevo acá, en la hacienda. Lo primero que he hecho, como veis, es escribiros con mi puño y letra para teneros informados y que no perdáis cuidado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A María se le escaparon unas lágrimas y José no levantaba la cabeza del suelo, exclamando:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Válgame Dios, que me quedo sin hermano...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La situación está bastante estable y estoy reaccionando bien a los remedios; luego noto a día de hoy una gran mejoría. Así que no os preocupéis, de verdad. La única razón de posponer el viaje es sólo de los doctores, pues ellos se oponen a que monte en avión, estiman que sería contraproducente en mi estado, ya que saben que el viaje es muy largo. Además mi familia también se opone tajantemente y ante eso...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Familia, no sabéis con las ganas que nos quedamos de ir al pueblo y poder estar junto a vosotros. ¡Ojala que el espacio de tiempo de mi recuperación sea breve y podamos abrazarnos al fin después de esta larga espera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas navidades acá tampoco serán las mismas para nosotros y cada minuto de esos días será para recordaros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin más, os mandamos la familia y yo, un fuerte abrazo de paz y fraternidad desde la Argentina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                   Domingo y Andrea&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A José se le vino en esos momentos el mundo encima. Su preocupación era inmensa. Su hermano, su único y querido hermano a punto de morirse tan lejos de él... Su mujer y su hija, trataban, como podían, de consolarle con palabras de ánimo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Padre, que ya todo ha pasado. El tío se ha recuperado y se encuentra bien, sólo necesita reposo, por eso no puede venir...&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Lo sé, hija, lo sé, pero yo me había hecho muchas ilusiones de tenerlo aquí al cabo de tantos años… ¡y ya Dios sabe cuando lo volveré a ver o si lo veré algún día...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No digas disparates marido! -le interrumpió María regañándole- ¡No me seas tan pesimista! ¿No ves que ya está bien? ¡Por favor...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Que va, mujer, ya no tengo esperanza. ¡Qué desgraciados somos los pobres! ¡Ojala -se lamentó- tuviese dinero para poder llegarme yo mismo a la Argentina y poderlo abrazar! ¡Ojala...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José salió al huerto, al terminar de decir esas últimas palabras, con los ojos llorosos. Quería estar a solas en ese momento, no tenía ánimos para otra cosa. Madre e hija lo dejaron ir. Era lo mejor. Y se marcharon a preparar la cena, aunque la cosa no estaba para eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche Ana María no fue al ensayo de la obra, a pesar de pasarse Julia por su casa para llamarla. Le contó lo sucedido, pidiéndole que hablara con Miguel y se lo contara. Él lo entendería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vale primilla, no te preocupes! Así se lo haré saber y yo volveré de nuevo a ensayar tu papel mientras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El nevazo del día anterior había sido el preludio de que la Navidad  estaba muy cerca, tanto, como que estaban ya a dos días de la Nochebuena. Aquella mañana unos sonidos graves y largos, semejantes a las sirenas de los barcos, se sentían sin descanso por todo el pueblo. Ana María los seguía oyendo constantemente mientras se dirigía a la fuente de los cipreses con el cántaro en la cadera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar notó cierto revuelo entre las lavanderas, que se agolpaban todas junto a Carmela la de Jacinto, escuchando curiosas el relato con aspavientos que contaba. No en vano las fuentes eran el lugar por antonomasia en los pueblos para "lavar" los trapos sucios de sus vecinos y poner al día los chismorreos y noticias de las que se hacían eco las mujeres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tema en cuestión de esa mañana, y que comentaban con cierto acaloramiento, mezclado con no poca sorna y pitorreo, era el ajuntamiento de dos viudos, de unos setenta años de edad, el día anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decía Matilde la Ceniza contestándole a Carmela:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya marrana! ¡No habrá tenido bastante la Josefa con su difunto marido! ¡Ni pocos palos que le ha dado y ahora se pone a irse con otro hombre...!                                            &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Es verdad -contestaron las demás a coro- así se habla, ¡la muy zorra...! ¡Ganas de macho es lo que esa tiene!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No, si se veía venir! ¡Tantos recaditos cuando pasaba él por su puerta, tantas miraditas...! -comentó Joaquina, la vecina de Carmela, mientras restregaba sobre la piedra unos viejos calzones de su Alberto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es que juntarse un viudo, o una viuda, o hasta un solterón de muchos años con una pareja, tenía la tradición en el pueblo de que se les tenía que dar una cencerrada. Cencerros, almireces, carabutas… hasta cualquier lata, servían para armar tremendo ruido y hacer que el pueblo se enterara del acontecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María calló y escuchó, sin intervenir, mientras el caño de la fuente llenaba a paso lento su cántaro. De nuevo se escuchaban las carabutas, que eran las que propiciaban ese sonido que se venía oyendo toda la mañana, esta vez desde el cercano cerro que coronaba la fuente. Aquello provocó de nuevo la chanza entre las lavanderas, que lanzaban grotescas risotadas sin parar. Ella, contemplando el jocoso espectáculo, no pudo por menos que sonreírse también, aunque no era muy dada a juzgar a nadie, y menos a personas mayores y conscientes de sus actos, así que al pasar entre ellas, de vuelta a casa, no se metió en la conversación, limitándose sólo a dar un hasta luego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El fresco aire de la madrugada cortaba las jóvenes mejillas de Miguel mientras marchaba a lomos de su burro Lucero, camino del cortijo de La Lomilla, distante unos cinco kilómetros del pueblo, en dirección norte. Unas humaredas blancas y efímeras no paraban de salir de su boca entre cada respiración. Las primeras claras del día estaban viniendo ya. Le había mandado llamar el tío Enriquito unos días antes, por medio de un vecino, para que le arreglasen unos aperos de labranza en el cortijo. El pobre labriego estaba ya algo viejo y cansado de trabajar el duro terruño y apenas si bajaba un par de veces al año al pueblo, que solían coincidir con las fiestas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los hondos y secos barrancos, sombríos aún, presentaban al caminante un aspecto fantasmagórico, lleno de aulagas, espliegos y bolinas. Alguna que otra ave, que levantaba rauda su vuelo desde las profundidades, asustada quizás, por las pisadas del jumento, dejaba oír su agudo chillido reverberando en las faldas de las cercanas montañas, devolviéndolo el eco juguetón hasta casi eternizarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El herrerillo avanzaba con paso lento a lomos de su caballería, pues el angosto camino que se abría entre las piedras del calar, no permitía llevar muchas prisas. Un tropezón del animal podría ser fatídico. El astro rey, mientras tanto, se dejó notar por encima del pico más alto de la montaña, desparramando sus incipientes rayos, como hilos dorados y refulgentes, por todas las faldas del monte, hasta llegar al cuerpo de Miguel, que agradeció dicho detalle mientras terminaba por fin de llegar al gran y poblado valle que ya se ofrecía ante sus ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una masa enorme de centenarios olivos se extendía desde sus pies hasta toda la extensión que podía divisar. Era, sin lugar a dudas, el olivar más grande del término, y pertenecía, sin lugar tampoco a dudas, cómo no, al cacique don Álvaro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí se encontraba su hermano Antonio, llevando ya más de quince días al frente de una cuadrilla de peones ocupados en la recogida de la aceituna, que por esas fechas estaba en todo su golfo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel bajó de su burro. Quería ir andando y estirar un poco las piernas, que las llevaba entumecidas a causa del helor mañanero. Así que tomó, sin más dilación, la estrecha vereda que serpenteaba por medio del verdor discreto del gran olivar. Iba escuchando. Quería saber por dónde llevarían el tajo de la recogida. Como a la mitad de la llanura divisó un espeso humo de salía de entre las copas de los olivos. Se acercó. Allí junto a la hoguera que habían hecho los trabajadores para quemar los ramones sobrantes, y de paso tomar algo de calor para empezar la faena, divisó a su hermano:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Antonio, ¿qué haces hombre?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Miguel tú por aquí? ¿A dónde caminas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya ves -le contestó mientras descansaba la mano sobre su hombro, una vez que estuvo a su altura- ¡Y buenos días a todo esto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días!- saludaron todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy al cortijo del tío Enriquito -prosiguió contando- ya sabes que ciertas veces al año nos llama para que le arreglemos los utensilios de labranza que se le rompen. Él ya no va ni por el pueblo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí -contestó Antonio- el otro día pasó por aquí y estuvo un rato con nosotros liando un pitillo y bebiéndose un golpecillo de vino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y qué? -preguntó Miguel- ¿Cómo lleváis la faena?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Faena hay aquí para rato! La aceituna es muy entretenida, pero en un mes y medio más acabaremos terminándola. Bueno, esta noche nos vamos, por cierto, todos para el pueblo a pasar la Nochebuena y el día de Navidad, luego proseguiremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso te iba a preguntar, ¡digo, a ver si llegan las pascuas y me las tengo que pasar a solas con el tío y sin ti, ¡con lo alegre que tú eres...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No te preocupes por eso. Oye, termina para mediodía y vente a comerte las migas con nosotros aquí en el campo y seguimos la charla...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De acuerdo, procuraré abreviar y estar aquí para esa hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel, sin más preámbulo, y montando en su jumento, retomó la vereda camino de La Lomilla mientras a su espaldas se dejaban oír los crujidos propios del vareo sobre las ramas, de las cañas y de los garabatos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de media hora, estaba llegando ya a las puertas del cortijo. A lo lejos, divisó la figura de un venerable anciano, de pelo escaso y blanqueante. Estaba echando, ligeramente encorvado, unos granos de cebada a varias gallinas que salían a su encuentro, mientras picoteaban ardilosas a sus pies.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando Miguel estuvo a su altura pudo contemplar a un hombre que el conocía bien y le tenía en estima, de unos setenta años de edad, de mediana estatura, delgado y huesudo, pero de cara sonrosada  y vigorosas fuerzas, a pesar de su avanzada edad. Se le notaba curtido por los avatares del rudo campo. Pertenecía a una raza de gente noble y honrada que riega día a día el seco y duro suelo de su sustento sólo con el sudor de su frente, que sólo sabe sufrir y sacrificarse y que no entiende de fiestas o caprichos. Poco podría contar el viejo cuando se muriera. Sólo trabajo y calamidades. Ni siquiera la tierra que labrara toda su vida con mimo y dedicación llegaría nunca a pertenecerle. Ni eso siquiera...                                                             &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días tenga usted, tío Enriquito! -vociferó Miguel a sabiendas de la ligera sordera que padecía el labriego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola muchacho!- contestó el aludido- Ya t'esperaba dun día a otro, sabía que te darías toa la priesa que pudieras. ¡Pueo confiar en ti!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tío Enriquito dejaba entrever en su lenguaje reminiscencias de un castellano más antiguo que el actual y que parecía aletargado en este hombre y en la zona. Era como si el tiempo se hubiera retrotraído algún siglo atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí tío Enriquito, he venido en cuanto he podido. ¡Usted me dirá qué es lo que tenemos que arreglar!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vente pacá mozo aquí pal corralón, que te indique los apechusques que me debes gobernar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel siguió al labriego, con su paso cansino y lento andar, hasta las traseras, viendo una vez allí los elementos de la faena. Estos no eran muchos: Una reja de arado, un azadón de ganchos y una pala, utensilios que deberían haber estado ya prohibidos para este viejo hombre, como así se lo hizo saber Miguel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay mozo yo he nacío trabajando y me moriré trabajando! Luego endispués pos ya tendrá uno tiempo de escansar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como usted quiera, tío Enriquito... como usted quiera...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre la una de la tarde dio por terminadas las faenas el herrerillo, haciéndoselo así saber al cortijero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tío Enriquito que ya tiene usted listos sus apechusques, como usted dice, y le ha quedado todo de fábrica!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay, muchas gracias hijo! Esta tarde me lío de nuevo con la araura, pos ya sabes que no me gusta estar aquí de estauta, sino activo y en movimiento...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y Dios quiera que por mucho años! -remachó el herrerillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Dios lo quiera, hijo, Dios lo quiera! Bueno, ya me mandas recao con Pepe, el vecino, de lo que me vaya a llevar tu tío y sus mandaré los cuartos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No se preocupe, tranquilo...       &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No te vayas entoavía hijo. ¿Quieres probar un vasico de mosto, que ya lo tengo clarico?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Se lo agradezco, de verdad, pero he quedado con mi hermano allí abajo, en el olivar, para comerme las migas con él y los demás aceituneros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Güeno, como quieras... Cuidaico con er camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga, tío Enriquito, a seguir valientes y hasta otro día!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel se alejó andando de La Lomilla con el cabestro del burro echado por los hombros y seguido de la bestia, por la suave pendiente que bajaba del cortijo hasta el camino, mientras observaba los desnudos, aún, almendros y las también desnudas breveras e higueras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre las dos de la tarde una sartén de humeantes migas se ofreció ya a su hambrienta vista. Justo entre dos grandes olivos, y mantenida por dos piedras a modo de estreves, se encontraba puesta la sartén. Benigno las movía y movía sin parar; era el más joven y el más inquieto del grupo. Puede que se debiera a la casualidad el hecho de que él estuviera meneándolas, pero dicen los entendidos en los menesteres que para que salgan como bizcochos de buenas debe echarles el aceite un rumboso, un lento para mantener la lumbre y un ardiloso para moverlas. Todo ello, unido al punto sabio de harina que le había echado Antonio, hacían de ellas un nutritivo y sabroso manjar, aderezado con cerrajas y vinagreras, todas ellas verduras sabrosas que se criaban allí mismo, a pie de campo, y que servirían de preciada engañifa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comieron todos y bebieron. Rieron y charlaron luego, aposentados sobre las grandes y salientes raíces de un olivo cercano. Antonio y Miguel se habían levantado momentos antes para dar un ligero paseo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mayor liaba un cigarrillo, comentándole a su hermano:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Oye, estoy la mar de contento! El otro día estuve en la cortijada de San Miguel, en una matanza, y me lo pasé de miedo junto a Candela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué dices? -exclamó exultante Miguel- ¡No sabes cuánto me alegro!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sabes? Creo que le gusto, vamos, que veo que me corresponde. No imaginas, hermano, lo que eso supone para mí… ¡con lo que me gusta!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Me acabas de hacer el hombre más feliz de la tierra! Ya sabes que siempre te dije que no perdieras la esperanza con ella. Hacéis muy buena pareja. Me alegro mucho por ti. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Estas navidades me ha dicho que quiere bajar al pueblo, aunque no es seguro. De todas formas, si ella no viene, subiré yo a verla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Así se habla, no la dejes pasar, pues es una muchacha muy bonita!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye ¿y tú cómo vas con Ana María? ¡No quiero perderme por nada del mundo la obra de teatro de pasado mañana! Allí haréis los dos de marido y mujer, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, estamos ensayando duro; creo, y si los nervios no nos traicionan, que haremos una buena obra entre todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así lo creo yo también -le contestó Antonio, dándole una fuerte calada al pitillo, para después arrojarlo al suelo- Y ahora nos tenemos ya que liar con esto, que si no se nos viene el aparejo a la barriga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tienes razón, yo me voy también, que ahora las tardes no tienen nada y quiero pasarme a darle el parte al tío antes de lavarme y mudarme para el ensayo. Por cierto, lo de mañana sigue en pie ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro que sí, Miguel! Todo por mi hermano pequeño, que es un bribón...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María esa tarde era un puro nervio. Sería el último ensayo antes de la representación, pues a la noche siguiente, que era ya la de Nochebuena, no se ensayaría, así que todo tenía que quedar esa tarde perfilado. Y a la muchacha le pesaban las pocas horas de ensayo que había tenido, entre unas cosas y otras. Lo que jugaba a su favor era la buena cabeza con que contaba y eso la hacía tener tanta auto confianza que le daba seguridad.                                                            &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que sabía también era que el peor enemigo que le podía acechar en esos momentos eran los traicioneros nervios, acrecentados por tener que estar en todo momento al lado de su amado, y a veces, cogidos de la mano. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos esos pensamientos tenía mientras ordenaba la casa, dejaba la cena preparada junto al fuego y se cambiaba para que no se le hiciese tarde. Las campanas de la cercana torre no tardaron en dar las ocho. Y no tardó Julia, junto a las demás compañeras, en estar aporreándole la puerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hija, que ya te llaman! -le avisó el padre, que acababa de llegar momentos antes de la obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí... enseguida... ya estoy...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Primilla! -vociferó la loca de Julia metiéndose hasta la cocina- ¡Que no tenemos toda la tarde!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ella se le notaban también los nervios y el acelero del último ensayo y, por consiguiente, la cercanía ya de la representación definitiva de la obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Uy, eres un huracán, prima! ¿No te puedes esperar un segundo?  ¿No ves que ya salía?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga...venga... no te aciqueles tanto, que no vas a una boda...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José no paraba de reírse de las cosas de Julia, mientras atizaba la lumbre, moviendo su cabeza de un lado para otro, murmurando entre dientes “Estas mozuelas...”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El salón parroquial estaba a reventar la última noche de ensayo. Todos daban un repaso de última hora a sus cuartillas, situados junto al escenario. La obra partía desde Nazaret para seguir después contando toda la odisea de San José y la Virgen a lomos de su borriquillo hasta llegar a Belén para proceder al empadronamiento mandado por los romanos. Luego la peregrinación por el pueblo de posada en posada pidiendo alojamiento, hasta que sólo pudieron encontrar un humilde pesebre en el que compartir el mayor y más satisfactorio suceso de la cristiandad con una mula y un buey.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La adoración de los tres magos venidos de oriente sería el colofón que pusiera fin a una obra bien llevada en el plano técnico y artístico por María Esperanza y sus muchachas; luego no cabría duda de que, con esas bases, la obra supondría un rotundo éxito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ensayo esa noche, para colmo, salió bordado, como así lo atestiguaron las mujeres de la Sección Femenina, que quedaron encantadas, recordándoles a todos que el día veinticinco de diciembre, día de Navidad, debían estar los actores y las actrices participantes a las cuatro de la tarde sin falta. O sea, dos horas antes de la función, pues había que vestirse con las ropas de la época y ambientarse. Así lo prometieron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel y Gabriel acompañaron acto seguido a las mozuelas hasta sus casas, junto con Cándida y la madre de Julia, que un rato antes las estaba esperando entre puertas, ataviada con su negro mantón de lana. Por el camino, entre descuido y descuido de la vieja, fue aprovechando Miguel para hablar lo que podía con Ana María y hasta para cogerle la mano furtivamente. Cosa que de buena gana hubiese intentado también Gabrielillo, pero cualquiera se atrevía, con la presa de la madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con un guiño de despedida se dejaron de ver esa noche las dos parejas. Había que descansar algo. Las navidades asomaban ya sus blancas narices por la chimenea. Unas navidades que, lo que era en el pueblo, se celebraban a lo grande, con parrandas callejeras muy divertidas y ruidosas. Por lo tanto, había que velar armas y reponer fuerzas para lo que se avecinaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y con el sueño de que éstas fuesen las mejores de su vida, se durmió por fin Ana María sobre la medianoche. No sabía ella que una estrella, que brillaba más que ninguna otra en el silencioso y lejano firmamento, había recogido su deseo para hacerlo realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre las ocho de la mañana del día siguiente una suave música de bandurrias y guitarras despertó dulcemente a la muchacha. A la cabeza de ese grupo, en la calle, se encontraban Antonio y Miguel. Éste había planeado con su hermano días antes esa bonita sorpresa para la mujer de sus sueños, que no lo esperaría. Y allí estaban ellos, bajo el balcón de la amada del herrerillo, mientras sonaban estos bellos versos hechos canción:                                                                &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los pueblos de mi Andalucía&lt;br /&gt;los campanilleros por la madrugá&lt;br /&gt;me despiertan con sus campanillas&lt;br /&gt;y con sus guitarras me hacen llorar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha escuchó embelesada y emocionada tras su ventana los sonidos armoniosos y las dulces quejas de los instrumentos de cuerda  entremezclados con la entonada y profunda voz del cantaor. Le parecía un sueño del que no hubiese querido nunca despertar. “Ni el rey David con toda su corte de esplendor” -pensó- “habría llegado nunca a tener un despertar así.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A esa canción siguió otra igual de bonita que la anterior para irse el grupo sonando calle abajo, logrando abrir a su paso, algún balcón más, llamado por la curiosidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa fiesta, como era la Navidad, llena de magia y misticismo, le agradaba enormemente a Ana María. No podía evitarlo, era la época del año que más le gustaba. Sólo el anhelo de no poder al final ver a sus tíos le embargaba el corazón, para que toda la felicidad fuese completa. “¡Qué se le va a hacer!” pensó mientras se vestía rápidamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En unos instantes bajó a la cocina, donde su madre, a punto de irse al trabajo, le estaba terminando de preparar unos humeantes y deliciosos papaviejos, que consistían en una masa hecha de harina y huevos con un poquito de levadura y sal. Se cogía una porción con la cuchara y se vertía en la sartén con el aceite bien caliente, no tardando las tortitas en estar doradas y apetecibles para su consumo. María sólo los hacía por Navidad u otras fechas señaladas y, aunque gustaban mucho a todos, no se podían permitir otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días hija! ¿Has sentido tú algo como una ronda parada en nuestra puerta? -le preguntó irónica la madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, lo sabe usted de sobra. ¡Ha sido maravilloso! Gracias por su comprensión. Si hubiera visto a Antonio lo bien que canta y lo guapo que iba Miguel, recién peinado y con los colores de la mañana en su cara...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los he visto, hija, los he visto, y... ¿sabes? tienes razón en todo lo que has dicho. Antonio tiene una voz dulce y melodiosa y Miguel es un muchacho que ha dado un crecido y se ha puesto bastante guapo. ¡Creo que tienes buen ojo, hija...! -le dijo sonriéndose un poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Madre, cuánto le quiero...! Pero por favor, pare, que me está sacando los colores...&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Lo siento, pero no me lo he podido cocer. En fin... ahora me tengo que ir, pues hoy tendré un día agotador en casa de los Monteoliva. ¡Las fiestas, hija, vienen para los ricos a base de mesa y mantel y llenos de invitados!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y... cuándo volverá entonces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Seguramente pasadas las doce. Cuando regrese, padre, tú y yo cenaremos esta noche en unión y armonía, como mandan los cánones en Nochebuena. La señorica me tiene algo suculento preparado para que me lo traiga y, seguramente, unos trozos de leche frita con canela, que serviremos a los postres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué bien suena eso, madre! ¡Humm... me ha puesto las delicias ya en el paladar! Aquí estaré yo mientras haciendo algo en la casa toda la tarde, pues hoy ya no tendremos ensayo. Por cierto, quiero que estén todo lo más cerca de mí en la representación padre y usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, mujer, no hace falta ni que te pongas esas palabras en la boca. ¡Tu padre y yo no nos perderíamos eso ni por todo el oro del mundo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Gracias madre, venga ese abrazo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mañana, por otro lado, había amanecido ajetreada en el pueblo. Don Álvaro, el boticario, Bonilla, el sargento de la Guardia Civil, don Blas, el juez de paz, que no entendía bien cómo era él el único Blas que había en el pueblo, a pesar de tener a ese santo por patrón, don Felipe el médico, que ya se nos jubilaba a finales de año, y otros caciquillos de segunda fila llenaban en esos momentos el pomposo bar, con aires de cafetín, del Casino. Todos impecablemente vestidos con elegantes trajes y camisas de cuellos almidonados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pepe -llamó don Álvaro al camarero- venga, sírvenos otra ronda de coñac, que la mañana esta fría, joroba!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y a toda marcha, Pepe! -le ordenó el sargento Bonilla- ¡Caray, que nos hemos quedado tiesos en la iglesia oyendo la misa de alba!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de dos copitas don Álvaro preguntó al sargento:   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Manuel, ¿qué pesquisas estáis llevando para dar con los ladrones de cortijos? Hace un mes me entraron en La Cepa. El medianero me dijo que vio a cuatro hombres, casi todos con una larga barba, cómo aprovechando las sombras de la noche, me robaban gallinas y conejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues mire usted, don Álvaro, tenemos fundadas sospechas de que puedan ser maquis que aún se esconden en los calares aprovechando sus cuevas y lo escarpado del terreno. Pero no dude ni un segundo en la labor eficaz de la Benemérita, que será, tarde o temprano, la que meta en cintura a todos esos rojos insurrectos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así lo espero, Bonilla, así lo espero. Don Felipe, ¡está usted muy callado! -prosiguió hablando irónico el alcalde- Ande, tómese otra copita, que seguro que será mejor remedio para el cuerpo que sus medicinas. Además, ¡cualquiera diría que jubilarse es morirse!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De eso se trata, Álvaro, de eso se trata. Creo que para mí será un poco morir, ¡vamos que no llegaré a acostumbrarme a esa nueva vida! Han sido muchos los años de dedicación a mis pacientes y a la devoción de mi profesión de médico que, ahora, al llegar a su ocaso, se me está viniendo el mundo encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No lo crea usted así, don Felipe! -terció don Ernesto- Cuando una etapa de la vida se agota, la que se ofrece nueva hay que recibirla como otra oportunidad de poder hacer algo distinto y romper un poco con la rutina de la anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, Ernesto, pero han sido tantos años...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bueno, bueno! -exclamó el sargento- ¡No son fechas hoy como para ponerse tristes y melancólicos! ¡Pepe, otra ronda, que la pago yo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pasaron hasta las doce de la mañana, aproximadamente, en el Casino, hablando de sus cosas, para luego salir todos a darse una vuelta por la plaza del Generalísimo, con sus encopetados sombreros, y sus trajes clásicos. A esa hora, la oblonga plaza, aparecía muy concurrida. La mañana ayudaba, pues el sol lucía en el alto cielo, terminando de calentar las pocas zonas de sombra que aún quedaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos tenderetes, puestos de manera aleatoria, aportaban un mosaico multicolor al recinto, mientras los mercaderos, con sus mil voces, incitaban a la gente a comprar:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Alpargatas de cáñamo... babuchas...! ¡Venga, mujeres, las más baratas oiga...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Telas para pantalones... delantales... pañuelos...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las mujeres hacían corrillos en torno a los puestos del pequeño mercado buscando telas, probándose babuchas, animadas por las pillas voces. Aparte, si había un día en que se debía estrenar algo a lo largo del año, ese era el de Navidad, que ya se avecinaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los niños, alegres y divertidos, también pululaban guiando sus gangas con desparpajo por el recinto, entremezclándose entre el bullicio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, su prima y algunas amigas más del barrio, bajaban en ese momento para la plaza a dar una vuelta también por el mercadillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ya verás primilla como encontramos algo bonito para ponernos mañana!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Julia, yo sólo podré comprarme algo baratito -le contestó Ana María- que ya sabes cómo tengo la economía y, encima, como dejé de ir a la partidora...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Yo tampoco estoy sobrada, pero algo habrá que estrenar estas pascuas! Además, también se podrá ver -dijo socarronamente- a algún  mozuelo que ande por allí...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Anda ya, que no piensas en otra cosa! ¡Pero qué diablo eres...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pues no, si te parece! ¡Oye, que tú tienes a tu Miguelillo, que está por todos tus huesos! Por cierto, hablando del rey de Roma...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María miró instintivamente hacía la salida de la calle Real que desembocaba en la plaza, viéndole entrar, efectivamente. Venía con su hermano, Gabrielillo y otros amigos más. Querían dar una vuelta también ellos por la plaza, que era el sitio de lucimiento y reunión de todos los pueblos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel la miró también cómo bajaba la cuesta con su aura de belleza y elegancia. Su vestido rosa resaltaba su juncal silueta. Su pelo, recién lavado, caía con sus mil rizos en cascadas sobre sus hombros, y sus bellos ojos, que ahora lo estaban mirando, le agradecían el despertar tan maravilloso que había tenido esa mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había demasiada gente. No querían llamar la atención, pero sus miradas seguían cruzándose cada dos por tres durante el rato que estuvieron los dos en la plaza. Miradas que no pasaron desapercibidas, de todas formas, para el pérfido del alcalde, que, separándose un poco del grupo momentos antes, había estado todo el rato espiando, de una manera discreta, a la muchacha. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un gesto de desaprobación, mezclado con celos e ira, hicieron en él un cóctel muy peligroso. A partir de esos momentos, el herrerillo, pasaba, sin habérselo propuesto en su sencilla vida, a tener frente a él al peor enemigo que un hombre pudiese desear y, encima, con el agravante de no sospecharlo siquiera. Pobre Miguel...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, aunque había divisado al alcalde, se comportó como si no estuviese el allí, dándole la espalda en todo momento. Eso, unido al ciego amor, que no te deja ver a nadie más que al que quieres ver, imposibilitaron a los muchachos haber podido captar esas miradas reprobatorias que les lanzó el vil y canallesco personaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José volvía del trabajo junto a Pedro. Hoy tenían permiso para coger tempranera en la obra, para ya no volver al tajo hasta el día veintiséis, luego, tendrían día y medio de descanso, que, por supuesto, se habían ganado a pulso. Se pararon a la altura de la taberna:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye, José, ¿entramos y tomamos unos vinos? ¡Que un día es un día, caramba, y estamos en Navidad!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es mala idea, Pedro; además saludaré de paso al tío Matías, que hace tiempo que no lo veo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Si es que te has vuelto muy formal, -bromeó el amigo, dándole una palmada en la espalda- desde que no entras a los bares!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya me conoces, y no quiero mezclar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, ya sé -le cortó Pedro-, no sigas, que me conozco tus sermones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tarde llegó rápido. Ana María vio bajar en esos instantes, a través de la ventana de su cuarto, al grupo de amigas que se dirigían a casa del alcalde para pedirle el correspondiente permiso del baile de esa noche. Ese baile sería maravilloso, como lo era esa noche. Eso pensó la muchacha mientras le bullían los nervios por el estómago, como mariposas inquietas. Deseaba estar con su amado. Parecía que no quería llegar la hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos golpes sonaron en el picaporte de la puerta del alcalde. María misma fue a abrir. Eran Carmela, Clara y Julia, que también entró con ellas esta vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Venís a por lo del permiso verdad? -preguntó el ama de llaves a las muchachas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es, tía -le contestó Julia- Don Álvaro está ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Sí, sí, pasad, que enseguida le aviso!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mismo pasillo esperaron las muchachas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hombre, pero si son las del continillo! ¿Qué a pedir el permiso para el baile, supongo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las muchachas observaron extrañadas la atípica simpatía del alcalde esa tarde. Sería por las fechas, pensaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya ve, don Álvaro, aquí estamos como siempre -le contestó la mayor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está bien, pero... pasad, pasad, entrad un momento al salón -les pidió mientras miraba para atrás y veía a María muy cerca de ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las muchachas obedecieron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-María, dígale a Eloisa que nos sirva aquí en el salón una bandeja con mantecados y una botella de anís, que se note que estamos en pascuas.                                                    &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Enseguida lo ordeno, señor -le contestó solícita el ama de llaves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El anfitrión acomodó a sus invitadas en mullidos sillones muy cerca de la chimenea. Ellas se miraron extrañadas ante tanta hospitalidad, pero ninguna abrió la boca. Don Álvaro trató de entablar con ellas una conversación distendida e informal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así que el continillo prepara baile, ¿no es cierto? ¡Claro, que si esta noche no se baila cuando se va a bailar! Sólo una cosa os voy a pedir. Que a la hora de la misa del gallo estéis todas en la iglesia, aunque eso no tendré ni que advertíroslo, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es don Álvaro -le respondieron todas a coro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro...claro... y vuestros novios también, por supuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nosotras no tenemos aún, don Álvaro -respondió la metiche de Julia- Tendremos tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, pero esta mañana -prosiguió el alcalde- y ahora que has hablado, te he visto en la plaza, mientras acompañabas a tu prima, mirando a ese muchacho bien parecido de la fragua...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Yo no miraba a nadie, don Álvaro, en todo caso, la que miraría sería mi prima, que parece que se entienden los dos! -le contestó enérgica Julia acusando a Ana María para salir ella airosa de tamaña situación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había sido un acto reflejo. Luego le pesó el haber puesto al descubierto esa relación. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Veis como era verdad que andáis con novios...! -terció don Álvaro, feliz  por haber escuchado de labios de Julia la confirmación de sus sospechas- Es normal. Estáis en la edad. Sólo os digo, como consejo, que aprovechéis bien la juventud, que pasa muy deprisa, y ya no es lo mismo.  Ahora, si me perdonáis...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las invitadas se levantaron mientras cogían algunos mantecados más para el camino, despidiéndose del alcalde y dándole las gracias. A éste ya se le habían pasado las ganas de hospitalidad. Había conseguido enterarse de lo que necesitaba, luego ellas estaban de más en la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hasta luego, muchachas, a divertirse! Y recordad lo que os he dicho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas las amigas increparon a Julia, nada más salir de la casa, por haber sido tan indiscreta y tan mala amiga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Parece mentira, no sabemos cómo has podido vender de esa manera a tu misma prima...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo siento, de verdad, ¿que queríais que hiciera? Me puse muy nerviosa al decirme el alcalde que Miguel era mi novio y a mí no me vinieron otras palabras a la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro, ¿y nos ha podido inventarte algo? -le reprochó Clara, la mayor del grupo- ¡Has tenido que decir la verdad! ¡Ya verás cuando se entere tu prima!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No, por favor, no se lo digáis, os lo ruego...! Seguramente él no se lo va a decir a nadie. ¡Por favor, que es capaz de pelearse conmigo...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno, ya veremos... -le contestaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Clara quedó pensativa, de esas veces que se te queda la mente fija en algo. Quizás las preguntas que acababa de hacerles el alcalde tuvieran su por qué. La muchacha empezó a atar cabos. Como aquella vez que les hizo, a su amiga y a ella, que hablaran con Ana María para convencerla de que fuera ella la que pidiese el permiso y así poder tenerla dentro de su casa. Ahora empezaba a entender también las continuas y nerviosas negativas de la muchacha por no ir...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal vez no fuese casualidad tampoco que su padre hubiese sido el elegido para realizar unas obras tan importantes o que su madre se hubiese convertido, de la noche a la mañana, en el ama de llaves de la casa más pomposa del pueblo, aún a sus años...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¡Para... para... Clara! ¿Qué estás pensando? No, no puede ser.” Se repitió una y otra vez en su interior. “Son elucubramientos tontos y disparatados.” De todas formas, esa tarde no era la más adecuada para poner a echar humo la cabeza. Le esperaban muchas horas de diversión y parrandas. Hablaría cualquier otro día con Ana María. Quizás, como buenas amigas que eran, se sincerara con ella. Tal vez necesitara desahogo ante un hipotético problema y no tuviese a quién confiárselo. Si era así, debía estar sufriendo mucho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Álvaro rellenó su pipa y terminó su copa de licor mirando después plácidamente al techo del salón, orgulloso de que su sagacidad le hubiese llevado a descubrir algo más sobre Ana María, algo que haría, sin lugar a dudas, cambiar a corto plazo el rumbo de los acontecimientos en la relación de los dos enamorados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha estaba ya como un pimpollo de arreglada cuando llegaron todas las chicas a tocar a su puerta para llamarla. Esta vez no fue su primilla la que se adelantara para ello, sino Clara, cosa que no dejó de extrañarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ana María, venga, que nos vamos para el baile...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Salió ella sin más dilación, despidiéndose de su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya por el camino, iba notando su frialdad. Y ello fue lo que le empujó a preguntarle:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Julia, ¿te pasa algo? ¡No sé, yo que te conozco y sé lo dicharachera que eres, pues no me pareces la misma esta tarde!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es nada, primilla, de verdad, sólo es que me duele un poco la cabeza...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Bueno, verás como luego en el baile se te quita todo...! -le bromeó sin darle más importancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las horas que pasó en el baile junto a su amado le parecieron cortas pero, a la vez, maravillosas. Él estaba radiante esa noche y alegre y feliz como nunca, permaneciendo muy atento y solícito para con ella, cosa que no dejó de gustarle a la muchacha, viendo en ello una señal inequívoca del gran amor que Miguel le profesaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misa del gallo, llevada a cabo todas las nochebuenas, siempre e indefectiblemente se oficiaba a las doce de la noche. Terminó, pues, momentos antes el baile, para poder cumplir así con los deberes religiosos. Luego marcharían cada uno a sus casas a cenar en familia para, después, volver a reunirse y celebrar la gran y tan esperada parranda de Nochebuena por todas las calles del pueblo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;La opípara cena que preparó ya tarde María, con alimentos traídos de la casa de doña Loreto, sirvió esa noche para, aparte de degustar unas viandas exquisitas y poco vistas en esa casa, que pasase la familia de José una velada inolvidable de Nochebuena, posiblemente la mejor que todos alcanzaron a recordar. Sólo quedó en el ambiente el resquemor por no haber podido estar su hermano y su mujer con ellos esa noche para que ya hubiesen tenido la felicidad completa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese momento mágico de la familia vino a romperlo toda la mocedad del barrio reclamando a Ana María para que se saliese, pues iban a empezar la parranda. Y de nuevo su primilla, que volvía a no llevar la voz cantante. “¡Esto es rarísimo. Algo le pasa, seguro.” Esa no era la Julia que ella conocía. “Tarde o temprano”, pensó, “conoceré el por qué.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba junto a su puerta, cuando ella salió, todo el grupo. No faltaba nadie. Allí estaba Gabrielillo con su guitarra antigua, de clavijeros de madera, hecha de palo de santo y que daba un sonido fino y elegante. Y Clara, que venía con una botella vacía de anís, de esas de enrejadillo, que utilizaría a modo de instrumento musical. También Angelitas, que traía una gran zambomba, hecha con la vejiga de un cerdo, cogida de las muchas matanzas habidas y secada convenientemente; cuando se mojaba la mano en saliva y la hacía sonar, aquel instrumento emitía unos sonidos graves muy navideños. No faltaban tampoco algunas viejas, a modo de carabinas para con las jóvenes, así como innumerables amigos y amigas de nuestros conocidos, que también aportaron algún almirez y panderetas para hacer ruido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y allí, apoyado sobre el quicio de la puerta de la casa vecina, perfumado y elegante, estaba a quien ella quería ver esa noche y por el que vivía día tras día, su Miguel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empezó la parranda por el barrio alto, pasaron luego por el del mirador y  de las chumberas, que era el más paupérrimo y más pobre de cuantos conformaban el pueblo, para terminar visitando, en contraste, el de la iglesia y la plaza. En fin, que no dejaron sitio esa noche donde no se escucharan los acordes de la guitarra de Gabrielillo, ni los sonidos de la zambomba, ni las risas y voces del numeroso grupo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Casi en todas las casas que tocaban les sacaban sus inquilinos una bandeja con mantecados o dulces típicos que se hacían por esas fechas, como los pestiños, los roscos fritos untados de azúcar por arriba o el famoso pan de higo de cosecha propia, elaborado con especias y almendras, gozando el hecho en este pueblo de gran fama en toda la provincia. A todo esto se le acompañaba, por supuesto, la consabida botella de anís, para que terminaran de entonarse. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gabrielillo, puesto de acuerdo con los demás, iba utilizando la caja de resonancia de la guitarra a modo de despensa. Apartaba ligeramente las cuerdas y por allí introducía toda clase de dulces navideños, haciendo acopio para después de terminada la parranda poder seguir todos en el mirador haciéndola por su cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel llevaba esa noche una preciosa bufanda roja sobre una chaqueta en color claro que le resaltaba mucho. Su negro y ensortijado pelo le confería una belleza casi mágica a la luz de la luna. Ana María así lo creía, mientras le observaba de cerca, ya descansando de la parranda, allá en el mirador. Permanecían ellos dos, alejados ligeramente del grupo, sentados en un gran caracol que hacía el muro de ladrillo, cogidos de la mano, y diciéndose esas cosas tan bellas que sólo los enamorados de verdad se saben decir en esos momentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María le calló los labios con el dedo índice, cuando se disponía a decirle algo más a su amada, susurrándole a continuación:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Recuerdas que te dije esta mañana que hoy te merecías algo especial? Pues bien, nunca he sentido tantas ganas de besarte con un beso apasionado, como esta noche...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y sus labios, tiernos y sensuales, buscaron con furia los de su amado para fundirse los dos en un torrente de pasión, rivalizando en esplendor, con la estrella de oriente, que lucía en el centro del firmamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Y encima mañana ya vamos a ser marido y mujer...! -bromeó una vez repuesto el herrerillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No seas tonto, aunque no me importaría, ¡te lo juro! -le contestó con una reflexión muy madura- que eso sucediese ya; pero también debemos de comprender los dos que aún somos muy jóvenes. Seguro que el tiempo que aún nos quede para ello nos servirá para madurar y poder saborear y valorar más nuestro amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba a contestarle Miguel cuando se acercaron algunas amigas hasta donde estaban, comentándoles:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pareja, ya está bien, ¿no?, que esta noche también es para estar en reunión y os echamos de menos. Además vamos a cantar algunos villancicos y dar buena cuenta de los mantecados y el anís.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tenéis razón, amigas! ¡Miguel, levantando los caballos, que nos vamos! -rió Ana María mientras tiraba de él incorporándolo de su duro asiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Angelitas ya estaba calentando la zambomba mientras hacía lo propio Clara con la botella. Todos hicieron una piña y se arrancaron con un villancico popular al que ellos le habían adaptado la letra y que decía algo así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...Y vaya unas pascuas&lt;br /&gt;que hemos pasao&lt;br /&gt;aquí en el ramblizo&lt;br /&gt;del chacho Conrao...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pasaron un buen tercio de la madrugada, siguiendo la farra hasta que sus cansados cuerpos no pudieron más, castigados también por el helor, que ya a esa hora de la noche, se les metía en los huesos; así que pusieron rumbo al puerto de donde provenían. Mañana sería otro día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, de todas formas, no pegó ojo en lo poco que quedó de noche. A los dulces y fascinantes recuerdos de las horas pasadas se le unieron también los nervios propios de ese día que amanecía, día, por fin, de la representación teatral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no hubo problema. Todo salió a la perfección. El pueblo entero colaboró con su asistencia en un ambiente de respeto y religiosidad que no se recordaba en el lugar para engrandecer  el acto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José y María, todo lo cerca del escenario que pudieron, pues los señoricos tenían las primeras filas de preferencia, asistieron expectantes y callados, cómo no, a la obra. No se la hubieran perdido por nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel y Ana María brillaron con luz propia, como artistas estelares de ella, y además, todo el mundo comentó la buena pareja que hacían. Bueno, quizá no todo el mundo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y un aplauso final, apoteósico y sentido, de reconocimiento unánime, vino a poner a todos los participantes, así como a María Esperanza y a sus muchachas de la Sección Femenina, una lágrima de emoción que les embargó dichosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días de vino y rosas se sucedían esa mágica e irrepetible Navidad entre la joven pareja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En aquella tarde del veintisiete de diciembre, una tarde que se podía cotejar muy bien con cualquiera otra del mes de mayo por su bondad climática, las eras que había a la salida del pueblo, justo al lado de la carretera principal, se encontraban abarrotadas de mozuelas y mozuelos. Aquellas se habían llevado su pequeña cesta de comida para disfrutar al aire libre de un ligero bocadillo o de unos dulces caseros. Cosa que ya estaban haciendo, después de haber dado un ligero paseo, para procurar, así, abrir bien el apetito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las viejas, con su paso más corto, que también las habían acompañado, permanecían ahora sentadas sobre el ligero muro de las eras, algo cansadas. Sólo una cosa seguía preocupando a Ana María en aquella plácida tarde y era el distanciamiento de su prima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿Qué le pasaría? ¿Le habría ella ofendido en algo?” Resuelta, y de una vez por todas, se fue hacía donde estaba, justo en el otro extremo de la circunferencial era, para pedirle explicaciones y, en su caso, perdón por si había obrado mal. Tal era su bondad, que siempre pensaba que podía ser ella en todas las cosas, la culpable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julia, que comía un pequeño bocadillo de pan con aceite y azúcar, tuvo tiempo de mirar de reojo, mientras tanto, para ver acercarse decidida a su primilla. Las piernas empezaron a temblarle y pidió a gritos, mentalmente, a la tierra que se la tragase en ese instante, cosa que no sucedió a pesar de su deseo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Julia,  ¿podemos hablar un momento?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro, primilla. Espera, dejo esto otra vez en el bolso -le contestó mientras hacía ademán de envolver de nuevo el bocadillo en un papel de estraza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No... no... sigue comiéndotelo! Venga, que luego se pasa el hambre. Vamos si quieres dando un paseo. Es que tengo que preguntarte algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella cambió ligeramente de color. Ya no tendría escapatoria. “Lo mejor” -pensó- “es contraatacar diciendo la verdad.” Así se sentiría libre, pues no podía soportar más ese peso de culpabilidad que se hacía insostenible por momentos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aligeró, conforme se alejaban del grupo, su merienda, limpiándose después el gracioso bigote de azúcar pegado en el aceite que se le había quedado, con un pañuelo bordado sacado del bolsillo de su falda de flores, comentándole a Ana María:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Primilla, no... Déjame hablar a mí y explicártelo todo. La cosa viene del otro día, cuando fuimos a la casa del alcalde...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María palideció. “¿Habría descubierto el pastel? ¿Habría metido alguna mentira incriminándola a ella?”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-... a pedirle el permiso para el baile. Por cierto ¿sabes? estuvo la mar de simpático con nosotras, ¡hasta nos hizo pasar al salón y nos invitó a dulces y anís! ¡Increíble, ¿verdad? Pues así fue. Además, puedes preguntárselo a la tita, verás como te dice lo mismo que yo. El caso es que don Álvaro, luego, nos enredó en una conversación informal y acabó preguntándonos si teníamos novio a las tres que estábamos allí. A mí me achacó que me había visto esa mañana en la plaza, cuando estábamos viendo el mercadillo, coquetear y fijarme mucho en Miguel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿En Miguel? -preguntó nerviosa- ¿Qué tiene que ver él en todo esto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Nada, nada, no te sulfures! Sólo que lo tomó por mi novio. Yo, la verdad, y aquí es donde te pido perdón, porque lo hice sin querer, pues le dije que a quien miraba Miguel era a ti, que os entendíais los dos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María bajó resignada los ojos al suelo. Las palabras que acababa de pronunciar Julia eran para los dos casi una sentencia de muerte. Sabedor el alcalde de esa relación, acabaría aplastando al intruso, como un matamoscas aplasta al pequeño insecto bajo su peso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Primilla! -preguntó Julia, al verla cabizbaja y abatida- ¿Qué te ocurre? No me asustes, por favor. Sí ya sé que he obrado mal, y más tratándose de ti. ¡Lo siento... oye, lo siento...!&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Ella la miró fijamente de arriba abajo, pero con ojos comprensivos y bondadosos. ¡Qué sabía ella lo que acababan de desencadenar esas palabras! No podía hacerla culpable. Sabía de sus nervios y de la impresión que da el estar frente a ese personaje. Así que, cogiéndola de las manos, le contestó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tranquila, Julia, tranquila. No pasa nada. No te voy a ocultar que me hubiese gustado que don Álvaro no se hubiese enterado de esto. ¡Ese ser repelente y malvado! Pero las cosas han sucedido así y pienso que tú no has tenido la culpa de nada. Sé también lo mucho que me aprecias y me quieres, y no por esto voy a dejar de ser la misma contigo. Y ahora, venga, sigamos disfrutando de la tarde, que está espléndida, no pensemos más en ello, ¡y de paso, vamos a echarles un ojo a Miguel y a Gabrielillo, que esas nos los quitan antes de nada...! -terminó bromeando Ana María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No sabes el peso que acabas de quitarme de encima, no me cabía el vestido en el cuerpo! Ya me has visto, que ni era la misma...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Lo he notado. Sabía que lo estabas pasando mal, por eso fui a buscarte. Ahora me alegro de ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol sólo se veía ya en parte, mientras se escondía por detrás de la cima de un cercano monte, cuando las muchachas tomaron el camino del pueblo. Las chimeneas, a esa hora, comenzaban a vomitar espesas humaredas, preparándose para combatir el frío reinante durante la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Primilla -le comentó Julia mientras tomaban su calle entre la semioscuridad de la tarde- llevo todo el día dándole vueltas a una cosa. ¿Te la cuento? ¡Porque sabes qué día es mañana, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Miedo me das, Julia, miedo me das...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mañana, tonta, es el día de los santos inocentes. Y sabes lo que eso significa, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Humm, ya estás tramando algo! ¿A que sí, diablillo? -le preguntó Ana María moviendo la cabeza.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Así es, ¡cómo me conoces! Tú déjalo de mi cuenta. Le vamos a hacer una inocentada a Luciano el alguacil que ya la tengo pensada. Va a ser de las que hacen escuela...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡No me digas! -exclamó intrigada- ¿De qué se trata?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Nada, nada! Mañana te lo explico todo. Ah, a las nueve me paso a buscarte, que tenemos que andar algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Andar? No tienes apaño, pero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hasta mañana te he dicho! Ya te explicaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María no supo ni qué decirle. Presentía que la iba a meter en un berenjenal. Y que algo gordo estaba tramando ese bicho. “En fin”, pensó, “esperaremos a mañana a ver qué es.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal y como había prometido, a las nueve en punto de aquella gélida mañana ya estaba el ciclón de Julia en la puerta de su prima. No hizo falta que la llamara, pues ya la había visto ella desde el balcón. Así es que bajó enseguida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días! ¡Anda que te vas tú a quedar dormida!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Calla, calla, que no he podido pegar ojo en toda la noche, pues me venían unas carcajadas pensando en la ocurrencia de la inocentada...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bueno -comentó Ana María- me tienes a tu disposición para ser tu cómplice en esta fechoría. Cuando quieras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pues si estás lista cógete un pico pequeño, de los de las obras del tite, y una espuerta, que nos vamos al Cerrillo Colorao a por tierra de arcilla!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Al Cerrillo Colorao a por arcilla?- preguntó extrañada- pero... ¿te has vuelto loca? ¡Dime ahora mismo qué te traes entre manos, peligro, que eres un peligro, que si no, no me muevo de aquí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vale, por el camino te lo cuento todo! Venga, no perdamos más tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las dos muchachas, sin demorarse más, tomaron el camino de la Fuente de los Cipreses, no tardando en dejarla atrás, para coger una angosta vereda jalonada de chumberas y pitas que las llevaría, en cuestión como de una hora, caminando en dirección oeste, a un mediano cerrete, que tomaba ese nombre al estar formado, casi en su totalidad, por tierra compuesta, principalmente, de silicato de aluminio, que le daba ese tono rojo, monocolor. Una vez allí, arrancaron con la piqueta una pequeña porción de esa tierra depositándola en la espuerta que habían llevado al efecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Primilla, cuando lleguemos vamos a amasar esta tierra y después la vamos a ir cortando en porciones, con las que haremos unos roscos semejantes a los roscos fritos que se hacen ahora en Navidad. Cuando los tengamos hechos les daremos el retoque de baño. ¡Ya verás, quedarán como si fuesen verdaderos roscos comestibles...! ¡Lo que nos vamos a reír!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero, Julia, eso es inhumano. Piensa en ese pobre hombre cuando vaya a hincarle el diente a alguno. Te digo que luego vamos a tener que perdernos del pueblo, pues el cabreo que cogerá será tremendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Quita, quita! -le contestó ella haciendo unos ligeros aspavientos- ¿desde cuando nos preocupa a nosotras eso? Lo que nos interesa es saber luego la cara que va a poner y las maldiciones que nos va a echar. Y mientras, las dos, partiéndonos de  risa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María se resignó y siguió acatando las órdenes de la loca de su prima. No podía con ella. Era un vendaval, un huracán. Todo lo hicieron en su casa, al no estar su madre, y con mucho sigilo, pues si las pillaban tendrían que dar explicaciones y se descubriría todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Verdaderamente, los roscos iban quedando con un realismo digno de encomio. Las dos habían ayudado muchas veces a sus madres a hacerlos de verdad en casa y la masa hecha con arcilla, o con harina, no diferenciaba gran cosa en el manipulado. Cuando estuvieron secos, cosa que consiguieron tendiéndolos una hora o cosa así al sol, sobre el tejado, Julia los adornó con cal moruna por arriba, a modo de un baño con azúcar glasé, de manera que resaltasen bien a la vista, y así de esta guisa, nadie que los hubiese visto, hubiera podido resistirse a la tentación de comerse alguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La joven los acomodó después, uno por uno, bien distribuidos en un plato hondo de la cocina de Ana María, tapándolos luego con un paño a rayas rojas y blancas, disponiéndose las dos a continuación a marchar a casa del alguacil, que permanecía el pobre, mientras tanto, ajeno totalmente a las maquinaciones que se cernían sobre él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha quiso resistirse a ir, pero ella la empujó literalmente por la espalda, sacándola de la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vamos tonta! Esto lo hemos hecho entre las dos, así que tendremos que seguirlo así hasta el final. ¡Además, ahora es cuando viene lo bueno, lo divertido!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardaron en llegar. Luciano se encontraba en esos momentos en la puerta de su casa, picándoles unas cerrajas a unos pájaros de perdiz que tenía encerrados en varias jaulas hechas de manera artesanal en madera y alambre, que colgaban de unas púas sobre la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había sido un cazador empedernido, gustándole mucho ir a dar el puesto con sus perdices cantoras durante la época de celo. Pero ya sus piernas y su edad le venían grandes. Aunque, como él solía decir “nadie me quitará nunca mientras viva poder oír su canto pomposo.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María lo miró ruborizada. “Pobre hombre” pensó. No era mala gente. Con ella siempre había tenido un trato cordial y amable. Desde la muerte, hacía ya tres años, de su mujer, Federica, persona buena y afable donde las haya, se había tenido que apañar solo, cosa que no hacía del todo mal, pues él mismo se cosía y se administraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenas, Luciano! -exclamó con voz cantarina la guasona joven, mientras su prima se quedaba un poco en la retaguardia- ¿Qué, liado con las perdicillas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es, hijas. Son mi vicio. Viéndolas me imagino que sigo correteando aún por esos campos de Dios dándoles caza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro...claro...! -murmuró Julia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué se os ofrece, muchachas? -preguntó con su voz grave el alguacil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues nosotras veníamos de parte de mi madre -dijo mintiendo descabelladamente para dar más credibilidad a la cosa- a traerle unos roscos fritos de los que hemos hecho esta mañana en casa. Son pocos, pero siquiera para que los pruebe, pues ella se ha acordado de usted y me ha mandado corriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pero chiquilla! -contestó visiblemente halagado el alguacil- ¿Para qué se ha molestado? Si era igual, mujer...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada, nada que no es molestia! Tome, coja el plato y métalo para adentro, ya me pasaré a recogerlo vacío, no se preocupe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejo, dejándolo todo, entró en la casa con el plato de los supuestos roscos más ancho que si llevase un millón de pesetas en él. Cosa que aprovecharon las dos bromistas para alejarse de allí a todo trapo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julia, aguantando la risa, con una gran pompa en los mofletes vino a desahogarse por fin dos calles más abajo, donde no la pudiese oír el afectado, seguida de Ana María, que iba detrás de ella resoplando por la carrera. Las risas  contagiosas de la promotora de la broma iban "in crescendo" mientras imaginaba la cara que pondría el pobre hombre cuando descubriera la verdad. Se sentía muy feliz de que su magnífico plan se hubiese desarrollado según sus cálculos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que vino después fue otra historia que no le hizo tanta gracia. Todo el pueblo se enteró del suceso, como si de un bando se tratase, por las voces que profirió el alguacil en la puerta misma de Cándida al día siguiente, mientras la pobre mujer, ajena a todo esto, aturdida y confundida, se defendió como pudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Sí, la graciosa de tu hija ayudada por tu sobrina! ¡Venir a reírse de un pobre viejo! ¡No les dará vergüenza! ¡Eso no se hace! ¡Y encima he perdido uno de los pocos dientes que aún me quedaban...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julia estuvo castigada todo ese día y los dos días siguientes, si bien, con la llegada del día treinta y uno de diciembre, y la nochevieja asomando, su madre se compadeció de ella y optó por levantarle el castigo. Eso sí, jurándole primero que no volvería nunca en su vida a hacer semejante tropelía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María sufrió también un serio correctivo por parte del padre, aunque la cosa no pasó a mayores porque conocía bien a su hija y sabía que eso no había salido de ella. De todas formas, le hizo ver que de la gente mayor nunca se debe de reír uno, ni dejar en tu presencia que otros lo hagan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada más almorzar el día treinta y uno, Ana María marchó con sus amigas de nuevo a dar una vuelta por la carretera durante toda la tarde, luego formarían el consabido baile en esa noche tan ruidosa y mundana que era la Nochevieja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel no la dejó durante toda la velada. Bailaron, se divirtieron, rieron, pero sobre todo, hablaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ani, hace un año ya que salimos juntos -le susurró al oído- Es curioso. Te había visto montones de veces, pero aquella tarde de diciembre… ¿la recuerdas? cuando paseabas con tu prima por el mirador y yo me crucé contigo, noté una revolución dentro de mi cuerpo en esos momentos, como si algo se acabara de poner en marcha, haciendo resurgir todos mis sentimientos y sintiendo cómo se iba llenando a marchas forzadas mi corazón de amor. Luego, cuando tus ojos se pararon en los míos, tuve un segundo de fortaleza y temor a la vez. Pero lo que si tuve claro a partir de entonces, fue que serías para mí y que no te dejaría escapar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Miguel, lo recuerdo todo -le contestó la muchacha con voz hilarante- momento a momento. ¡Mira que yo no he creído nunca en los flechazos! Pero tú fuiste la excepción que me confirmó la regla. Y a partir de aquel instante yo también quedé contagiada por tu virus amoroso sin remisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras hablaban sus dedos se entrecruzaban cálidos y generosos, viniendo esta unión física a fortalecer la unión sentimental que ya tenían. El colofón a tan mágico momento vinieron a ponerlo unos pomposos y alegres fuegos artificiales que subieron al cielo para explotar después en una cascada de chispas multicolores. ¡Aquella maravillosa Navidad sería la mejor navidad que pasarían y la recordarían por siempre a lo largo de toda su vida!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alto cielo, despertado, seguramente, por los ruidosos y nada discretos fuegos de artificio, comenzó a vomitar, en ese instante, ligeros copos de nieve, que caían pausados sobre el frío empedrado de las calles. La blanca nieve semejaba por momentos a la luenga y blanca barba del agónico y decrépito año de mil novecientos cuarenta y cinco que, ya moribundo, exhaló un último aliento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doce toques que daban en ese instante las campanas del reloj de la ermita de San Blas, en el mirador, fueron para el año que se despedía como doce certeras cuchilladas en su corazón que terminaron acabando raudo con su efímera vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras, dicen que se sintieron en ese mismo instante como unos  llantos de niño pequeño, que se hicieron cada vez más intensos, y que, sin lugar a dudas, serían del nuevo año de mil novecientos cuarenta y seis, que estaba con frío y en pañales.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-5012096732113496485?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/5012096732113496485/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=5012096732113496485' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/5012096732113496485'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/5012096732113496485'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-xiii-carte-de-argentina-las.html' title='Capítulo XIII CARTE DE ARGENTINA. LAS PARRANDAS DE NAVIDAD.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-3867918737573171566</id><published>2007-09-25T00:14:00.001-07:00</published><updated>2007-09-25T03:56:11.951-07:00</updated><title type='text'>Capítulo XIV LAS LUMBRES DE SAN ANTÓN. LA VENGANZA.</title><content type='html'>-¡Ana María! ¡Ana María! -gritó moderadamente Clara la de Ramón, mientras daba, de paso, varios golpes en la puerta de su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ya va...! ¿Quién es? -preguntó la muchacha, abriendo en esos momentos, mientras se secaba las manos con el delantal- ¡Ah, eres  tú, Clara! Perdóname que no te haya oído, pero es que estaba en el fondo de la cocina terminando de fregar cuatro platos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No pasa nada, mujer -le contestó la amiga, portando en la mano un pipote vacío de agua- Me preguntaba si tenías tiempo, que te vinieras conmigo a la fuente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No es que me haga falta pero por acompañarte, me llegaré. Espera, que entro y cojo yo también un cacharro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Clara la esperó de pie, junto al quicio de la puerta. Se le notaba un tanto nerviosa. Ana María no tardó en salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cuando quieras nos vamos -le comentó mientras tomaba la cuesta de bajada en dirección a la fuente de los Cipreses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, espera…-exclamó la amiga- Oye, si te parece, y dado que aún queda mucha tarde, vamos mejor a la fuente de Santa Lucía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Allí arriba? -preguntó algo extrañada- Pero... sabes de sobra lo lejos que nos pilla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No importa -le contestó Clara tomando rumbo hacía el camino de la citada fuente- de paso tenemos más tiempo para hablar. Además, ¿no dicen que ese agua es buena para el estomago?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso dicen. Pero tú estás muy rara, y me vas a decir ahora mismo qué te pasa o qué quieres -inquirió la muchacha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La verdad -se sinceró sabiéndose ya descubierta- es que el buscarte para ir a por agua ha sido sólo la excusa para dar un paseo contigo y preguntarte algunas cosas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ves como tú querías algo? A mí no me engañabas. No sabes disimular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, tienes razón. Quería hacerte algunas preguntas sobre un tema muy serio. Tal vez sean sólo conjeturas mías, Dios lo quiera. Y si es así, ruego que me perdones, pero eres mi amiga y prefiero equivocarme, y pedir perdón, antes que arrepentirme después por no haber movido ni un sólo dedo por ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me estás empezando a preocupar, ¡oye, déjate de tantos misterios y ve de una vez al grano -le contestó Ana María parándola en medio del camino y sujetándola con una mano sobre el hombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La cosa es sobre ti, y el... alcalde -informó lacónica la amiga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha abrió sus grandes ojos con asombro dirigiendo su mirada, íntegramente, a la cara de su interlocutora. Ésta notó cierto desasosiego en ella, cosa que la hizo pensar que sus sospechas eran fundadas. Siguió hablándole ante su manifiesta pasividad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Intuyo que algo está pasando entre él y tú. A esa conclusión me ha llevado el ir atando estos días varios cabos sueltos sobre vosotros dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Clara... por favor! ¿Cómo puedes pensar...?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, déjame hablar, ya he estado conteniéndome muchos días, por favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro...claro...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-El cuento que nos contó a Angelitas y a mí el alcalde, con el pretexto de pedirte perdón le sirvió para tenerte en su casa, que era lo que él quería, cuando fuiste a pedirle el permiso para el baile. Y ese nerviosismo exacerbado y esa negativa constante que nos dabas por respuesta... Y esa invitación tan amable, como sospechosa, del otro día para sacarte a relucir en la conversación, metiendo mentiras para sacar verdad...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las obras que está llevando a cabo tu padre en el Ayuntamiento… ¿por qué lo eligió a él, cuando ya tenía buscado a Luís el de Juana? O tu madre, ¿crees que a su edad es normal que la haya escogido para ese puesto tan importante y sin tener nunca una relación con vosotros? Ana María, abre los ojos, te lo digo como amiga, que ese va a por ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cesaron la conversación al cruzarse con Elías el de los burros, un marchante de bestias, que alquilaba también algunas a los recoberos de la zona. Vendría, probablemente, de alguna feria de ganado, pues traía una buena remesa de jumentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sitio adonde se dirigían no estaba ya lejos. El camino dejó de empinarse, por entre almendros desnudos y olivos ya vacíos de fruto, para, al pasar un recodo, dar vista por fin a la preciosa y solitaria fuente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un gran pilar principal, con un adorno frontal un tanto arqueado, recibía la transparente agua que manaba, de la boca a modo de caño, de una especie de figura mitológica, que no se sabía bien qué era, para repartirla después por una conducción de pequeños pilares que servían de abrevadero al numeroso ganado caprino y lanar existente en el término y desembocar, por fin, en dos pilares, de mayores dimensiones ya, que servían de lavadero para la ropa. Todo desembocaba al final en una gran alberca, cuya recogida masiva de agua se destinaba para el riego de los cercanos huertos. Su nombre venía dado por una pequeña ermita que se alzaba, blanca y serena, sobre el cerrete que la coronaba, albergando en ella, una modesta capilla en honor a la santa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su poca concurrencia se debía más a la lejanía en sí del pueblo que a la calidad, como agua carbonatada, de su manantial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues eso -continuó hablando Clara una vez que se hubo alejado Elías- Que si es lo que me imagino puedes estar en un serio aprieto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y... tú qué te imaginas? -preguntó un tanto indagatoriamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La posible verdad, Ana María. Que ese hombre se ha fijado en ti y te está presionando de alguna manera para que le pertenezcas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué barbaridad! -contestó airada- ¿Cómo puedes pensar eso? Sí, puede que una serie de coincidencias te hayan empujado a creerlo y te agradezco enormemente ese interés de hermana mayor que me estás demostrando, pero te juro que todo lo que puedas estar pensando está totalmente infundado y sólo son suposiciones tuyas, puedes creerme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mira, los años no pasan en balde y sirven para coger experiencia en la vida y amplitud de miras. Por ello nadie me va a bajar de la burra sobre lo que yo pienso de todo esto, aunque me jures y perjures, seguiré pensando lo mismo. El motivo de meterme, con tu permiso, en donde no me llaman es por una causa altruista hacía una buena amiga. Pero si esa buena amiga estima oportuno que no se debe nadie inmiscuir en sus asuntos o problemas, yo seré la primera en respetarla y apartarme a un lado. Como también te digo que si cambias de parecer o necesitas un hombro donde apoyarte, o un consejo, o tal vez una conversación liberadora que no pueda contener más tu corazón, y quieras que alguien la escuche, no dudes ni por un momento en avisarme, que allí estaré yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Gracias Clara, de verdad. No es este el caso, pero para mí como si lo fuese. No creas que se me vayan a olvidar esas palabras de buena y sincera amiga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María quiso haber pronunciado alguna palabra más, pero su garganta, hinchada por la emoción contenida, no dejó pasar ninguna de momento. La muchacha no quería que se le notase nada, pero estaba confundida, sin reacción. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La llegada providencial de Gabrielillo, que bajaba por el camino de Los Llanos, en dirección a la fuente, montado en un mulo tordo, mientras canturreaba entre dientes, vino a servir de válvula de escape para ella y de rápido cambio de conversación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Caramba, cuánto bueno por aquí! -terció el mozo- No se acostumbra a ver a menudo estas vistas por la fuente, ¿dónde camináis?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya ves, Gabrielillo -respondió Ana María- aquí hemos venido Clara y yo a por un poco de esta agua, mi padre lleva un par de días algo pachucho del estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya por Dios! Seguro que este agua lo aliviará al pobre. Por cierto, llevamos ya muy avanzados los preparativos para la gran lumbre de San Antón que montaremos en el barrio. ¡Os quiero ver por allí a todas...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Sobre todo a Julia! -rió Ana María. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El muchacho se puso rojo. Habitualmente no era muy hablador. Con las mujeres solía gastar mucho pudor. Hoy venía un poco cambiado por culpa de unos traicioneros vasillos de vino que le había echado Paco Pérez, el del cortijo de La Cepa, donde llevaba varios días podándole las viñas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ja, ja! -rió Clara también- ¿Has visto cómo se le ha puesto la cara de roja en cuanto le has nombrado a tu prima?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vale, no os riáis más de mí! Ya sabéis lo corto que soy, como también que me gusta Julia. ¡Caramba aunque me haya dado mucha vergüenza decíroslo! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya lo sabemos hombre, que era broma. Venga, termina de darle agua a tu mulillo y nos vamos haciendo el camino todos juntos -le contestó Clara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las lumbres de San Antón, que tienen por costumbre celebrarse el quince de enero, ó sea, la noche que antecede al día de su celebración, convertían al pueblo entero en una pura hoguera. Cada barrio se afanaba porque su pira de leña y trastos viejos fuera más grande que la de sus vecinos y, así, todos competían, se divertían y de paso daban continuidad y esplendor a esa ancestral tradición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La del barrio de Ana María era enorme ese año, es más, no se recordaba en la historia reciente ninguna lumbre de esas proporciones. Todos los niños y muchachos se habían pasado el día anterior y toda esa mañana apilando toda la materia prima posible, sillas viejas, mesas, tablas, ramas... en fin, toda la madera susceptible de perecer en la hoguera, hasta formar una gran galvera, de considerable altura, que podía llegar muy bien a los doce metros y que, cuando empezara a arder, saltarían las llamas por los astillejos. Varias bolinas bien secas, dispuestas de base, servirían de mecha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche en el pueblo arderían al menos, aparte de la que nos ocupa, unas seis más. Además, en la plaza de la iglesia se rifaría, por parte del sacerdote, el famoso marranillo de San Antón, que, con los paseos que se había dado el animal durante la época en que estuvo por las calles, se había puesto, con la ayuda de todos los vecinos, digno de ser el mejor invitado para una matanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, Clara, Angelitas y Julia llegaron juntas, sobre las siete de la tarde, hora en la que ya estaba anocheciendo, al lugar en donde aparecía, alta y arrogante, la gran pila como si no supiese nada de su pronto final. El herrerillo, Gabrielillo y otros amigos más pululaban por allí, dando vueltas y ultimándolo todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenas tardes, muchachas! -saludó sonriendo Miguel al femenino grupo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hola! -contestaron todas a su vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya lumbre tan enorme que vamos a formar aquí con todo esto! -exclamó Julia mirando de arriba a abajo tamaña montaña de madera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Te sorprende, eh? -preguntó Miguel- La verdad es que este año es superior con diferencia a otras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y yo creo -afirmó Gabrielillo metiéndose en la conversación- que es superior a todas las del pueblo, pues sobre el mediodía me he dado una vuelta por ellas para comprobarlo. Quizás la del mirador se pueda acercar un poco a ésta, pero no nos llega ni por asomo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y cuándo pensáis prenderle fuego, Miguel? -preguntó Ana María expectante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya mismo, Ani, en cuanto las gentes empiecen a llegar de los campos y juntemos a la máxima posible, que este espectáculo no de lo debe perder nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nosotras vamos a la plaza de la iglesia a enterarnos de la hora en que se rifa el cerdo  -comentó Julia tirando del grupo- Hasta luego muchachos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Medía hora después la mediana y rectangular plaza de la iglesia parroquial se encontraba abarrotada de gente. Se diría que todo, o casi todo el pueblo, estaba congregado allí en ese momento. El cura, que resaltaba ligeramente por encima de la multitud gracias a estar subido sobre un pequeño taburete, saludaba al populacho mientras que con un ademán de silencio les pedía a continuación que se callasen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alcalde, a su derecha, acompañaba al canónigo, mientras sostenía un pequeño saco de arpillera en donde se contenían todas las matrices de las papeletas que se habían vendido. Don Nicolás pidió de entre el público una mano inocente para proceder a extraer el número premiado. Acercaron a Carlitos, el hijo de Pedro, el ayudante de José en las obras. Un muchacho rubito y regordete, con cara de serafín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Metió su inmaculada e inocente mano, un tanto nervioso e inseguro de verse entre tanta gente, por fin en el saco, revolviendo ligeramente todas las papeletas ayudado por el alcalde, sacando el agraciado número: El 178.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡El 178! -gritó alzando la cabeza el cura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡El 178! -repitieron los ecos de la muchedumbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Yo, aquí! -gritó eufórico don Ernesto, el boticario, que asistía al sorteo colocado en las primeras filas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un recelo popular en forma de murmullo corrió de boca en boca entre los desencantados asistentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vaya, al que menos le hace falta...! ¡No, sí...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Con la necesidad que tengo yo, Dios mío -gritó Pepe Cortés, el gitano- pa mis nueve churumbeles...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había que resignarse, la suerte era la suerte. Tan caprichosa como injusta, a veces... o tal vez, la suerte no hubiera tenido nada que ver en ello... En fin, que los pobres seguirían siendo pobres y los ricos,  pues no se quedarían sin otra matanza, cosa que verificó una semana después don Ernesto, y a la que tuvo el gusto de invitar al cura y al alcalde. ¡Quién como ellos! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin más tardanza se marcharon todos a sus consabidas lumbres. Antonio, preparó su yesquero dándole a la ruedecilla precisos y refilados golpes para que la chispa saliente encendiera el cordón hasta ponerlo, a base de soplidos, al rojo vivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo estaba preparado. Los mozuelos en su sitio. Los espectadores en el suyo. Las viejas, con sus negros mantones, algo más cerca, como queriendo quitarse el frío reinante de esa hora en el descampado. San Antonio Abad, ese joven cristiano del alto Egipto, que descubriera que la verdadera riqueza era servir a Dios despojándose de todo lo terrenal, daba pie a que esa noche, aparte de quemar sobrantes y trastos inútiles, se quemaran también los malos augurios y los espíritus diabólicos. Mientras, en el lado más prosaico, se bebía, se cantaba y se reía, siendo esa una noche de veladas divertidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La fatídica mañana del día dieciocho de enero comenzó muy ventosa. Las nubes se desplazaban raudas por el ancho cielo llegando a parecer guiñapos raídos que se alargaban por el horizonte. El viento, más abajo, también soplaba fuerte en las semidesiertas calles del pueblo, doblando a su paso las ramas de los árboles y las macetas de las ventanas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacía frío, mucho frío. Pedro, tiritaba sin tapujos, enfundado en su gran chaqueta de pana mientras se frotaba sus ateridas y frías manos, junto a la pared sur del Ayuntamiento, a la espera de que llegase José. Un ruido, entonces llamó su atención. Se asomó al lateral norte, donde estaban colocados los andamios, y pudo ver a Simón que andaba ocupado en algo subido en ellos. Se extrañó, no obstante, de verlo a esa hora en la obra. No era nada habitual en él. Al contrario. Siempre solía llegar como una hora más tarde, alegando en todas las ocasiones que venía de hacerle recados al alcalde. José siempre refunfuñaba al principio pero comprendió que no conseguiría nada con ello y optó por dejarlo como cosa perdida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al ver a Pedro dejó lo que estaba haciendo, de una manera disimulada, para bajarse del andamiaje y venir a donde estaba él, invitándolo a un sospechoso cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Uf, hace un frío que pela esta mañana, Pedro! ¡Y este vientecillo tan molesto que te cala los huesos...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pues a ti parece no importarte! -le contestó el compañero, un tanto indagatoriamente- Pues no sé qué hacías allí arriba tú solo. Además, veo que esta mañana has madrugado más que nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Calla, mi mujer, que ha estado toda la noche con un terrible dolor de muelas -le comentó el taimado obrero, contestando en parte a su pregunta- Cualquiera la aguanta cuando está así. Y yo, cansado de oír sus quejidos, he saltado de la cama y me he ido a la taberna del tío Matías a tomarme un cortado de anís, viniéndome luego para acá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ya... ya... las muelas son muy malas! En fin... mira, por ahí viene ya José, tan puntual como siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mirada sibilina y una sonrisa de maldad asomaron a la pérfida cara de Simón en el instante en que sintió ese nombre. Apenas si miró cómo llegaba y mucho menos lo saludó al dar éste los buenos días como siempre. Sólo se limitó a preguntarle por dónde empezarían hoy la faena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día se preveía, por otra parte, cargado de trabajo. Sobre todo porque había que terminar de enlucir la parte más alta de la pared norte del edificio. Y eso supondría mucha carrucha para subir mezcla y, lo más peligroso, muchas horas de andamio con el agravante del peligroso viento, que se hacía por momentos más notable. Pero, qué remedio, el trabajo no se podía detener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso lo sabía José, que, sin más preámbulo, y dando ejemplo en todo momento, tomó los palos amarrados con tomiza que configuraban el improvisado andamio que él mismo atase y supervisase al inicio de las obras. Y por más que quiso a lo largo de la mañana ignorar el molesto meteoro, llegó un momento en que éste se apoderó de la situación consiguiendo que no hubiera más remedio que desistir a esa altura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso pensó haciéndole gestos a Pedro, que se encontraba en la otra punta de la alfajía, para que se acercase y bajara con él. Ya harían algo dentro del edificio para más seguridad. No tuvo el peón más tiempo que el volver la cabeza cuando, y de repente, notó cómo se elevaba mientras todo empezaba a temblar bajo sus pies. La alfajía que mantenía a ambos se estaba levantando por su lado y cayendo por el lado del maestro mientras las cuerdas que agarraban el palo iban cediendo una tras otra, como si hubiesen estado flojas o se hubiesen partido de golpe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José quiso agarrarse al palo más cercano, como un náufrago se agarra febril a una tabla que flota entre el oleaje de alta mar, pero todo fue tan rápido que no le dio tiempo, para su desgracia. Sólo pudo lanzar un grito estremecedor, ahogado por el fuerte viento reinante, que caló hasta el fondo del alma de Pedro, que veía cómo su amigo y compañero volaba literalmente por el aire, bajando a una velocidad de vértigo rumbo al duro y mortal suelo. Impotente y agarrado al vertical palo del andamio, que había permanecido firme, observó aterrado, siendo testigo de primera mano, cómo el cuerpo del maestro, envuelto entre las alfajías, se desplomaba sin remisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La caída fue dura. Terrorífica. El impacto contra el suelo había sido mortal de necesidad. Unos metros más a la derecha se encontraba una pila de tierra. Quizás, si hubiese caído el infortunado albañil sobre ella, le hubiese amortiguado el golpe. Pero no fue así&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Simón no se le veía por ninguna parte. Pedro aparecía pegado al palo, como conmocionado, y Federico, que apenas sí se había enterado, por estar descargando el agua de sus bestias, tardó un mundo en reaccionar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y allí estaba el herido, el quizás moribundo, tumbado boca arriba con los brazos y los pies estirados, casi flotando sobre una gran charca de su propia sangre, que le salía a hilo por la boca y por una gran brecha del occipital.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primero que llegó fue el alcalde, avisado por Simón, que, en vez de socorrer antes al herido había corrido en busca de su amo sin acordarse, o sin querer acordarse, del médico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro, una vez repuesto y bajado, si fue sin dudar en busca de él. Ya ejercía como titular de la plaza don Luís salas, el nuevo y jovencísimo facultativo que apenas llevaba una quincena a cargo del pueblo, siendo éste su primer destino. Hombre de unos veintiséis años, alto, moreno, con el pelo acaracolado y de aire un tanto extranjero, quizá sudamericano. Servicial y solícito, dejó la consulta llena de pacientes para coger raudo su maletín de emergencias y correr a toda prisa detrás del guía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez que lo hubo conducido al lugar de los hechos, y no fiándose de su bisoñez, se llegó también a avisar a don Felipe, el viejo, pero lleno de experiencia y veteranía, médico. Y allí se juntaron los dos. Lo primero que hicieron fue llevarse las manos a la cabeza y mirar al cielo para después presinarse, tal verían el cuerpo del albañil cómo yacía sobre el frío suelo dando la impresión de poder estar muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le observaron detenidamente y pasaron a la acción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Rápido, está en parada cardiorrespiratoria! ¡Hay que reanimarlo! -le gritó don Felipe al médico más joven mientras le presionaba el tórax al accidentado con un ritmo frenético y el otro le insuflaba aire en un boca a boca agónico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Un... dos... tres... ya! ¡Nada, que no responde! ¡Venga, otra vez! -volvió a gritar con las cuerdas vocales de punta- ¡Respira, Dios mío, respira! ¡Ha vuelto con nosotros! -exclamó enfervorizado don Luís, al tiempo que le administraba medicamento por una vía que le había cogido momentos antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Lo tenemos estabilizado! Hay que parar ahora esa hemorragia craneal, sigue muy grave pero puede que con estas maniobras lo salvemos, colega -le comentó moderadamente optimista el viejo médico con un brillo de esperanza racional en sus ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras los doctores luchaban por mantener con vida al casi malogrado José, las gentes del pueblo habían ido llegando de todas partes, haciendo un gran corro alrededor del accidentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Atrás, atrás, dejen espacio para poder respirar! -gritó don Felipe, levantándose y dirigiéndose a la muchedumbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Atrás, atrás! -gritó también la pareja de la Guardia Civil, con el sargento Bonilla a la cabeza, que llegaban en ese instante, colocándose entre los médicos y el gentío a modo de barrera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Faltaba María, a la que nadie había avisado todavía, con los aceleros, y también Ana María, que se encontraba en la fuente a por agua con su prima, y que tampoco nadie había ido a darle la noticia, pero que no tardarían en hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carmela la de Jacinto, pasando por su casa, la puso en aviso, enterándose también de dónde estaba su hija. María llegó al lugar del suceso en segundos haciendo aspavientos con los brazos, chillando y llorando como una loca. La multitud iba haciéndole paso mientras la miraban compasiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegó hasta la altura del sargento Bonilla, que impedía con todas sus fuerzas que entrase la mujer, pues no quería que viera a su marido en ese estado, podría ser traumático para ella. Además, los médicos necesitaban libertad para proseguir con la ardua y loable tarea de poderlo mantener con vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Aparta, mal nacido... aparta! -gritó la desesperada mujer como una posesa mientras daba fuertes golpes sobre el pecho del sargento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Que le he dicho que no, mujer, espere...! ¡Además, los médicos no dejan pasar a nadie!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Yo soy su mujer y tengo derecho a verlo y a estar con él! ¡Puede que se le esté acabando la vida y no vaya a estar ya más conmigo! ¡Usted no puede detenerme...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los razonamientos, y sobre todo la fuerza de empuje que imprimió, hicieron desistir al sargento en su negativa y reconsiderar la situación, dejándola que se acercase. María se abalanzó sobre el cuerpo inerte de su marido dándole cuarenta besos mientras lloraba y profería hirientes gritos de desesperación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡José, esposo mío, no te vayas! ¡No nos dejes a la niña y a mí! ¡Te necesitamos con nosotras...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-María -exclamó don Felipe- por favor, hágame usted caso. Aquí no le hace ningún bien a su esposo ni a usted misma, ahora está en las manos de Dios solamente. Nosotros ya hemos hecho lo que con nuestra ciencia hemos sabido y podido, por favor...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella ya no escuchó las últimas palabras del viejo facultativo. Acababa en esos precisos instantes de caer rodada al suelo, con el conocimiento perdido, muy cerca del cuerpo de su esposo. Don Luís, rápidamente, la atendió pidiendo a alguna persona de entre las muchas allí congregadas que le echaran agua fresca en la cara y le hiciesen aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carmela, sin saliva en los labios, llegó en esos momentos a la fuente de los Cipreses, sabedora de que Ana María se encontraba allí. Había tardado lo suyo, pues sus pies, en cuestión de carreras, no lograban ya ganar medallas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha, que estaba ajena a todo lo que estaba pasando, al enterarse de la trágica noticia, tuvo una fuerte subida de tensión nerviosa que le llevó hasta romper de un fuerte golpe el cántaro de barro. Quien la vio allí, la vio en el Ayuntamiento, seguida de la también afectada Julia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tumulto de gente que observó al llegar la puso más histérica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mi padre…! ¿Qué le ha pasado a mi padre? ¡No, que no se haya matado, por favor Dios mío...! ¡Que no le haya pasado nada...! ¡Dejadme pasar! ¡Mi padreee...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muchacha, espera -la sujetó el sargento- no creo que debas ver esto...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y mi madre? ¡Pero si está también tirada por los suelos…! ¡Ella también...! ¡Mi pobre madre...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María, presa de un fuerte shok, contemplaba los sucesos como si se estuvieran desarrollando en otra dimensión o fuera ella misma como un holograma, que no pudiese intervenir ni tocar nada. Aun así, se armó de fuerzas y se fue hasta su padre, arrodillándose junto a él, llegando a mancharse las rodillas con la sangre derramada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Don Felipe…! ¿Vive? ¡Dígame usted que sí, por favor…! -preguntó con la resignación del entendimiento en el rostro la valiente joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ana María, no debías de estar aquí...! ¡Esto es muy fuerte para ti, por favor...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Vive? -volvió a preguntar lacónicamente la muchacha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si, hija, vive. Estaba con el corazón parado hace unos momentos. De milagro hemos logrado reanimarlo y tratamos de estabilizarlo para poder evacuarlo de urgencia a un hospital.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Gracias Dios mío! ¡Dentro de lo malo...! -susurró la hija mientras perdía su mirada en el ancho cielo repitiendo, como si de una oración se tratase, palabras de agradecimiento a Dios y a los médicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María abrió los ojos torpemente en esos momentos rodeada por Cándida y La Ceniza, que no paraban de darle aire con un abanico mientras la tenían recostada sobre el duro suelo a unos metros de José.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mi... marido...! -balbuceó- ¿Cómo está, Cándida?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tranquila, mujer tranquila. Ya sé que le habla muy bien el sano al enfermo, pero tus nervios y tu desesperación no lo van a ayudar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Que viva, por favor...lo necesitamos con nosotras...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José había dejado de sangrar. Una limpieza de herida y unos apósitos habían ayudado a ello. El corazón, ayudado por la química de los medicamentos que le habían introducido, seguía, de momento, funcionando aunque de una manera algo arrítmica. La estabilización parecía lograda, pero la urgente evacuación era la verdadera razón de su salvación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luciano, el alguacil, sin pérdida de tiempo, ya venía en esos instantes montado en la cabina del camión de Ángel que, a golpe de claxon, avanzaba a toda marcha mientras la gente allí congregada se apartaba deprisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una cama, traída de la cercana casa de Rosario, mujer que regentaba la fonda que llevaba su nombre, y que estaba ubicada en la plaza del Generalísimo, justo enfrente del Ayuntamiento, iba a servir como improvisada camilla de ambulancia. Cama que sujetaron bien con tomizas sobre el cajón del camión y los barandales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Felipe quiso ir con el enfermo. El camino era largo hasta Granada y las complicaciones eran probables durante el trayecto. Un médico cerca, en esas condiciones, podría resultar vital. María se lo agradeció mucho, llegando a emocionarse al ver el humano gesto del viejo doctor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cándida -llamó María a su prima hermana estando apunto de partir- cuida estos días de Ana María, por favor, que la pobre queda sin consuelo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Por favor, prima, eso no hace falta ni que me lo pidas! Sabes que para mí es como una hija más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Otra cosa que te pido -prosiguió- que no le escriba a mi cuñado Domingo, el pobre no le va a solucionar nada a José y, estando malo del corazón, puede ser contraproducente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Descuida. Por nosotras no se enterará. Ahora sube, venga, no te demores más que tu hombre debe llegar a Granada pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, hija, sí, tienes razón -y diciendo estas últimas palabras subió al cajón para hacer el largo y penoso viaje junto a su marido y el viejo médico. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camión se empezó a mover, sin más tardanza, a las órdenes de su chofer, el servicial comerciante, que pisaba a fondo el acelerador enturbiándose la plaza con el negro humo proveniente de su escape para perderse segundos después por el fondo de la calle Real en dirección a su destino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El momento que llegó después de la partida fue tenso, muy tenso. Un largo silencio impregnó a la muchedumbre, que miraba para el suelo, apesadumbrada. Julia abrazaba a su prima. Le había echado su chaquetilla de lana por encima, pues tenía los pelos de punta por la fuerte emoción y el aún tenaz viento, que persistía en ser el odioso invitado al suceso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Venga, vámonos para mi casa primilla...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, Ana María -también le pidió Cándida- Vámonos, que aquí ya no hacemos nada. ¡Verás como Dios no quiere que tu padre nos abandone!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un suspiro fuerte exhaló la muchacha al oír aquellas palabras de esperanza y consuelo. Un suspiro que voló en la lejanía, hasta el corazón de su madre, que iría transida de dolor sobre el acerado cajón del camión pidiendo, seguramente, que llegasen pronto y que escaparan con bien de ésta trágica situación&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchedumbre convocada allí, una vez que hubo abandonado Ana María el sitio, se fue marchando lentamente, en pequeños corrillos,  comentando cariacontecidos la mala caída de un hombre tan bueno y noble como lo era José.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro, mientras tanto, sentado en un rincón, junto a las tejas apiladas en el suelo, había ido reponiéndose mentalmente de la tremenda visión del impacto y recomponiendo los trozos del rompecabezas del por qué de la rotura del andamio. Su mente giraba como un torbellino embravecido. Echó un vistazo a las cuerdas, no estaban rotas ni cortadas, pero sí aflojadas hasta poder salirse perfectamente las cabezas de los palos por ellas. Cosa que motivó, sin lugar a dudas, el fatal accidente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabía de primera mano lo fuertes y consistentes que hacía José los nudos y cómo se aseguraba bien después de que todos estuvieran repasados, hasta el punto de ir uno por uno comprobándolos. Sólo, en consecuencia, podría haber un motivo para que todo cediera. Y al llegar a esa conclusión un fuerte sentimiento de rabia e indignación asomó a su cara hasta dejarla del color de una amapola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fue hasta donde estaba Simón, que, como el que no quiere la cosa, trataba de evadirse de allí de manera disimulada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Simón, maldito! -exclamó con toda la acritud del mundo- ¿A dónde crees que vas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues... -respondió el aludido atropelladamente- me iba para mi casa. No puedo soportar más la tensión de ver lo que le ha pasado a un buen amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A un buen amigo? ¡Hipócrita, miserable! -le respondió iracundo mientras se abalanzaba sobre él cogiéndolo con sus anchas y recias manos de la solapa dándole unos cuantos zarandeos- ¡Miserable! ¿Has sido tú, verdad? ¡Tú y tus malditas rencillas y peleas! ¡Tú y tu maldita venganza...!                                            &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Pedro, Pedro! -gritó haciéndose la víctima- Pero... ¿que estás diciendo? ¿Cómo se te puede pasar por la tela del juicio que yo sea capaz de semejante atrocidad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Canalla de eso y más te creo capaz! ¡Te conozco bien! ¡A mí no me engañas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡A ver! ¿Qué pasa? -preguntó con voz grave y marcial, logrando imponerse a los dos individuos, el sargento Bonilla, que, a pasos agigantados, estaba llegando a la altura de éstos. El cabo Rosales y el guardia Lupión le seguían detrás para darle escolta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Me queréis decir qué ocurre aquí y el por qué de la pelea?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mi sargento aquí tiene usted al criminal! -le contestó firme y seguro Pedro- ¿A qué espera para detenerlo? -le observó, con los ojos salidos de sus orbitas, mientras lo sujetaba todavía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quieres calmarte? Piensa que lo que acabas de decir constituye una acusación muy grave si no se tienen pruebas -le informó el miembro del orden, serio y preocupado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Cabo, coja a Lupión y háganme un examen ocular en el lugar de los hechos mientras me van contando estos dos testigos cómo sucedió todo -ordenó el suboficial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí hay poco que contar mi sargento -relató Simón- sólo hay que achacar a la mala suerte y al fuerte viento el triste suceso de hace un rato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo puedes hablar así? ¿Cómo puedes tener esa sangre fría después de lo que has sido capaz de hacer miserable? -le volvió a insistir Pedro a su compañero de obras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ya está bien! -terció malhumorado el sargento- ¿Cuántas veces tengo que repetirte que no se puede acusar a nadie sin pruebas? ¡Te la estás jugando, Pedro, te la estás jugando!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Usted quiere pruebas? Está bien, véngase conmigo que le enseñe las cuerdas -cosa que hizo reuniéndose con los dos subordinados- Mire. Partidas no están, sólo aflojadas por una mano criminal. Luego, el viento con sus vaivenes hizo el resto, ayudando con su efecto, a potenciar la causa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A ti qué te parece Rosales? -preguntó el sargento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Humm... no sé! Yo se lo achacaría al viento. No creo a Simón capaz de ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pedro -llamó el alcalde mientras salía del edificio, apartándolo de los demás- He escuchado tu conversación, así como tus graves acusaciones acerca de las causas del suceso sobre un leal y fiel servidor mío como es Simón. Yo siempre te he tenido por una persona cabal y juiciosa. Lo que insinúas, aparte de no tener ni pies ni cabeza, puede ser muy peligroso para ti y puedes llegar a pagar un alto precio por ello. Considéralo antes de ir más lejos. Tienes mujer e hijos y este trabajo lo necesitas. Aparte, sabes que me tienes de tu mano para lo que necesites. Si denuncias, habrá una inspección y cuarenta mareos para mí. Y tú no querrás perjudicarme, ¿verdad? Pero si aún así estás decidido, adelante. Vete con el sargento y pon esa maldita denuncia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El obrero calló, sopesando los pros y los contras que podía conllevar el dar ese paso. Ahora, con el chantaje del alcalde, lo veía todo más negro. “Maldita sea” -pensó- “ese canalla se saldrá con la suya.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bonilla -le comentó aparte don Álvaro, después de dejar a Pedro sumido en un mar de dudas- no me fío de ése, está muy seguro de la implicación de Simón cosa que nosotros no creemos, ¿verdad? ¡Quién lo iba a creer de mi hombre de confianza! De todas formas, llévatelo para el cuartelillo con la excusa de tomarle declaración y cursarle la denuncia. En tus manos dejo el que cambie de parecer. Si le hacen falta unos cuantos mamporros, dáselos -exclamó seco y tajante haciendo el gesto- No quiero fisgones de Granada metiendo las narices en mi pueblo, ¿comprendes? Además, eso nos conviene a los dos. En tu informe oficial cuenta que sólo fue un desafortunado accidente laboral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sargento escuchó atento, tomando buena nota, como servicial esbirro del malvado cacique, de toda su sarta de mentiras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Además -prosiguió el alcalde- no ha habido ninguna muerte, que sepamos, luego, no hay por qué alarmarse tanto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así se habla don Álvaro. El cuartelillo lo hará de fijo cambiar de parecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Mi buen amigo Bonilla, veo que me ha entendido a la perfección! Cada día estoy más contento de que propusiera tu ascenso a sargento en aquella conversación en Granada a mi buen amigo el coronel de la Guardia Civil Montes-Ocaña.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La casa cuartel de la Guardia Civil, que componían cuatro números, un cabo, y el comandante de puesto, labor que desarrollaba el sargento en cuestión, se hallaba en el camino de salida del pueblo, en dirección oeste. Se trataba de un caserón enorme. Tenía cuatro pisos de altura y amplia fachada, algo vetusta ya, que jalonaban varios balcones de duro y forjado hierro, y en la que destacaba, y predominaba, el harto conocido y temido color verde oscuro que identifica a la Guardia Civil. Sobre la gran puerta de dos hojas que flanqueaba la entrada, rezaba una inscripción que delataba el recinto y que hacía honor también a su legado castrense. Ésta decía así: "Casa cuartel de la Guardia Civil. Todo por la patria".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El guardia de puertas saludó, mosquetón en mano, de manera militar, ataviado con su uniforme de reglamento y su tricornio, al jefe de la guarnición, cuando entró con el testigo y la pareja al recinto. Éste no era otro que Pedro, pues a Simón lo habían ignorado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La habitación de la izquierda, nada más entrar, era la sala de armas y sitio también donde tenía instalado su despacho el sargento. Siguieron por el pasillo adelante hasta bajar por unas empinadas escaleras que dieron vista a una fuerte puerta con un pequeño postigo. Se trataba de la sala de interrogatorios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar era sombrío y húmedo. No podía tener ventanas por estar debajo del suelo. Sólo había un pequeño tragaluz casi tocando el techo y que daba a un patio interior, dando norte si era de día o de noche. Todas estas connotaciones le conferían a la habitación un aire sórdido y macabro. Una mesa cuadrada y cuatro taburetes, un cuadro del Caudillo junto a un crucifijo y la tenue luz de una bombilla en el techo, eran todo el mobiliario de aquella lúgubre estancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Siéntate -terció el sargento alisándose el recio y puntiagudo bigote pelirrojo- ¡Rosales déjanos solos! Ya te llamaré si te necesito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No entiendo mi estancia en este lugar -comentó algo extrañado Pedro al quedarse a solas con el sargento- Le recuerdo que yo he venido aquí a que se me tome declaración por los hechos y a formular una denuncia y no a que se me interrogue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, no se trata de eso, te lo voy a decir por las buenas y de una vez por todas -le contestó algo salido de quicio el sargento- Está muy feo querer incriminar a un buen compañero y mejor persona en un hecho tan grave y de tanta trascendencia para él y su familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Un buen hombre? -replicó atónito- ¿Pero... usted de qué lado está?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡De aquí en adelante -contestó el interrogador, airado y enérgico, dándole un fuerte puntapié intimidatorio a un taburete- hablarás cuando yo te lo ordene. ¿De acuerdo? Tenlo presente. Esto que ha pasado hoy se debe a un fatal cúmulo de circunstancias en las que nada ha tenido que ver Simón, y tú, como buen compañero, quieres cargarle el muerto. Todo el pueblo sabe de tu enemistad con él y de las peleas que tuvisteis siendo vecinos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro, embravecido por las fuerzas que dan la razón y la verdad, se levantó furioso dando un fuerte puñetazo en la mesa, cosa que no fue muy bien recibida por el sargento que le propinó dos contundentes golpes con una porra, uno en la espalda y otro en la cabeza, que le hicieron tambalearse y caer posteriormente al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Maldito hijo de puta...! -gritó a continuación furioso- ¡Rosales! -llamó de fuerte voz al cabo que permanecía de pie al lado de las escaleras y que no tardó en presentarse- ¡Llévatelo y que duerma esta noche en el calabozo! Así aprenderá a no levantar falso testimonio sobre hombres honrados y a guardar decoro y respeto a la autoridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pobre peón, hundido moralmente por las injusticias de la justicia, y apaleado por ella misma, recostó por fin su maltrecho cuerpo sobre un catre hediondo que había debajo de un ventanuco lleno de telarañas. Catre que sería testigo de las largas horas de llanto y desolación en la interminable noche de una piltrafa de hombre desencantado con la Guardia Civil, el Régimen y sus caciques, que se interponían todos ellos en conjunción para salvaguardar a sus adeptos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8702216748164597213-3867918737573171566?l=elultimoderechodepernada.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/feeds/3867918737573171566/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8702216748164597213&amp;postID=3867918737573171566' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/3867918737573171566'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8702216748164597213/posts/default/3867918737573171566'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elultimoderechodepernada.blogspot.com/2007/09/captulo-xiv-las-lumbres-de-san-antn-la.html' title='Capítulo XIV LAS LUMBRES DE SAN ANTÓN. LA VENGANZA.'/><author><name>PEPE CRIADO</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07286856015176775238</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8702216748164597213.post-4364545521371930031</id><published>2007-09-25T00:13:00.000-07:00</published><updated>2007-09-25T03:58:14.768-07:00</updated><title type='text'>Capítulo XV NOTICIAS DEL HOSPITAL. EL TESTAMENTO.</title><content type='html'>-¿Te sientes ya mejor? -preguntó doña Loreto al acatarrado de su hermano, observándole cómo sorbía, entre soplidos, la humeante taza de poleo que sostenía entre las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, Loreto. Esta infusión caliente, me va despejando la congestión, ¡que vaya tres días que llevo con ella encima! El día de la caída de José creo que pillé demasiado frío con ese viento tan fuerte que soplaba y el rato tan grande que permanecí allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por cierto -comentó la hermana- y a propósito de él, ¿sabes qué creo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Que no las va a contar el pobre, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, no van por ahí los tiros. Si estuviera para morirse ya lo habría hecho. Las primeras cuarenta y ocho horas suelen ser cruciales, según dicen los médicos. Y cuando ha pasado esa cuarentena es porque de esta escapa, seguro. Verás -continuó hablando pausada y calculadamente la hermana- yo creo que darías un buen golpe de efecto si llamaras a Ramón, el taxista, y les hicieras una visita al hospital. ¿Te imaginas lo bien que lo acogería Ana María? Primero, le traerías noticias frescas de su gente, por la que debe estar bastante preocupada. Además, María es nuestra ama de llaves. Y a su marido le ha ocurrido el accidente trabajando en el Ayuntamiento. Matarías dos pájaros de un tiro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Bien pensado, hermana. No te voy a ocultar que he llegado a pensarlo yo también, pero veía más peros que otra cosa. Explicado así, no sé... veo el motivo de la visita coherente y acertado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y no sólo eso. José se tirará muchos días, incluso meses, en el hospital para recuperarse. Y su mujer, estoy segura de que no le va a abandonar. Ella, tendrá que comer también, y... ¿de dónde sacará el dinero? Déjale tú unos duros para que vaya tirando, que a buen seguro, terminaremos de granjearnos la amistad y el agradecimiento de los tres. ¡Que no te quepa duda de que ese dinero que prestarás será para ti como una inversión, pues...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Álvaro achicó su mirada dejando la taza sobre la mesita de la sala, permaneciendo inmóvil después, como receptivo e interesado por el rumbo calculado de la conversación de su brillante hermana.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-...luego, tú, se lo cobrarás con intereses a la hija que será, a la postre, la que acabe pagándote, de la forma que tú quieres, la deuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Loreto, si hubieras sido militar ganas la guerra civil dos años antes que el Caudillo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer sonrió con ganas... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Qué bárbaro eres!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Que no? ¡A estrategia no hay quien te gane! Te lo digo yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y yo te digo también que invites cuanto antes a cenar a Blas Archilla, el juez de paz. Sigo creyendo que José no morirá pero por si ello ocurriese, conviene que él tenga las cosas bien claras, y claras también las directrices que tiene que seguir. No quiero que un día la justicia venga metiendo las narices. Y ya que dices que te parezco buena estratega, pues eso, que no conviene dejar ningún flanco a merced del enemigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Esa es mi hermana! -le contestó, jaleándola, mientras se levantaba hacia el mueble bar para coger su botella de brandy y una gran copa de cristal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las llamas se elevaban, mientras tanto, en la gran chimenea de la sala, devorando inclementes los secos troncos que, apilados, formaban la hoguera. De igual manera que ardían en su corazón la lujuria y las ganas pasionales de poder poseer a la mujer de sus sueños. Y en la mente depravada, y algo psicópata de su hermana, la llama del orgullo y el poder sobre todas las cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Miguel -preguntó al muchacho su tío- ¿Sigue tu hermano sin venir a dormir a  casa? Me está preocupando mucho esto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así es, y lo raro es que no nos haya dicho nada de que se iba. Lo último que sé de él es que estaba dando unos jornales con El Tiznao en un horno de carbón en la vega.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me preocupa que no sepamos nada. Tiene que comer y dormir... No es normal que no aparezca por aquí. Mira, vete y habla con Josefa la mujer, y le preguntas si sabe algo, que nos quedemos más tranquilos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De acuerdo tío. Enseguida voy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Espera -le pidió el tío Frasquito, cogiéndole del brazo y sujetándolo- puesto que vas a pasar por la puerta de Nicolás El Cigarrón dile que traiga la burra cuando quiera a que le cambiemos las herraduras, que ya tengo hechas unas pocas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El herrerillo asintió con la cabeza quitándose mientras tanto el recio peto que le servía de protección laboral en la fragua. La tarde, pintada de verde invernal, se extinguía por momentos y el tibio sol de enero se escondía, tímido, entre los incesantes vapores blancos del cielo. “Si tuviera tiempo, me sentaría y escribiría la poesía más linda del mundo bajo este incomparable marco de la preciosa tarde invernal” pensó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las voces de los arrieros, regresando del campo, le devolvieron rápido a la realidad. Terminó de bajar la calle Nacimiento para doblar la esquina y dar a la calle del Molino, donde vivía El Tiznao. Un pequeño perro lanudo salió inmediatamente a darle un recibimiento de gruñidos y ladridos bravucones que fueron callados por una gorda mujer que, con los brazos remangados, apareció sobre el alféizar de la ventana. Era Amadora, La Tiznada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los pueblos, donde se conocía todo el mundo, era, y sigue siendo costumbre ancestral, eso de los apodos, nombre con el que se sustituye el propio de una persona. Generalmente tomado de alguna característica particular o familiar. Este, en concreto, estaba definido por el trabajo de Enrique, que así se llamaba realmente, al vivir de los hornos de carbón; leña de almendro o de encina, que se quemaba durante varios días, apilada de manera que no se vieran llamas, hasta convertirse en esa materia sólida y negra, como es el carbón vegetal. Luego, la otra particularidad de los apodos, en su vertiente femenina, es que la mujer que se casaba heredaba automáticamente dicho sobrenombre del marido, pasando en este caso a ser Josefa La Tiznada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Eres tú, Miguel?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí Amadora, o lo que queda de mí -bromeó el muchacho- pues su perro no quería dejarme entero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, es muy bravucón el animal, pero sólo cuando está en mi puerta. Luego lo ves por otras calles y nada más que des un golpe con el pie en el suelo, rápido esconde el rabo entre las piernas y sale a todo correr hacía aquí.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Verá, quería preguntarle por mi hermano, pues lleva tres días sin aparecer por la casa. Las últimas noticias que tuve de él es que se  encontraba con Enrique quemando hornos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Y así era, Miguel, pero nosotros de todas formas sólo lo hemos necesitado un día. ¡Que raro que no esté en vuestra casa! ¿No?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues sí -resopló el herrerillo si cabe más preocupado ante la reciente información- No sé si esperarme para ver si llega su marido. Quizá él...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba a seguir la frase cuando le interrumpió La Tiznada, que sacaba sus pechos como cántaros y su cuello, mirando por la ventana hacía el fondo de la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hablando del rey de Roma! Mira, ahí lo traes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente. Un hombre de unos cincuenta años, vigoroso y fornido, venía subiendo a buen ritmo la empinada calle, precedido por un gran perro de raza pastor alemán, que con su boca abierta, mostraba al herrerillo su larga lengua, mientras llegaba jadeante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Miguel! ¿Qué dices, hombre? -exclamó El Tiznado estando a su altura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola Enrique. Nada. Le estaba preguntando a su mujer acerca de mi hermano, pues hace que no lo vemos por la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ah, sí -contestó el hombre quitándose la gorra y rascándose ardiloso la despoblada cabeza- estuvo conmigo un día echando un horno en la vega. Luego, ya me pude apañar sólo. Me dijo algo, creo recordar, de que iba a la cortijada de San Miguel, a no sé qué, o por lo menos, eso creí entender. De todas formas -continuó Enrique tratando de tranquilizar al muchacho- Antonio ya es grande y sabe cuidarse bien él solito. ¡Verás como le habrá surgido algo y pronto vuelve! No te preocupes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En fin, así será -contestó el herrerillo levantando ambos hombros-  Bueno, os dejo entonces. Buenas tardes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hasta luego muchacho -le contestó el matrimonio mientras el pequeño perro, jugueteando con el grande, ya no le hizo ni caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel quería mucho a su hermano. Aparte de ser el único que tenía, la diferencia de edad le había llevado a sentir por él un afecto filial. Siempre que lo necesitaba para algo allí estaba él. Cuando volvía de algún sitio nunca se olvidaba de traerle algo. Lo último, el precioso perrito que era la locura de su amada y al que llamó Tiznón. En fin, que en momentos como éste, lo añoraba demasiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con esa zozobra se durmió esa noche mientras sus sueños le hacían sufrir pensando en que se perdía en el infinito, tratando él, en vano, de llamarlo o poder agarrarlo de unas manos tendidas que se le resbalaban por momentos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La entrada posterior de la almazara aparecía esa mañana repleta de bestias cargadas con pesados sacos de aceitunas. Se notaba que la  temporada de ese fruto estaba en su momento más álgido. Gentes del pueblo y cortijeros hacían cola para descargar sus mulos mientras liaban un pitillo y charlaban. Entre ellos, aquel día, se encontraba Andrés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inocencio, el tontillo del pueblo, como se le conocía a este entrañable y bonachón personajillo, pequeño y vivaracho, que siempre se encontraba en los corrillos de las almazaras o en el de los viejos en la fragua, allá donde veía compaña, le pedía con gracia un poco de tabaco y un librito, cosa que, generoso, no le negó. Inocencio no tenía familia, ni dinero; sólo se sustentaba de las limosnas que le daban por las casas a las que acudía a pedir a diario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andrés, como alma caritativa que era, siempre había sentido mucha lástima por él. A veces le traía unas agobias o unos calzones que ya no usaba o cualquier otro detalle. Todo se lo merecía este hombrecillo, portador de un corazón casi pueril e inocente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -¡Andrés! -gritó Rafael, el encargado de la almazara- ¡Vamos que me tienes a los mozos parados...!  ¡Con la bulla que hay hoy!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ya voy, hombre. Esperando turno estaba. ¡A ver si hoy en todo el día me da tiempo de traer tres o cuatro viajes más!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí estaremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de haber descargado se pasó por la fragua. Quería saludar a Miguel y, al parecer, también contarle algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días, trabajadores! -saludó el medianero a tío y sobrino, que le daban en esos momentos uno al fuelle y otro al martillo sobre el yunque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Caramba -contestó el tío Frasquito con su decana voz- cuánto bueno por aquí!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Andrés, me alegra de verte! -contestó a su vez Miguel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pues nada, que estoy acarreando la aceituna a la almazara. Que un día por otro se me va a encender allí. Y he pasado a saludaros rápido, que tendré que dar hoy algún viajillo más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro hombre -comentó el anciano- ¿y qué, a cómo la cambian este año?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No me haga usted mucho caso, tío Frasquito, pero he oído que sobre las dieciocho libras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ay, estos almazareros...! Acabarán quedándose con todo -terminó quejándose el herrero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Miguel ¿tienes un segundo? Querría que me comprobases de paso una herradura del mulo blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Claro, hombre. Venga, dejo esto y salgo contigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando los dos estuvieron ya en la calle, Andrés se le acercó al herrerillo y con voz misteriosa le comentó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oye, el llamarte ha sido sólo una excusa. En realidad, quiero contarte algo acerca de tu hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿De mi Antonio? -preguntó nervioso- Hace, por cierto, varios días que no sabemos nada de él. Mi tío y yo andamos preocupados...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada, de verdad, no le deis más importancia al hecho de que no sepáis en donde está. Yo si lo sé, pero no te lo puedo decir. Prefiero que os lo cuenten ella y él todo, cuando os visiten el domingo. Créeme, os vais a llevar una grata sorpresa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ella, qué ella? -preguntó perplejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tranquilo, no te impacientes, ni me hagas más preguntas. Ya queda poco para el domingo. La espera valdrá la pena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Hay que ver cómo me dejas, Andrés...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Díselo también así a tu tío y hasta luego que se me va la mañana.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;La bocina machacona de un ruidoso turismo Chevrolet se dejó sentir a lo largo de toda la calle Real a primerísima hora de la mañana. El coche, conducido por un señor fortachón de largos y negros bigotes abrazados a una gran y poblada barba, se detenía justo enfrente de la entrada principal de la mansión del alcalde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se bajó del coche el chofer quitándose una achatada gorra azul de lona, que arrugó entre sus manos mientras saludaba a don Álvaro, que bajaba en esos precisos instantes las escaleras de entrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenos días, Ramón, siempre tan puntual cuando solicito tus servicios -contestó el alcalde, algo amable- Te vas a esperar unos minutos, pues tengo que visitar a una persona antes de partir. Ve mientras metiendo mi equipaje. Eloisa te ayudará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como mande el señor. Enseguida -exclamó el cochero venido de un pueblo cercano mucho más grande y que siempre que necesitaba don Alvaro viajar, allí estaban él y su coche, solícitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El alcalde, bien abrigado, con un oscuro tres cuartos, ante la gélida temperatura de la mañana, tomó a buen paso la salida de la plaza en dirección hacía el barrio de las Piedras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ana María! -preguntó momentos antes Cándida al ver a la muchacha echada sobre el zafero del cuarto lavándose la cara con fresca agua- ¿Por qué te has levantado tan temprano, hija? Hace frío esta mañana. No tenías necesidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Perdone tía, pero no tenía ya sueño, además voy a ir a mi casa, quiero hacer unas cosillas allí y llegarme luego a por agua, así me voy entreteniendo algo, que el no saber nada de mis padres me va a volver loca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Como quieras hija, tal vez tengas razón y sea mejor distraerse que no pensar siempre en lo mismo. De todas formas, anímate, verás que pronto los tienes aquí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Dios lo quiera tía! Se me hacen los días eternos sin noticias de ellos. ¡Ojala pudiese ir yo a verlos! ¡Maldito dinero...!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cándida calló. Sabían bien las dos que no lo tenían. Así que tendrían que resignarse y esperar. Sólo esperar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos golpes templados y educados se sintieron en la puerta de José el albañil. Ana María, que acababa de llegar a ella, se recernió interiormente al oírlos y un nerviosismo atroz le corrió por todo su cuerpo. No esperaba a nadie, y su tía y su primilla, seguro que no serían. Tal vez fuera alguien con alguna noticia desagradable acerca de su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió la puerta de una manera pausada y temblorosa. Lo que vio al otro lado la dejó aún más helada. A la última persona del mundo que esperaba ver allí, de pie, junto al quicio de su puerta, era, precisamente, a él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Buenos días, Ana María! -saludó cariñosamente el alcalde  adelantándose en el saludo ante la pasividad de la muchacha, que lo  contemplaba como si de una aparición se tratase- Te extrañará el verme en tu casa, pero el motivo de mi visita es informarte de que salgo inmediatamente para Granada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ana María dio un respingo mientras se apoyaba fuerte sobre el quicio tratando de sostenerse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, no te aflijas -la calmó- que yo sepa, no hay motivo de alarma. Solo deseo ir a ver a tus padres, pues tanto a él como a tu madre le hemos acabado cogiendo mucho cariño y admiración. Además los dos trabajan para mí y ahora no los voy a dejar en la estacada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha escuchaba atónita. No terminaba de creerse las filantrópicas palabras de su interlocutor, pero a las pruebas tenía que remitirse, así que, no tuvo más remedio que pronunciar ella otras de agradecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Don Álvaro, no sabe cuanto le agradezco lo que va a hacer. Todos lo estamos pasando muy mal. Yo aquí, a ciegas, sin saber nada de ellos. Mi padre debatiéndose entre la vida y la muerte. Y mi buena madre, a su lado, al pie del cañón, aguantando las embestidas. No sé la pobre, ni qué estará comiendo. Me pregunto si le podrá dejar...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Algún dinero? -le cortó el alcalde- Claro mujer, como bien dices, tu madre tendrá que comer y salir adelante. No te preocupes que yo la proveeré para pasar este escalón, así como si me pide alguna otra cosa más que esté en mi mano. Lo mismo te digo a ti Ana María, si necesitas dinero a cuenta del trabajo de tu padre o cualquier favor, házmelo saber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Por mí no se preocupe, que voy saliendo bien en casa de mi tía, aunque muchas gracias de todas formas por el ofrecimiento. Lo que sí le quisiera pedir, si no es mucha molestia, es que le llevase a mi madre una muda de ropa, para que al menos tenga de quita y pon.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Claro muchacha, lo que haga falta! Para mí no es molestia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entró ella en la casa, mientras don Álvaro esperaba fuera. Estaba contento. La idea de su hermana estaba calando hondo en el corazón de la joven. Eso, sin lugar a dudas, era un importante punto a su favor; punto que trataría de aprovechar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando abrió Ana María al principio la puerta, él se fijó en ella, como lo hacía siempre que la tenía cerca. Sus mejillas, rojas por el frío de la mañana, estaban rebosantes de salud. Su pelo, recogido en una gran cola, le dejaba su hermosa cara totalmente al descubierto, realzando aún más su mágica belleza. Sólo unas ojeras traicioneras, que don Álvaro le notó, delataban el sufrimiento y las malas noches que estaría pasando. Pero aún así estaba radiante. Al alcalde le dieron ideas en esos momentos de haberla cogido en sus brazos y habérsela llevado raudo hasta el taxi de Ramón y desaparecer con ella para siempre. Pero había que contenerse. Ya llegaría su hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha abrió de nuevo la puerta, apareciendo con un pequeño bolso, que portaba una muda de ropa así como una estampa de San Blas para que la pusiese su madre en el cabecero de la cama del hospital.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tome usted. Por lo menos le servirá para cambiarse y adecentarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Muy bien, ya me voy, el taxista me está esperando para marchar. El camino es largo y queremos estar antes de mediodía. No te preocupes, le haré saber a tu madre cómo te encuentras. Hablaré también con los médicos para que me informen sobre su estado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin más, tomó el visitante la cuesta de bajada llegando momentos después a su puerta, donde Ramón, al verlo venir, le dio a la manivela delantera, que hacía ponerse en marcha el motor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mañana del penúltimo domingo de enero amanecía suave y olorosa. Dos figuras, montadas en sendos mulos, se recortaban sobre el horizonte, que las claras del día iban pintando de azul. Dos figuras jóvenes, alegres y dicharacheras, que a veces ponían sus caballerías al trote, para otras juntarse al máximo y besarse los dos jinetes. Eran Antonio y Candela. Eran dos recién casados. Así es. La "desaparición" de Antonio, el no tener el herrerillo y su tío noticias suyas o el misterio de Andrés, el medianero. Todo se debía al amor. A ese gran y profundo amor que sintieron el uno por el otro cuando se vieron por primera vez. Amor que les había llevado a escaparse juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antonio no había querido desvelar el secreto, que nadie lo llegase a saber antes por el propio pudor de Candela. Así se lo había pedido ella. Le daba vergüenza lo que iba a hacer, pero por otra parte, no quería perder a Antonio, y el dinero para una ceremonia y posterior convite no lo hubiesen juntado ni por asomos; luego, no hubo más remedio que dar ese paso. Pero la unión de dos seres que se quieren, por encima de formalismos establecidos, siempre se impondrá y acabará triunfando, pues su poder es omnipotente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino que bajaba al pueblo, a donde se dirigía la reciente pareja, tenía, esos días, un olor y un color especial. Los cientos, los miles de almendros que lo jalonaban, se encontraban en esa época del año vestidos con sus mejores galas, que ofrecían esplendorosas a los caminantes. Y es que la explosión floral de los almendros no dejaba indiferente a nadie. Parecía como si una gran nevada hubiese caído de repente sobre estos árboles dejando en cada tallo, en cada rama, en cada copa, unos suaves y aterciopelados copos de algodón. El paisaje, casi monocolor, debido a la mayoría en la zona de almendros malagueños, tempranos en su fruto y de una almendra larga y dulce, que ofrecen la flor blanca, solo se rompía con la aparición de esporádicos almendros cortos, que la daban de un rosa encarnado. Semejando, en la conjunción de los dos colores, a un cielo de blancas nubes, sobre un fondo rosado, por donde se asomaba el sol de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No hubo ni habrá camino en la tierra por donde pasen dos enamorados que reúna tanto lirismo y romanticismo como el camino hacía el pueblo con los miles de almendros en flor. Y a su paso, la brisa juguetona de la mañana, iba dejando caer algunos pétalos de flor sobre los enamorados, queriendo bendecir con el color blanco la pureza de sus corazones y con el rosa la ternura de su amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los vaivenes continuos del Chevrolet por la maltrecha carretera de tierra desde Granada en dirección al pueblo terminaron por despertar
