Serían ya las diez pasadas, de una noche clara y serena, en la hermosa cortijada. Todas las mujeres se habían retirado como era preceptivo. Sólo quedaban los hombres y en el ambiente flotaban unas ganas inmensas de diversión, antesala de lo que se necesita para una extraordinaria y fascinante velada de trovo.
El porche de la casa de Sebastián sería el marco incomparable, con sus frondosas parras que lo tapizaban todo de verdor. Una suave brisa refrescaba por momentos, aunque sin molestar, a todos los asistentes y esa misma brisa esparcía ya, por el aire y los secos y oscuros barrancos, las primeras notas que salían del violín del anfitrión, subiendo en la escala musical para luego bajar, calentando sin duda motores, ante el rato que se avecinaba.
A un lado del semicírculo que conformaban los troveros, se podía ver una mesa de madera que sostenía, encima, un porrón que rebosaba vino por su pitorro, alguna botella también a medio llenar del mismo líquido y, más a la derecha, un botellón de anís y algunos vasos pequeños.
Estas veladas de trovo podían durar horas o a veces varios días. Casi siempre estos acontecimientos estaban vinculados con las formas de trabajo colectivo, que las llamaban de tornapeón. Se agrupaban en cuadrillas y se ayudaban unos a otros en la recogida de almendras, de aceitunas… y luego con otros se repetía la ayuda. Al terminar, por fin, el trabajo se organizaban unas fiestas para celebrarlo.
Huelga decir que este sistema ayudaba entre vecinos a mantener alta una cohesión y una solidaridad que en buena medida hacía que estas fiestas fueran totalmente como si de una gran familia se tratase.
Sebastián dio el aviso para un rápido ensayo general. Los instrumentos estaban a punto. La templanza de sus cuerdas era perfecta, el fino oído de los músicos no les engañaba.
Con mirada risueña estaba Andrés el medianero en el cuarteto de troveros, entremezclando miradas con Antonio y el herrerillo. Pegado a él estaba Pepe el Mulero, bonachón y amable, como el vino viejo envejecido en roble, que abriría plaza en los saludos.
A su izquierda se encontraba Paco el Tarabita, trovero de recursos, utilizándolos casi siempre, eso sí, para vanagloriarse de su arte. Y cerrando por su lado estaba Tomás el de la Dulce, un trovero complicado y duro en la batalla, que recurría casi siempre al trovo burlesco que buscara la risa rápida del público a costa de las posibles carencias o lagunas de su contrincante.
Todo, en consecuencia, estaba preparado ya. La emoción hacía palpitar los corazones a un ritmo vertiginoso. Se pasaron el porrón de uno en uno, vaciando rápidamente su contenido. Sebastián bajó la mano, que alzara momentos antes como señal de aviso a los músicos, y a partir de ese instante un chorro de notas de cuerda y suaves platillos llenaron el ambiente.
Se levantó Pepe el Mulero, el más veterano, dirigiéndose a los presentes, carraspeando antes ligeramente, con una quintilla de saludo que decía así:
Les saluda con esmero
en esta sin par velada
este corrido trovero
que fama tiene ganada,
señores, Pepe el Mulero.
La música sonaba a su compás. El violín arremetía con fuerza en los intervalos de los troveros. Saltó a la palestra el segundo, que no era otro que Paco el Tarabita, con esta quintilla también de saludo:
Amigos tengo salero,
el Tarabita me llaman
y por mi trovo sincero
las multitudes me aclaman
y beben de mi venero.
Todos los presentes jalearon la presentación de este último trovero gritándole uno que no le hacía falta suegra, que se bastaba sólo para venderse bien. Esta vez le tocó el turno a Andrés, quizás el más aficionado de los cuatro, pero un trovero fino y con aires más románticos. Esta fue su presentación en cuarteta:
Un saludo a los presentes
y mujeres que se han ido,
mujeres guapas, decentes,
un brindis por ellas pido.
Todos sin excepción aplaudieron su detalle y alzaron sus vasos, chocándolos en el aire y brindando por ellas. El cuarto trovero que faltaba era Tomás, el más joven de los cuatro, con cierta fama de don Juan, muy jocoso, que gustaba de meter zarza con los contrincantes, aunque a veces no se sabía si iba de broma o de veras.
Los troveros en este sentido, se regían por el código de que todo lo que pasase o se dijese trovando se olvidara una vez terminado el espectáculo, aunque la pillería motivase momentos tensos al hacer comentarios que no se dirían fuera de ese contexto. Algunos, por otra parte, opinaban que preferían trovar con grandes amigos, pues así les conocían más a fondo.
Y haciendo gala de su personalidad, aquí estaba Tomás, que en vez de hacer su presentación, como todos, aprovechó para arremeter directamente contra Andrés con esta quintilla jocosa:
¡Qué femenina cuarteta,
qué trovero tan cumplido,
pero mira qué puñeta
que la tarde se te ha ido
sin agarrar una teta!
Esta última estrofa provocó la risa y la chanza popular. Todos aplaudieron la ocurrencia del chistoso de Tomás. Andrés movía la cabeza como diciendo “¡te has pasado compañero”. Los músicos cesaron, hubo un aplauso general para ellos y para los cuatro troveros, que a partir de ahora se partirían en grupos de dos e iniciarían sendas controversias con los temas que se eligieran.
El vino seguía regando las secas gargantas de músicos, troveros y demás gente y las tapas de longaniza y jamón eran un buen sustento para la larga noche.
Empezaron la controversia Andrés el Medianero y Tomás el de la Dulce. El tema a seguir, ya que lo había un poco sacado Andrés fue el de las mujeres. Éste las defendería y Tomás, ya corrido en amoríos, las atacaría haciendo ver que sólo nos traen la ruina y la perdición y que son traicioneras e infieles.
Andrés, cuando la música ya sonaba, se arrancó, atacando a Tomás y defendiendo el honor de ellas, tirado, a su juicio, por los suelos, esta vez con una quintilla, como era lo más normal:
ANDRÉS A las mujeres respeta
Tomás te digo de frente
y no compres papeleta
pues ya comenta la gente
que se rifa una galleta.
TOMÁS Andrés te digo sincero,
de las hembras no te fíes,
como no ganes dinero
o con la suegra porfíes
duermes en el gallinero.
ANDRÉS Te ganas tu mala fama
por ser vividor presunto,
lo que buscas de una dama
te lo digo todo junto,
es el placer de tu cama.
Tomás, recordando la famosa cuarteta que lo inició todo, se arrancó así:
TOMÁS No tienes mujer ni suegra
ni perrillo que te ladre,
con ellas tienes la negra
a ninguna has hecho madre.
ANDRÉS Poner en duda mi hombría
es cosa que no tolero
y escudarse en trovería
para faltar el respeto
es de mucha cobardía.
La cosa se estaba poniendo al rojo vivo, Tomás no quiso achicarse y respondió encorajinado:
Por cobarde no me tengo,
no sabes con quién las gastas
y cuando tú vas yo vengo...
Pero Andrés le cortó tajantemente y terminó la copla que estaba diciendo Tomás:
ni a las hormigas aplastas,
más huevos que tú yo tengo.
E, inmediatamente, improvisó esta décima espinela:
No sabré con quién las gasto,
tú no sabes con quién trovas,
tengo el arte por arrobas
para hacer tu trovo pasto.
Pues con mi mente me basto
para achicarte, canalla,
y darte dura batalla
sin cuartel en campo vasto
y hacer tu sino nefasto
porque mi trovo es metralla.
La gente aplaudió a rabiar al terminar Andrés. Decididamente había salido revalorizado como trovero después de este lance con el afamado Tomás, que resultó perdedor de la controversia a juicio de todos.
Seguidamente, y después de un corto descanso de los músicos, se pasó a la siguiente entre los dos troveros restantes. Y la noche siguió hasta que llegó la mañana con su manto rosado dando por fin término a lo que había sido una auténtica fiesta cortijera y una velada de trovo única e irrepetible.
Septiembre se fue como a hurtadillas. Octubre, su hermano menor, llegó con un clima más gélido y lluvioso. El verano había dicho adiós y el otoño, romántico y sentimental, les recordaba a los árboles de hoja caduca el tributo anual que les tenían que pagar irremisiblemente.
Esa mañana del día diez, había amanecido presagiando tormenta. Nubes negras amenazaban con descargar con fuerza y vigor el líquido elemento que portaban dentro. Unas rachas molestosas de aire hacían que el ambiente pareciese más propio del invierno y esas condiciones no eran las mejores para salir a la calle.
De las chimeneas de las grandes casas que cercaban la plaza del Generalísimo salían densas volutas de humo, señal inequívoca de que en sus rincones estarían crepitando secos troncos de almendro o de olivo para alivio de los señoricos contra el frío.
Sólo deambulaban como almas sin sitio en el paraíso terrenal, por las gélidas calles, los más pobres, los desheredados, que tenían que buscarle las habichuelas a sus churumbeles, que el hambre no perdona. Pobres que, aún a sabiendas de cómo estaba el tiempo, no les quedaba más remedio que adentrarse por veredas hasta el solitario campo a ejercer sus faenas cotidianas. ¡Jesús, cuánto sacrificio!
José ya estaba también en el tajo. Serían las ocho escasas. Hoy no vendría Simón, el odioso, alegando por medio de su compañero, encontrarse con fiebre en la cama, aunque la verdad es que don Álvaro le tenía en otros menesteres ocultos y turbios.
-Hoy.. no.. no.. veen..drá Si..Simón -terció Federico- Joosé.
-¿Qué le ocurre, está enfermo?- preguntó.
-Sí, diicee que es..estáa con fifieebre, me lo aa diicho lala muujer al paasaar po por la pu puertaa.
-Bueno -comentó el maestro sin maldad- hoy por lo menos no me fastidiará y podré trabajar tranquilo.
Esas palabras las recepcionó el aguador, callándose sin decir nada, pero una mueca de desaprobación se dejó notar en su cara y, lo que no cabe duda, es que esas mismas palabras se las repetiría a quien procediera, que no sería otro que el ausente. No era buena gente ese Federico a pesar de sus aires de simplón.
Ana María llevaba rato levantada a esa hora. Sus mejillas curtidas por el aire de la mañana, al venir de casa del pastor, parecían rosas encarnadas en su mejor abril. Sus ojos azules eran un mar en calma y su frondoso pelo negro, la montaña que dominaba ese ancho mar. Así era esta chiquilla, como la mar, profunda y bella. El herrerillo la contempló a lo lejos pasar, mientras se dirigía a su trabajo en la fragua.
No tardó en llegar Ana María a casa y no tardó tampoco la lluvia, hasta entonces amenazante, en estar regando con sus fuertes gotas la seca tierra. Caía a haces, como se suele decir en el pueblo. Venía bien, pues el verano había sido largo.
Los gorriones trataban de esconderse donde podían. Ana María los miraba algo triste desde su vieja ventana, pero a la vez alegre pues sabía que ante todo eran libres y ese es el más preciado de los dones.
Su perrito la miraba curioso y ella le hablaba:
-Oye Tiznón, ¡qué suerte tienes de tener una casa donde resguardarte en días como estos y a alguien que te quiera como te quiero yo! ¿Sabes?
Y parecía entenderla, pues su rabito no paraba de moverse y daba unos ladridos alegres y ruidosos. Su madre venía en esos momentos de la cocina algo preocupada.
-¿No ves qué tiempo hace, hija? Tu padre me imagino que habrá buscado resguardo ante esta avalancha de agua.
-Ya lo creo, de seguro estará trabajando en el interior, pues siempre hay algo que hacer.
-Y hablando de qué hacer -comentó la madre- esperemos que escampie pronto y puedas llevarle la ropa a don Felipe, que está planchada y doblada.
-Sí, en cuanto haga claro me escaparé.
Casi toda la mañana estuvo lloviendo con cierta intensidad y ya sobre la una de la tarde el agua se contuvo, aunque los nublos seguían amenazantes en el ancho cielo.
Ana María aprovechó el aclarón para llevar a cabo con diligencia el mandado encomendado, así que cogiendo la canastilla, salió a la calle, tomando la dirección de la clínica.
Muchos metros antes de llegar percibió un confuso murmullo de gritos y voces, extrañándose a lo sumo ver en la puerta tanto barullo de gente moviéndose nerviosa. Aligeró el paso hasta llegar al grupo y preguntó:
-¿Qué pasa vecinas, ha ocurrido algo?
-¡Ay, ¿no sabes lo que ha pasado hija? -comentó apesadumbrada Carmela la de Jacinto, que vivía tabique de por medio con la clínica y si querías saber las últimas noticias del pueblo debías preguntarle a ella.
-Es Isabel, la moza de don Álvaro, al parecer le ha pillado en el huerto el golpe de agua y se ve que, al querer aligerar el paso para meterse pronto en la casa, ha pegado un fuerte resbalón, provocándole una seria y mala caída. ¡La pobre... a sus años!
Ana María se sobrecogió. Un sudor frío le corrió por la espalda y los nervios empezaron a trabajarla. Apartando a la gente como pudo se metió en la sala de espera. Dentro de la consulta se oía la voz fuerte y austera de don Álvaro, así como la voz cansina y pausada de don Felipe.
En esos momentos llegó Luciano el Gorrión, rojo como una gamba, de la carrera que traía, y casi sin llamar penetró en la consulta. Al cabo de unos segundos salió otra vez precipitadamente en busca de Ángel, el del camión Ford, seguramente habría que trasladar a la pobre sirvienta hasta un sitio donde hubiese más medios de curación. Se veía que la caída había sido de importancia.
Ana María entreabrió la puerta de la consulta. Allí estaba de pie, dando vueltas de un lado para otro, acontecido don Álvaro. Lo vio tan acongojado y cabizbajo, que por primera vez supo que él también podía ser un ser frágil y humano, y, lo que son las almas nobles, sintió pena por primera y única vez en toda su vida de él.
Sobre la camilla donde estaba echada Isabel se inclinaba don Felipe, hombre de prócer cabeza y cabellos escasos blanquecinos ya por la edad, que trataba de mantenerla estable, no quejándose en demasía la pobre, pues era una mujer sufrida y buena.
-¿Entonces, Felipe? -preguntó don Álvaro apartándolo un poco de la enferma.
-Me temo, querido amigo, que la caída ha sido más mala de lo que pensé en un principio y la edad viene a agravar el problema. Por lo pronto el juicio clínico que hago es que tiene partida la cadera y contusiones múltiples en ambos brazos, amén de alguna costilla rota que pudiese haberle perforado algún pulmón, pues respira con cierta dificultad. De todas maneras a exploraciones posteriores me remito para saber con certeza si existen algunas lesiones de otro tipo y si es así, saber el alcance de ellas. Por ello urge evacuarla al hospital provincial si queremos salvaguardar su vida. Lo que sí tengo claro -continuó informando el médico- es que, si lograra salvarse, no va a poder volver a andar.
Don Álvaro no dijo nada, sumiéndose en una resignación y tristeza poco usuales en él. El mundano sonido del claxon del camión alertó a los contertulios. Dos mozos, con toda urgencia abrieron las dos hojas de la puerta de la consulta, entrando con la camilla, acostando en ella a la buena de Isabel y transportándola hasta el camión.
Ana María, que no se había movido de la sala de espera, la vio salir toda amoratada y lagrimosa. Al llegar la accidentada a su altura, ésta la miró con ojos de abuela y le dijo, haciéndole un gesto para que se acercase, con voz muy baja:
-¡No entres en esa casa...!
La joven se quedó bastante extrañada por las palabras poco comprensibles que le acababa de susurrar Isabel, hasta pensó que el duro golpe le habría trastornado la cabeza, mientras observaba cómo a duras penas la subían a la berlina del vetusto camión tratando de acomodar la camilla en el estrecho sillón.
Pero poco podía imaginar ella lo acertadas que eran esas palabras y lo premonitorias que resultarían, aunque por desgracia no las iba a entender a tiempo.
El vehículo arrancó, perdiéndose rápidamente a lo lejos. En ese preciso instante comenzó a llover de nuevo, parecía que el cielo llorase por la pérdida del ama de llaves y porque no volvería ya nunca más al pueblo.
La partida del vehículo y la lluvia persistente, dispersaron a la gente que, curiosa, se había congregado en torno a la clínica. María había llegado también hacía unos instantes, avisada por una vecina del suceso.
-Acaban de llevársela, madre -le gritó Ana María abrazándose a ella al verla llegar- y creo que va muy mal.
-¡Pobre Isabel! Vamos a entrar a la clínica, y le preguntamos al medico cómo la ve.
-¿Se puede don Felipe? -preguntó la mujer tocando ligeramente a la puerta entreabierta de la consulta.
-Pasa María -contestó el facultativo.
-Me va a perdonar pero me gustaría saber como va la enferma.
-Mal, muy mal, para qué nos vamos a engañar. Ha sido una mala caída, sinceramente creo que no volverá a caminar más, como mal menor, pues aún dudo que salga de esta.
-¡Jesús, no diga usted eso! -exclamaron a coro María y su hija que había entrado también- ¡Dios no lo quiera así, es una buena mujer!
-Eso ya sólo está en manos de Dios.
-¿Le puedo hacer una pregunta don Felipe? -preguntó Ana María.
-Claro, hija, dime…
-¿Se ha dado también algún golpe en la cabeza?
-No, la verdad es que no, sólo ha sido de pechos hacía abajo, y además la cabeza la tenía bien lúcida, pues me contaba mientras la atendía todos los pormenores de la caída, pero... ¿por qué lo preguntas?
-No, por nada, me ha parecido... Bueno, déjelo, si no es nada.
Momentos después salían madre e hija de la consulta visiblemente apesadumbradas. Las lágrimas ya no las podían ocultar después de la conversación con el médico y el cielo, queriéndose unir también a ellas, lloraba más por momentos, uniéndose a su dolor.
Y así, entre los charcos que llenaban la calle, caminaron despacio en dirección a su casa.
martes, 25 de septiembre de 2007
Capítulo IX EL ADIÓS DE ISABEL. LAS CASTAÑAS ASADAS.
Amanecía el día treinta y uno de octubre, víspera del día de todos los santos. Más de una semana llevaba recluido en el cortijo del Almendral don Álvaro a causa de la muerte ocurrida hacía pocas fechas de la buena de Isabel. A él, que no era un hombre de mucha humanidad ni de melancolismos precisamente, su muerte, al parecer, sí le había afectado, le había sacado algo que guardaba muy dentro de su ser. Esto le tocaba la fibra. Era más que normal, otra persona en su lugar, estaría igual de afectado, habida cuenta del roce tan tremendo que habían dejado los largos años de convivencia y servidumbre bajo el mismo techo.
Hasta fue la comadrona en el parto de su madre cuando él nació. Y ella fue la primera persona que lo sostuvo en sus brazos y lo lavó y adecentó para ponerlo en el regazo de doña Carlota, la difunta madre del alcalde. Por todo eso y más, así se le veía, dar largos paseos por la heredad, cabizbajo y meditabundo, recordando, quizás, los mejores momentos vividos junto a esa gran mujer.
Y es que poco le duró la agonía. Cuando llegó al hospital, y después de las preceptivas pruebas y análisis, se dedujo un diagnóstico grave y complicado. El pulmón derecho estaba perforado por la cuarta costilla. La cadera rota. Y las demás contusiones tampoco eran muy leves que digamos, todo ello, además, agravado por su provecta edad.
Fue operada de urgencia, a vida o muerte; perdió mucha sangre durante la operación, pero logró salir de ella, recuperándose bien de la anestesia. Al final, un coágulo traicionero en una arteria del cerebro le hizo entrar en coma al día siguiente. Coma que la mantendría con un hilo de vida durante tres días, aunque el desenlace era previsto y esperado. Así se lo hizo saber a don Álvaro el equipo médico que la atendía, mientras esperaba paciente, mirando a la moribunda cómo yacía en su camilla esperando el fin.
El entierro fue multitudinario. Acudieron muchas personalidades de los pueblos cercanos y hasta de la capital. Amigos todos de la familia de los Monteoliva, pues ella por desgracia, no dejaba deudos. El pueblo llano también quiso rendirle su último homenaje, acudiendo masivamente al sepelio.
Hoy el alcalde, después de muchos días, sí bajaría al pueblo. Así se lo hizo saber a Andrés para que dispusiese su caballería al efecto. Esa noche la pasaría con su hermana en casa, al ser fecha tan señalada.
Abajo, en la población, o más concretamente, en la puerta de Rosa, se celebraba por todo lo alto la venida por fin, de su hijo. Lo trajo a primera hora de la mañana un furgón del reformatorio. Angelito venía más demacrado y delgado, asustadizo y huraño. Su madre no tardó en salir a su encuentro con gritos de alegría que rayaban en la locura:
-¡Mi hijo, por fin! ¡Que ya me moría sin él! ¡Angelito mío, a mis brazos hijo! ¡Habrás pasado tanto, me habrás echado tanto de menos...!
Era desgarrador, pero era un momento feliz, muy feliz. Ver ese cuadro de madre e hijo fundidos en un abrazo fraterno cortaba la respiración. Todas las vecinas que habían ido llegando alertadas por los gritos, al enterarse de la feliz noticia, les abrazaban y les daban parabienes. Entre ellas estaban María, su hija y su primilla Julia, que fueron las primeras en abrazar a la afortunada madre.
-Rosa -comentó María alborozada- ¡No sabes la alegría que siento, como madre que soy, de estar viéndote abrazada a tu hijo después de tanto dolor y sufrimiento que has padecido!
-¡Y nosotras también estamos muy contentas de que todo haya terminado bien! -exclamaron Ana María y Julia al unísono.
-¡Gracias, muchas gracias, a vosotras y a todas las vecinas, que sé que os alegráis de corazón por ello! ¡Disculpadme, no tengo palabras! -contestó la mujer con la voz entrecortada por los sollozos.
Todo esto les hablaba a sus vecinas la buena de Rosa sin soltar a su hijo, que continuaba triste y perdido. No quería volver a perderle de nuevo y el abrazo se hacía eterno.
María llamó aparte a su hija y a su sobrina y les dijo:
-¡Vámonos, madre e hijo querrán estar solos! Tendrán muchas cosas que contarse. En estos momentos él la necesita a ella y ella a él.
Y así, sin que se notase mucho, se fueron, haciendo mutis por el foro.
Cerca del mediodía bajaba la jaca del cacique, con paso marcial, la vereda de la fuente de los cipreses en dirección al pueblo. Las lavanderas dejaron por momentos los restregones de sus ropas sobre la dura piedra, secándose las rojas, frías y cortadas manos para saludar y hacer la reverencia una vez que pasaba el alcalde a su par, con aires señoriales y porte distinguido.
A las botas militares que usaba siempre que montaba a caballo se le unía hoy por el frío un gran capote verde que le regalara un familiar suyo, teniente coronel en la capitanía de Granada.
El trayecto desde la fuente al Ayuntamiento era corto. A la entrada de la plaza mirando a la izquierda, se divisaba el edificio consistorial, sitio a donde se dirigía en esos momentos el personaje.
En la puerta le esperaba Tomás, que lo había divisado nada más pisarla, ayudándole a desmontar y haciéndose cargo de la caballería. Albañil y peones, dejando el trabajo, habían salido a rendir honores.
-¡Buenos días don Álvaro! -exclamó Simón- ¡Cuánto tiempo! -como echándole bastante de menos y querer contarle cosas.
-¡Buenos días tenga usted! -exclamaron todos los demás.
El alcalde, como siempre no contestó. Se quedó, eso sí, unos segundos observando el rostro de José, notándole la mejilla derecha algo ensangrentada y el ojo del mismo lado, morado. Le llamó también la atención la cara de Simón, que presentaba rasguños varios y que delataban que allí había ocurrido algo.
Don Álvaro se calló y no dijo nada a José, pero sí llamó, sin distraer mucho la atención de los demás y después de que hubieran vuelto al tajo, a su perrillo faldero para que le informase puntualmente de lo sucedido.
-Oye Simón, vamos a ver, cuéntame lo ocurrido aquí, ¡que menudo aspecto tienes! -interrogó el alcalde.
-Verá señor, usted quiere que esté en la obra y yo estoy, pero le advierto que José y yo no terminaremos bien; no lo trago y encima el día que no vengo, se alegra y me critica a mis espaldas y eso sí que no se lo perdono.
-Pero... -preguntó don Álvaro- ¿Qué dijo?
-Le comentó a Federico -prosiguió el malvado de Simón- un día que no vine, ya sabe usted el motivo, que así no lo molestaría nadie y que trabajaría más tranquilo, ese mal nacido...
-Bueno, cálmate. Si de verdad está en contra tuya no te faltarán momentos para vengarte de él, ya llegará la hora. Por lo pronto, te aconsejo que hagas de tripas corazón y trates de sobrellevarlo, como si nada hubiera ocurrido, ¿me estás entendiendo Simón?
-No muy bien -exclamó- no sé a dónde quiere usted ir a parar, pero esa idea de la venganza me gusta, vaya que si me gusta. A esta gentuza hay que aniquilarla, son basura, escoria de la sociedad...
La verdad es que la pelea había sido cruenta. Esa mañana Simón alentó los ánimos yéndose directamente hacía José, que no sabía muy bien de qué iba la cosa, al no acordarse de aquel ingenuo comentario que le hiciera en su día a Federico.
Venía esa mañana de muy mal humor y de las palabras de reproche hacia José no tardó en pasar a la violencia y el albañil, claro está, no tuvo más remedio que defenderse.
Nadie los separaba. Federico no movía un sólo dedo para evitar que se siguieran sacudiendo los dos de lo lindo, hasta que llegó Pedro, que venía con un carrillo de piedras y tuvo tiempo de hacerlo antes de que se matasen. Luego, la llegada providencial del alcalde, impidió que volvieran a engancharse, aunque los ánimos seguían aún muy caldeados.
Al final las aguas llegaron de nuevo a su cauce, pero lo que no llegaría nunca era el entendimiento entre estas dos personas. El entendimiento entre la clase obrera y los burgueses y quienes les apoyan. El país no daba para más.
Al mediodía, cuando llegó José a su casa, su mujer y su hija se asustaron bastante al ver el aspecto que traía. El albañil presentaba una herida abierta en la ceja derecha por la que aún salía un hilillo de sangre que resbalaba por las inmediaciones del ojo, que tenía bastante hinchado, tanto, que ya se había cerrado por esa causa. En el labio inferior se apreciaba también una pequeña grieta delatora de algún fuerte golpe.
-¡Jesús, cómo viene mi hombre!- exclamó María al verle entrar.
-¡Padre, padre! -le gritó llorando Ana María por la impresión.
-No es nada familia -contestó él tratando de quitar hierro a un asunto que a todas luces no se podía esconder- Una caída tonta que he tenido en la obra, me resbalé... pero no es nada, de verdad, se curará pronto...
-¡Nada de eso! -exclamó su mujer- Ahora mismo vamos a ver a don Felipe, él te curará y nos quedaremos todos más tranquilos.
-¡Pero, mujer, sabes que no tenemos el dinero del medico! -exclamó apesadumbrado- Tampoco puedo perder ni un minuto en el trabajo y menos por esta tontería, pues ya sabes cómo es don Álvaro.
-¡A la porra don Álvaro y quien te haya hecho esto! Porque no creas que a mí me vas a engañar, de sobra sé de tus grescas con el mal nacido de Simón y algún día la vais a liar en fuerte.
-¡Cálmate mujer! Ha sido sólo un resbalón tonto y nada más.
-¡Padre, no se ha caído -gritó Ana María- deje ya de engañarnos a madre y a mí, por favor! ¡Ojala no trabajase ese hombre en la obra! ¡Dios, qué ser más odioso!
José, por no oírlas más tuvo que vérselas con don Felipe. La cura fue rápida, consistió en unos puntos de sutura y un vendaje en la ceja, advirtiéndole que tuviera la herida siempre tapada para evitar el polvo y los contagios al tenerla reciente y por consiguiente poco cerrada.
El susto de las dos mujeres fue morrocotudo. El almuerzo pasó en un comer sin comer viéndole a José la cara de santocristo, nadie tenía ganas. Y en esa situación se tuvo que marchar el albañil a su trabajo dejándolas llorosas y preocupadas.
Sobre las cuatro llegó Julia a casa de su prima, entrando alegre y ardilosa como siempre. Su semblante cambió drásticamente al ver el de las dos mujeres que tenía en frente, preguntando qué les ocurría.
-Mi padre, Julia, que se ha peleado en la obra con el mala gente de Simón y le hemos tenido que llevar al médico y todo, pues le han echado la ceja abajo, necesitando puntos.
-¡Qué me dices! -exclamó Julia- No sabía nada primilla, pero... ¿está bien no?
-Bueno, hubiese necesitado quedarse aquí y no pillar esas polvaredas en la obra, aunque ya sabes lo desgraciados que somos los pobres, sobrina; para nosotros no hay descanso ni excusa a la hora del trabajo, sólo el día que muramos dejaremos de trabajar -contestó resignada María.
-Sí, así es -murmuró agachando la cabeza- Bueno primilla -siguió Julia ya dirigiéndose a Ana María- ¿Estás lista? Si es así vámonos sin perder tiempo que ya estarán todas en el almacén de partidura.
-Sí, tienes razón, se me había pasado con todo el ajetreo. Enseguida cojo el delantal y nos vamos, espera.
El almacén donde se partía la almendra, estaba muy concurrido. El trabajo era continuo y repetitivo y el sonido acompasado del golpe seco sobre la dura cáscara se repetía y repetía como un eco cercano, que devolvía el sonido recibido. Sólo rompían esa rutina las conversaciones, risas y algarabías de las partidoras, haciendo más ameno y entretenido el trabajo.
-¡Buenas tardes! -exclamaron Ana María y su prima.
-¡Buenas tardes! -contestaron todos los presentes a coro.
Acto seguido se sentaron las dos en sendas sillas, cerca la una de la otra y a un lado del almacén, haciendo como un pequeño corro respecto a las que ya estaban.
Julia metió baza, con su forma de ser.
-Bueno, Jacinta -le preguntaba a una moza dura, poco agraciada- ¿de qué hablabais, si puede saberse?
-Pues de todo un poco, hija -contestó con su voz algo aflautada- el rato da para muchos temas de conversación. Ahora, justo antes de llegar vosotras hablábamos de la feliz noticia del regreso de Angelito, aunque no sé yo si dormirá muy a gusto el bárbaro del boticario al enterarse. Lo que debía de hacer es poner un guardia en su huerto para que los niños no vayan a llevarse su tesoro.
-Así es Jacinta -intervino Ana María- lo que ha hecho ese hombre con el pobre niño no ha tenido nombre. Pero Dios está arriba y estoy segura de que no dejará de mandarle su castigo.
-¡Y bien que lo merece! -contestó airosa Consuelo, mujer algo mayor, viuda de guerra, muy pobre y que se agarraba a un clavo ardiendo para poder sobrevivir por lo menos en la partidora.
La tarde siguió acompañando el ritmo lento y repetitivo de las operarias. La noche se acercaba. En el rincón que había al fondo del almacén, Bastián, el mozo de Ángel, hombre rudo físicamente, pero de modales cordiales, echó otro par de troncos, que lograron avivar un fuego que se extinguía por momentos en el ancho y acogedor rincón, dando calor a la habitación.
En esos momentos entraron Ángel y Pilar, su mujer, al almacén. Él llevaba sobre sus brazos un saco lleno de castañas y ella una botella de anís dulce y algunos vasos. Todas pararon de partir un momento al verles entrar. Venía también la madre de Ángel, doña Dolores, mujer de edad avanzada, buena gente, dicharachera, simpática y alegre, pues siempre se la veía riendo no queriendo penas a su alrededor.
El patrón, dirigiéndose a sus trabajadoras les habló:
-¡Muchachas cuando terminéis la faena que tenéis entre manos, y toda la que quiera, por supuesto, está invitada a una gran sartén de castañas y a una copita de anís, pues ya sabéis que esta es la tradición de esta noche! Así que darle a las manos, que Bastián ya lo va preparando todo.
Todas dieron palmas, alborozadas, por la buena ocurrencia. Estos detalles eran pocos usuales en los trabajos. El obrero, en general, contaba muy poco como persona y esos detalles no se tenían en ningún tajo. Ángel era diferente. Provenía de una familia pobre y él solo, con tesón, sacrificio y perseverancia, había sabido hacerse un hueco entre los muchos ricos que dominaban el pueblo. Ricos que no habían sudado su riqueza sino que se la habían encontrado puesta, pero sí que sabían utilizarla, en su gran mayoría, para avasallar y sobreexplotar al indefenso peón.
Y a diferencia de todos ellos Ángel sí que reinvertía su dinero en dar a los más necesitados un rato de felicidad. Y esa noche prometía ser alegre y divertida. A medida que habían dado de mano en las faenas del campo, los mozuelos se habían dirigido también al susodicho almacén a pelar la pava un rato. Allí estaban ya el herrerillo, Gabriel, Antonio el de Luisa… en fin, hasta Eduardo, el labriego mozo duro que cortejaba a Jacinta.
La llegada de Miguel había puesto algo nerviosa a Ana María, aunque ya lo esperaba ella; no podía controlarlo, su corazón latía a más revoluciones de lo normal, sería el amor.
Todos los mozuelos ayudaron al tosco de Bastián a descocotar las castañas. Esto consistía en hacerle una pequeña hendidura a cada una para evitar que explotasen al calentarse en la lumbre, aunque siempre había algún gracioso de turno que dejaba colar alguna que otra para después partirse de risa al ver asustarse a las mozuelas con los crujidos.
La sartén que las contenía era bastante grande, con muchos agujeros hechos en su base para que entrase bien el fuego por ellos y se asasen bien.
Esa noche todo el pueblo, o todos los que podían, pues por desgracia había gente también a la que ese "lujo" le estaba vedado, secundaban la tradición en la víspera de todos los santos, de asar castañas y beberse una copita de anís.
Ya estaba oscuro y la noche era dueña de la situación. Don Álvaro miraba por la ventana de su gran mansión. Observaba lo vacía que estaba la plaza a esa hora. Lo que más le llamaba la atención eran las grandes chimeneas, como todas puestas de acuerdo, vomitaban humo sin parar. “Como mi pipa”, pensó, mientras le daba una fuerte calada y el humo de ella también se elevaba efímero en el espacio del gran salón.
Eloísa, la camarera, le avisó de que en el comedor ya le estaba esperando doña Loreto para proceder a cenar. De su techo, colgaban, como símbolo de señorío y grandeza, unas finísimas arañas que realzaban el esplendor de la techumbre.
La decoración en su totalidad era exquisita. Un gran mueble en madera maciza estilo barroco, dominaba la parte de la izquierda. Justo enfrente se abrían dos grandes ventanales, que trataban de esconder sendas cortinas, abiertas por el medio, que volaban a cada lado, rematándose sobre la pared con unos cogidos bordados muy vistosos.
La mesa del comedor era bastante larga, de un color algo oscuro, a juego con el anterior mueble nombrado, y sobre ella, dos preciosos candelabros de seis brazos que soportaban vistosas velas rojas encendidas. Doce sillas de finas y elegantes patas terminaban rodeándola.
Lo que no se podía describir eran las viandas que ya se encontraban servidas encima de aquella oblonga mesa. Desde unas olorosas perdices en pepitoria, que cazara don Álvaro allá en el Almendral, hasta un revuelto de setas con huevo. Todo ello regado con buen vino del Cortijo de la Cepa, otra heredad de la familia, que conservaba una buena y afamada bodega. Y, cómo no, esa noche, castañas asadas regadas con una copita de anís y a los postres, boniatos asados cortados en anchas rodajas con un poquito de canela por encima.
Después de la opípara cena se trasladaron los dos hermanos al salón donde en la chimenea francesa ardían sin pausa unos troncos de almendro, que daban calor y vivificaban la habitación. A don Álvaro le fue servida una copa de brandy. A doña Loreto una infusión de menta poleo, retirándose posteriormente el servicio a una orden de la señorica quedándose los dos cara a cara.
A esas horas, en la partidora, ya habían dado todos los presentes buena cuenta de la gran sartén de castañas y de la botella de anís y se aprestaban a arrimarse al calor de la candela, pues gustaba doña Dolores de contar hermosos cuentos de ánimas que hacían rejuntarse de miedo a las mozuelas contra ellos, cosa que estos sin duda agradecían.
Esa noche se prestaba para ello, por tanto la historia debía de ser verdaderamente escalofriante. De calentar el ambiente ya se estaba encargando Julia...
-¡Muchachas, no oís ahí fuera lo feo que aúlla ese perro o lo que sea!
Todas callaron encogidas, algo se oía, pero resultaba vago e impreciso el ruido que se dejaba escuchar por los resquicios de la puerta.
-¡Ay, calla primilla! -le reprochó Ana María- ¡De verdad que estás consiguiendo que me asuste!
-Eso no será nada -rió maliciosamente doña Dolores- comparado con lo que os espera si queréis escuchar la historia que enseguida os voy a contar, y que, además, le pasó a una mujer de aquí del pueblo que todavía vive, gracias a su prudencia.
Los presentes permanecieron impasibles escuchando los prolegómenos de la historia y es que esta mujer las contaba muy bien y además con todo lujo de detalles, ¡vaya, que era un placer escucharla!
Hubo un corto silencio, sólo roto por el crepitar de los troncos y las respiraciones agitadas de las mozuelas. La narradora comenzó:
-Pues veréis muchachas, esto sucedió hace ya bastantes años aquí en el pueblo. Era invierno. Un invierno crudo y atroz como los de antes. El viento gélido soplaba por las desiertas calles a esa hora de la noche, transportando a los malos espíritus de un lado para otro, pues ya sabéis el refrán que dice “de las doce a la una corre la mala fortuna”. Unos tímidos copos de nieve empezaban a caer sobre los tejados de las casas y el frío empedrado de las calles.
Era impensable que a esa hora, y con lo que estaba cayendo, fuera nadie a deambular por las calles del pueblo, vamos, debía de estar loco. Eso pensaba nuestra amiga mientras trataba de apagar el quinqué que ardía junto a la ventana de su cuarto, pues se disponía a acostarse.
De repente, y como la vista es tan ligera, notó un bulto que caminaba encorvado y muy despacio por la calle abajo. Aparentaba ser una mujer, por llevar un raído vestido negro y un pañuelo también negro que le tapaba su rostro. Y además muy mayor por su paso lento y cansino, apoyándose en un raro bastón.
Al pasar la desconocida junto a la ventana de nuestra amiga se detuvo un instante, girándose para mirar hacía ella, como a sabiendas que estaba allí. Asustada, dio un respingo y se retiró del quicio para no ser vista, pero esa rara mujer permanecía allí, impasible y mirando hacía la casa. Nuestra amiga escudriñaba la silueta tratando de poder verle la cara, cosa que por mucho que lo intentaba, le resultaba imposible. Sólo podía ver que una de sus escondidas manos, de la que asomaban varios dedos secos como sarmientos, portaba una vela negra que llevaba apagada.
La misteriosa mujer, de repente, alzó ligeramente esa mano, haciendo el gesto de querer que se la encendieran. Ella no respiraba. Su propia silueta, reflectada por la luz mortecina del quinqué sobre la pared de su cuarto, también empezaba ya a asustarla por momentos. Las manos le temblaban ligeramente y un sudor frío le iba corriendo por la espalda. ¡Dios, y esa mujer sin irse, y mirándola fijamente...!
Los nervios le estaban jugando una mala pasada. Intentó de una vez apagar el quinqué, pero lo que consiguió fue que, al manotazo, éste cayera de la repisa desparramándose por el suelo todo el aceite que contenía con un gran chisperreteo, sumiendo a la habitación en una preocupante penumbra. Cuando terminó de poner orden alzó la vista hacía fuera, observando con alivio que ya la extraña mujer no se encontraba allí, había desaparecido como por ensalmo. “Bueno, mejor”, pensó, “así podré dormir tranquila”.
Este hecho, ocurrido una sola vez, puede darte que pensar, pero si sucede cada noche, puede llegar a ser grave y preocupante. Y eso le estaba pasando a ella, que cada noche, a la misma hora de ir a acostarse volvía a aparecer la extraña figura recortada de negro de la más extraña mujer. Y volvía a pararse justo al lado de su ventana y a alzar la mano para pedir lo mismo. Y así una noche y otra, sin importarle el frío ni la oscuridad. No hablaba, no hacía ruido ni al andar, parecía volátil...
Doña Dolores paró un momento, fijándose en las caras de pavor y miedo que estaba produciendo su relato, y una mueca de sonrisa maliciosa dejó entrever su desdentada boca.
“-De mañana no pasa”, prosiguió el relato la anciana, “iré a ver a don Paulino, el sacerdote, sin duda él me aconsejará.” Y así lo hizo. A la mañana siguiente acudió a misa de ocho y después de terminada penetró en la sacristía, confiada en aclarar el misterio.
-¿Da usted su permiso?
-Sí, pasa hija. ¿Qué se te ofrece?
-Buenos días padre Perdone si le molesto, pero necesito el parecer de usted ante un hecho grave que me está sucediendo cada noche.
El cura la miró intrigado, escudriñando sus ojos queriendo adivinar la causa.
-Hija -comentó éste- igual querrías confesarte por algo...
-¡No, padre! -cortó tajantemente la mujer- no se trata de ningún hombre, desde que murió mi Serafín no he tenido más varón.
-¡Perdóname, yo creí...!
-No pasa nada. Verá. Estoy notando que cada noche, al ir a acostarme, pasa una extraña mujer por mi puerta con una vela apagada en la mano, y…
-Sentémonos hija -le pidió el cura- La cosa puede ir para largo y a mi edad las piernas no dan para mucho.
-Gracias, prosigo, y al llegar justo a la altura de mi ventana se detiene alzándome la mano con ademán de pedir fuego para encender la vela. Y nada más, ni habla, ni murmura, ni nada, sólo el gesto.
-¿Y... has podido verle la cara alguna vez? -preguntó don Paulino.
-No, ninguna, y eso es lo raro, pues hago muchos intentos por conseguirlo, y la verdad, a veces, para enterarme de una vez quién es y qué es lo que quiere, siento deseos de salir a la calle y descubrirla pero el miedo me paraliza, ¿quién puede ser, padre?
El cura frunció el entrecejo mientras la miraba fijamente. Su mano derecha no paraba de rascarse la barbilla y su cabeza se movía ligeramente de izquierda a derecha.
-Hija, no te oculto que la cosa es muy grave -le contestó.
-¡Padre, no me asuste, por Dios...!
-Grave en el sentido de que esa mujer, o lo que sea, evidentemente no es de este mundo, es más, creo que esa aparición es... ¡la propia muerte!
Nuestra amiga se levantó de su silla, como movida por un resorte, y empezó a deambular por la sacristía como una posesa.
-¡Calma, calma...! -trató de serenarla don Paulino- Por favor, vuelve a sentarte, que terminemos de hablar...
-¡Pero, señor cura! ¿Usted cree que estoy para sentarme? ¡Por favor, póngase en mi lugar! -contestó hecha un manojo de nervios la mujer.
-Te decía antes que la cosa es muy grave, es cierto, pero también debes de saber que al acudir a mí has salvado tu vida.
-¿Sí, padre…?
-Así es hija y te diré lo que debes hacer. Escucha, te vas a llevar una botella pequeña de agua bendita, pues eso es infalible contra nuestra enemiga y más cuando la manda el diablo. La muerte quería que le encendieras la vela y si lo hubieses hecho habría significado tu final, vamos, que te hubiese llevado en ese instante con ella, pues ese era y es, no lo olvides, su propósito. Esta noche seguro que volverá y cuando lo haga y se pare junto a tu ventana pidiéndote lo mismo de siempre, abre ésta sin miedo y rocíale el agua bendita. Verás cómo huye rápidamente y desaparece para siempre de tus noches.
-¡Así lo haré, no lo dude usted! Me costará, pero debo hacerlo por mi bien.
-Así me gusta, hija, ahora ve en paz.
Nuestra amiga era un puro nervio esa tarde, imaginárosla, ella, sola e indefensa, esperando... ¡a la propia muerte! La tarde se le hizo cortísima y la noche llegó como una centella. A la hora de siempre, de nuevo la volátil y macabra figura de la vieja avanzó con su paso cansino por la calle. Y como siempre, al llegar junto a su ventana, se paró y con aire lento, se giró en su dirección y alargó el brazo derecho, portador de la vela, con ademán de que se la encendiese... En ese momento, la clara luna de enero, saliendo de entre unas nubes, dejó ver, por una décima de segundo la terrorífica y cadavérica faz de... ¡una calavera!
Ella, armada de valor, abrió con bríos la destartalada ventana y en un decir amén roció toda la botella de agua bendita sobre la aparición. Ésta, al sentir el agua caer sobre su cuerpo, lanzó un terrorífico grito...
En esos momentos, y como Bastián ya se sabía la historia, el que pegó un grito terrorífico fue él. Todos los presentes se levantaron de sus sillas chillando y pataleando por la terrible impresión, respirando fuerte y llevándose las manos al pecho, como agarrándose el corazón, mientras que el bromista, Ángel, su madre y su mujer, se retorcían literalmente de risa observando el cómico espectáculo que se ofrecía ante ellos.
Cuando ya no pudieron reír más pidieron disculpas, aunque se entendió como una broma y no le sentó mal a nadie.
Entre tanto, ya se había hecho tardísimo, así que todos se dispusieron a marchar. La buena de doña Dolores, eso sí, pidiéndoles de nuevo perdón, les dijo que si querían otro día conocer el final de la historia ella estaría encantada de contársela a quien quisiera.
La noche estaba triste y fría. Jacinta y Consuelo fueron a acompañar a Julia y Ana María hasta sus casas, ¡pues a ver quién era el guapo que salía a la calle solo después de oír el pasmoso relato!
En el preciso instante en que ocurría todo esto se encontraban doña Loreto y su hermano en la amplia sala de la chimenea. El servicio se había retirado momentos después de servidas las bebidas. Serían ya las dos pasadas de la madrugada. Don Álvaro encendió su pipa, mientras se llenaba la penúltima copita de anís. Su hermana había desistido de tomar otra, pues las medicinas para la artritis no lo hacían aconsejable.
-Oye, Álvaro -preguntó- ¿No has notado que falta algo en esta casa?
-¿Te refieres al vacío que nos ha dejado Isabel con su muerte?
-Efectivamente -reflexionó pensativa la señorica- y no sólo por ese vacío material, aunque la pobre, más buena que era no podía ser y trabajadora y servicial, sino también al de organización y de liderazgo que ejercía al servicio de esta casa.
-Ahora que lo dices, nada nos marcha igual sin ella. Es cierto, se echa de menos todo eso.
-Claro, al llevar tantos años con nosotros lo conocía todo al dedillo, nuestros gustos, costumbres, en fin... y con su saber estar, llevaba el compás como los músicos viejos, era el fruto de la experiencia. Eloisa es atenta, pero no tiene don de mando y su hermana Gracia por el mismo camino. Buena cocinera, pero no le pidas más. No sé, necesitamos a una persona que pudiera, en cierto sentido, suplir las carencias que tenemos ante la perdida de Isabel. Una mujer de cierta edad, sin ser mayor, que sepa planchar, coser, cocinar, en fin, una mujer para todo, una auténtica ama de llaves.
-Sí, pero... -murmuró el alcalde- ¿dónde está esa mujer? ¿Dónde podemos encontrarla? Y que sea de confianza, noble y honrada, habida cuenta de las riquezas que atesora esta casa. No se puede meter a servir a cualquiera.
-Hermano -le contestó doña Loreto con una mueca de malicia en su cara- yo conozco a esa mujer, la tenemos cerca, y no sé por qué extraña coincidencia que nos favorece, tenemos ahora la oportunidad de retomar nuestro ataque de frente sobre Ana María...
Don Álvaro dio un respingo al oír aquel nombre, era el mismo que retumbaba en sus oídos día y noche de una manera continua, haciéndose éstos últimos días más acentuado. Sería una premonición de algo.
-Me aturdes. ¿Por dónde vas? No me estarás queriendo decir... -exclamó el cacique poniéndose de pie y vagando a grandes pasos por la amplia sala.
-Calma hermano, la cosa es delicada. Efectivamente estás pensando en la misma mujer que yo... en María, pues con este pequeño pez en el anzuelo, pronto tendremos al grande, al deseado. Sí, ya sé lo que nos tendremos que oír, que si unos rojos en la casa de los Monteoliva, o que si tal o que si cual, pero qué más da, el que algo quiere, algo le cuesta. Lo mismo dijeron con las obras y al final todo se ha quedado en nada, ¿verdad, Álvaro?
-Cierto Loreto, bien mirado, esa mujer está muy necesitada, presiento que la proposición nuestra le puede venir muy bien y por supuesto, creo que no dude en aceptarla, tratándose de una casa del rancio abolengo de la nuestra.
-No dudes ni un segundo que aceptará, hermano, eso te lo garantizo yo, pues la propuesta la estudiaré y calcularé hasta en el más mínimo detalle. Vamos, que la encontrará irresistible, pensando que es una oportunidad única. Tú déjalo en mis manos.
Y al decir estas últimas palabras, una sonrisa malévola asomó por la comisura de sus labios y sus ojos brillaron con una luz inusitada, algo maquiavélica.
El fuego se apagaba en la hermosa chimenea francesa. La copa se vaciaba y el reloj agotaba sus horas de vigilia. Se retiraron a dormir. La señorica daba vueltas en su ancha cama meditando hasta el más mínimo fleco del plan que se aprestaba a ejecutar. Esta vez no fallaría nada, así se lo había prometido a su hermano y así debía de ser.
Don Álvaro, en la penumbra de su cuarto, aún sin acostarse, se imaginaba como sería su alcoba con Ana María allí con él y su mente divagaba por mundos de lujuria y placer.
Hasta fue la comadrona en el parto de su madre cuando él nació. Y ella fue la primera persona que lo sostuvo en sus brazos y lo lavó y adecentó para ponerlo en el regazo de doña Carlota, la difunta madre del alcalde. Por todo eso y más, así se le veía, dar largos paseos por la heredad, cabizbajo y meditabundo, recordando, quizás, los mejores momentos vividos junto a esa gran mujer.
Y es que poco le duró la agonía. Cuando llegó al hospital, y después de las preceptivas pruebas y análisis, se dedujo un diagnóstico grave y complicado. El pulmón derecho estaba perforado por la cuarta costilla. La cadera rota. Y las demás contusiones tampoco eran muy leves que digamos, todo ello, además, agravado por su provecta edad.
Fue operada de urgencia, a vida o muerte; perdió mucha sangre durante la operación, pero logró salir de ella, recuperándose bien de la anestesia. Al final, un coágulo traicionero en una arteria del cerebro le hizo entrar en coma al día siguiente. Coma que la mantendría con un hilo de vida durante tres días, aunque el desenlace era previsto y esperado. Así se lo hizo saber a don Álvaro el equipo médico que la atendía, mientras esperaba paciente, mirando a la moribunda cómo yacía en su camilla esperando el fin.
El entierro fue multitudinario. Acudieron muchas personalidades de los pueblos cercanos y hasta de la capital. Amigos todos de la familia de los Monteoliva, pues ella por desgracia, no dejaba deudos. El pueblo llano también quiso rendirle su último homenaje, acudiendo masivamente al sepelio.
Hoy el alcalde, después de muchos días, sí bajaría al pueblo. Así se lo hizo saber a Andrés para que dispusiese su caballería al efecto. Esa noche la pasaría con su hermana en casa, al ser fecha tan señalada.
Abajo, en la población, o más concretamente, en la puerta de Rosa, se celebraba por todo lo alto la venida por fin, de su hijo. Lo trajo a primera hora de la mañana un furgón del reformatorio. Angelito venía más demacrado y delgado, asustadizo y huraño. Su madre no tardó en salir a su encuentro con gritos de alegría que rayaban en la locura:
-¡Mi hijo, por fin! ¡Que ya me moría sin él! ¡Angelito mío, a mis brazos hijo! ¡Habrás pasado tanto, me habrás echado tanto de menos...!
Era desgarrador, pero era un momento feliz, muy feliz. Ver ese cuadro de madre e hijo fundidos en un abrazo fraterno cortaba la respiración. Todas las vecinas que habían ido llegando alertadas por los gritos, al enterarse de la feliz noticia, les abrazaban y les daban parabienes. Entre ellas estaban María, su hija y su primilla Julia, que fueron las primeras en abrazar a la afortunada madre.
-Rosa -comentó María alborozada- ¡No sabes la alegría que siento, como madre que soy, de estar viéndote abrazada a tu hijo después de tanto dolor y sufrimiento que has padecido!
-¡Y nosotras también estamos muy contentas de que todo haya terminado bien! -exclamaron Ana María y Julia al unísono.
-¡Gracias, muchas gracias, a vosotras y a todas las vecinas, que sé que os alegráis de corazón por ello! ¡Disculpadme, no tengo palabras! -contestó la mujer con la voz entrecortada por los sollozos.
Todo esto les hablaba a sus vecinas la buena de Rosa sin soltar a su hijo, que continuaba triste y perdido. No quería volver a perderle de nuevo y el abrazo se hacía eterno.
María llamó aparte a su hija y a su sobrina y les dijo:
-¡Vámonos, madre e hijo querrán estar solos! Tendrán muchas cosas que contarse. En estos momentos él la necesita a ella y ella a él.
Y así, sin que se notase mucho, se fueron, haciendo mutis por el foro.
Cerca del mediodía bajaba la jaca del cacique, con paso marcial, la vereda de la fuente de los cipreses en dirección al pueblo. Las lavanderas dejaron por momentos los restregones de sus ropas sobre la dura piedra, secándose las rojas, frías y cortadas manos para saludar y hacer la reverencia una vez que pasaba el alcalde a su par, con aires señoriales y porte distinguido.
A las botas militares que usaba siempre que montaba a caballo se le unía hoy por el frío un gran capote verde que le regalara un familiar suyo, teniente coronel en la capitanía de Granada.
El trayecto desde la fuente al Ayuntamiento era corto. A la entrada de la plaza mirando a la izquierda, se divisaba el edificio consistorial, sitio a donde se dirigía en esos momentos el personaje.
En la puerta le esperaba Tomás, que lo había divisado nada más pisarla, ayudándole a desmontar y haciéndose cargo de la caballería. Albañil y peones, dejando el trabajo, habían salido a rendir honores.
-¡Buenos días don Álvaro! -exclamó Simón- ¡Cuánto tiempo! -como echándole bastante de menos y querer contarle cosas.
-¡Buenos días tenga usted! -exclamaron todos los demás.
El alcalde, como siempre no contestó. Se quedó, eso sí, unos segundos observando el rostro de José, notándole la mejilla derecha algo ensangrentada y el ojo del mismo lado, morado. Le llamó también la atención la cara de Simón, que presentaba rasguños varios y que delataban que allí había ocurrido algo.
Don Álvaro se calló y no dijo nada a José, pero sí llamó, sin distraer mucho la atención de los demás y después de que hubieran vuelto al tajo, a su perrillo faldero para que le informase puntualmente de lo sucedido.
-Oye Simón, vamos a ver, cuéntame lo ocurrido aquí, ¡que menudo aspecto tienes! -interrogó el alcalde.
-Verá señor, usted quiere que esté en la obra y yo estoy, pero le advierto que José y yo no terminaremos bien; no lo trago y encima el día que no vengo, se alegra y me critica a mis espaldas y eso sí que no se lo perdono.
-Pero... -preguntó don Álvaro- ¿Qué dijo?
-Le comentó a Federico -prosiguió el malvado de Simón- un día que no vine, ya sabe usted el motivo, que así no lo molestaría nadie y que trabajaría más tranquilo, ese mal nacido...
-Bueno, cálmate. Si de verdad está en contra tuya no te faltarán momentos para vengarte de él, ya llegará la hora. Por lo pronto, te aconsejo que hagas de tripas corazón y trates de sobrellevarlo, como si nada hubiera ocurrido, ¿me estás entendiendo Simón?
-No muy bien -exclamó- no sé a dónde quiere usted ir a parar, pero esa idea de la venganza me gusta, vaya que si me gusta. A esta gentuza hay que aniquilarla, son basura, escoria de la sociedad...
La verdad es que la pelea había sido cruenta. Esa mañana Simón alentó los ánimos yéndose directamente hacía José, que no sabía muy bien de qué iba la cosa, al no acordarse de aquel ingenuo comentario que le hiciera en su día a Federico.
Venía esa mañana de muy mal humor y de las palabras de reproche hacia José no tardó en pasar a la violencia y el albañil, claro está, no tuvo más remedio que defenderse.
Nadie los separaba. Federico no movía un sólo dedo para evitar que se siguieran sacudiendo los dos de lo lindo, hasta que llegó Pedro, que venía con un carrillo de piedras y tuvo tiempo de hacerlo antes de que se matasen. Luego, la llegada providencial del alcalde, impidió que volvieran a engancharse, aunque los ánimos seguían aún muy caldeados.
Al final las aguas llegaron de nuevo a su cauce, pero lo que no llegaría nunca era el entendimiento entre estas dos personas. El entendimiento entre la clase obrera y los burgueses y quienes les apoyan. El país no daba para más.
Al mediodía, cuando llegó José a su casa, su mujer y su hija se asustaron bastante al ver el aspecto que traía. El albañil presentaba una herida abierta en la ceja derecha por la que aún salía un hilillo de sangre que resbalaba por las inmediaciones del ojo, que tenía bastante hinchado, tanto, que ya se había cerrado por esa causa. En el labio inferior se apreciaba también una pequeña grieta delatora de algún fuerte golpe.
-¡Jesús, cómo viene mi hombre!- exclamó María al verle entrar.
-¡Padre, padre! -le gritó llorando Ana María por la impresión.
-No es nada familia -contestó él tratando de quitar hierro a un asunto que a todas luces no se podía esconder- Una caída tonta que he tenido en la obra, me resbalé... pero no es nada, de verdad, se curará pronto...
-¡Nada de eso! -exclamó su mujer- Ahora mismo vamos a ver a don Felipe, él te curará y nos quedaremos todos más tranquilos.
-¡Pero, mujer, sabes que no tenemos el dinero del medico! -exclamó apesadumbrado- Tampoco puedo perder ni un minuto en el trabajo y menos por esta tontería, pues ya sabes cómo es don Álvaro.
-¡A la porra don Álvaro y quien te haya hecho esto! Porque no creas que a mí me vas a engañar, de sobra sé de tus grescas con el mal nacido de Simón y algún día la vais a liar en fuerte.
-¡Cálmate mujer! Ha sido sólo un resbalón tonto y nada más.
-¡Padre, no se ha caído -gritó Ana María- deje ya de engañarnos a madre y a mí, por favor! ¡Ojala no trabajase ese hombre en la obra! ¡Dios, qué ser más odioso!
José, por no oírlas más tuvo que vérselas con don Felipe. La cura fue rápida, consistió en unos puntos de sutura y un vendaje en la ceja, advirtiéndole que tuviera la herida siempre tapada para evitar el polvo y los contagios al tenerla reciente y por consiguiente poco cerrada.
El susto de las dos mujeres fue morrocotudo. El almuerzo pasó en un comer sin comer viéndole a José la cara de santocristo, nadie tenía ganas. Y en esa situación se tuvo que marchar el albañil a su trabajo dejándolas llorosas y preocupadas.
Sobre las cuatro llegó Julia a casa de su prima, entrando alegre y ardilosa como siempre. Su semblante cambió drásticamente al ver el de las dos mujeres que tenía en frente, preguntando qué les ocurría.
-Mi padre, Julia, que se ha peleado en la obra con el mala gente de Simón y le hemos tenido que llevar al médico y todo, pues le han echado la ceja abajo, necesitando puntos.
-¡Qué me dices! -exclamó Julia- No sabía nada primilla, pero... ¿está bien no?
-Bueno, hubiese necesitado quedarse aquí y no pillar esas polvaredas en la obra, aunque ya sabes lo desgraciados que somos los pobres, sobrina; para nosotros no hay descanso ni excusa a la hora del trabajo, sólo el día que muramos dejaremos de trabajar -contestó resignada María.
-Sí, así es -murmuró agachando la cabeza- Bueno primilla -siguió Julia ya dirigiéndose a Ana María- ¿Estás lista? Si es así vámonos sin perder tiempo que ya estarán todas en el almacén de partidura.
-Sí, tienes razón, se me había pasado con todo el ajetreo. Enseguida cojo el delantal y nos vamos, espera.
El almacén donde se partía la almendra, estaba muy concurrido. El trabajo era continuo y repetitivo y el sonido acompasado del golpe seco sobre la dura cáscara se repetía y repetía como un eco cercano, que devolvía el sonido recibido. Sólo rompían esa rutina las conversaciones, risas y algarabías de las partidoras, haciendo más ameno y entretenido el trabajo.
-¡Buenas tardes! -exclamaron Ana María y su prima.
-¡Buenas tardes! -contestaron todos los presentes a coro.
Acto seguido se sentaron las dos en sendas sillas, cerca la una de la otra y a un lado del almacén, haciendo como un pequeño corro respecto a las que ya estaban.
Julia metió baza, con su forma de ser.
-Bueno, Jacinta -le preguntaba a una moza dura, poco agraciada- ¿de qué hablabais, si puede saberse?
-Pues de todo un poco, hija -contestó con su voz algo aflautada- el rato da para muchos temas de conversación. Ahora, justo antes de llegar vosotras hablábamos de la feliz noticia del regreso de Angelito, aunque no sé yo si dormirá muy a gusto el bárbaro del boticario al enterarse. Lo que debía de hacer es poner un guardia en su huerto para que los niños no vayan a llevarse su tesoro.
-Así es Jacinta -intervino Ana María- lo que ha hecho ese hombre con el pobre niño no ha tenido nombre. Pero Dios está arriba y estoy segura de que no dejará de mandarle su castigo.
-¡Y bien que lo merece! -contestó airosa Consuelo, mujer algo mayor, viuda de guerra, muy pobre y que se agarraba a un clavo ardiendo para poder sobrevivir por lo menos en la partidora.
La tarde siguió acompañando el ritmo lento y repetitivo de las operarias. La noche se acercaba. En el rincón que había al fondo del almacén, Bastián, el mozo de Ángel, hombre rudo físicamente, pero de modales cordiales, echó otro par de troncos, que lograron avivar un fuego que se extinguía por momentos en el ancho y acogedor rincón, dando calor a la habitación.
En esos momentos entraron Ángel y Pilar, su mujer, al almacén. Él llevaba sobre sus brazos un saco lleno de castañas y ella una botella de anís dulce y algunos vasos. Todas pararon de partir un momento al verles entrar. Venía también la madre de Ángel, doña Dolores, mujer de edad avanzada, buena gente, dicharachera, simpática y alegre, pues siempre se la veía riendo no queriendo penas a su alrededor.
El patrón, dirigiéndose a sus trabajadoras les habló:
-¡Muchachas cuando terminéis la faena que tenéis entre manos, y toda la que quiera, por supuesto, está invitada a una gran sartén de castañas y a una copita de anís, pues ya sabéis que esta es la tradición de esta noche! Así que darle a las manos, que Bastián ya lo va preparando todo.
Todas dieron palmas, alborozadas, por la buena ocurrencia. Estos detalles eran pocos usuales en los trabajos. El obrero, en general, contaba muy poco como persona y esos detalles no se tenían en ningún tajo. Ángel era diferente. Provenía de una familia pobre y él solo, con tesón, sacrificio y perseverancia, había sabido hacerse un hueco entre los muchos ricos que dominaban el pueblo. Ricos que no habían sudado su riqueza sino que se la habían encontrado puesta, pero sí que sabían utilizarla, en su gran mayoría, para avasallar y sobreexplotar al indefenso peón.
Y a diferencia de todos ellos Ángel sí que reinvertía su dinero en dar a los más necesitados un rato de felicidad. Y esa noche prometía ser alegre y divertida. A medida que habían dado de mano en las faenas del campo, los mozuelos se habían dirigido también al susodicho almacén a pelar la pava un rato. Allí estaban ya el herrerillo, Gabriel, Antonio el de Luisa… en fin, hasta Eduardo, el labriego mozo duro que cortejaba a Jacinta.
La llegada de Miguel había puesto algo nerviosa a Ana María, aunque ya lo esperaba ella; no podía controlarlo, su corazón latía a más revoluciones de lo normal, sería el amor.
Todos los mozuelos ayudaron al tosco de Bastián a descocotar las castañas. Esto consistía en hacerle una pequeña hendidura a cada una para evitar que explotasen al calentarse en la lumbre, aunque siempre había algún gracioso de turno que dejaba colar alguna que otra para después partirse de risa al ver asustarse a las mozuelas con los crujidos.
La sartén que las contenía era bastante grande, con muchos agujeros hechos en su base para que entrase bien el fuego por ellos y se asasen bien.
Esa noche todo el pueblo, o todos los que podían, pues por desgracia había gente también a la que ese "lujo" le estaba vedado, secundaban la tradición en la víspera de todos los santos, de asar castañas y beberse una copita de anís.
Ya estaba oscuro y la noche era dueña de la situación. Don Álvaro miraba por la ventana de su gran mansión. Observaba lo vacía que estaba la plaza a esa hora. Lo que más le llamaba la atención eran las grandes chimeneas, como todas puestas de acuerdo, vomitaban humo sin parar. “Como mi pipa”, pensó, mientras le daba una fuerte calada y el humo de ella también se elevaba efímero en el espacio del gran salón.
Eloísa, la camarera, le avisó de que en el comedor ya le estaba esperando doña Loreto para proceder a cenar. De su techo, colgaban, como símbolo de señorío y grandeza, unas finísimas arañas que realzaban el esplendor de la techumbre.
La decoración en su totalidad era exquisita. Un gran mueble en madera maciza estilo barroco, dominaba la parte de la izquierda. Justo enfrente se abrían dos grandes ventanales, que trataban de esconder sendas cortinas, abiertas por el medio, que volaban a cada lado, rematándose sobre la pared con unos cogidos bordados muy vistosos.
La mesa del comedor era bastante larga, de un color algo oscuro, a juego con el anterior mueble nombrado, y sobre ella, dos preciosos candelabros de seis brazos que soportaban vistosas velas rojas encendidas. Doce sillas de finas y elegantes patas terminaban rodeándola.
Lo que no se podía describir eran las viandas que ya se encontraban servidas encima de aquella oblonga mesa. Desde unas olorosas perdices en pepitoria, que cazara don Álvaro allá en el Almendral, hasta un revuelto de setas con huevo. Todo ello regado con buen vino del Cortijo de la Cepa, otra heredad de la familia, que conservaba una buena y afamada bodega. Y, cómo no, esa noche, castañas asadas regadas con una copita de anís y a los postres, boniatos asados cortados en anchas rodajas con un poquito de canela por encima.
Después de la opípara cena se trasladaron los dos hermanos al salón donde en la chimenea francesa ardían sin pausa unos troncos de almendro, que daban calor y vivificaban la habitación. A don Álvaro le fue servida una copa de brandy. A doña Loreto una infusión de menta poleo, retirándose posteriormente el servicio a una orden de la señorica quedándose los dos cara a cara.
A esas horas, en la partidora, ya habían dado todos los presentes buena cuenta de la gran sartén de castañas y de la botella de anís y se aprestaban a arrimarse al calor de la candela, pues gustaba doña Dolores de contar hermosos cuentos de ánimas que hacían rejuntarse de miedo a las mozuelas contra ellos, cosa que estos sin duda agradecían.
Esa noche se prestaba para ello, por tanto la historia debía de ser verdaderamente escalofriante. De calentar el ambiente ya se estaba encargando Julia...
-¡Muchachas, no oís ahí fuera lo feo que aúlla ese perro o lo que sea!
Todas callaron encogidas, algo se oía, pero resultaba vago e impreciso el ruido que se dejaba escuchar por los resquicios de la puerta.
-¡Ay, calla primilla! -le reprochó Ana María- ¡De verdad que estás consiguiendo que me asuste!
-Eso no será nada -rió maliciosamente doña Dolores- comparado con lo que os espera si queréis escuchar la historia que enseguida os voy a contar, y que, además, le pasó a una mujer de aquí del pueblo que todavía vive, gracias a su prudencia.
Los presentes permanecieron impasibles escuchando los prolegómenos de la historia y es que esta mujer las contaba muy bien y además con todo lujo de detalles, ¡vaya, que era un placer escucharla!
Hubo un corto silencio, sólo roto por el crepitar de los troncos y las respiraciones agitadas de las mozuelas. La narradora comenzó:
-Pues veréis muchachas, esto sucedió hace ya bastantes años aquí en el pueblo. Era invierno. Un invierno crudo y atroz como los de antes. El viento gélido soplaba por las desiertas calles a esa hora de la noche, transportando a los malos espíritus de un lado para otro, pues ya sabéis el refrán que dice “de las doce a la una corre la mala fortuna”. Unos tímidos copos de nieve empezaban a caer sobre los tejados de las casas y el frío empedrado de las calles.
Era impensable que a esa hora, y con lo que estaba cayendo, fuera nadie a deambular por las calles del pueblo, vamos, debía de estar loco. Eso pensaba nuestra amiga mientras trataba de apagar el quinqué que ardía junto a la ventana de su cuarto, pues se disponía a acostarse.
De repente, y como la vista es tan ligera, notó un bulto que caminaba encorvado y muy despacio por la calle abajo. Aparentaba ser una mujer, por llevar un raído vestido negro y un pañuelo también negro que le tapaba su rostro. Y además muy mayor por su paso lento y cansino, apoyándose en un raro bastón.
Al pasar la desconocida junto a la ventana de nuestra amiga se detuvo un instante, girándose para mirar hacía ella, como a sabiendas que estaba allí. Asustada, dio un respingo y se retiró del quicio para no ser vista, pero esa rara mujer permanecía allí, impasible y mirando hacía la casa. Nuestra amiga escudriñaba la silueta tratando de poder verle la cara, cosa que por mucho que lo intentaba, le resultaba imposible. Sólo podía ver que una de sus escondidas manos, de la que asomaban varios dedos secos como sarmientos, portaba una vela negra que llevaba apagada.
La misteriosa mujer, de repente, alzó ligeramente esa mano, haciendo el gesto de querer que se la encendieran. Ella no respiraba. Su propia silueta, reflectada por la luz mortecina del quinqué sobre la pared de su cuarto, también empezaba ya a asustarla por momentos. Las manos le temblaban ligeramente y un sudor frío le iba corriendo por la espalda. ¡Dios, y esa mujer sin irse, y mirándola fijamente...!
Los nervios le estaban jugando una mala pasada. Intentó de una vez apagar el quinqué, pero lo que consiguió fue que, al manotazo, éste cayera de la repisa desparramándose por el suelo todo el aceite que contenía con un gran chisperreteo, sumiendo a la habitación en una preocupante penumbra. Cuando terminó de poner orden alzó la vista hacía fuera, observando con alivio que ya la extraña mujer no se encontraba allí, había desaparecido como por ensalmo. “Bueno, mejor”, pensó, “así podré dormir tranquila”.
Este hecho, ocurrido una sola vez, puede darte que pensar, pero si sucede cada noche, puede llegar a ser grave y preocupante. Y eso le estaba pasando a ella, que cada noche, a la misma hora de ir a acostarse volvía a aparecer la extraña figura recortada de negro de la más extraña mujer. Y volvía a pararse justo al lado de su ventana y a alzar la mano para pedir lo mismo. Y así una noche y otra, sin importarle el frío ni la oscuridad. No hablaba, no hacía ruido ni al andar, parecía volátil...
Doña Dolores paró un momento, fijándose en las caras de pavor y miedo que estaba produciendo su relato, y una mueca de sonrisa maliciosa dejó entrever su desdentada boca.
“-De mañana no pasa”, prosiguió el relato la anciana, “iré a ver a don Paulino, el sacerdote, sin duda él me aconsejará.” Y así lo hizo. A la mañana siguiente acudió a misa de ocho y después de terminada penetró en la sacristía, confiada en aclarar el misterio.
-¿Da usted su permiso?
-Sí, pasa hija. ¿Qué se te ofrece?
-Buenos días padre Perdone si le molesto, pero necesito el parecer de usted ante un hecho grave que me está sucediendo cada noche.
El cura la miró intrigado, escudriñando sus ojos queriendo adivinar la causa.
-Hija -comentó éste- igual querrías confesarte por algo...
-¡No, padre! -cortó tajantemente la mujer- no se trata de ningún hombre, desde que murió mi Serafín no he tenido más varón.
-¡Perdóname, yo creí...!
-No pasa nada. Verá. Estoy notando que cada noche, al ir a acostarme, pasa una extraña mujer por mi puerta con una vela apagada en la mano, y…
-Sentémonos hija -le pidió el cura- La cosa puede ir para largo y a mi edad las piernas no dan para mucho.
-Gracias, prosigo, y al llegar justo a la altura de mi ventana se detiene alzándome la mano con ademán de pedir fuego para encender la vela. Y nada más, ni habla, ni murmura, ni nada, sólo el gesto.
-¿Y... has podido verle la cara alguna vez? -preguntó don Paulino.
-No, ninguna, y eso es lo raro, pues hago muchos intentos por conseguirlo, y la verdad, a veces, para enterarme de una vez quién es y qué es lo que quiere, siento deseos de salir a la calle y descubrirla pero el miedo me paraliza, ¿quién puede ser, padre?
El cura frunció el entrecejo mientras la miraba fijamente. Su mano derecha no paraba de rascarse la barbilla y su cabeza se movía ligeramente de izquierda a derecha.
-Hija, no te oculto que la cosa es muy grave -le contestó.
-¡Padre, no me asuste, por Dios...!
-Grave en el sentido de que esa mujer, o lo que sea, evidentemente no es de este mundo, es más, creo que esa aparición es... ¡la propia muerte!
Nuestra amiga se levantó de su silla, como movida por un resorte, y empezó a deambular por la sacristía como una posesa.
-¡Calma, calma...! -trató de serenarla don Paulino- Por favor, vuelve a sentarte, que terminemos de hablar...
-¡Pero, señor cura! ¿Usted cree que estoy para sentarme? ¡Por favor, póngase en mi lugar! -contestó hecha un manojo de nervios la mujer.
-Te decía antes que la cosa es muy grave, es cierto, pero también debes de saber que al acudir a mí has salvado tu vida.
-¿Sí, padre…?
-Así es hija y te diré lo que debes hacer. Escucha, te vas a llevar una botella pequeña de agua bendita, pues eso es infalible contra nuestra enemiga y más cuando la manda el diablo. La muerte quería que le encendieras la vela y si lo hubieses hecho habría significado tu final, vamos, que te hubiese llevado en ese instante con ella, pues ese era y es, no lo olvides, su propósito. Esta noche seguro que volverá y cuando lo haga y se pare junto a tu ventana pidiéndote lo mismo de siempre, abre ésta sin miedo y rocíale el agua bendita. Verás cómo huye rápidamente y desaparece para siempre de tus noches.
-¡Así lo haré, no lo dude usted! Me costará, pero debo hacerlo por mi bien.
-Así me gusta, hija, ahora ve en paz.
Nuestra amiga era un puro nervio esa tarde, imaginárosla, ella, sola e indefensa, esperando... ¡a la propia muerte! La tarde se le hizo cortísima y la noche llegó como una centella. A la hora de siempre, de nuevo la volátil y macabra figura de la vieja avanzó con su paso cansino por la calle. Y como siempre, al llegar junto a su ventana, se paró y con aire lento, se giró en su dirección y alargó el brazo derecho, portador de la vela, con ademán de que se la encendiese... En ese momento, la clara luna de enero, saliendo de entre unas nubes, dejó ver, por una décima de segundo la terrorífica y cadavérica faz de... ¡una calavera!
Ella, armada de valor, abrió con bríos la destartalada ventana y en un decir amén roció toda la botella de agua bendita sobre la aparición. Ésta, al sentir el agua caer sobre su cuerpo, lanzó un terrorífico grito...
En esos momentos, y como Bastián ya se sabía la historia, el que pegó un grito terrorífico fue él. Todos los presentes se levantaron de sus sillas chillando y pataleando por la terrible impresión, respirando fuerte y llevándose las manos al pecho, como agarrándose el corazón, mientras que el bromista, Ángel, su madre y su mujer, se retorcían literalmente de risa observando el cómico espectáculo que se ofrecía ante ellos.
Cuando ya no pudieron reír más pidieron disculpas, aunque se entendió como una broma y no le sentó mal a nadie.
Entre tanto, ya se había hecho tardísimo, así que todos se dispusieron a marchar. La buena de doña Dolores, eso sí, pidiéndoles de nuevo perdón, les dijo que si querían otro día conocer el final de la historia ella estaría encantada de contársela a quien quisiera.
La noche estaba triste y fría. Jacinta y Consuelo fueron a acompañar a Julia y Ana María hasta sus casas, ¡pues a ver quién era el guapo que salía a la calle solo después de oír el pasmoso relato!
En el preciso instante en que ocurría todo esto se encontraban doña Loreto y su hermano en la amplia sala de la chimenea. El servicio se había retirado momentos después de servidas las bebidas. Serían ya las dos pasadas de la madrugada. Don Álvaro encendió su pipa, mientras se llenaba la penúltima copita de anís. Su hermana había desistido de tomar otra, pues las medicinas para la artritis no lo hacían aconsejable.
-Oye, Álvaro -preguntó- ¿No has notado que falta algo en esta casa?
-¿Te refieres al vacío que nos ha dejado Isabel con su muerte?
-Efectivamente -reflexionó pensativa la señorica- y no sólo por ese vacío material, aunque la pobre, más buena que era no podía ser y trabajadora y servicial, sino también al de organización y de liderazgo que ejercía al servicio de esta casa.
-Ahora que lo dices, nada nos marcha igual sin ella. Es cierto, se echa de menos todo eso.
-Claro, al llevar tantos años con nosotros lo conocía todo al dedillo, nuestros gustos, costumbres, en fin... y con su saber estar, llevaba el compás como los músicos viejos, era el fruto de la experiencia. Eloisa es atenta, pero no tiene don de mando y su hermana Gracia por el mismo camino. Buena cocinera, pero no le pidas más. No sé, necesitamos a una persona que pudiera, en cierto sentido, suplir las carencias que tenemos ante la perdida de Isabel. Una mujer de cierta edad, sin ser mayor, que sepa planchar, coser, cocinar, en fin, una mujer para todo, una auténtica ama de llaves.
-Sí, pero... -murmuró el alcalde- ¿dónde está esa mujer? ¿Dónde podemos encontrarla? Y que sea de confianza, noble y honrada, habida cuenta de las riquezas que atesora esta casa. No se puede meter a servir a cualquiera.
-Hermano -le contestó doña Loreto con una mueca de malicia en su cara- yo conozco a esa mujer, la tenemos cerca, y no sé por qué extraña coincidencia que nos favorece, tenemos ahora la oportunidad de retomar nuestro ataque de frente sobre Ana María...
Don Álvaro dio un respingo al oír aquel nombre, era el mismo que retumbaba en sus oídos día y noche de una manera continua, haciéndose éstos últimos días más acentuado. Sería una premonición de algo.
-Me aturdes. ¿Por dónde vas? No me estarás queriendo decir... -exclamó el cacique poniéndose de pie y vagando a grandes pasos por la amplia sala.
-Calma hermano, la cosa es delicada. Efectivamente estás pensando en la misma mujer que yo... en María, pues con este pequeño pez en el anzuelo, pronto tendremos al grande, al deseado. Sí, ya sé lo que nos tendremos que oír, que si unos rojos en la casa de los Monteoliva, o que si tal o que si cual, pero qué más da, el que algo quiere, algo le cuesta. Lo mismo dijeron con las obras y al final todo se ha quedado en nada, ¿verdad, Álvaro?
-Cierto Loreto, bien mirado, esa mujer está muy necesitada, presiento que la proposición nuestra le puede venir muy bien y por supuesto, creo que no dude en aceptarla, tratándose de una casa del rancio abolengo de la nuestra.
-No dudes ni un segundo que aceptará, hermano, eso te lo garantizo yo, pues la propuesta la estudiaré y calcularé hasta en el más mínimo detalle. Vamos, que la encontrará irresistible, pensando que es una oportunidad única. Tú déjalo en mis manos.
Y al decir estas últimas palabras, una sonrisa malévola asomó por la comisura de sus labios y sus ojos brillaron con una luz inusitada, algo maquiavélica.
El fuego se apagaba en la hermosa chimenea francesa. La copa se vaciaba y el reloj agotaba sus horas de vigilia. Se retiraron a dormir. La señorica daba vueltas en su ancha cama meditando hasta el más mínimo fleco del plan que se aprestaba a ejecutar. Esta vez no fallaría nada, así se lo había prometido a su hermano y así debía de ser.
Don Álvaro, en la penumbra de su cuarto, aún sin acostarse, se imaginaba como sería su alcoba con Ana María allí con él y su mente divagaba por mundos de lujuria y placer.
Capítulo X LA PROPOSICIÓN. ENTIERROS DE PRIMERA Y SEGUNDA.
De los cuatro días que habían pasado ya del mes de noviembre, dos llevaba José en cama, a vueltas con la herida en la ceja que le produjera la pelea. Se le había infectado, a consecuencia del polvo y de la suciedad en la obra, y no presentaba buena espina. El enfermo aparecía con la parte izquierda de la cara bastante hinchada y de un color morado tirando a negro, por un fuerte derrame, pues a pesar de su dureza y su aguante, no había tenido más remedio que sucumbir ante los consejos de su mujer y la evidencia de la infección. Además, el trastorno y los mareos que le aquejaban hacían que, al estar subido casi todo el día en el andamio, se acrecentara el peligro de una mala caída.
Aparte de la preocupación de ver en ese estado a su marido, se le sumaba a la pobre María la cuestión económica, pues el poco dinero que aún les quedaba se lo estaba llevando el médico en cada visita. Con todo, ella trataba de ocultar, en la medida de lo posible, la tremenda situación a su hija, aunque, como ésta no era tonta, se percataba muy a las claras del infierno por el que estaban pasando sus progenitores. Veía a su padre sufrir mucho, sin poder aportar un real a la casa, y eso le martirizaba.
Con esos pensamientos estaba, haciendo faenas en la cocina cuando oyó tocar a la puerta. Se secó un poco las manos con el mandil, se alisó el pelo y salió a abrir. Al otro lado se encontraba una chica de unos veinte años, pequeña y coqueta, que María conocía muy bien, era Eloisa, la camarera de doña Loreto. Se extrañó mucho verla por allí. Pensó que quizás don Álvaro se habría cansado de la baja de José e iría a decirles que ya tenían a otro. Pues ni por un momento, pudo sospechar que la cosa iba por otro camino mucho más distinto y peligroso y que estaba a punto de caer en una trama de consecuencias imprevisibles.
-¡Buenos días, Eloisa! ¿Qué te trae por aquí?
-¡Buenos días, María! Verá usted, me manda doña Loreto para pedirle que, en cuanto pueda, se pase por su casa, pues le urge hablarle de un asunto importante.
-¡Gracias muchacha! Dile que después del mediodía, en cuanto lo deje todo arreglado, me pasaré por allí sin falta.
-De acuerdo, así se lo haré saber a mi señorica. Hasta luego entonces.
-Adiós, hasta luego -contestó María mirando pensativa a la muchacha mientras bajaba a buen paso la empinada cuesta. Cerró después la desvencijada puerta, sumiéndose en un mar de cavilaciones acerca del extraño llamamiento.
Ana María estaba en la partidora de almendras. Cuando llegara al mediodía se lo haría saber, a ver qué opinaba ella. José dormía en esos momentos gracias a la medicación administrada por don Felipe.
No lo quiso molestar, había pasado mala noche. Lo miraba feliz cómo descansaba. Le ponía muy triste verlo enfermo, él era su amor, el hombre que la había hecho mujer, el padre de su hija. Lo necesitaba mucho ¿qué haría ella si le faltase algún día? ¡No quería ni pensarlo!
Aprovecharía el momento, mientras tanto, para llegarse al Auxilio Social y traerse algo sustancial para poder hacer un pobre almuerzo. Serían ya sobre las dos de la tarde cuando volvía con el rancho en su negra y quemada olla de porcelana y llegaban casi a la par Angelitas y Clara, que venían de la partidora, comentándole a la mujer:
-María, nos ha dicho su hija que se ha ido a almorzar a casa de Julia, que no la espere usted.
Ana María, en realidad, se comería unas almendras de las que partían para así engañar a su maltrecho estomago, que rugía sin parar. Era una buena hija, prefería que no les faltase la comida a su madre y a su padre enfermo. Ella podía apañarse
Durante el almuerzo María le comentó a su marido la visita que había tenido por la mañana. José se extrañó, no intuía a qué podría deberse, lo achacaba a algo relacionado con la obra o su enfermedad. ¡Qué lejos estaba también de adivinar la verdadera causa de ella!
María se puso un vestido discreto y algo pasado de moda, que era lo más decente que tenía en su desierto armario. Lavó su cara con jabón en una zafa que descansaba sobre un viejo zafero sin espejo, peinando después las abundantes canas que teñían de plata sus cabellos, echándoselos para atrás, hasta configurar su secular moño, y se dispuso a partir hacía la casa del alcalde.
-José, me voy -le dijo a su marido, que volvía a la cama mermado bastante por las medicinas -la niña no tardará en llegar, pues me dijo que esta tarde la pasaría contigo para cuidarte y darte ánimos. Marido, ¡qué bendición de Dios es nuestra hija! ¿Verdad?
José no contestó, la emoción ahogaba su garganta y dos lágrimas asomaron por sus pupilas resbalando lentas por sus maltrechas mejillas mientras la sentía alejarse.
La tarde, aunque soleada, estaba fresca como correspondía a ese mes del año. María se pertrechó su toca negra de lana, encogiéndose de hombros, mientras caminaba despacio. No tardó en llegar. Le abrió la puerta, bien uniformada, la simpática y agradable Eloisa.
-¡Buenas tardes María! Siga, por favor, detrás de mí al salón, que enseguida vendrá doña Loreto.
Esperó unos minutos de pie, junto a un gran sillón orejero, su llegada. Estaba triste por la situación de su marido y si encima ahora le daban malas noticias de la obra, peor que peor, aunque creía que esas cosas debería decirlas don Álvaro y al parecer quien iba a hablar con ella era su hermana. No acertaba a entender que se traían entre manos los dos.
María notó un olor suave y sofisticado que precedió a la majestuosa entrada de la dueña de la casa, empujada en su silla de ruedas por Eloisa, que la condujo hasta la esquina de la gran chimenea que dominaba el salón. Hasta allí fue a saludarla, haciéndole la reverencia.
-Buenas tardes tenga usted, doña Loreto, creo que me había mandado llamar esta mañana y aquí estoy, como ve, sin tardanza.
Ella no contestó aún. La miraba de arriba abajo, moviendo su cabeza en el mismo sentido, preguntándose si la cosa iría a funcionar. Pero el paso ya estaba dado, no habría vuelta atrás.
-Pues verás, María -comenzó la señorica sin ni siquiera invitarla a que se sentase- como sabes estamos muy apenados por la desgraciada desaparición de nuestra querida Isabel, pero la vida sigue y el vacío que ha dejado en esta casa debemos de volver a rellenarlo. Las necesidades diarias así nos lo reclaman. Aunque tampoco puede hacerlo cualquiera. Necesitamos una persona de buenas referencias, honrada y fiel, trabajadora y con experiencia, que sepa tomar las riendas de una casa tan importante y sepa, también, estar a esa altura.
María la miraba atónita y perdida, “¿A dónde quería llegar? ¿No le estaría queriendo decir...?”
-Así -prosiguió hablando la señorica- que mi hermano y yo, después de darle vueltas y sopesar los pros y los contras, hemos llegado a la conclusión de que tú eres la persona idónea para el puesto vacante de ama de llaves en esta casa.
La aludida se quedó blanca como el papel. No esperaba oír jamás esas palabras. Aquello podía ser el fin de las penurias de su familia. Tardó en reaccionar. La señorica le concedió ese tiempo pidiéndole, ahora sí, que se sentase. Por fin, aunque con palabras atropelladas, pudo exclamar:
-Pero... doña Loreto, aunque usted y su hermano me honran con esa proposición creo, y es mi deber decírselo, que no estoy a la altura de una casa de esta envergadura. Y no es por temerle al trabajo, pues no he hecho otra cosa en mi vida, pero tengan también en cuenta, que soy una humilde y pobre mujer con un marido y una hija que atender...
-Lo sabemos -contestó la señorica haciéndose cargo- ya te comenté antes que habíamos pensado en todo. No te preocupes, las cosas se pueden solucionar. De momento sólo te pediríamos una jornada de mañana a la noche y para dormir te irías a tu casa. Incluso si en las horas de trabajo tuvieses algún problema allí, te podrías ir sin miedo y luego volver. Además, no tengo que decirte lo que esta oferta, caso de que aceptes, supondrá para el bienestar de los tuyos, no olvides eso, pues estando con nosotros no dudes de que las faltas que ahora tenéis, que lo sé bien, desaparecerían de la noche a la mañana.
La señorica no quería dejar escapar esta oportunidad, que se le fuera de las manos, por eso limaba con habilidad y astucia todos los contratiempos y peros que pudieran surgir convirtiéndolos en soluciones y así terminar de convencerla.
María, enterada ya de las intenciones de la visita, estaba ahora más perdida que nunca y miles de dudas y preguntas la asaltaban, “pero... ¿a qué viene que se fijen en mí, a mi edad, los dueños de la casa más poderosa del pueblo?” Seguramente habría muchas mujeres más preparadas que ella, no lo entendía.
Doña Loreto la vio muy callada y pensativa y aquello no era bueno para ella por lo que pasó rápidamente al contraataque, dándole en su ego personal y en su fibra.
-Verás María, mujeres como tú no se encuentran en este pueblo, créeme, nos hemos informado bien. Que sepan coser tan bien como tú, lavar, ser ordenada y trabajadora, educada y poco amiga de chismes, que eso para una casa respetable como esta es cosa importante. Además -prosiguió la señorica mirándola fijamente a los ojos- aún no hemos hablado de lo que percibirías de sueldo para ti y para tu necesitada familia, que eso tampoco debes de olvidarlo. ¡Mira al pobre de José cómo lo tienes en casa y mi hermano, de buena fe, no ha querido echarlo, pues es un buen trabajador y ahora que está en una situación mala no quiere hacer leña del árbol caído, prefiere esperar a que se recupere para que pueda volver de nuevo a ese puesto de trabajo que le tiene guardado. Como ves, ahí tienes una prueba de nuestras buenas intenciones.
La mujer no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Sabían de ella, al parecer, mucho más de lo que ella misma creía. Lo habían calculado y estudiado todo para no recibir un rechazo y lo habían encaminado para que la única opción pasase por tener que decir sí al ofrecimiento. Luego no tuvo, por menos, que aceptar y dar las gracias por todo ello.
-Se lo agradecemos enormemente, señorica, ¡no sabe usted cuanto! pues antes con las obras y ahora con esto nos están quitando muchas hambres y mi familia y yo somos agradecidos.
María hablaba ya más confiada y segura, preguntándose para sus adentros “¿Y por qué no? ¿Por qué no puedo yo ser la elegida para el cargo de ama de llaves de esta gran casa y sacar a mi familia de la miseria y de las privaciones que padecemos? ¿Quién le puede quitar ese deseo a una madre?”
Doña Loreto supo qué se le estaba pasando por la cabeza en esos instantes a María, lo leía en el brillo de sus ojos, y la remató.
-Y como te decía, si entras a nuestro servicio te daremos cinco reales al día y además en confianza que de todo lo que te falte, patatas, tocino, carne... en fin, cosas de primera necesidad, puedes llevártelas a tu despensa, pues aquí como sabes, nos sobra de todo eso.
Se rió con malicia y orgullosamente al decir esas palabras, como dando cuenta de su poderío y grandiosidad frente a la indefensa y pobre mujer, que nada tuvo que oponer ante el generoso ofrecimiento sino bajar la cabeza en señal de deuda y agradecimiento.
Doña Loreto la despidió llamando a Eloisa y comentándole, que hiciese con su familia las oportunas diligencias, pues urgía que se incorporase prontamente al puesto.
Ella sabía que ya no habría vuelta atrás, que ese ofrecimiento estaba amarrado, y que no habría podido negarse, no la habrían dejado. Esto llegó a asustarla un poco. Salió de la casa. Necesitaba respirar algo de aire limpio. Se ahogaba allí dentro. Su cabeza daba mil vueltas sobre el eje de la proposición. Decidió, antes de ir a casa, dar un paseo hasta la ermita de San Antón.
El camino que salía del pueblo y conducía hacía ella como paseo era precioso y en esta época del año el manto verde de los montes confería al paisaje unas notas bucólicas y románticas. Jalonaban el camino, unos frondosos olivos, que mostraban orgullosos sus cuajados frutos, como una madre muestra orgullosa a su hijo recién nacido entre sus brazos. Los desnudos almendros y las verdes cañaveras, agrupadas en cientos, moviéndose al empuje del viento, terminaban de rellenar el paisaje.
Y allí estaba María, debajo del arco de medio punto de la antigua edificación, de pequeñas dimensiones, blanca, de cal moruna y rojas tejas, que distaba del pueblo aproximadamente un kilómetro en dirección este. Impasible y paciente, le aguardaba la imagen de dicho santo, que una vez al año honraban con una misa en su honor y durante los meses de marzo a diciembre soltaban un pequeño cerdo por las calles del pueblo para que fuese alimentado por sus habitantes hasta hacerse grande y, después, rifarlo entre todos, aprovechando los beneficios para el mantenimiento de dicha ermita.
Ana María acababa de llegar en esos instantes a su casa, entrando directamente al cuarto de su padre, creyendo encontrar allí a los dos, pero sólo estaba él.
-¡Buenas tardes padre! ¿Cómo se encuentra?
-Estoy bien, hija, sólo me noto un poco de tirantez en la cara pero es normal, así me lo ha dicho don Felipe. Hasta que no se pase la hinchazón estaré así.
-Pero será por poco tiempo, padre; usted es fuerte y joven aún y muy luchador, ¡verá como en pocos días está de nuevo en la obra!
-No sé, hija no sé... -exclamó ligeramente abatido.
-¿Por qué dice eso? -preguntó extrañada Ana María.
-Verás, han llamado a tu madre a casa de don Álvaro. Quieren hablar con ella y mucho me temo que es para decirle que ya no cuentan conmigo en el trabajo.
La muchacha se sobresaltó al oír aquello. Un raro presentimiento corrió por su cabeza. Su madre en casa de don Álvaro... aquello no debía de ser bueno. Por las obras no sería el llamamiento, de ello estaba segura. Entonces...
-¿Pasa algo, hija? -preguntó José preocupado- te has quedado tan callada...
-No es nada. ¿Y cuándo se fue?
-Después de almorzar, ya debería de estar de vuelta, pues son... -se incorporó ligeramente en la cama, sacando de la mesita de noche su reloj de bolsillo, con una larga y brillante cadena, que fuera de su padre, para mirar la hora- Sí, ya debería estar aquí, son las seis y media.
-Bueno -contestó la joven- mientras iré encendiendo el rincón. Vaya levantándose para darse un calentón que la tarde está fría.
Allí estaba el perrito, sobre el apagado rescoldo de la cocina, haciendo honor a su nombre. Levantó sus pequeñas orejas al oír llegar a su ama, moviéndole ligeramente el rabo y levantándose algo lento.
-Hola Tiznón, ¿todavía duermes? Estoy triste, ¿sabes? -le habló a su perrito como consolándose con él- No me gusta la visita de mi madre a esa casa, no me gusta; algo se nos viene encima y no es nada bueno, te lo aseguro.
El animal la miraba con las orejas de punta y un leve ruido salía de su garganta, sin llegar a ser un ladrido. Parecía entenderla.
Las llamas se alzaron altas en el rincón mientras ponía sobre el fuego las estreves. Haría una sopa de fideos que les calentase el cuerpo. María no tardó en llegar:
-¿José te has levantado, cómo estás? -preguntó al verlo junto al fuego.
-Bien, mujer, la cama me mata; no estoy acostumbrado a estar tanto tiempo en ella, pero... cuéntame, ¿para qué te querían? -preguntó impaciente.
-Madre -preguntó sofocada Ana María queriéndose adelantar a su respuesta- me ha dicho padre que había ido usted a la casa del alcalde, mandada llamar por él.
-Sí, hija, y me han dejado de piedra. ¡No os podéis imaginar la proposición que me ha hecho la señorica!
José la miraba perdido. Ana María ni la miraba. Imaginaba lo peor, lo que no hubiera querido escuchar nunca, las más duras palabras, y ahora las iba a escuchar de labios de su propia madre, era atroz.
-¡Pues me ha pedido -continuó María- que sea ni más ni menos, su nueva ama de llaves...!
-¡Pero... mujer y cómo es eso! -preguntó atropelladamente José- ¿Cómo han podido ofrecerte ese puesto a ti? Creía que era por lo de las obras...
-Pues no, marido mío, y van a por mí, pues todos mis peros me los ha arreglado doña Loreto rápido. Además, las condiciones son muy ventajosas, y estoy segura, y eso es lo que más me alegra, que las penurias se van a acabar a partir de ahora en esta casa.
-Pero… ¿tienes que estar allí interna? -seguía preguntándole el albañil, bastante nervioso.
-No, dormiré en casa. Y si tengo que venir durante el día a ella, también me lo permiten. Como veis se portan bien conmigo y me facilitan las cosas.
-¡No sé, mujer! La proposición es favorable para esta familia, no lo oculto, pero tampoco te oculto mi extrañeza por semejante petición. No sé, hay algo raro en todo esto. No olvides que para ellos somos una familia de rojos y no estamos bien vistos en esta sociedad.
-Sí, José, y también la éramos antes de llamarte a ti para que te encargaras de las obras del Ayuntamiento y no te hiciste tantas preguntas –contestó enérgica la mujer- Piensa que me juego el bienestar de mi familia. No quiero ver pasar más hambres y penurias en esta casa. ¿Que es un tanto rara esta proposición? De acuerdo, pero no me voy a sentar a adivinarla mientras se nos escapa a todos el tren de la felicidad y el bienestar, espero que lo entiendas...
-No te pongas así, mujer, quizá tengas razón en que hay que verlo por el lado positivo. Una oportunidad como esta en estos tiempos no conviene rechazarla, perdóname.
-Estás perdonado, marido. En el fondo, yo también me hice esas preguntas cuando estaba frente a ella, pero... ¡qué porras! Si ha querido que sea yo la elegida, pues para mañana es tarde. Por cierto, ¿y la niña?
Ana María llevaba rato sin estar allí. Nada más escuchar las primeras palabras de su madre, se había marchado de casa sin rumbo fijo acompañada por Tiznón. No quería seguir escuchándola. ¡Pobre, ella sería la marioneta que moverían en su función los Monteoliva, una función que no pararía hasta ver en su mansión a la bella hija. ¡Si por un momento pudiera María adivinar la verdadera razón...!
Se preguntó si ya había llegado la hora de descubrir la verdad antes de que su madre se metiera en la boca del lobo y, lo que es peor, que le abriera la puerta a ella también y entonces ya no habría solución.
Le vino otra vez a la mente la sapiente y amable figura de doña Ana. Mañana iría a verla de nuevo. Le pediría consejo y le indicaría qué podía ser lo mejor. Estaba segura. Confiaba en ella.
La conversación, ya en la cena, giró sobre el tema monográfico de la proposición. Ana María no comentó nada y eso le preocupaba enormemente a su madre. Hablaría luego con ella. José tenía seguro que lo último que quería ver en su casa eran el hambre y la necesidad. Lo tenía claro, igual que María. No había que darle entonces más vueltas. Mañana daría la contestación positiva.
José no tardó en irse a la cama, se encontraba aún débil y algo cortado por las medicinas. María le echó otro leño al fuego y le pidió a su hija que la acompañase un ratito junto a él, que debían de hablar. Así lo hizo, obediente como siempre. Una vez juntas las dos, le habló suave:
-Hija, te noto muy seria y cabizbaja, ¿te ocurre algo? Desde que te has enterado de la noticia no hablas nada, ni siquiera estás con nosotros. Piensa que tu padre y yo queremos lo mejor para ti y que no te falte de nada. Yo con la costura gano dos pesetas y es un trabajo que no va a ser eterno pues don Felipe no tardará ya en jubilarse. Ahora se me ofrece la oportunidad de mi vida; sí, ya sé que todo esto es muy extraño, que no se le encuentra explicación. Pero también sé que no debo dejarlo pasar, pues creo que sabes muy bien lo que significa. Quizás no lo entiendas ahora pero cuando tengas tu propia familia, verás como si.
-No es eso madre -se decidió a hablar Ana María- si yo lo entiendo, de verdad, y creo que en otra casa, esa misma oferta sería más satisfactoria, pero viniendo de los Monteoliva le pido que tenga cuidado, pues ya sabe la mala fama que les precede de dictadores y prepotentes. Piénselo, por favor.
-¡Hija, no sé cómo me dices eso, acabándote de decir...!
-Sí, ya sé lo que acaba de decirme y tiene razón, pues es una buena madre, por eso le quiero y no deseo que sufra, ni que la engañen. Entiéndame.
-Tu padre y yo ya hemos tomado la decisión, no podemos dejar pasar esta oportunidad y tú lo sabes. Lo sentimos mucho, hija, pero por muchas razones que haya en contra, esto no tiene ya vuelta atrás.
Ana María se levantó de la silla, con un gesto educado y sin decir ni una palabra más se retiró a su habitación acompañada de Tiznón. María se quedó en el rincón, cabizbaja y pensativa, sufriendo en silencio, pues no quería ver a su hija triste, pero las necesidades y estrecheces eran, en ese momento, un enemigo demasiado poderoso.
La mañana del cinco de diciembre amaneció radiante. El cielo lucía todo su azul posible y no había ni una telaraña en el ancho horizonte que podía divisarse desde la casa de Ana María, que hablaba con su primilla en la puerta. El comentario no era otro que el ofrecimiento hecho por los Monteoliva a su madre, cosa que Julia veía genial y no terminaba de entender el gran disgusto que tenía su prima, pues al puesto de trabajo fijo se le uniría el estar en una casa en la que sobraba de todo y eso era una garantía en aquellos tiempos tan malos que corrían.
-Prima -le comentó Ana María- hoy no iré a la partidora pues debo estar cuidando a mi padre, que no termina de encontrarse mejor.
-¡Vaya por Dios! -exclamó Julia- ¿Qué se le va a hacer? Lo importante es que se mejore pronto. Por la tarde cuando termine, ya me pasaré a ver cómo sigue.
-Vale, aquí estaré.
Julia bajó la empinada cuesta con sus ardiles y su gracejo habituales, perdiéndose por la última esquina. Ana María se dispuso a entrar en la casa cuando, de pronto, las campanas de la cercana torre empezaron a dar las treinta, toque que antecede al doblar de las campanas y que avisa que acaba de fallecer una persona en el pueblo. Las tres campanadas secas al final delataron que había sido un hombre; si hubiesen dado dos correspondería a una mujer. ¡Siempre el hombre por encima de todo, hasta en el aviso de muerte!
Su madre se asomó a la puerta y también lo hicieron el resto de vecinas, preguntándose las unas a las otras quién podría haber sido el desdichado. La muerte, siempre tan cercana y tan presente en todas las sociedades, no dejaba de tener en las zonas rurales unas connotaciones trágicas, filosóficas y religiosas, en el sentido de darse cuenta de lo poco que somos y lo mal que nos portamos siendo la vida tan corta. Luego, el hecho se agrava y se siente más en los pequeños pueblos, pues todo el mundo se conoce. El roce es más continuo y estrecho y el impacto es mayor, por lo que un fallecimiento se convierte en una noticia de primer orden.
Carmela la de Jacinto venía dando el aviso. Nadie lograba adelantársele nunca. Para eso no había otra igual en todo el pueblo.
-¿No sabéis, muchachas? No hace ni media hora que don Emilio acaba de fallecer. Sí, don Emilio, el señorico de la calle Real. Al parecer ha sufrido una embolia y no ha salido de ella. Ya veis, vecinas, afortunadamente se mueren los ricos igual que los pobres, ¡ahí sí que somos todos iguales, no valen los dineros!
-¡Vaya por Dios! -murmuró María, al igual que todas las demás vecinas que hacían corro junto a Carmela.
-No estaba tan mal ese hombre. Años tenía, ¿no, Carmela? -preguntó María.
-Estaría rondando los noventa o por ahí. Lo sé porque era quinto de mi padre que en paz descanse. Ya ves, y el pobre lleva ya más de diez años enterrado.
-Mi marido -prosiguió contando María- le estuvo arreglando hará poco el tejado de su casa, preparándoselo para el invierno, y el hombre se portó muy bien con él en asunto de los duros, pues no le escatimó ni un real. Al final, por lo contento que había quedado, nos regaló un conejo de su corral para que nos lo comiéramos frito.
-¿Quién le iba a decir a él que no vería el invierno? ¡Dios lo tenga en su santo seno!
Don Emilio Rivas era otro de los terratenientes que tenía el pueblo, aunque no de la envergadura del alcalde. Pero gozaba de un patrimonio bastante solvente, con dos cortijos en las cercanías y dicen que algunas casas en alquiler en la capital que le reportaban buenos duros.
Había sido procurador en Granada y su mujer maestra nacional, también en la capital. Infortunadamente ella murió largos años atrás, en el diecinueve, el nefasto año de la pandemia de la gripe. No habían tenido hijos, por lo que don Emilio pasó una época grande de su vida bastante solo. Por navidad, y muy de vez en cuando, unos sobrinos, hijos de un cuñado suyo, que vivían en Baeza, se dignaban venir por el pueblo para hacerle una corta, fría y cumplida visita, sólo eso.
El entierro se preveía, de todas formas, concurrido y nutrido de altas personalidades, tanto del pueblo como de otros cercanos. Lo que se llamaba, por los propios curas, al haber mucho dinero de por medio, un entierro de primera.
Bajaron María y su hija, cerca ya del mediodía, a la casa en donde se ubicaba el Auxilio Social para llevar a casa algo caliente ese día también. No tenían que pasar necesariamente por la calle Real para llegar hasta allí, pero dieron un rodeo aposta para ver el movimiento de entrada y salida en la casa, que ya tenía puesto en su misma puerta el estandarte para avisar a la gente que allí yacía un difunto.
El caserón era enorme, a la usanza de los caciques de la época. Dos plantas de alzada, con un precioso patio de luces en el interior revestido en su zócalo de vistosa cerámica granadina, adornado por vistosas y coloristas macetas de geranios.
Madre e hija se detuvieron un momento entre un corrillo también de curiosas que observaban lo mismo. Estaba entrando en esos instantes, por el fondo de la calle, un aparatoso chevrolet negro, con unos guardabarros salientes en color marfil y unos cromados y vistosos faros redondos. El coche era propiedad de Jaime, el sobrino mayor del difunto, y venía acompañado de Marta y Teodora, sus dos hermanas.
Se detuvieron en la misma puerta, una vez que hubo dado la vuelta en la cercana plaza, ante la atenta mirada de los muchos curiosos que allí se agolpaban. La muerte de un cacique en el pueblo era un verdadero acontecimiento social y constituía para los pobres, aunque en otro sentido, por supuesto, sin desearle a nadie la muerte, como un día de carácter especial, rompiendo por momentos, la monotonía general de la cotidiana vida.
Ese día, y hasta que no se verificase el entierro, los hombres, por el hecho de no señalarse, se mantenían sin ir a los trabajos, haciendo corrillos en la puerta del infortunado mientras liaban un pitillo y celebraban en público las bondades del finado. Luego debajo de la chimenea ya se diría otra cosa. Las mujeres ese día poca cosa hacían en la casa. Se limitaban a seguir comentando entre vecinas el suceso.
Ana María y su madre, después de ver llegar a los familiares, y una vez que estos hubieron entrado en la casa, prosiguieron su camino hacia donde se dirigían. Al pasar por la puerta de don Nicolás, el cura, sintieron algunas voces, aunque más que voces parecían tristes lamentos, que procedían del interior. Y al momento vieron salir, gorra apretada en mano, a un labriego con los ojos rojos y húmedos. Era Gregorio, el del cortijo Viejo, que muy apenado, y a preguntas de madre e hija, les contaba que acababa de morir su pobre padre, cerrándole él mismo para siempre sus ojos a la vida.
Las dos le dieron al instante al apenado labriego su más sentido pésame, informándole que estarían, como no, en su entierro; cosa que agradeció ese buen hombre. Gregorio también se llamaba su padre, hombre curtido por la labor y los rigores del campo, que no había podido contar nada de su sedentaria vida. Sólo trabajar día tras día, de sol a sol, para poder criar a sus seis hijos y a los hijos del amo de su cortijo, de paso. Un cortijo pequeño y mísero, con techos de palos y launa, que se quedaba estrecho para tanta familia, incluidos los abuelos.
Ahora había llegado su final, o su victoria. ¡Quién sabe si la muerte, tan macabra y fea, no habría venido a redimirlo de un mundo de esclavitud y miseria para llevarlo a un lugar donde por siempre disfrutara de todo lo que nunca había podido tener aquí, descanso y tranquilidad!
Los dos entierros tuvieron lugar al día siguiente. Claro está, el de don Emilio más nutrido y numeroso y de más pompa y boato, con representación de la Guardia Civil y demás autoridades del pueblo; la personalidad lo merecía. Mientras que a Gregorio, infeliz hombrecillo, que lo habían traído en su ataúd desde el cortijo a lomos de una mula, sólo lo acompañó en su ultimo adiós la clase pobre del pueblo, eso sí, una vez que se hubo terminado el primer entierro. No era apropiado mezclar los dos. Si Dios dio ejemplo, desde el primer hasta el último aliento de su vida, de humildad y pobreza, ¡qué poco lo estaban secundando muchos de los que se santiguaban con alarde en los primeros bancos de la iglesia domingo tras domingo!
Aparte de la preocupación de ver en ese estado a su marido, se le sumaba a la pobre María la cuestión económica, pues el poco dinero que aún les quedaba se lo estaba llevando el médico en cada visita. Con todo, ella trataba de ocultar, en la medida de lo posible, la tremenda situación a su hija, aunque, como ésta no era tonta, se percataba muy a las claras del infierno por el que estaban pasando sus progenitores. Veía a su padre sufrir mucho, sin poder aportar un real a la casa, y eso le martirizaba.
Con esos pensamientos estaba, haciendo faenas en la cocina cuando oyó tocar a la puerta. Se secó un poco las manos con el mandil, se alisó el pelo y salió a abrir. Al otro lado se encontraba una chica de unos veinte años, pequeña y coqueta, que María conocía muy bien, era Eloisa, la camarera de doña Loreto. Se extrañó mucho verla por allí. Pensó que quizás don Álvaro se habría cansado de la baja de José e iría a decirles que ya tenían a otro. Pues ni por un momento, pudo sospechar que la cosa iba por otro camino mucho más distinto y peligroso y que estaba a punto de caer en una trama de consecuencias imprevisibles.
-¡Buenos días, Eloisa! ¿Qué te trae por aquí?
-¡Buenos días, María! Verá usted, me manda doña Loreto para pedirle que, en cuanto pueda, se pase por su casa, pues le urge hablarle de un asunto importante.
-¡Gracias muchacha! Dile que después del mediodía, en cuanto lo deje todo arreglado, me pasaré por allí sin falta.
-De acuerdo, así se lo haré saber a mi señorica. Hasta luego entonces.
-Adiós, hasta luego -contestó María mirando pensativa a la muchacha mientras bajaba a buen paso la empinada cuesta. Cerró después la desvencijada puerta, sumiéndose en un mar de cavilaciones acerca del extraño llamamiento.
Ana María estaba en la partidora de almendras. Cuando llegara al mediodía se lo haría saber, a ver qué opinaba ella. José dormía en esos momentos gracias a la medicación administrada por don Felipe.
No lo quiso molestar, había pasado mala noche. Lo miraba feliz cómo descansaba. Le ponía muy triste verlo enfermo, él era su amor, el hombre que la había hecho mujer, el padre de su hija. Lo necesitaba mucho ¿qué haría ella si le faltase algún día? ¡No quería ni pensarlo!
Aprovecharía el momento, mientras tanto, para llegarse al Auxilio Social y traerse algo sustancial para poder hacer un pobre almuerzo. Serían ya sobre las dos de la tarde cuando volvía con el rancho en su negra y quemada olla de porcelana y llegaban casi a la par Angelitas y Clara, que venían de la partidora, comentándole a la mujer:
-María, nos ha dicho su hija que se ha ido a almorzar a casa de Julia, que no la espere usted.
Ana María, en realidad, se comería unas almendras de las que partían para así engañar a su maltrecho estomago, que rugía sin parar. Era una buena hija, prefería que no les faltase la comida a su madre y a su padre enfermo. Ella podía apañarse
Durante el almuerzo María le comentó a su marido la visita que había tenido por la mañana. José se extrañó, no intuía a qué podría deberse, lo achacaba a algo relacionado con la obra o su enfermedad. ¡Qué lejos estaba también de adivinar la verdadera causa de ella!
María se puso un vestido discreto y algo pasado de moda, que era lo más decente que tenía en su desierto armario. Lavó su cara con jabón en una zafa que descansaba sobre un viejo zafero sin espejo, peinando después las abundantes canas que teñían de plata sus cabellos, echándoselos para atrás, hasta configurar su secular moño, y se dispuso a partir hacía la casa del alcalde.
-José, me voy -le dijo a su marido, que volvía a la cama mermado bastante por las medicinas -la niña no tardará en llegar, pues me dijo que esta tarde la pasaría contigo para cuidarte y darte ánimos. Marido, ¡qué bendición de Dios es nuestra hija! ¿Verdad?
José no contestó, la emoción ahogaba su garganta y dos lágrimas asomaron por sus pupilas resbalando lentas por sus maltrechas mejillas mientras la sentía alejarse.
La tarde, aunque soleada, estaba fresca como correspondía a ese mes del año. María se pertrechó su toca negra de lana, encogiéndose de hombros, mientras caminaba despacio. No tardó en llegar. Le abrió la puerta, bien uniformada, la simpática y agradable Eloisa.
-¡Buenas tardes María! Siga, por favor, detrás de mí al salón, que enseguida vendrá doña Loreto.
Esperó unos minutos de pie, junto a un gran sillón orejero, su llegada. Estaba triste por la situación de su marido y si encima ahora le daban malas noticias de la obra, peor que peor, aunque creía que esas cosas debería decirlas don Álvaro y al parecer quien iba a hablar con ella era su hermana. No acertaba a entender que se traían entre manos los dos.
María notó un olor suave y sofisticado que precedió a la majestuosa entrada de la dueña de la casa, empujada en su silla de ruedas por Eloisa, que la condujo hasta la esquina de la gran chimenea que dominaba el salón. Hasta allí fue a saludarla, haciéndole la reverencia.
-Buenas tardes tenga usted, doña Loreto, creo que me había mandado llamar esta mañana y aquí estoy, como ve, sin tardanza.
Ella no contestó aún. La miraba de arriba abajo, moviendo su cabeza en el mismo sentido, preguntándose si la cosa iría a funcionar. Pero el paso ya estaba dado, no habría vuelta atrás.
-Pues verás, María -comenzó la señorica sin ni siquiera invitarla a que se sentase- como sabes estamos muy apenados por la desgraciada desaparición de nuestra querida Isabel, pero la vida sigue y el vacío que ha dejado en esta casa debemos de volver a rellenarlo. Las necesidades diarias así nos lo reclaman. Aunque tampoco puede hacerlo cualquiera. Necesitamos una persona de buenas referencias, honrada y fiel, trabajadora y con experiencia, que sepa tomar las riendas de una casa tan importante y sepa, también, estar a esa altura.
María la miraba atónita y perdida, “¿A dónde quería llegar? ¿No le estaría queriendo decir...?”
-Así -prosiguió hablando la señorica- que mi hermano y yo, después de darle vueltas y sopesar los pros y los contras, hemos llegado a la conclusión de que tú eres la persona idónea para el puesto vacante de ama de llaves en esta casa.
La aludida se quedó blanca como el papel. No esperaba oír jamás esas palabras. Aquello podía ser el fin de las penurias de su familia. Tardó en reaccionar. La señorica le concedió ese tiempo pidiéndole, ahora sí, que se sentase. Por fin, aunque con palabras atropelladas, pudo exclamar:
-Pero... doña Loreto, aunque usted y su hermano me honran con esa proposición creo, y es mi deber decírselo, que no estoy a la altura de una casa de esta envergadura. Y no es por temerle al trabajo, pues no he hecho otra cosa en mi vida, pero tengan también en cuenta, que soy una humilde y pobre mujer con un marido y una hija que atender...
-Lo sabemos -contestó la señorica haciéndose cargo- ya te comenté antes que habíamos pensado en todo. No te preocupes, las cosas se pueden solucionar. De momento sólo te pediríamos una jornada de mañana a la noche y para dormir te irías a tu casa. Incluso si en las horas de trabajo tuvieses algún problema allí, te podrías ir sin miedo y luego volver. Además, no tengo que decirte lo que esta oferta, caso de que aceptes, supondrá para el bienestar de los tuyos, no olvides eso, pues estando con nosotros no dudes de que las faltas que ahora tenéis, que lo sé bien, desaparecerían de la noche a la mañana.
La señorica no quería dejar escapar esta oportunidad, que se le fuera de las manos, por eso limaba con habilidad y astucia todos los contratiempos y peros que pudieran surgir convirtiéndolos en soluciones y así terminar de convencerla.
María, enterada ya de las intenciones de la visita, estaba ahora más perdida que nunca y miles de dudas y preguntas la asaltaban, “pero... ¿a qué viene que se fijen en mí, a mi edad, los dueños de la casa más poderosa del pueblo?” Seguramente habría muchas mujeres más preparadas que ella, no lo entendía.
Doña Loreto la vio muy callada y pensativa y aquello no era bueno para ella por lo que pasó rápidamente al contraataque, dándole en su ego personal y en su fibra.
-Verás María, mujeres como tú no se encuentran en este pueblo, créeme, nos hemos informado bien. Que sepan coser tan bien como tú, lavar, ser ordenada y trabajadora, educada y poco amiga de chismes, que eso para una casa respetable como esta es cosa importante. Además -prosiguió la señorica mirándola fijamente a los ojos- aún no hemos hablado de lo que percibirías de sueldo para ti y para tu necesitada familia, que eso tampoco debes de olvidarlo. ¡Mira al pobre de José cómo lo tienes en casa y mi hermano, de buena fe, no ha querido echarlo, pues es un buen trabajador y ahora que está en una situación mala no quiere hacer leña del árbol caído, prefiere esperar a que se recupere para que pueda volver de nuevo a ese puesto de trabajo que le tiene guardado. Como ves, ahí tienes una prueba de nuestras buenas intenciones.
La mujer no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Sabían de ella, al parecer, mucho más de lo que ella misma creía. Lo habían calculado y estudiado todo para no recibir un rechazo y lo habían encaminado para que la única opción pasase por tener que decir sí al ofrecimiento. Luego no tuvo, por menos, que aceptar y dar las gracias por todo ello.
-Se lo agradecemos enormemente, señorica, ¡no sabe usted cuanto! pues antes con las obras y ahora con esto nos están quitando muchas hambres y mi familia y yo somos agradecidos.
María hablaba ya más confiada y segura, preguntándose para sus adentros “¿Y por qué no? ¿Por qué no puedo yo ser la elegida para el cargo de ama de llaves de esta gran casa y sacar a mi familia de la miseria y de las privaciones que padecemos? ¿Quién le puede quitar ese deseo a una madre?”
Doña Loreto supo qué se le estaba pasando por la cabeza en esos instantes a María, lo leía en el brillo de sus ojos, y la remató.
-Y como te decía, si entras a nuestro servicio te daremos cinco reales al día y además en confianza que de todo lo que te falte, patatas, tocino, carne... en fin, cosas de primera necesidad, puedes llevártelas a tu despensa, pues aquí como sabes, nos sobra de todo eso.
Se rió con malicia y orgullosamente al decir esas palabras, como dando cuenta de su poderío y grandiosidad frente a la indefensa y pobre mujer, que nada tuvo que oponer ante el generoso ofrecimiento sino bajar la cabeza en señal de deuda y agradecimiento.
Doña Loreto la despidió llamando a Eloisa y comentándole, que hiciese con su familia las oportunas diligencias, pues urgía que se incorporase prontamente al puesto.
Ella sabía que ya no habría vuelta atrás, que ese ofrecimiento estaba amarrado, y que no habría podido negarse, no la habrían dejado. Esto llegó a asustarla un poco. Salió de la casa. Necesitaba respirar algo de aire limpio. Se ahogaba allí dentro. Su cabeza daba mil vueltas sobre el eje de la proposición. Decidió, antes de ir a casa, dar un paseo hasta la ermita de San Antón.
El camino que salía del pueblo y conducía hacía ella como paseo era precioso y en esta época del año el manto verde de los montes confería al paisaje unas notas bucólicas y románticas. Jalonaban el camino, unos frondosos olivos, que mostraban orgullosos sus cuajados frutos, como una madre muestra orgullosa a su hijo recién nacido entre sus brazos. Los desnudos almendros y las verdes cañaveras, agrupadas en cientos, moviéndose al empuje del viento, terminaban de rellenar el paisaje.
Y allí estaba María, debajo del arco de medio punto de la antigua edificación, de pequeñas dimensiones, blanca, de cal moruna y rojas tejas, que distaba del pueblo aproximadamente un kilómetro en dirección este. Impasible y paciente, le aguardaba la imagen de dicho santo, que una vez al año honraban con una misa en su honor y durante los meses de marzo a diciembre soltaban un pequeño cerdo por las calles del pueblo para que fuese alimentado por sus habitantes hasta hacerse grande y, después, rifarlo entre todos, aprovechando los beneficios para el mantenimiento de dicha ermita.
Ana María acababa de llegar en esos instantes a su casa, entrando directamente al cuarto de su padre, creyendo encontrar allí a los dos, pero sólo estaba él.
-¡Buenas tardes padre! ¿Cómo se encuentra?
-Estoy bien, hija, sólo me noto un poco de tirantez en la cara pero es normal, así me lo ha dicho don Felipe. Hasta que no se pase la hinchazón estaré así.
-Pero será por poco tiempo, padre; usted es fuerte y joven aún y muy luchador, ¡verá como en pocos días está de nuevo en la obra!
-No sé, hija no sé... -exclamó ligeramente abatido.
-¿Por qué dice eso? -preguntó extrañada Ana María.
-Verás, han llamado a tu madre a casa de don Álvaro. Quieren hablar con ella y mucho me temo que es para decirle que ya no cuentan conmigo en el trabajo.
La muchacha se sobresaltó al oír aquello. Un raro presentimiento corrió por su cabeza. Su madre en casa de don Álvaro... aquello no debía de ser bueno. Por las obras no sería el llamamiento, de ello estaba segura. Entonces...
-¿Pasa algo, hija? -preguntó José preocupado- te has quedado tan callada...
-No es nada. ¿Y cuándo se fue?
-Después de almorzar, ya debería de estar de vuelta, pues son... -se incorporó ligeramente en la cama, sacando de la mesita de noche su reloj de bolsillo, con una larga y brillante cadena, que fuera de su padre, para mirar la hora- Sí, ya debería estar aquí, son las seis y media.
-Bueno -contestó la joven- mientras iré encendiendo el rincón. Vaya levantándose para darse un calentón que la tarde está fría.
Allí estaba el perrito, sobre el apagado rescoldo de la cocina, haciendo honor a su nombre. Levantó sus pequeñas orejas al oír llegar a su ama, moviéndole ligeramente el rabo y levantándose algo lento.
-Hola Tiznón, ¿todavía duermes? Estoy triste, ¿sabes? -le habló a su perrito como consolándose con él- No me gusta la visita de mi madre a esa casa, no me gusta; algo se nos viene encima y no es nada bueno, te lo aseguro.
El animal la miraba con las orejas de punta y un leve ruido salía de su garganta, sin llegar a ser un ladrido. Parecía entenderla.
Las llamas se alzaron altas en el rincón mientras ponía sobre el fuego las estreves. Haría una sopa de fideos que les calentase el cuerpo. María no tardó en llegar:
-¿José te has levantado, cómo estás? -preguntó al verlo junto al fuego.
-Bien, mujer, la cama me mata; no estoy acostumbrado a estar tanto tiempo en ella, pero... cuéntame, ¿para qué te querían? -preguntó impaciente.
-Madre -preguntó sofocada Ana María queriéndose adelantar a su respuesta- me ha dicho padre que había ido usted a la casa del alcalde, mandada llamar por él.
-Sí, hija, y me han dejado de piedra. ¡No os podéis imaginar la proposición que me ha hecho la señorica!
José la miraba perdido. Ana María ni la miraba. Imaginaba lo peor, lo que no hubiera querido escuchar nunca, las más duras palabras, y ahora las iba a escuchar de labios de su propia madre, era atroz.
-¡Pues me ha pedido -continuó María- que sea ni más ni menos, su nueva ama de llaves...!
-¡Pero... mujer y cómo es eso! -preguntó atropelladamente José- ¿Cómo han podido ofrecerte ese puesto a ti? Creía que era por lo de las obras...
-Pues no, marido mío, y van a por mí, pues todos mis peros me los ha arreglado doña Loreto rápido. Además, las condiciones son muy ventajosas, y estoy segura, y eso es lo que más me alegra, que las penurias se van a acabar a partir de ahora en esta casa.
-Pero… ¿tienes que estar allí interna? -seguía preguntándole el albañil, bastante nervioso.
-No, dormiré en casa. Y si tengo que venir durante el día a ella, también me lo permiten. Como veis se portan bien conmigo y me facilitan las cosas.
-¡No sé, mujer! La proposición es favorable para esta familia, no lo oculto, pero tampoco te oculto mi extrañeza por semejante petición. No sé, hay algo raro en todo esto. No olvides que para ellos somos una familia de rojos y no estamos bien vistos en esta sociedad.
-Sí, José, y también la éramos antes de llamarte a ti para que te encargaras de las obras del Ayuntamiento y no te hiciste tantas preguntas –contestó enérgica la mujer- Piensa que me juego el bienestar de mi familia. No quiero ver pasar más hambres y penurias en esta casa. ¿Que es un tanto rara esta proposición? De acuerdo, pero no me voy a sentar a adivinarla mientras se nos escapa a todos el tren de la felicidad y el bienestar, espero que lo entiendas...
-No te pongas así, mujer, quizá tengas razón en que hay que verlo por el lado positivo. Una oportunidad como esta en estos tiempos no conviene rechazarla, perdóname.
-Estás perdonado, marido. En el fondo, yo también me hice esas preguntas cuando estaba frente a ella, pero... ¡qué porras! Si ha querido que sea yo la elegida, pues para mañana es tarde. Por cierto, ¿y la niña?
Ana María llevaba rato sin estar allí. Nada más escuchar las primeras palabras de su madre, se había marchado de casa sin rumbo fijo acompañada por Tiznón. No quería seguir escuchándola. ¡Pobre, ella sería la marioneta que moverían en su función los Monteoliva, una función que no pararía hasta ver en su mansión a la bella hija. ¡Si por un momento pudiera María adivinar la verdadera razón...!
Se preguntó si ya había llegado la hora de descubrir la verdad antes de que su madre se metiera en la boca del lobo y, lo que es peor, que le abriera la puerta a ella también y entonces ya no habría solución.
Le vino otra vez a la mente la sapiente y amable figura de doña Ana. Mañana iría a verla de nuevo. Le pediría consejo y le indicaría qué podía ser lo mejor. Estaba segura. Confiaba en ella.
La conversación, ya en la cena, giró sobre el tema monográfico de la proposición. Ana María no comentó nada y eso le preocupaba enormemente a su madre. Hablaría luego con ella. José tenía seguro que lo último que quería ver en su casa eran el hambre y la necesidad. Lo tenía claro, igual que María. No había que darle entonces más vueltas. Mañana daría la contestación positiva.
José no tardó en irse a la cama, se encontraba aún débil y algo cortado por las medicinas. María le echó otro leño al fuego y le pidió a su hija que la acompañase un ratito junto a él, que debían de hablar. Así lo hizo, obediente como siempre. Una vez juntas las dos, le habló suave:
-Hija, te noto muy seria y cabizbaja, ¿te ocurre algo? Desde que te has enterado de la noticia no hablas nada, ni siquiera estás con nosotros. Piensa que tu padre y yo queremos lo mejor para ti y que no te falte de nada. Yo con la costura gano dos pesetas y es un trabajo que no va a ser eterno pues don Felipe no tardará ya en jubilarse. Ahora se me ofrece la oportunidad de mi vida; sí, ya sé que todo esto es muy extraño, que no se le encuentra explicación. Pero también sé que no debo dejarlo pasar, pues creo que sabes muy bien lo que significa. Quizás no lo entiendas ahora pero cuando tengas tu propia familia, verás como si.
-No es eso madre -se decidió a hablar Ana María- si yo lo entiendo, de verdad, y creo que en otra casa, esa misma oferta sería más satisfactoria, pero viniendo de los Monteoliva le pido que tenga cuidado, pues ya sabe la mala fama que les precede de dictadores y prepotentes. Piénselo, por favor.
-¡Hija, no sé cómo me dices eso, acabándote de decir...!
-Sí, ya sé lo que acaba de decirme y tiene razón, pues es una buena madre, por eso le quiero y no deseo que sufra, ni que la engañen. Entiéndame.
-Tu padre y yo ya hemos tomado la decisión, no podemos dejar pasar esta oportunidad y tú lo sabes. Lo sentimos mucho, hija, pero por muchas razones que haya en contra, esto no tiene ya vuelta atrás.
Ana María se levantó de la silla, con un gesto educado y sin decir ni una palabra más se retiró a su habitación acompañada de Tiznón. María se quedó en el rincón, cabizbaja y pensativa, sufriendo en silencio, pues no quería ver a su hija triste, pero las necesidades y estrecheces eran, en ese momento, un enemigo demasiado poderoso.
La mañana del cinco de diciembre amaneció radiante. El cielo lucía todo su azul posible y no había ni una telaraña en el ancho horizonte que podía divisarse desde la casa de Ana María, que hablaba con su primilla en la puerta. El comentario no era otro que el ofrecimiento hecho por los Monteoliva a su madre, cosa que Julia veía genial y no terminaba de entender el gran disgusto que tenía su prima, pues al puesto de trabajo fijo se le uniría el estar en una casa en la que sobraba de todo y eso era una garantía en aquellos tiempos tan malos que corrían.
-Prima -le comentó Ana María- hoy no iré a la partidora pues debo estar cuidando a mi padre, que no termina de encontrarse mejor.
-¡Vaya por Dios! -exclamó Julia- ¿Qué se le va a hacer? Lo importante es que se mejore pronto. Por la tarde cuando termine, ya me pasaré a ver cómo sigue.
-Vale, aquí estaré.
Julia bajó la empinada cuesta con sus ardiles y su gracejo habituales, perdiéndose por la última esquina. Ana María se dispuso a entrar en la casa cuando, de pronto, las campanas de la cercana torre empezaron a dar las treinta, toque que antecede al doblar de las campanas y que avisa que acaba de fallecer una persona en el pueblo. Las tres campanadas secas al final delataron que había sido un hombre; si hubiesen dado dos correspondería a una mujer. ¡Siempre el hombre por encima de todo, hasta en el aviso de muerte!
Su madre se asomó a la puerta y también lo hicieron el resto de vecinas, preguntándose las unas a las otras quién podría haber sido el desdichado. La muerte, siempre tan cercana y tan presente en todas las sociedades, no dejaba de tener en las zonas rurales unas connotaciones trágicas, filosóficas y religiosas, en el sentido de darse cuenta de lo poco que somos y lo mal que nos portamos siendo la vida tan corta. Luego, el hecho se agrava y se siente más en los pequeños pueblos, pues todo el mundo se conoce. El roce es más continuo y estrecho y el impacto es mayor, por lo que un fallecimiento se convierte en una noticia de primer orden.
Carmela la de Jacinto venía dando el aviso. Nadie lograba adelantársele nunca. Para eso no había otra igual en todo el pueblo.
-¿No sabéis, muchachas? No hace ni media hora que don Emilio acaba de fallecer. Sí, don Emilio, el señorico de la calle Real. Al parecer ha sufrido una embolia y no ha salido de ella. Ya veis, vecinas, afortunadamente se mueren los ricos igual que los pobres, ¡ahí sí que somos todos iguales, no valen los dineros!
-¡Vaya por Dios! -murmuró María, al igual que todas las demás vecinas que hacían corro junto a Carmela.
-No estaba tan mal ese hombre. Años tenía, ¿no, Carmela? -preguntó María.
-Estaría rondando los noventa o por ahí. Lo sé porque era quinto de mi padre que en paz descanse. Ya ves, y el pobre lleva ya más de diez años enterrado.
-Mi marido -prosiguió contando María- le estuvo arreglando hará poco el tejado de su casa, preparándoselo para el invierno, y el hombre se portó muy bien con él en asunto de los duros, pues no le escatimó ni un real. Al final, por lo contento que había quedado, nos regaló un conejo de su corral para que nos lo comiéramos frito.
-¿Quién le iba a decir a él que no vería el invierno? ¡Dios lo tenga en su santo seno!
Don Emilio Rivas era otro de los terratenientes que tenía el pueblo, aunque no de la envergadura del alcalde. Pero gozaba de un patrimonio bastante solvente, con dos cortijos en las cercanías y dicen que algunas casas en alquiler en la capital que le reportaban buenos duros.
Había sido procurador en Granada y su mujer maestra nacional, también en la capital. Infortunadamente ella murió largos años atrás, en el diecinueve, el nefasto año de la pandemia de la gripe. No habían tenido hijos, por lo que don Emilio pasó una época grande de su vida bastante solo. Por navidad, y muy de vez en cuando, unos sobrinos, hijos de un cuñado suyo, que vivían en Baeza, se dignaban venir por el pueblo para hacerle una corta, fría y cumplida visita, sólo eso.
El entierro se preveía, de todas formas, concurrido y nutrido de altas personalidades, tanto del pueblo como de otros cercanos. Lo que se llamaba, por los propios curas, al haber mucho dinero de por medio, un entierro de primera.
Bajaron María y su hija, cerca ya del mediodía, a la casa en donde se ubicaba el Auxilio Social para llevar a casa algo caliente ese día también. No tenían que pasar necesariamente por la calle Real para llegar hasta allí, pero dieron un rodeo aposta para ver el movimiento de entrada y salida en la casa, que ya tenía puesto en su misma puerta el estandarte para avisar a la gente que allí yacía un difunto.
El caserón era enorme, a la usanza de los caciques de la época. Dos plantas de alzada, con un precioso patio de luces en el interior revestido en su zócalo de vistosa cerámica granadina, adornado por vistosas y coloristas macetas de geranios.
Madre e hija se detuvieron un momento entre un corrillo también de curiosas que observaban lo mismo. Estaba entrando en esos instantes, por el fondo de la calle, un aparatoso chevrolet negro, con unos guardabarros salientes en color marfil y unos cromados y vistosos faros redondos. El coche era propiedad de Jaime, el sobrino mayor del difunto, y venía acompañado de Marta y Teodora, sus dos hermanas.
Se detuvieron en la misma puerta, una vez que hubo dado la vuelta en la cercana plaza, ante la atenta mirada de los muchos curiosos que allí se agolpaban. La muerte de un cacique en el pueblo era un verdadero acontecimiento social y constituía para los pobres, aunque en otro sentido, por supuesto, sin desearle a nadie la muerte, como un día de carácter especial, rompiendo por momentos, la monotonía general de la cotidiana vida.
Ese día, y hasta que no se verificase el entierro, los hombres, por el hecho de no señalarse, se mantenían sin ir a los trabajos, haciendo corrillos en la puerta del infortunado mientras liaban un pitillo y celebraban en público las bondades del finado. Luego debajo de la chimenea ya se diría otra cosa. Las mujeres ese día poca cosa hacían en la casa. Se limitaban a seguir comentando entre vecinas el suceso.
Ana María y su madre, después de ver llegar a los familiares, y una vez que estos hubieron entrado en la casa, prosiguieron su camino hacia donde se dirigían. Al pasar por la puerta de don Nicolás, el cura, sintieron algunas voces, aunque más que voces parecían tristes lamentos, que procedían del interior. Y al momento vieron salir, gorra apretada en mano, a un labriego con los ojos rojos y húmedos. Era Gregorio, el del cortijo Viejo, que muy apenado, y a preguntas de madre e hija, les contaba que acababa de morir su pobre padre, cerrándole él mismo para siempre sus ojos a la vida.
Las dos le dieron al instante al apenado labriego su más sentido pésame, informándole que estarían, como no, en su entierro; cosa que agradeció ese buen hombre. Gregorio también se llamaba su padre, hombre curtido por la labor y los rigores del campo, que no había podido contar nada de su sedentaria vida. Sólo trabajar día tras día, de sol a sol, para poder criar a sus seis hijos y a los hijos del amo de su cortijo, de paso. Un cortijo pequeño y mísero, con techos de palos y launa, que se quedaba estrecho para tanta familia, incluidos los abuelos.
Ahora había llegado su final, o su victoria. ¡Quién sabe si la muerte, tan macabra y fea, no habría venido a redimirlo de un mundo de esclavitud y miseria para llevarlo a un lugar donde por siempre disfrutara de todo lo que nunca había podido tener aquí, descanso y tranquilidad!
Los dos entierros tuvieron lugar al día siguiente. Claro está, el de don Emilio más nutrido y numeroso y de más pompa y boato, con representación de la Guardia Civil y demás autoridades del pueblo; la personalidad lo merecía. Mientras que a Gregorio, infeliz hombrecillo, que lo habían traído en su ataúd desde el cortijo a lomos de una mula, sólo lo acompañó en su ultimo adiós la clase pobre del pueblo, eso sí, una vez que se hubo terminado el primer entierro. No era apropiado mezclar los dos. Si Dios dio ejemplo, desde el primer hasta el último aliento de su vida, de humildad y pobreza, ¡qué poco lo estaban secundando muchos de los que se santiguaban con alarde en los primeros bancos de la iglesia domingo tras domingo!
Capítulo XI LA SECCIÓN FEMENINA. LA NUEVA AMA DE LLAVES.
Andaba el pueblo esos días un poco revuelto. La llegada desde la capital de ocho mujeres, chicas de entre veinticinco y treinta años, pertenecientes a la llamada Sección femenina, había armado, entre la juventud sobre todo, un gran revuelo. Era una visita que no se había producido nunca y quizás no volviera a repetirse.
Mozuelos y mozuelas del pueblo se agolpaban, como cada tarde noche, a las puertas de una casa, adosada a la ermita de San Blas, que tenía la curia para hospedaje de visitas religiosas y que ahora, gustosa, cedían al Régimen para alojarlas a ellas.
Hoy los congregados esperaban conocer el reparto para escenificar un belén viviente en forma de obra de teatro para la fecha del veinticinco de diciembre en la plaza de la iglesia. Ana María fue la primera vez, llevada a rastras por su primilla, que le animó constantemente para que se apuntase a participar en la obra ya que todas sus amigas así lo habían hecho.
-¡Silencio, por favor! -gritó María Esperanza, una mujer morena, de ojos grandes y marrones, pelo corto y labios muy rojos. Era la directora de ese grupo allí presente- ¡A ver, atendedme un momento! -prosiguió haciendo verdaderos esfuerzos por que se le escuchase- Después de estudiaros a cada uno...
Julia calló, deseando que a su primilla y a ella les cayese un buen papel. Se sentía actriz por momentos.
...ya tenemos el reparto completo de la obra.
Y fue leyendo, entre el estruendo y la algarabía de todos, dicha distribución. Luego, fue dándole a sus ayudantas los guiones, para que los repartiesen a cada uno, según su papel.
Julia recogió el suyo, sería la posadera de Belén. Miguel interpretaría a San José, papel importantísimo dentro de la obra, cosa que lo llenó de orgullo. Gabriel, su amigo y vecinillo, haría del Arcángel San Gabriel, por su pelo rubio y rizado.
El herrerillo buscó a Ana María con sus ojos entre la multitud. Ella ya lo estaba mirando. Se rió un poco por dentro pensando cómo le caerían esas largas barbas y esa amplia túnica. Por fin se le acercó y le preguntó sonriendo:
-¡Ani, menudo papelón! ¿De verdad me parezco a San José?
-¡Será por fuera -le contestó un poco irónica- porque por dentro tienes poco de santo!
De nuevo, la voz de la directora sobresalió entre el griterío:
-Y por fin el nombre de la que encarnará en la obra la santa y buena figura de nuestra madre la Virgen María.
El silencio era general. Solo quedaban tres chicas que no habían recibido aún papel y entre ellas estaba Ana María. Todas se miraban entre sí preguntándose “¿seré yo?” La voz clara y diáfana de María Esperanza las sacó de dudas.
-¡Ana María será la afortunada!
No terminaba de creérselo. Ella, de entre tantas. Se lo podía haber merecido otra... pero no, había sido ella precisamente la elegida, cosa que aplaudían todos los presentes, en ese momento. La verdad es que ni buscando entre miles se podría haber encontrado a una muchacha tan candorosa y de cuerpo virginal. Miguel, con su mano cogida, la besó suave en la mejilla, mirándola feliz y devolviéndole la broma.
-¡Mira por dónde Ani, que acaban de casarnos...!
La muchacha se puso roja por aquel comentario porque en el fondo, y con el correr de los años, ese era el futuro que quería.
-Bueno -terminó María Esperanza- los papeles ya están dados. Desde mañana día quince empezaremos los ensayos en el salón parroquial a partir de las ocho de la tarde. Procurad no faltar, ah y también repartiremos a las mujeres las ropas falangistas para el acto del día veinte, fecha recordatoria de la muerte de José Antonio Primo de Rivera. Vuestras madres, o vosotras mismas, le dais un repaso si os vienen un poco grandes. Recordad que el alcalde quiere que vayáis toda esa semana vestidas con la falda negra, camisa azul y boina roja. Es una orden suya.
Ni Ana María, ni Julia comulgaban con eso, pero ¡qué remedio les quedaba! ¡O eras de ellos o estabas contra ellos! No existía el término medio y la libertad de ideas brillaba por su ausencia.
Acostada ya en la cama, la joven repasaba mentalmente los sucesos del día. Ella, que era muy humilde, veía excesivo el papel que le habían otorgado en la obra. Pero en el fondo no dejaba de agradarle la idea de poder tener, paradojas de la vida, a su Miguel como marido aunque sólo fuese en la ficción. Por otra parte ya, menos dulce, le seguía preocupando enormemente la maniobra de los Monteoliva y que su madre accediese, como así lo haría, al puesto que estos le habían ofrecido. ¡Si hubiese alguna manera de convencerla...! De mañana no pasaría, iría de nuevo a ver a su madrina. La pondría al día. Seguro que ella, sabría aportar alguna luz al oscuro y escabroso túnel en el que andaba metida por culpa del alcalde, y quizás inventarse alguna excusa razonable con la que parar la decisión ya tomada de su madre.
Se pasó gran parte de la noche pensando y dando vueltas en la cama, hasta que por fin, rendida, se durmió de madrugada.
Pocas veces la había despertado su padre, por lo que la experiencia fue muy agradable para ella. Él la tocó suave en el hombro, moviéndola un poco y llamándola con voz suave:
-¡Despierta hija, que son casi las nueve! Tu madre te ha puesto un tazón de leche caliente sobre la mesa y se ha ido a la fuente de los cipreses a lavar una carga de trapos con la vecina.
-Voy... voy... ¡padre, lo siento no sé ni como me he podido quedar dormida esta mañana!
Se levantó rápidamente. En una vieja zafa de porcelana echó un poco de agua de un cántaro, que terminó de vaciar, y refrescó con el helado líquido sus encarnadas mejillas. Peinó su bonita y frondosa mata de negro y rizado pelo y se aprestó a desayunar. Luego, cogió el cántaro vacío, poniéndoselo sobre la cadera, y dirigiéndose a su padre, le comentó:
-Voy a ver a madre, por si le hace falta alguna ayuda, y de paso me lo traeré lleno de la fuente.
-Bien, hija, yo me salgo un rato a sol, que tengo los huesos entumecidos en esta fría y húmeda casa. ¡Dios, cuando me pondrás bueno del todo! Necesito volver a la obra y seguir ganando dinero para mantener a esta familia... ¡si no me hubiese peleado!
-Tranquilo padre, no se mortifique, somos humanos y estas cosas pasan. Usted no tiene la culpa de nada, si acaso, ese maldecido de Simón. ¡Venga, anímese!
La joven salió por fin calle abajo, mientras José la miraba pensando lo orgulloso que estaba de ella y la buena hija que Dios le había dado. Al terminar de bajarla, a la derecha, se cogía la que conducía a la fuente de los cipreses. Unos cien metros antes de llegar a ella, desaparecían ya las últimas casas del pueblo. La penúltima del camino era propiedad del alcalde.
Un edificio de unos trescientos metros cuadrados, de una sola planta, con dos grandes ventanales resguardados por sendas rejas terminadas en forma de cuello de palomo, que conferían a la fachada, un aire señorial y vistoso. Ayudaba también a ello una enorme puerta de una sola hoja, con un picaporte en medio, que semejaba una mano con un gran sello en el dedo anular, apretando una bola. Era el edificio de la Falange. Allí se congregaban todos los militantes para sus charlas y actos.
Nada más entrar había una gran sala donde, en el centro de la pared principal, y a media altura, se hallaban los símbolos falangistas del yugo y las flechas tallados en madera. En el lado derecho de ellos se podía observar un cuadro de medianas dimensiones del Caudillo, mientras que al otro, se exponía el de José Antonio Primo de Rivera, su fundador. Al pie de todo esto se alzaban las banderas de España y de la Falange.
También allí estos días había ajetreo pues se preparaban los actos de homenaje a los caídos por la patria y a la figura de José Antonio que tendría lugar el veinte de noviembre, fecha de su muerte en una cárcel de Alicante.
Don Álvaro salió junto con Enrique, un concejal suyo, de manera sorpresiva para Ana María, a la calle, en el mismo instante en que ella pasaba justo por allí, topándose casi contra la joven, que se retiró hasta el balate de un huerto contiguo al ver al personaje. Éste, rápida y hábilmente se excusó:
-Lo siento muchacha, con las prisas no te había visto.
Quería dar buena imagen delante de Enrique, haciendo ver como si no la conociera, como si no viviese ella amargada por sus crueles proposiciones. Una mirada de odio le lanzaron sus bellos ojos, mirada que recibieron los pérfidos ojos de don Álvaro sin inmutarse mientras se alejaba. Casi se le rompe el cántaro, y si no había ocurrido aún, podría pasarle antes de llegar a la fuente, pues los nervios que llevaba eran atroces. No podía soportarlo, era superior a sus fuerzas, contenerse cada vez que veía a ese hombre, a ese monstruo. Lo odiaba con todo su ser y ahora su madre, para colmo, sería su sirvienta.
Miraron al cielo sus bellos ojos azules, a ese cielo también azul que acompañaba a la mañana, hablándole a su Creador:
-¡Ahora, señor, que voy a ser tu madre, aunque sólo sea en la obra de teatro, por favor, ayúdame y no me dejes caer en las garras de ese mal hombre!
En la fuente se agolpaban varias mujeres que pillaban toda la balsa dando buenos chapoteos a la ropa. Como siempre, allí estaba también Matilde la Ceniza, personaje imborrable de su paisaje. Ana María saludó en general dirigiéndose hacía el pilar, donde ya enjuagaba los trapos María.
-¡Buenos días, madre! ¿Está terminando? -preguntó mientras se descargaba la vasija de barro de la cadera- Lo siento, me he quedado dormida.
-No he querido despertarte hija, te sentí anoche hasta bien tarde dar vueltas en la cama, me tienes preocupada.
-No es nada, me dolía un poco la cabeza, eso es todo.
-¿Seguro? Ya sabes que las madres tenemos un sexto sentido para saber cuándo le ocurre algo a nuestros hijos y creo que a ti te está pasando algo serio. Si quisieras contármelo...
-De verdad, en serio que no me ocurre nada...
-¡Bueno, está bien! -cambió de tema María al ver que las demás lavanderas habían dejado su conversación y escuchaban curiosas la de ellas- Ya hablaremos en casa, hija.
Ana María esperó que un arriero diera de beber a sus bestias en el pequeño pilar del caño para llenar su cántaro de cristalina y fresca agua, marchándose las dos juntas para casa.
Una vez allí María se aprestó a encender el fuego mientras la hija iba preparando los ingredientes para hacer el almuerzo. Hoy comerían migas con un poquito de harina de maíz, conseguida con la cartilla de racionamiento, y unos recortes de tocino como engañifa.
La cocina era pequeña. Un rincón redondo en el ángulo izquierdo con una chimenea de cal blanca, como el resto de la estancia, algo ennegrecida por el continuado humo. La adornaban dos calderos de cobre, que pertenecieran a la abuela materna, así como una sartén de rabo largo. En la pared derecha había un mortero de bronce sobre una base de madera, con un cajoncito. Una ristra de cabezas de ajos colgaba de la misma pared y al lado otra de pimientos secos.
En la pared enfrente del rincón había un platero de madera con no más de media docena de platos entre hondos y llanos y, encima, un cuadro con unos gatos jugando con un ovillo de lana. Completaban el mobiliario una mesa algo torcida de patas, tres sillas de enea y una pequeña alacena de dos cuerpos, donde guardaban el pan, el anís o algún fiambre para mantenerlos alejados de los golosos gatos.
Las migas salieron estupendas, porque las cosas que se hacen con amor suelen salir bastante bien. No dejaron nada en la sartén, a excepción de unas pocas que guardaron para Tiznón, que también tenía derecho el animal.
Cuando terminó Ana María de fregar los platos comentó a sus padres que iba a casa de Julia a darle un recado. En realidad haría lo que tenía planeado, ir a casa de su madrina. Lo necesitaba. Dentro de unos días su madre tendría que empezar ya a trabajar en casa de los Monteoliva, al haber aceptado, y quería evitar a toda costa que se produjese ese hecho. La dama le aconsejaría para bien, estaba segura.
En la calle, antes de verse la cuesta serpenteante de subida a la Fuente Alta, se cruzó con don Felipe, al que saludó cortésmente, devolviéndole éste el saludo. La muchacha no le dio demasiada importancia a este hecho, a pesar de bajar el médico con el maletín de urgencias en la mano. Sus pensamientos estaban en otro lado. No tardó en llegar a la casa de su madrina. Tocó con dos suaves golpes en la puerta. Le abrieron muy rápido. Esto le extrañó algo. No era muy normal. Emilia apareció pálida en el umbral.
-¿Se le ha olvidado algo a usted, don Felipe? -preguntó sin mirar la criada- ¡Ah, perdón Ana María! -se excusó- creía que era el médico, como acaba de irse...
-Sí, me he cruzado con él hace unos momentos... -contestó la joven- pero... ¿ocurre algo?
-La señora, que se ha encontrado indispuesta durante toda la mañana y ya después del mediodía no he tenido más remedio que llamarlo, en vista de que no encontraba mejoría. Ya sabes, sus problemas de corazón, que de vez en cuando le juegan una mala pasada.
-Pero... -preguntó aturdida y preocupada la muchacha- ¿Cómo está? ¿Puedo verla?
-No hija, y lo siento, pues está en la cama descansando. Le ha indicado don Felipe mucho reposo. Está muy débil, créeme, no la pillas en buen momento. Le diré que has estado a verla, se alegrará. Mañana si te pasas, seguro que la podrás ver.
-De acuerdo, ¡qué se le va a hacer! -murmuró visiblemente afectada- Sólo dile que le deseo una rápida mejoría.
-Así se lo haré saber -y diciendo esto Emilia cerró la pesada puerta dejando a la muchacha con las lágrimas a flor de piel, cabizbaja y pensativa.
No quería ni por un momento pensar que se podía estar desmoronando ese pilar, ese baluarte de consejos que la mantenía a ella en pie. De repente se vio muy sola y eso la asustó mucho. “Por favor, si le faltaba su madrina, ¿a quién podría ella contarle sus penas? ¿Con quién se podría consolar? ¿Por qué la vida le iba cerrando todas las puertas menos la del alcalde?” Todas esas preguntas que la angustiaban se hacía mentalmente mientras bajaba ya la cuesta de la Fuente Alta, cuando, a lo lejos, vio acercarse a su prima. Se mordió un poco el labio inferior, no le hubiese gustado que la viera por allí. Se limpió rápidamente algunas traicioneras lágrimas que habían brotado furtivas de sus mejillas con su pañuelo rosa. Lo que le faltaba, que ella la viese con la cara empapada.
-¡Primilla -exclamó Julia una vez estuvo a su altura- qué cara traes hija! He estado en tu casa y me ha dicho tu madre que habías ido a buscarme, pero ya veo que me has utilizado de excusa. ¿Qué pasa?
-Nada mujer. Había venido a la casa de mi madrina, al enterarme que andaba en cama un poco pachucha, pero ahora ya sí iba para tu casa. Y tú, ¿a dónde vas?
-Pues un poco buscándote. Carmela la de Jacinto me había dicho antes en la puerta de la almazara que te había visto subir como para la Fuente Alta y allá que me iba y de camino, si te veía, irnos a buscar algunos espárragos que nos proporcionen algo de cena para esta noche.
-¿Sabes? -sentenció Ana María- ¡No es mala idea! Además, no me apetece volver ahora a mi casa. Venga, vamos.
El cerro que coronaba dicha fuente, de carretera para arriba, era la zona del pueblo donde más esparragueras podían encontrarse. Algunas viejas pisaban aquí y allá el matorral pinchudo, apartándolo a los lados con sus babuchas raídas, tratando que les dejara ver el preciado y largo vegetal que, después hecho en tortilla les sabría a gloria.
Casi atardecía cuando regresaron a casa. Llevaba cada una un buen manojo, suficiente para cenar todos esa noche. Ana María quiso antes pasar, cerca de la fragua del tío Frasquito, a ver si sentía o divisaba a Miguel, que en esos momentos, pegaba fuerte con el martillo sobre un hierro candente, forjándolo contra el duro yunque y no se percató de ella.
-Primilla, ¿quieres que le diga algo?- le preguntó la comedianta.
-¡Calla loca! -contestó tirando de ella- ¡Por favor, qué vergüenza, venga, vámonos...!
-Como quieras hija, ¡hay que ver qué corta eres...!
-Soy así y no puedo cambiarlo. ¡Venga, vámonos te he dicho!
Ese domingo, veinte de noviembre, amaneció bastante nublado. Unas negras nubes amenazaban con descargar bastante agua sobre el pueblo. Aunque, al parecer, aquello no era óbice para que don Álvaro y sus lacayos, incluido, por supuesto, el malvado Simón, deambularan de acá para allá organizando y preparando el que debía de ser un buen día de conmemoración y honra a la póstuma figura de José Antonio, y por ende, un homenaje también a la Falange.
El programa de actos se abriría con la misa de diez, donde se congregarían todas las autoridades, así como el resto del populacho, para rendir homenaje a los caídos por la patria de ellos y rogar a Dios por sus almas y el alma de José Antonio Primo de Rivera.
Un mosaico rojo y azul, en el ala este del recinto, daba colorido a la blanca cal que lucían sus paredes. Allí estaban casi todas las muchachas del pueblo luciendo la indumentaria clásica de la falange, como así lo ordenara el alcalde, que consistía en una falda negra, blusa azul marino y una gorra roja, que ahora portaban todas en la mano al estar en un lugar de culto.
Momentos antes de empezar la misa llegaron las autoridades a la iglesia con el alcalde al frente, seguido del sargento de la Guardia Civil, Juez de Paz y demás personalidades, ocupando los puestos de honor y preferencia que la iglesia les tenía asignados al Régimen. Después de la misa, concelebrada por el cura párroco y otro sacerdote de un pueblo cercano, siguieron los actos políticos en la plaza de la cruz de los caídos, donde al pie de la misma, depositaron una gran corona de flores y encendieron velas en memoria de sus difuntos en una guerra cruel y fraticida que quisieron para España y que nunca debió de producirse.
Luego siguieron unos discursos a cargo de las autoridades locales, exaltando de paso la gran figura del Caudillo como salvador de España y luchador infatigable contra las hordas marxistas.
Andaba una cancioncilla por aquellos entonces, que canturreaban los chicos muy a menudo, y que decía así:
Cuando se enteró mi madre
que yo era de la jons
me dijo: “Dame un abrazo
hijo mío de mi alma
que así te quería yo.”
Los actos, que ya habían alimentado el alma y el espíritu, terminaron con una chocolatada con buñuelos, que tampoco se debía olvidar alimentar el estómago, pues por ese órgano también se gana a la gente.
A media tarde se enteró Ana María de una triste noticia. Se habían llevado al final para el hospital provincial a su madrina. Había, en palabras de don Felipe, que mirar bien ese corazón, no lo veía fuerte, y no quería sorpresas. Así lo había decidido el facultativo, según le contó a ella misma, después de que se personara en su casa para corroborar la noticia.
La muchacha salió triste de allí. Volvía a lamentarse por la fatalidad que le acosaba, y, además, en el momento en que le hacían más falta sus consejos, ahora no podía contar con ellos y lo de su madre, ya sí que no tendría vuelta atrás. ¡Que fuera lo que Dios quisiera! Asumió resignada, pero pensando también que lo más importante ahora era la salud de la dama. Lo realmente importante.
María ya estaba levantada, aunque no eran ni las siete de la mañana. Arregló un poco la casa y preparó para ponerse, sacándolo del armario, un mísero vestido que guardaba para los entierros, por ser el más decente de los dos que tenía, pues hoy era el día convenido para entrar al servicio de los Monteoliva.
-Hija -preguntó extrañada la madre al verla- ¿qué haces levantada tan temprano? Me has asustado.
-Ya lo ve, no he dormido muy bien esta noche....
-Hija, siéntate un momento y dime, ¿qué te aflige? Me entristece mucho verte así. ¡Daría lo que fuera por poder entrar en tu cabeza y poder así leer tus pensamientos!
-¡Madre, por favor, no vaya a esa casa, se lo ruego, no me gusta esa gente! Además aquí la necesitamos más que ellos allí. Piense en padre y en mí.
-Si hija, en vosotros pienso, y sobre todo en ti, pues nosotros, tu padre y yo, ya tenemos la carrera hecha, pero a ti no queremos que te falte de nada. No tengo que recordarte las penurias que estamos pasando y eso a una madre le duele mucho. Si esta oportunidad significa abrir unas puertas por donde se vayan de largo el hambre y la necesidad de esta casa, no dudes, que me voy a agarrar a ella como a un clavo ardiendo. Espero que lo entiendas.
-Lo entiendo y valoro el sacrificio tan inmenso que va a hacer, pero entiéndame a mí, pues yo también quiero lo mejor para usted y para esta familia...
-No comprendo... -contestó la madre intrigada- ¿Pero es que te ha pasado algo con ellos que no quieras contarme? ¿Qué me ocultas, hija...?
Ana María cambió de color. Por primera vez su madre estaba metiendo el dedo en la llaga. Se estaba acercando a la oculta verdad. ¡Dios, cuánto echaba de menos no tener en esos momentos el consejo sabio de doña Ana! Su lucha interior era fortísima, pero no podía descubrir la terrible verdad, quizás hubiese sido peor el remedio que la enfermedad. No contestó. Se levantó cabizbaja, saliendo de la habitación, mientras María la llamaba muy preocupada y pensativa.
-Pero, hija, hija mía, ¡dime algo! ¿Qué ocurre?
Ella había salido ya de la casa sin atender las peticiones de su madre, que no paraba de llamarla desde la ventana, y calle abajo, se perdió sin rumbo fijo. María no pudo retener unas lágrimas. Ahora estaba segura de que algo le había pasado con ellos. La hija, al parecer no se lo quería contar, luego, más motivos tenía ahora para entrar en esa casa y tratar de averiguar algo desde dentro sin levantar sospechas. Indagaría con mucho tacto. Llegaría a saber la verdad, estaba decidida.
Sus perdidos pasos, mientras tanto, la guiaron hasta las afueras del pueblo, subiendo a un cercano cerro de dura piedra con algunos almendros insertados en pequeños trozos de tierra rojiza que dejaba entrever la unión de las rocas. Varias zarzas crecían en los mismos filos del tajo que lo cortaba. Algunos pajarillos surcaban raudos el cielo mientras otros piaban sobre los almendros que ya iban perdiendo sus hojas.
Se asomó unos momentos peligrosamente al corte. Abajo, la dura tierra de la finca, se veía lejana. La altura era considerable. Durante unos instantes sus bellos ojos se perdieron en el vacío. Su mente saltó desde ese tajo y voló hacía el infinito. Su cuerpo vaciló, haciendo peligroso el instante... Pasaron unos segundos fatídicos... reaccionó y por fin se volvió hacía adentro. “¡Que porras! -pensó- la vida es maravillosa a pesar de todo y algún motivo por el que luchar y seguir viviendo llegará, estoy segura”.
Se sentó sobre una roma piedra, que remataba un montículo. La panorámica desde allí era espectacular. Sobre el valle, aparecía a sus pies el cercano pueblo, que se abría a sus ojos como un gran abanico blanco de casas encaladas. En el centro, la iglesia parroquial, con las palomas llenando sus tejados. Arriba, en el mirador, la ermita de San Blas, con alguna gente pululando por su placeta. En los campos cercanos, los labriegos; unos arando, otros cavando.
Hasta ella llegaban también los tintineantes cencerros y las voces de algún pastor cercano, que regañaba a las cabras ayudado por los ladridos de sus perros. Sus sentidos se llenaban de naturaleza. El sol, que acababa de salir, le daba casi de cara; ese sol de otoño que no termina de calentar, pero que sienta muy bien. Estaba a gusto, se recostó un poco, cerrando durante un rato los ojos, pero sin llegar a dormirse. Pensaba en Miguel, en qué estaría haciendo ahora, si se verían esa noche… No quería pensar en nada más.
Eloisa abrió la pesada puerta de la casa de los Monteoliva. Del lado de la calle ya estaba María, fiel a su cita con los señores de la casa. La criada le condujo hacía la sala de invitados, donde ya la esperaban.
-¡Buenos días tenga usted, doña Loreto, y usted también don Álvaro! -saludó cortés y prontamente.
-¡Buenos los tengas tú también, mujer! -contestaron los dos al unísono.
-Nos alegramos que entres a servir en esta casa -comentó el alcalde- Estamos seguros, tanto mi hermana como yo, que sabrás hacer honor a la confianza que acabamos de depositar en ti.
-Pueden estar tranquilos. Pondré todo mi saber hacer para que no se note la falta de Isabel...
-Eso lo damos por hecho, mujer -contestó doña Loreto- por algo nos hemos acordado de ti y te hemos mandado llamar. Mi deber es recordarte que esta es una casa de mucha importancia, y con contenidos de mucho valor, y no, no es que no nos fiemos de ti, eso creo que ya lo dejemos claro, pero sí te rogaríamos que tuvieras eso siempre bien en cuenta.
-Señorica -interrumpió María- usted sabe y don Álvaro también, que yo soy pobre, muy pobre, ¡más que las Ánimas Benditas! pero también muy honrada, eso, ténganlo también ustedes siempre en cuenta, que lo que es conmigo, no les faltará nunca ni la porra de un alfiler en la casa.
El modo de responder, tan firme y seguro de la mujer, les dejó por unos momentos callados, calibrando la valía moral de la persona que tenían enfrente. Doña Loreto continuó.
-Ahora don Álvaro y Eloisa te guiarán por toda la casa, para que la conozcas y te vayas familiarizando con ella, entregándote también las llaves de la bodega, así como de otras dependencias.
Desde la sala de invitados, en donde estaban, en la planta alta, pasaron al amplio comedor, de allí al despacho de don Álvaro y los dormitorios, que daban al huerto, con una vista de flores encantadora. Luego, cuarto de baño, de los pocos que había en el pueblo, con lavabo, bañera y bidet; patio y dormitorios de invitados, ya en el piso bajo.
Aquello era inmenso, pensó María, que si hubiera tenido que volver de prisa al lugar desde donde empezara el recorrido, le hubiese tenido que preguntar a Eloisa.
Por fin la cocina, con dos grandes ventanales, que recogían la luz del gran patio contiguo que tenía adosado; dormitorios del servicio, cámaras grandes al fondo, donde se guardaban los productos recogidos en sus cortijos por los medianeros, como eran los higos, las almendras, algarrobas... En unos grandes atrojes almacenaban los cereales, tales como el trigo, la cebada, las habas, etc.
Unas escaleras amplias bien encaladas bajaban a los sótanos, donde, en el ala este, se encontraba la bodega, una habitación cuadrada, con unos arcos de ladrillo visto y paredes recias de piedra. La poblaban varios toneles y cubas, que guardaban buenos caldos de varias cosechas y cortijos del alcalde. Del techo colgaban grasientas piezas de jamones y brazuelos. Definitivamente la escasez y el hambre eran, y son hoy, patrimonio de los pobres. Le seguía un cuarto que estaba siempre en semioscuridad. Era el del aceite. Grandes orzas de barro contenían el fruto hecho líquido de los varios olivares del amo de la casa.
Y ya al fondo, dando a la otra calle, se encontraban las caballerizas. Saludaron a Tomás, que cepillaba en esos momentos las crines de la jaca de don Álvaro.
-¡Buenos días María, me alegro de que entres en esta casa! -contestó.
Subieron de nuevo a la sala de invitados, donde esperaba la señorica. Eloisa se retiró, cosa que hizo también el alcalde, alegándole a su hermana, que se marchaba para el Ayuntamiento, quedándose a solas las dos mujeres.
-Y bien, María ¿cómo lo ves todo?
-Doña Loreto, esta casa es inmensa, acaban de enseñármela toda, no me extraña que necesite tanto servicio, pero, dígame... ¿Está usted totalmente segura de que soy la persona más adecuada para ser su ama de llaves? Ya me ve, aunque no escurro el bulto, los años no pasan en balde, y no soy ya precisamente una chiquilla. Perdóneme si le insisto, pero creo que este puesto le vendría mejor a una persona con menos años.
-¡Mujer -le contestó doña Loreto- alguna razón llevas, pero piensa también que los años dan la sabiduría y experiencia que necesitamos aquí! Y eso es lo que yo busco en este puesto. Para los trabajos más fuertes ya están Eloisa y su hermana que son bastante jóvenes, pero por ello, algo inconscientes todavía. Tú vendrás a aportar al servicio de esta casa la experiencia y la cordura.
-Sí... sí... como usted mande. Tiene razón, perdóneme.
-¡No hay nada que perdonar mujer! Además creo -dijo doña Loreto atacando el plan que había de fondo- que tienes una hija muy hacendosa y con los pies en el suelo, tal vez...
-No sé a que se refiere -exclamó ingenua María.
-Pues que si ella va viniendo a esta casa, a lo que la autorizo desde ahora, le puedes ir enseñando el oficio, sin prisas. Estoy segura que en poco tiempo, y siempre que le interese, por supuesto, puede ser ella la que te sustituya, y así dejarle de paso, un futuro, aunque sea a medio plazo asegurado. ¿Qué te parece?
-Una madre siempre desea lo mejor para su hija, que duda cabe. Este ofrecimiento es siempre un honor para mi humilde familia. Pero de todas formas, se lo comentaré, y que ella decida.
-Estupendo -contestó la señorica- y ahora busca a Eloisa y que te ponga al corriente de por dónde va el trabajo esta mañana.
Doña Loreto sonrió, una vez que hubo abandonado la sala de invitados su gancho. El plan comenzaba bien. Poco a poco, ese reclamo haría que la muchacha acabase allí. Y cuando llegara ese momento, ya todo le iría cuesta abajo. Siendo diabólica se sentía feliz y, además, nadie se había salido con la suya estando ella de por medio. Se acercó a la ventana. El cercano huerto configuraba un paisaje agradable a su vista. Allí estaba Manuel, un mozo que llamaba de vez en cuando para las labores y recogida de frutas. Se encontraba subido en un almecino llenando un bolso grande que llevaba amarrado a la cintura de marrones frutos, que gustaban mucho al alcalde.
Bajaba Ana María por la arisca pendiente del cerro, en dirección a la fuente de los cipreses, camino también ya de su casa. Avanzaba la mañana y tendría que hacer faenas y alistar pronto el almuerzo. En la fuente sólo estaba a esa hora Matilde, que avivaba un pequeño fuego y de paso, calentaba sus frías y arrugadas manos de tanto lavar.
A lo lejos se veía un mulero que vendría, con seguridad, a dar de beber a sus bestias. Siguió andando, ahora ya empezaba a distinguirlo mejor. No se lo podía creer, pero... ¡si era Miguel! El muchacho, al distinguirla a ella también, aceleró el paso llegando prontamente a su altura.
-Ani, ¿de dónde vienes? -preguntó con ojos enamorados.
-Me había asomado a la fuente a ver si estaba mi madre -mintió hábilmente- pero he visto que no estaba aquí ya me iba... ¿Y tú? -preguntó a su vez- ¿De quién son esos caballos?
-Son, o mejor dicho, eran de don Emilio Rivas, sus herederos quieren venderlos y me los han traído esta mañana a la fragua para que los herrase, se los llevan esta misma tarde en un camión que viene a por ellos desde Jaén. Ahora iba a darles agua...
-Son preciosos, sobre todo este blanco...
-Se llama Lucero y está enseñado, además es muy noble.
-Yo nunca he montado en uno -comentó la joven- debe ser maravilloso, ¿verdad Miguel?
-¿Quieres montarte un poco hasta la fuente?
-Gracias, me gustaría, pero no me atrevo; además voy con un poco de prisa, y está Matilde la Ceniza ahí. ¡Que iba a pensar...!
-¡Bobadas Ani! Súbete que te ayudo, venga... -la animó el muchacho.
-No, lo siento, en otra ocasión, de verdad. No te enfades.
-Vale. ¿Irás esta tarde al ensayo? Necesito verte todos los días, eres mi fuente de inspiración y ya estoy pensando otra poesía para ti.
-Yo también necesito verte todos los días, lo sabes tú también. Además, eres una razón muy poderosa por la que luchar. Pero, venga ahora déjame, que me tengo que ir...
Miguel se rió contemplando como se alejaba su amor, su corazón, y dando un brioso salto subió a lomos de Lucero, dirigiéndose a la fuente.
Mozuelos y mozuelas del pueblo se agolpaban, como cada tarde noche, a las puertas de una casa, adosada a la ermita de San Blas, que tenía la curia para hospedaje de visitas religiosas y que ahora, gustosa, cedían al Régimen para alojarlas a ellas.
Hoy los congregados esperaban conocer el reparto para escenificar un belén viviente en forma de obra de teatro para la fecha del veinticinco de diciembre en la plaza de la iglesia. Ana María fue la primera vez, llevada a rastras por su primilla, que le animó constantemente para que se apuntase a participar en la obra ya que todas sus amigas así lo habían hecho.
-¡Silencio, por favor! -gritó María Esperanza, una mujer morena, de ojos grandes y marrones, pelo corto y labios muy rojos. Era la directora de ese grupo allí presente- ¡A ver, atendedme un momento! -prosiguió haciendo verdaderos esfuerzos por que se le escuchase- Después de estudiaros a cada uno...
Julia calló, deseando que a su primilla y a ella les cayese un buen papel. Se sentía actriz por momentos.
...ya tenemos el reparto completo de la obra.
Y fue leyendo, entre el estruendo y la algarabía de todos, dicha distribución. Luego, fue dándole a sus ayudantas los guiones, para que los repartiesen a cada uno, según su papel.
Julia recogió el suyo, sería la posadera de Belén. Miguel interpretaría a San José, papel importantísimo dentro de la obra, cosa que lo llenó de orgullo. Gabriel, su amigo y vecinillo, haría del Arcángel San Gabriel, por su pelo rubio y rizado.
El herrerillo buscó a Ana María con sus ojos entre la multitud. Ella ya lo estaba mirando. Se rió un poco por dentro pensando cómo le caerían esas largas barbas y esa amplia túnica. Por fin se le acercó y le preguntó sonriendo:
-¡Ani, menudo papelón! ¿De verdad me parezco a San José?
-¡Será por fuera -le contestó un poco irónica- porque por dentro tienes poco de santo!
De nuevo, la voz de la directora sobresalió entre el griterío:
-Y por fin el nombre de la que encarnará en la obra la santa y buena figura de nuestra madre la Virgen María.
El silencio era general. Solo quedaban tres chicas que no habían recibido aún papel y entre ellas estaba Ana María. Todas se miraban entre sí preguntándose “¿seré yo?” La voz clara y diáfana de María Esperanza las sacó de dudas.
-¡Ana María será la afortunada!
No terminaba de creérselo. Ella, de entre tantas. Se lo podía haber merecido otra... pero no, había sido ella precisamente la elegida, cosa que aplaudían todos los presentes, en ese momento. La verdad es que ni buscando entre miles se podría haber encontrado a una muchacha tan candorosa y de cuerpo virginal. Miguel, con su mano cogida, la besó suave en la mejilla, mirándola feliz y devolviéndole la broma.
-¡Mira por dónde Ani, que acaban de casarnos...!
La muchacha se puso roja por aquel comentario porque en el fondo, y con el correr de los años, ese era el futuro que quería.
-Bueno -terminó María Esperanza- los papeles ya están dados. Desde mañana día quince empezaremos los ensayos en el salón parroquial a partir de las ocho de la tarde. Procurad no faltar, ah y también repartiremos a las mujeres las ropas falangistas para el acto del día veinte, fecha recordatoria de la muerte de José Antonio Primo de Rivera. Vuestras madres, o vosotras mismas, le dais un repaso si os vienen un poco grandes. Recordad que el alcalde quiere que vayáis toda esa semana vestidas con la falda negra, camisa azul y boina roja. Es una orden suya.
Ni Ana María, ni Julia comulgaban con eso, pero ¡qué remedio les quedaba! ¡O eras de ellos o estabas contra ellos! No existía el término medio y la libertad de ideas brillaba por su ausencia.
Acostada ya en la cama, la joven repasaba mentalmente los sucesos del día. Ella, que era muy humilde, veía excesivo el papel que le habían otorgado en la obra. Pero en el fondo no dejaba de agradarle la idea de poder tener, paradojas de la vida, a su Miguel como marido aunque sólo fuese en la ficción. Por otra parte ya, menos dulce, le seguía preocupando enormemente la maniobra de los Monteoliva y que su madre accediese, como así lo haría, al puesto que estos le habían ofrecido. ¡Si hubiese alguna manera de convencerla...! De mañana no pasaría, iría de nuevo a ver a su madrina. La pondría al día. Seguro que ella, sabría aportar alguna luz al oscuro y escabroso túnel en el que andaba metida por culpa del alcalde, y quizás inventarse alguna excusa razonable con la que parar la decisión ya tomada de su madre.
Se pasó gran parte de la noche pensando y dando vueltas en la cama, hasta que por fin, rendida, se durmió de madrugada.
Pocas veces la había despertado su padre, por lo que la experiencia fue muy agradable para ella. Él la tocó suave en el hombro, moviéndola un poco y llamándola con voz suave:
-¡Despierta hija, que son casi las nueve! Tu madre te ha puesto un tazón de leche caliente sobre la mesa y se ha ido a la fuente de los cipreses a lavar una carga de trapos con la vecina.
-Voy... voy... ¡padre, lo siento no sé ni como me he podido quedar dormida esta mañana!
Se levantó rápidamente. En una vieja zafa de porcelana echó un poco de agua de un cántaro, que terminó de vaciar, y refrescó con el helado líquido sus encarnadas mejillas. Peinó su bonita y frondosa mata de negro y rizado pelo y se aprestó a desayunar. Luego, cogió el cántaro vacío, poniéndoselo sobre la cadera, y dirigiéndose a su padre, le comentó:
-Voy a ver a madre, por si le hace falta alguna ayuda, y de paso me lo traeré lleno de la fuente.
-Bien, hija, yo me salgo un rato a sol, que tengo los huesos entumecidos en esta fría y húmeda casa. ¡Dios, cuando me pondrás bueno del todo! Necesito volver a la obra y seguir ganando dinero para mantener a esta familia... ¡si no me hubiese peleado!
-Tranquilo padre, no se mortifique, somos humanos y estas cosas pasan. Usted no tiene la culpa de nada, si acaso, ese maldecido de Simón. ¡Venga, anímese!
La joven salió por fin calle abajo, mientras José la miraba pensando lo orgulloso que estaba de ella y la buena hija que Dios le había dado. Al terminar de bajarla, a la derecha, se cogía la que conducía a la fuente de los cipreses. Unos cien metros antes de llegar a ella, desaparecían ya las últimas casas del pueblo. La penúltima del camino era propiedad del alcalde.
Un edificio de unos trescientos metros cuadrados, de una sola planta, con dos grandes ventanales resguardados por sendas rejas terminadas en forma de cuello de palomo, que conferían a la fachada, un aire señorial y vistoso. Ayudaba también a ello una enorme puerta de una sola hoja, con un picaporte en medio, que semejaba una mano con un gran sello en el dedo anular, apretando una bola. Era el edificio de la Falange. Allí se congregaban todos los militantes para sus charlas y actos.
Nada más entrar había una gran sala donde, en el centro de la pared principal, y a media altura, se hallaban los símbolos falangistas del yugo y las flechas tallados en madera. En el lado derecho de ellos se podía observar un cuadro de medianas dimensiones del Caudillo, mientras que al otro, se exponía el de José Antonio Primo de Rivera, su fundador. Al pie de todo esto se alzaban las banderas de España y de la Falange.
También allí estos días había ajetreo pues se preparaban los actos de homenaje a los caídos por la patria y a la figura de José Antonio que tendría lugar el veinte de noviembre, fecha de su muerte en una cárcel de Alicante.
Don Álvaro salió junto con Enrique, un concejal suyo, de manera sorpresiva para Ana María, a la calle, en el mismo instante en que ella pasaba justo por allí, topándose casi contra la joven, que se retiró hasta el balate de un huerto contiguo al ver al personaje. Éste, rápida y hábilmente se excusó:
-Lo siento muchacha, con las prisas no te había visto.
Quería dar buena imagen delante de Enrique, haciendo ver como si no la conociera, como si no viviese ella amargada por sus crueles proposiciones. Una mirada de odio le lanzaron sus bellos ojos, mirada que recibieron los pérfidos ojos de don Álvaro sin inmutarse mientras se alejaba. Casi se le rompe el cántaro, y si no había ocurrido aún, podría pasarle antes de llegar a la fuente, pues los nervios que llevaba eran atroces. No podía soportarlo, era superior a sus fuerzas, contenerse cada vez que veía a ese hombre, a ese monstruo. Lo odiaba con todo su ser y ahora su madre, para colmo, sería su sirvienta.
Miraron al cielo sus bellos ojos azules, a ese cielo también azul que acompañaba a la mañana, hablándole a su Creador:
-¡Ahora, señor, que voy a ser tu madre, aunque sólo sea en la obra de teatro, por favor, ayúdame y no me dejes caer en las garras de ese mal hombre!
En la fuente se agolpaban varias mujeres que pillaban toda la balsa dando buenos chapoteos a la ropa. Como siempre, allí estaba también Matilde la Ceniza, personaje imborrable de su paisaje. Ana María saludó en general dirigiéndose hacía el pilar, donde ya enjuagaba los trapos María.
-¡Buenos días, madre! ¿Está terminando? -preguntó mientras se descargaba la vasija de barro de la cadera- Lo siento, me he quedado dormida.
-No he querido despertarte hija, te sentí anoche hasta bien tarde dar vueltas en la cama, me tienes preocupada.
-No es nada, me dolía un poco la cabeza, eso es todo.
-¿Seguro? Ya sabes que las madres tenemos un sexto sentido para saber cuándo le ocurre algo a nuestros hijos y creo que a ti te está pasando algo serio. Si quisieras contármelo...
-De verdad, en serio que no me ocurre nada...
-¡Bueno, está bien! -cambió de tema María al ver que las demás lavanderas habían dejado su conversación y escuchaban curiosas la de ellas- Ya hablaremos en casa, hija.
Ana María esperó que un arriero diera de beber a sus bestias en el pequeño pilar del caño para llenar su cántaro de cristalina y fresca agua, marchándose las dos juntas para casa.
Una vez allí María se aprestó a encender el fuego mientras la hija iba preparando los ingredientes para hacer el almuerzo. Hoy comerían migas con un poquito de harina de maíz, conseguida con la cartilla de racionamiento, y unos recortes de tocino como engañifa.
La cocina era pequeña. Un rincón redondo en el ángulo izquierdo con una chimenea de cal blanca, como el resto de la estancia, algo ennegrecida por el continuado humo. La adornaban dos calderos de cobre, que pertenecieran a la abuela materna, así como una sartén de rabo largo. En la pared derecha había un mortero de bronce sobre una base de madera, con un cajoncito. Una ristra de cabezas de ajos colgaba de la misma pared y al lado otra de pimientos secos.
En la pared enfrente del rincón había un platero de madera con no más de media docena de platos entre hondos y llanos y, encima, un cuadro con unos gatos jugando con un ovillo de lana. Completaban el mobiliario una mesa algo torcida de patas, tres sillas de enea y una pequeña alacena de dos cuerpos, donde guardaban el pan, el anís o algún fiambre para mantenerlos alejados de los golosos gatos.
Las migas salieron estupendas, porque las cosas que se hacen con amor suelen salir bastante bien. No dejaron nada en la sartén, a excepción de unas pocas que guardaron para Tiznón, que también tenía derecho el animal.
Cuando terminó Ana María de fregar los platos comentó a sus padres que iba a casa de Julia a darle un recado. En realidad haría lo que tenía planeado, ir a casa de su madrina. Lo necesitaba. Dentro de unos días su madre tendría que empezar ya a trabajar en casa de los Monteoliva, al haber aceptado, y quería evitar a toda costa que se produjese ese hecho. La dama le aconsejaría para bien, estaba segura.
En la calle, antes de verse la cuesta serpenteante de subida a la Fuente Alta, se cruzó con don Felipe, al que saludó cortésmente, devolviéndole éste el saludo. La muchacha no le dio demasiada importancia a este hecho, a pesar de bajar el médico con el maletín de urgencias en la mano. Sus pensamientos estaban en otro lado. No tardó en llegar a la casa de su madrina. Tocó con dos suaves golpes en la puerta. Le abrieron muy rápido. Esto le extrañó algo. No era muy normal. Emilia apareció pálida en el umbral.
-¿Se le ha olvidado algo a usted, don Felipe? -preguntó sin mirar la criada- ¡Ah, perdón Ana María! -se excusó- creía que era el médico, como acaba de irse...
-Sí, me he cruzado con él hace unos momentos... -contestó la joven- pero... ¿ocurre algo?
-La señora, que se ha encontrado indispuesta durante toda la mañana y ya después del mediodía no he tenido más remedio que llamarlo, en vista de que no encontraba mejoría. Ya sabes, sus problemas de corazón, que de vez en cuando le juegan una mala pasada.
-Pero... -preguntó aturdida y preocupada la muchacha- ¿Cómo está? ¿Puedo verla?
-No hija, y lo siento, pues está en la cama descansando. Le ha indicado don Felipe mucho reposo. Está muy débil, créeme, no la pillas en buen momento. Le diré que has estado a verla, se alegrará. Mañana si te pasas, seguro que la podrás ver.
-De acuerdo, ¡qué se le va a hacer! -murmuró visiblemente afectada- Sólo dile que le deseo una rápida mejoría.
-Así se lo haré saber -y diciendo esto Emilia cerró la pesada puerta dejando a la muchacha con las lágrimas a flor de piel, cabizbaja y pensativa.
No quería ni por un momento pensar que se podía estar desmoronando ese pilar, ese baluarte de consejos que la mantenía a ella en pie. De repente se vio muy sola y eso la asustó mucho. “Por favor, si le faltaba su madrina, ¿a quién podría ella contarle sus penas? ¿Con quién se podría consolar? ¿Por qué la vida le iba cerrando todas las puertas menos la del alcalde?” Todas esas preguntas que la angustiaban se hacía mentalmente mientras bajaba ya la cuesta de la Fuente Alta, cuando, a lo lejos, vio acercarse a su prima. Se mordió un poco el labio inferior, no le hubiese gustado que la viera por allí. Se limpió rápidamente algunas traicioneras lágrimas que habían brotado furtivas de sus mejillas con su pañuelo rosa. Lo que le faltaba, que ella la viese con la cara empapada.
-¡Primilla -exclamó Julia una vez estuvo a su altura- qué cara traes hija! He estado en tu casa y me ha dicho tu madre que habías ido a buscarme, pero ya veo que me has utilizado de excusa. ¿Qué pasa?
-Nada mujer. Había venido a la casa de mi madrina, al enterarme que andaba en cama un poco pachucha, pero ahora ya sí iba para tu casa. Y tú, ¿a dónde vas?
-Pues un poco buscándote. Carmela la de Jacinto me había dicho antes en la puerta de la almazara que te había visto subir como para la Fuente Alta y allá que me iba y de camino, si te veía, irnos a buscar algunos espárragos que nos proporcionen algo de cena para esta noche.
-¿Sabes? -sentenció Ana María- ¡No es mala idea! Además, no me apetece volver ahora a mi casa. Venga, vamos.
El cerro que coronaba dicha fuente, de carretera para arriba, era la zona del pueblo donde más esparragueras podían encontrarse. Algunas viejas pisaban aquí y allá el matorral pinchudo, apartándolo a los lados con sus babuchas raídas, tratando que les dejara ver el preciado y largo vegetal que, después hecho en tortilla les sabría a gloria.
Casi atardecía cuando regresaron a casa. Llevaba cada una un buen manojo, suficiente para cenar todos esa noche. Ana María quiso antes pasar, cerca de la fragua del tío Frasquito, a ver si sentía o divisaba a Miguel, que en esos momentos, pegaba fuerte con el martillo sobre un hierro candente, forjándolo contra el duro yunque y no se percató de ella.
-Primilla, ¿quieres que le diga algo?- le preguntó la comedianta.
-¡Calla loca! -contestó tirando de ella- ¡Por favor, qué vergüenza, venga, vámonos...!
-Como quieras hija, ¡hay que ver qué corta eres...!
-Soy así y no puedo cambiarlo. ¡Venga, vámonos te he dicho!
Ese domingo, veinte de noviembre, amaneció bastante nublado. Unas negras nubes amenazaban con descargar bastante agua sobre el pueblo. Aunque, al parecer, aquello no era óbice para que don Álvaro y sus lacayos, incluido, por supuesto, el malvado Simón, deambularan de acá para allá organizando y preparando el que debía de ser un buen día de conmemoración y honra a la póstuma figura de José Antonio, y por ende, un homenaje también a la Falange.
El programa de actos se abriría con la misa de diez, donde se congregarían todas las autoridades, así como el resto del populacho, para rendir homenaje a los caídos por la patria de ellos y rogar a Dios por sus almas y el alma de José Antonio Primo de Rivera.
Un mosaico rojo y azul, en el ala este del recinto, daba colorido a la blanca cal que lucían sus paredes. Allí estaban casi todas las muchachas del pueblo luciendo la indumentaria clásica de la falange, como así lo ordenara el alcalde, que consistía en una falda negra, blusa azul marino y una gorra roja, que ahora portaban todas en la mano al estar en un lugar de culto.
Momentos antes de empezar la misa llegaron las autoridades a la iglesia con el alcalde al frente, seguido del sargento de la Guardia Civil, Juez de Paz y demás personalidades, ocupando los puestos de honor y preferencia que la iglesia les tenía asignados al Régimen. Después de la misa, concelebrada por el cura párroco y otro sacerdote de un pueblo cercano, siguieron los actos políticos en la plaza de la cruz de los caídos, donde al pie de la misma, depositaron una gran corona de flores y encendieron velas en memoria de sus difuntos en una guerra cruel y fraticida que quisieron para España y que nunca debió de producirse.
Luego siguieron unos discursos a cargo de las autoridades locales, exaltando de paso la gran figura del Caudillo como salvador de España y luchador infatigable contra las hordas marxistas.
Andaba una cancioncilla por aquellos entonces, que canturreaban los chicos muy a menudo, y que decía así:
Cuando se enteró mi madre
que yo era de la jons
me dijo: “Dame un abrazo
hijo mío de mi alma
que así te quería yo.”
Los actos, que ya habían alimentado el alma y el espíritu, terminaron con una chocolatada con buñuelos, que tampoco se debía olvidar alimentar el estómago, pues por ese órgano también se gana a la gente.
A media tarde se enteró Ana María de una triste noticia. Se habían llevado al final para el hospital provincial a su madrina. Había, en palabras de don Felipe, que mirar bien ese corazón, no lo veía fuerte, y no quería sorpresas. Así lo había decidido el facultativo, según le contó a ella misma, después de que se personara en su casa para corroborar la noticia.
La muchacha salió triste de allí. Volvía a lamentarse por la fatalidad que le acosaba, y, además, en el momento en que le hacían más falta sus consejos, ahora no podía contar con ellos y lo de su madre, ya sí que no tendría vuelta atrás. ¡Que fuera lo que Dios quisiera! Asumió resignada, pero pensando también que lo más importante ahora era la salud de la dama. Lo realmente importante.
María ya estaba levantada, aunque no eran ni las siete de la mañana. Arregló un poco la casa y preparó para ponerse, sacándolo del armario, un mísero vestido que guardaba para los entierros, por ser el más decente de los dos que tenía, pues hoy era el día convenido para entrar al servicio de los Monteoliva.
-Hija -preguntó extrañada la madre al verla- ¿qué haces levantada tan temprano? Me has asustado.
-Ya lo ve, no he dormido muy bien esta noche....
-Hija, siéntate un momento y dime, ¿qué te aflige? Me entristece mucho verte así. ¡Daría lo que fuera por poder entrar en tu cabeza y poder así leer tus pensamientos!
-¡Madre, por favor, no vaya a esa casa, se lo ruego, no me gusta esa gente! Además aquí la necesitamos más que ellos allí. Piense en padre y en mí.
-Si hija, en vosotros pienso, y sobre todo en ti, pues nosotros, tu padre y yo, ya tenemos la carrera hecha, pero a ti no queremos que te falte de nada. No tengo que recordarte las penurias que estamos pasando y eso a una madre le duele mucho. Si esta oportunidad significa abrir unas puertas por donde se vayan de largo el hambre y la necesidad de esta casa, no dudes, que me voy a agarrar a ella como a un clavo ardiendo. Espero que lo entiendas.
-Lo entiendo y valoro el sacrificio tan inmenso que va a hacer, pero entiéndame a mí, pues yo también quiero lo mejor para usted y para esta familia...
-No comprendo... -contestó la madre intrigada- ¿Pero es que te ha pasado algo con ellos que no quieras contarme? ¿Qué me ocultas, hija...?
Ana María cambió de color. Por primera vez su madre estaba metiendo el dedo en la llaga. Se estaba acercando a la oculta verdad. ¡Dios, cuánto echaba de menos no tener en esos momentos el consejo sabio de doña Ana! Su lucha interior era fortísima, pero no podía descubrir la terrible verdad, quizás hubiese sido peor el remedio que la enfermedad. No contestó. Se levantó cabizbaja, saliendo de la habitación, mientras María la llamaba muy preocupada y pensativa.
-Pero, hija, hija mía, ¡dime algo! ¿Qué ocurre?
Ella había salido ya de la casa sin atender las peticiones de su madre, que no paraba de llamarla desde la ventana, y calle abajo, se perdió sin rumbo fijo. María no pudo retener unas lágrimas. Ahora estaba segura de que algo le había pasado con ellos. La hija, al parecer no se lo quería contar, luego, más motivos tenía ahora para entrar en esa casa y tratar de averiguar algo desde dentro sin levantar sospechas. Indagaría con mucho tacto. Llegaría a saber la verdad, estaba decidida.
Sus perdidos pasos, mientras tanto, la guiaron hasta las afueras del pueblo, subiendo a un cercano cerro de dura piedra con algunos almendros insertados en pequeños trozos de tierra rojiza que dejaba entrever la unión de las rocas. Varias zarzas crecían en los mismos filos del tajo que lo cortaba. Algunos pajarillos surcaban raudos el cielo mientras otros piaban sobre los almendros que ya iban perdiendo sus hojas.
Se asomó unos momentos peligrosamente al corte. Abajo, la dura tierra de la finca, se veía lejana. La altura era considerable. Durante unos instantes sus bellos ojos se perdieron en el vacío. Su mente saltó desde ese tajo y voló hacía el infinito. Su cuerpo vaciló, haciendo peligroso el instante... Pasaron unos segundos fatídicos... reaccionó y por fin se volvió hacía adentro. “¡Que porras! -pensó- la vida es maravillosa a pesar de todo y algún motivo por el que luchar y seguir viviendo llegará, estoy segura”.
Se sentó sobre una roma piedra, que remataba un montículo. La panorámica desde allí era espectacular. Sobre el valle, aparecía a sus pies el cercano pueblo, que se abría a sus ojos como un gran abanico blanco de casas encaladas. En el centro, la iglesia parroquial, con las palomas llenando sus tejados. Arriba, en el mirador, la ermita de San Blas, con alguna gente pululando por su placeta. En los campos cercanos, los labriegos; unos arando, otros cavando.
Hasta ella llegaban también los tintineantes cencerros y las voces de algún pastor cercano, que regañaba a las cabras ayudado por los ladridos de sus perros. Sus sentidos se llenaban de naturaleza. El sol, que acababa de salir, le daba casi de cara; ese sol de otoño que no termina de calentar, pero que sienta muy bien. Estaba a gusto, se recostó un poco, cerrando durante un rato los ojos, pero sin llegar a dormirse. Pensaba en Miguel, en qué estaría haciendo ahora, si se verían esa noche… No quería pensar en nada más.
Eloisa abrió la pesada puerta de la casa de los Monteoliva. Del lado de la calle ya estaba María, fiel a su cita con los señores de la casa. La criada le condujo hacía la sala de invitados, donde ya la esperaban.
-¡Buenos días tenga usted, doña Loreto, y usted también don Álvaro! -saludó cortés y prontamente.
-¡Buenos los tengas tú también, mujer! -contestaron los dos al unísono.
-Nos alegramos que entres a servir en esta casa -comentó el alcalde- Estamos seguros, tanto mi hermana como yo, que sabrás hacer honor a la confianza que acabamos de depositar en ti.
-Pueden estar tranquilos. Pondré todo mi saber hacer para que no se note la falta de Isabel...
-Eso lo damos por hecho, mujer -contestó doña Loreto- por algo nos hemos acordado de ti y te hemos mandado llamar. Mi deber es recordarte que esta es una casa de mucha importancia, y con contenidos de mucho valor, y no, no es que no nos fiemos de ti, eso creo que ya lo dejemos claro, pero sí te rogaríamos que tuvieras eso siempre bien en cuenta.
-Señorica -interrumpió María- usted sabe y don Álvaro también, que yo soy pobre, muy pobre, ¡más que las Ánimas Benditas! pero también muy honrada, eso, ténganlo también ustedes siempre en cuenta, que lo que es conmigo, no les faltará nunca ni la porra de un alfiler en la casa.
El modo de responder, tan firme y seguro de la mujer, les dejó por unos momentos callados, calibrando la valía moral de la persona que tenían enfrente. Doña Loreto continuó.
-Ahora don Álvaro y Eloisa te guiarán por toda la casa, para que la conozcas y te vayas familiarizando con ella, entregándote también las llaves de la bodega, así como de otras dependencias.
Desde la sala de invitados, en donde estaban, en la planta alta, pasaron al amplio comedor, de allí al despacho de don Álvaro y los dormitorios, que daban al huerto, con una vista de flores encantadora. Luego, cuarto de baño, de los pocos que había en el pueblo, con lavabo, bañera y bidet; patio y dormitorios de invitados, ya en el piso bajo.
Aquello era inmenso, pensó María, que si hubiera tenido que volver de prisa al lugar desde donde empezara el recorrido, le hubiese tenido que preguntar a Eloisa.
Por fin la cocina, con dos grandes ventanales, que recogían la luz del gran patio contiguo que tenía adosado; dormitorios del servicio, cámaras grandes al fondo, donde se guardaban los productos recogidos en sus cortijos por los medianeros, como eran los higos, las almendras, algarrobas... En unos grandes atrojes almacenaban los cereales, tales como el trigo, la cebada, las habas, etc.
Unas escaleras amplias bien encaladas bajaban a los sótanos, donde, en el ala este, se encontraba la bodega, una habitación cuadrada, con unos arcos de ladrillo visto y paredes recias de piedra. La poblaban varios toneles y cubas, que guardaban buenos caldos de varias cosechas y cortijos del alcalde. Del techo colgaban grasientas piezas de jamones y brazuelos. Definitivamente la escasez y el hambre eran, y son hoy, patrimonio de los pobres. Le seguía un cuarto que estaba siempre en semioscuridad. Era el del aceite. Grandes orzas de barro contenían el fruto hecho líquido de los varios olivares del amo de la casa.
Y ya al fondo, dando a la otra calle, se encontraban las caballerizas. Saludaron a Tomás, que cepillaba en esos momentos las crines de la jaca de don Álvaro.
-¡Buenos días María, me alegro de que entres en esta casa! -contestó.
Subieron de nuevo a la sala de invitados, donde esperaba la señorica. Eloisa se retiró, cosa que hizo también el alcalde, alegándole a su hermana, que se marchaba para el Ayuntamiento, quedándose a solas las dos mujeres.
-Y bien, María ¿cómo lo ves todo?
-Doña Loreto, esta casa es inmensa, acaban de enseñármela toda, no me extraña que necesite tanto servicio, pero, dígame... ¿Está usted totalmente segura de que soy la persona más adecuada para ser su ama de llaves? Ya me ve, aunque no escurro el bulto, los años no pasan en balde, y no soy ya precisamente una chiquilla. Perdóneme si le insisto, pero creo que este puesto le vendría mejor a una persona con menos años.
-¡Mujer -le contestó doña Loreto- alguna razón llevas, pero piensa también que los años dan la sabiduría y experiencia que necesitamos aquí! Y eso es lo que yo busco en este puesto. Para los trabajos más fuertes ya están Eloisa y su hermana que son bastante jóvenes, pero por ello, algo inconscientes todavía. Tú vendrás a aportar al servicio de esta casa la experiencia y la cordura.
-Sí... sí... como usted mande. Tiene razón, perdóneme.
-¡No hay nada que perdonar mujer! Además creo -dijo doña Loreto atacando el plan que había de fondo- que tienes una hija muy hacendosa y con los pies en el suelo, tal vez...
-No sé a que se refiere -exclamó ingenua María.
-Pues que si ella va viniendo a esta casa, a lo que la autorizo desde ahora, le puedes ir enseñando el oficio, sin prisas. Estoy segura que en poco tiempo, y siempre que le interese, por supuesto, puede ser ella la que te sustituya, y así dejarle de paso, un futuro, aunque sea a medio plazo asegurado. ¿Qué te parece?
-Una madre siempre desea lo mejor para su hija, que duda cabe. Este ofrecimiento es siempre un honor para mi humilde familia. Pero de todas formas, se lo comentaré, y que ella decida.
-Estupendo -contestó la señorica- y ahora busca a Eloisa y que te ponga al corriente de por dónde va el trabajo esta mañana.
Doña Loreto sonrió, una vez que hubo abandonado la sala de invitados su gancho. El plan comenzaba bien. Poco a poco, ese reclamo haría que la muchacha acabase allí. Y cuando llegara ese momento, ya todo le iría cuesta abajo. Siendo diabólica se sentía feliz y, además, nadie se había salido con la suya estando ella de por medio. Se acercó a la ventana. El cercano huerto configuraba un paisaje agradable a su vista. Allí estaba Manuel, un mozo que llamaba de vez en cuando para las labores y recogida de frutas. Se encontraba subido en un almecino llenando un bolso grande que llevaba amarrado a la cintura de marrones frutos, que gustaban mucho al alcalde.
Bajaba Ana María por la arisca pendiente del cerro, en dirección a la fuente de los cipreses, camino también ya de su casa. Avanzaba la mañana y tendría que hacer faenas y alistar pronto el almuerzo. En la fuente sólo estaba a esa hora Matilde, que avivaba un pequeño fuego y de paso, calentaba sus frías y arrugadas manos de tanto lavar.
A lo lejos se veía un mulero que vendría, con seguridad, a dar de beber a sus bestias. Siguió andando, ahora ya empezaba a distinguirlo mejor. No se lo podía creer, pero... ¡si era Miguel! El muchacho, al distinguirla a ella también, aceleró el paso llegando prontamente a su altura.
-Ani, ¿de dónde vienes? -preguntó con ojos enamorados.
-Me había asomado a la fuente a ver si estaba mi madre -mintió hábilmente- pero he visto que no estaba aquí ya me iba... ¿Y tú? -preguntó a su vez- ¿De quién son esos caballos?
-Son, o mejor dicho, eran de don Emilio Rivas, sus herederos quieren venderlos y me los han traído esta mañana a la fragua para que los herrase, se los llevan esta misma tarde en un camión que viene a por ellos desde Jaén. Ahora iba a darles agua...
-Son preciosos, sobre todo este blanco...
-Se llama Lucero y está enseñado, además es muy noble.
-Yo nunca he montado en uno -comentó la joven- debe ser maravilloso, ¿verdad Miguel?
-¿Quieres montarte un poco hasta la fuente?
-Gracias, me gustaría, pero no me atrevo; además voy con un poco de prisa, y está Matilde la Ceniza ahí. ¡Que iba a pensar...!
-¡Bobadas Ani! Súbete que te ayudo, venga... -la animó el muchacho.
-No, lo siento, en otra ocasión, de verdad. No te enfades.
-Vale. ¿Irás esta tarde al ensayo? Necesito verte todos los días, eres mi fuente de inspiración y ya estoy pensando otra poesía para ti.
-Yo también necesito verte todos los días, lo sabes tú también. Además, eres una razón muy poderosa por la que luchar. Pero, venga ahora déjame, que me tengo que ir...
Miguel se rió contemplando como se alejaba su amor, su corazón, y dando un brioso salto subió a lomos de Lucero, dirigiéndose a la fuente.
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